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jueves, 24 de mayo de 2018
Crimen en las calles (1956)
lunes, 13 de febrero de 2017
Perros de paja (1971)
Más allá de la controversia generada por las distintas interpretaciones, algunas más acertadas y otras menos, Perros de paja contiene una descarnada reflexión sobre la condición humana. La racionalidad y la naturaleza animal de sus personajes encuentra su imagen visual en los dos estilos empleados por el realizador. El primero, más contenido, abarca la primera mitad del film y el segundo, explosivo y nervioso, es el fiel reflejo de la violencia que aflora a partir de la doble violación de Amy (Susan George) en un entorno rural que no desentonaría en cualquier western de Peckinpah —cabe señalar que esta fue la primera película ajena al género que le dio fama—, aunque esto no implica que dicha violencia no se encuentre latente en todo momento, en Tom Hedden, el personaje interpretado por Peter Vaughn, en las miradas furtivas de los obreros que trabajan en la casa del matrimonio Sumner, en sus gestos y en los comentarios que se silencian (en presencia de la pareja) mientras se va enrareciendo una atmósfera amenazante y opresiva que rompe el aparente paréntesis de paz que descubre la insatisfacción marital de David (Dustin Hoffman) y Amy Sumner. Aunque ella es oriunda del lugar, la pareja acaba de instalarse en un entorno rural que choca con la interioridad de David, introvertido, intelectual, en apariencia cobarde y contrario a un ámbito donde nunca parece encontrarse a gusto, quizá porque juzga su intelecto superior al del resto, ya sea en los momentos previos a la agresión sufrida por su media naranja o cuando asume proteger a Henry Niles (David Warner), cuya discapacidad intelectual es rechazada en un entorno desequilibrado, enfermizo y, avanzado el tiempo, peligroso. De hecho, en su primitivismo, Tom Hedden y aquellos que violan a Amy juzgan necesario ser los verdugos de Henry durante la parte final en la que David da rienda suelta a su instinto de supervivencia y al salvajismo que ha vivido sometido hasta entonces. En ese instante asume una postura que contradice su anterior comportamiento, aquel que le habría alejado de Amy (atrapada entre dos mundos masculinos antagónicos) y que ella le recrimina en determinadas ocasiones, algunas bromeando, otras poniendo en duda su virilidad o incitándole a dejar de ser el sujeto pasivo que todos ven en él, porque, en realidad, el protagonista ha vivido en una constante negación, sin encontrar el equilibrio entre su yo civilizado y su yo visceral, el cual se libera desatando no solo la lucha por defender su territorio, sino por satisfacer los instintos que hasta entonces han estado atrapados entre los condicionantes intelectuales y morales que han generado la desorientación que reconoce mientras conduce su automóvil en compañía de Niles.
martes, 30 de septiembre de 2014
Quiero la cabeza de Alfredo García (1974)
La manipulación sufrida por Pat Garret & Billy the Kid (1973) significó una nueva desilusión artística para Sam Peckinpah, quien, desencantado ante la mutilación de la que consideraba su mejor trabajo, decidió trasladarse a México (país al que le unía una estrecha relación) donde pudo rodar la que posiblemente sea su película más violenta, y en ciertos aspectos la que mejor define sus inquietudes y su estilo narrativo-visual. Desde una puesta en escena que combina elementos de las road movies, del western y del thriller, Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo Garcia, 1974) descubre a un perdedor desarraigado a la espera de su oportunidad para dejar de serlo. Sin embargo Bennie (Warren Oates), estadounidense afincado en tierras mexicanas, nunca podrá ganar a pesar de su esforzado deambular por la árida y polvorienta carretera por donde avanza en compañía de Elita (Isela Vega), la mujer de quien se enamora y que resulta ser el único personaje de relevancia que presenta una serie de valores inexistentes en el resto de quienes transitan por ese espacio, sucio y decadente, al que se accede tras escuchar como un cacique (Emilio Fernández) ofrece un millón de dólares por la cabeza de aquel que ha dejado embarazada a su hija. A partir de ahí, se inicia la busca y captura de quien Bennie, a través de la información que le proporciona Elita, sabe muerto y enterrado en su pueblo natal. Este hecho, que el estadounidense oculta a los asesinos que acuerdan entregarle diez mil dólares por la cabeza de Alfredo García, podría significar un cambio en su suerte, por eso avanza en compañía de Elita (ella sabe donde está enterrado aquel que fue su amante) en busca del premio que les permitiría iniciar una vida en común, lejos de la sombra negativa que parece perseguirles antes y durante el recorrido de violencia y muerte. Estas dos constantes alcanzan a la mujer poco después de que Bennie profane la tumba de Alfredo, cuando los dos sicarios que les han estado siguiendo desde el inicio del viaje los entierran vivos; pero el desheredado sobrevive, aunque el Bennie que sale de la tierra no es el mismo que ha llegado hasta allí, porque en ese instante de pérdida, de dolor y de renacer comprende que nada le queda y que nada de lo hecho ha valido la pena. Su transformación, tanto de pensamiento como de intenciones, le convierte en un ser desquiciado que no duda en perseguir a los criminales que se han apoderado de la cabeza de García y que él recupera antes de embarcarse en su compañía en una cruzada en la que todo carece de importancia, salvo la venganza que le redima por la muerte de ese ser querido asesinado por su ambición y la de quienes, como él, desean el trofeo en descomposición que él convierte en el centro de sus celos y frustraciones, como si quisiera hacerle testigo de la desesperación y locura que provocan la espiral de muertes que cierra una de las películas más brillantes y líricas de Peckinpah, en la que la explosión de violencia no es un capricho artificioso, sino parte inherente del paisaje por donde ha trascurrido un viaje hacia ninguna parte, durante el cual la fatalidad se adueña del destino de ese hombre a quien ya no le importa morir, consciente de su muerte en vida.
miércoles, 12 de junio de 2013
La balada de Cable Hogue (1970)
Cable
Hogue (Jason
Robards)
es un individuo fuera de tiempo, incapaz de alejarse del espacio
donde sus dos socios lo abandonan al inicio de su balada. Más
adelante, el reverendo Joshua (David
Warner)
lo define como un hombre ni bueno ni malo, simplemente un hombre,
pero, lo que el predicador no expresa, al menos no con palabras, es que
Hogue no puede adaptarse a la modernidad que amenaza con imponerse en
el oeste, y solo cuando permanece en el desierto el protagonista de
esta historia puede existir, aunque condicionado por la idea de
venganza que nunca lo abandona, por un amor incapaz de existir más
allá de la aridez y por la alargada sombra del progreso que se desarrolla imparable. Pero esta
canción al solitario desarraigado, ni atrajo al público ni convenció a la
crítica, que esperarían, tras el éxito de Grupo
salvaje (The Wild Bunch), un western crepuscular similar en violencia, sin embargo Sam
Peckinpah
se decantó
por un cambio en su mirada a personajes marginales, o marginados por
su negativa a pertenecer a una sociedad que les rechaza y rechazan.
La perspectiva escogida por Peckinpah
potencia
su discurso poético al tiempo que confirma a La balada de Cable
Hogue (The Ballad of Cable Hogue) como su obra más intimista, cómica e incomprendida, esto último debido a
esa misma intimidad que prevalece a la hora de ahondar en los
sentimientos de Hogue, a quien, desde el primer momento, Peckinpah muestra solitario, poco dado a exteriorizar emociones, como demuestra su deambular por el desierto donde sus socios lo
abandonan a su suerte, quizá porque, desde el primer momento, sea consciente de que la muerte le concede un tiempo prestado que no puede ir más allá de los límites del espacio moribundo en el que se asienta tras encontrar agua donde no debía haberla. En ese lugar el antihéroe
inicia su nueva etapa existencial, aunque siempre a la espera de
consumar su venganza, apartado de un mundo con el que no se
identifica. Al contrario que aquellos con quienes logra conectar en
algún momento del film, él no puede abandonar ese desierto,
salvo por un instante, cuando se acerca hasta la ciudad para
registrar su propiedad. La
balada de Cable Hogue se
presenta desde el humor, la sencillez y la intimidad que relegan a la
violencia a un plano secundario (esta apenas cobra protagonismo),
de ese modo cobra fuerza la reflexión sobre el individuo y las ideas
que condicionan su comportamiento. A pesar de ser un solitario, Cable
logra intimar con dos personas que inicialmente resultan tan
marginales como él: Joshua, cuya congregación se reduce a sí
mismo, le ayuda a construir la posta antes de abandonar el desierto
para buscar un nuevo horizonte, e Hildy (Stella Stevens), la
prostituta que anhela un comienzo que hasta entonces se le ha negado
por su condición. Pero, al contrario que les sucede a sus amigos,
Cable no tiene acceso a ese nuevo espacio donde se impone el progreso, obligado a permanecer
imperturbable en su apeadero, donde comparte unos breves e intensos
instantes de amor con Hildy, quien, ante la imposibilidad de
convencerlo para que la acompañe, desaparece de su vida durante los
tres años que se omiten mediante una elipsis que nos vuelve a
mostrar a Cable, ahora enriquecido y dominado por la nostalgia que le
produce la ausencia de aquella a quien ama, pues en ella había
encontrado a la única persona a quien mostrar emociones y su manera
de entender un mundo condenado a desaparecer.
martes, 26 de febrero de 2013
Mayor Dundee (1965)
lunes, 22 de octubre de 2012
La cruz de hierro (1977)
Un espacio asolado por la destrucción y la locura que significa la guerra, durante la retirada del ejército alemán del frente soviético en el invierno de 1943, sirvió para que Sam Peckinpah realizase una profunda reflexión sobre el ser humano, centrándose en las figuras de unos soldados que desde el principio muestran cual es su postura con respecto al infierno en el que se encuentran. Los soldados alemanes que lidera el cabo Steiner (James Coburn) forman un grupo dominado por el desencanto que les genera su situación, incluso los oficiales que les rodean son conscientes de la derrota que se cierne sobre ellos, dejándose arrastrar por la desesperanza que se descubre en sus sucios uniformes o en sus barbas desaliñadas, que chocan con la pulcritud y presunción del capitán Stransky (Maximilian Schell), voluntario recién llegado al frente ruso con la única intención de obtener la cruz de hierro, condecoración que para Steiner (ascendido a sargento, sin desearlo) no significa nada y que para el aristócrata prusiano lo significa todo. Steiner no es un héroe, aunque sus hombres así lo creen, sólo es un superviviente consciente de que la guerra roba cualquier atisbo de esperanza, presente y futura, lo cual le convierte en un individuo realista, sincero y derrotado. La cruz de hierro (Croos of Iron) muestra el salvajismo y el sin sentido de una contienda dominada por el humo, la desolación, la acumulación de cadáveres o los constantes bombardeos, que testifican que se trata de un momento en el que el ser humano pierde su condición (el capitán Stransky ordena la muerte de un joven prisionero soviético o en la parte final ordena al teniente Triebig (Roger Fritz) que acabe con Steiner y sus hombres). La irracionalidad no sólo se percibe en el frente, también se hace evidente durante la estancia de Steiner en el hospital donde se recupera de las heridas sufridas durante el contraataque que Stransky quiere apuntarse como merito suyo. En el centro de salud se observa a soldados que han perdido sus extremidades, sus rostros o sus ilusiones, también se deja ver un general que saluda a los soldados antes de requisarles la comida para compartirla en privado con sus acompañantes, momento que demuestra que la guerra utiliza, sacrifica y mutila. Dentro de esa mentira Steiner vive una pesadilla mayor que la que se vive en el frente, donde la constante presencia de las balas, del enemigo y de la muerte se convierten en la única realidad que le permite sentirse seguro; <<¿tienes tanto miedo a vivir que tienes que esconderte en la guerra?>> le pregunta la enfermera (Senta Berger), con quien ha mantenido relaciones, antes de que la abandone para regresar a su mundo. La guerra roba las ilusiones de los hombres y de las mujeres, ninguno de los miembros del pelotón de Steiner las tiene, el único soldado que guarda alguna esperanza resulta ser el capitán Stransky, pero es una esperanza egoísta e irracional, que se antepone a la seguridad de los suyos y que le obliga a traicionar al sargento, a quien deja atrás cuando llega la orden de retirada. El conflicto entre Stransky y Steiner es un enfrentamiento entre la idea de clase social (falsa superioridad moral) que defiende el aristócrata prusiano y el individualismo (humanista) de Steiner, capaz de oponerse a los oficiales porque sabe que ellos son los responsables de enviar a los hombres a la muerte, cuestión que reprocha al coronel Brandt (James Mason) cuando éste le pide que presente cargos contra Stransky por apropiarse de los méritos del teniente muerto durante el contraataque. El capitán carece de la superioridad moral e intelectual de la que presume, no duda en mentir y coaccionar con tal de lograr su objetivo, que nada tiene que ver ni con la guerra ni con sus hombres, a quienes sacrifica para poder ganar esa condecoración que no deja de ser un trozo de metal que no vale la vida de nadie.
domingo, 11 de marzo de 2012
La huida (1972)
lunes, 12 de diciembre de 2011
Grupo salvaje (1969)
lunes, 5 de septiembre de 2011
Duelo en la alta sierra (1962)
La segunda película de Sam Peckinpah anunciaba muchos de los aspectos que el director desarrollaría de un modo más amplio en posteriores westerns. Algunas de esas características se presentan en los protagonistas de Duelo en la alta sierra (Ride the high country); dos individuos que no encajan en un mundo que ha cambiado, un lugar que no reconocen y que no les reconoce. Steve (Joel McCrea) y Gil (Randolph Scott), no son héroes clásicos, son seres que se rigen por un pensamiento pesimista que les proporciona una visión desesperanzada de su presente; dicho pensamiento será el que marque sus decisiones y selle sus destinos. El Oeste que presenta Sam Peckinpah en Duelo en la alta sierra se aleja de aquel que mostraron John Ford o Howard Hawks; el Oeste de Peckinpah es un lugar sucio, violento, marcado por los cambios que se descubren al principio del film: los caballos empiezan a ser sustituidos por automóviles que circulan por unas calles en las que también se advierte la presencia de agentes uniformados, en contraposición a la ausencia policial de su juventud. Estos y otros cambios han convertido a un tipo como Gil, antiguo agente de la ley, en un feriante que exhibe su puntería en la población a la que llega Steve, a quien han contratado para que traslade una gran cantidad de oro desde un asentamiento minero hasta la ciudad. Ambos sienten ese vacío, comparten la misma realidad, además de reconocerse como iguales; sin embargo existe una diferencia clara en cuanto a su pensamiento. Steve se guía por un código moral que Gil no posee, porque siente resentimiento hacia esa nueva sociedad que le minusvalora y le ha condenado a llevar una existencia que no le agrada. Gil acepta acompañar a su amigo porque es su última oportunidad, para él es una indemnización que se merece por los servicios prestados y no recompensados. Esta diferencia de criterios les llevará a un enfrentamiento, circunstancia que se repetiría en Grupo salvaje (1968) y Pat Garret y Billy the Kid (1973), que no implica un enfrentamiento entre bueno o malo, sino una contraposición de dos puntos de vista alejados por aquello que les rodea y les afecta. Uno de los grandes aciertos del film reside en las interpretaciones de Randolph Scott y Joel McCrea, dos actores en el ocaso de sus carreras que supieron dotar a sus personajes de humanidad, verosimilitud y un pesimismo que transmite las dudas y las frustraciones que les advierten de que su ciclo ha terminado. Duelo en la alta sierra, película en las que se encuentran influencias fordianas, confirmaba a un nuevo realizador, vital para la renovación de un género que había caído en manos de directores y guionistas mediocres que lo convirtieron en una continúa repetición de tópicos, exceptuando las aportaciones de los directores clásicos. Así pues, Sam Peckinpah (sin olvidar a Sergio Leone) se convirtió en el máximo exponente de una renovación temática y formal que ofrecía una nueva perspectiva a un género que pedía un nuevo rumbo.
viernes, 17 de junio de 2011
Sam Peckinpah, el incompredido
Años antes de ser conocido como Sam Peckinpah, Samuel David Peckinpah abandonó sus estudios de derecho para incorporarse a los marines, cuerpo militar con el que participó en la Segunda Guerra Mundial, una experiencia bélica que marcaría su vida. Finalizada la contienda regresó a su patria donde se diplomó en Arte Dramático, para poco después contactar con lo que sería su realidad profesional. Sin embargo, este hombre inadaptado, incomprendido y frustrado, comenzó desde abajo, y lo hizo en un medio joven como lo era la televisión. En ella barrió los platós, se encargó del vestuario o controló los focos, no obstante su ambición le impulsó a realizar cortometrajes experimentales, que financió de su propio bolsillo. Su encuentro con el productor independiente Walter Wenger fue vital para su entrada en Allied Artists, donde ejerció como ayudante de dirección, ni primero, ni segundo, sino como el cuarto. Con paciencia y trabajo escaló posiciones y en 1954 trabajó como director de diálogos para Don Siegel en Motín en el pabellón 11. Un año después trabajó de extra para Jacques Tourneur en Wichita, rodaje durante el cual coincidió con el Joel McCrea, a quien, años después, le ofrecería uno de los papeles más interesantes de su carrera artística en Duelo en la Alta Sierra. Pero antes, Peckinpah continuó colaborando como actor en diferentes producciones, entre ellas La invasión de los ladrones de cuerpos (1955), de nuevo a las órdenes de Don Siegel. Poco después se produjo otro encuentro fundamental para el devenir de la carrera del cineasta, en esta ocasión con el productor, novelista y director Charles Marquis Warren, que le ofreció la oportunidad de escribir varios episodios de la serie Gunsmoke. A partir de este momento comienzó a trabajar como guionista para el sello televisivo de 20th Century Fox. Pero, Sam Peckinpah no se olvidó de que él quería hacer cine. Así pues, escribió el guión que daría pie a El rostro impenetrable, película que fue dirigida por Marlon Brando en 1961, año durante el cual se le presentó la oportunidad de saltar a la dirección cinematográfica con The Deadly Companions, un western interpretado por Maureen O'Hara y Brian Keith, pero que pasa sin plena ni gloria. Sin embargo, gracias a la buena acogida de la serie The Westerner, en la que estaba trabajando, le posibilitó una nueva oportunidad para demostrar su valía. Duelo en la Alta Sierra (1962) anunciaba la irrupción en el panorama cinematográfico de un cineasta con intereses personales que empleó el western para renovar un género en el que para él no existen héroes, solo personas que no encuentran su lugar en un mundo que no reconocen y que no les acepta mientras comprenden que su tiempo ha pasado. A partir de entonces, Peckipah, admirador del cine de John Ford, Budd Boetticher, Samuel Fuller o Akira Kurosawa, empezó a desarrollar su particular visión, y lo hizo a pesar de los numerosos obstáculos que se le presentaron a lo largo de su carrera. Innovación en los argumentos, alejados de los gustos de los productores y de un amplio sector del público, que no estaba acostumbrado a este tipo de western. La descomposición espacio-temporal dentro de una misma secuencia. Personajes que, como se ha dicho, no encuentran su lugar, incapaces de adaptarse a los cambios que se producen a su alrededor, en ese viejo Oeste que deja de serlo y dentro del cual se convierten en rarezas condenadas a la extinción, como sucede con los antihéroes de Grupo Salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) o Pat Garret y Billy the kid (1973). Otros de sus personajes viven situaciones extremas en las que la violencia impera a su alrededor, pero también formando parte de su interior, algo que sucede en Perros de paja (1971), La huida (1972), Quiero la cabeza de Alfredo García (1974) o La cruz de hierro (1977). Pero todos ellos simbolizan el sentir de su creador; son seres amargados, marginales, fuera de contexto, que buscan encauzar unas vidas que permanecen alejadas de cuanto les rodea. Sin embargo, a pesar de estos grandes títulos, Peckinpah fue un director maldito, la suerte no le sonreía, algo que le ocurrió ya desde su inicio, y que se puede comprobar en las mutilaciones realizadas en Mayor Dundee, una película personal (de la que dijo, una vez montada, que con los cortes sufridos eliminaban el sentido de la historia que quiso narrar) que pudo terminarse gracias al apoyo de Charlton Heston, quien aportó parte de sus honorarios, o en los fracasos comerciales de muchos de sus films. No sería hasta 1968, gracias al enorme éxito de Grupo salvaje cuando se empieza a hablar de Sam Peckinpah como un excelente realizador, merecedor de todas las atenciones, aunque los productores volvieron a asomar sus cabezas para destrozar el montaje original (algo que le sucedió en varias ocasiones). Estas y otras circunstancias similares lo convencieron para trasladarse a Inglaterra, donde rodó Perros de paja (1971), sin embargo, de nuevo tuvo problemas con los productores (así que daba igual un país u otro, su cine era incomprendido y rechazado, porque llevaba sus ideas hasta el límite, ignorando los gustos del momento). Sin embargo, un año después filmó La huida (1972), interpretada por Steve McQueen y Ali McGraw, que resultó un inesperado éxito comercial. Con McQueen había realizado ese mismo año Junior Bonner, un western moderno centrado en el mundo del rodeo y que obtuvo resultados discretos en la taquilla. Peckinpah también dirigió las irregulares Los aristócratas del crimen, Convoy y La clave Omega, a la postre la última película de un cineasta incomprendido por su estilo innovador, intenso y muy personal, que, ante el constante rechazo, se sumió en la autodestrucción que acabó con él en 1984, cinco años antes de que su Pat Garret y Billy the kid fuera estrenada tal como la había concebido.
viernes, 13 de mayo de 2011
Pat Garret y Billy the Kid (1973)
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