Más que en cualquier otra época, en la actual se exige crear una imagen que venda el producto, pero resulta que ese producto ya es la propia persona. Esto se aprecia con mayor claridad en las redes sociales. Sus “usuarios” —término que de inicio ya despersonaliza— se han convertido, con su consentimiento y su feliz entrega, en objeto de exhibición y de venta. Convertidos en contenido, rinden pleitesía al producto vacío, a la imagen preparada que se repite creando la uniformidad de la era arroba. Lo superficial triunfa sobre lo sustancial. El pensamiento huye de complejidades y de cualquier amenaza de esfuerzo mental. El significado y el significante se desequilibran y esto supone potenciar y agravar una situación que no es nueva. Asoma en la era de la televisión, pero en la de internet se agudiza en la insistencia del “usuario” de estar ahí, de que existe y que su existencia merece se admirada. “Somos dioses que idolatrar”. Esta sensación ha aumentado durante los últimos años. Lo ...