Desde mi niñez, he guardado aquella imagen de Camilo José Cela, la construida en la mente de un niño que, hacia finales de la década de 1970 y primeros años de la siguiente, lo vio y escuchó en diferentes programas de televisión. La suya era la imagen de un señor mayor, con cara de pocos amigos, repeinado en sus cuatro pelos grises, engreído en su mirar, rebosante de sí. Cada palabra que salía de su boca parecía formar siempre la afirmación “soy el mejor y expreso lo que quiero; puedo ser sabelotodo, burlón, bromista y soez cuando me interesa, pues es privilegio y obligación del literato manejar el idioma en todas sus variantes y registros”. Mi mente le pone palabras que no dijo y que no pensó el niño de entonces; pero ese inconsciente que tantas veces me pierde se empeña en retener aquella imagen. En ella, se dibuja más grueso que delgado, alto, de rostro más huraño que serio, con una papada que le cae sobre el pecho, cuando permanece sentado, y unas gafas acordes a la redondez del te...