El paisaje costero de Almas en pena de Inisherin (The Banshees of Inisherin, 2022) es de belleza agradecida, atlántica, mágica y fotogénica, atributo que juega a favor de las emociones que desbordan en su quietud y en su tristeza; el sonido de la guerra civil en la distancia también ayuda a la hora de hacer de la isla un espacio irreal, aislado, apartado del tiempo y del mundo, pero a la vez atrapado en los conflictos mundanos, en la lucha entre divergencias y posturas egoístas irreconciliables; en cierto modo, similares a las que se parten la cara, el cuerpo y el alma en “la isla grande” (me refiero al enfrentamiento entre catolicos y protestantes irlandeses en 1923). El aislamiento, sus víctimas, la creatividad (artística) como única posibilidad de que algo de uno perdure o de darle un sentido a la existencia —esa brevedad en la que dormimos y a la que a veces despertamos—, no sorprende a estas alturas, ni es novedad temática, pero, narrativa y cinematográficamente, aquí funciona gr...