Hasta <<dar cera, pulir cera>>, el mayor éxito de John G. Avildsen había sido Rocky (1976), cuyo protagonista le daba con saña al chuletón y al lomo de cerdo en la nevera del local donde se entrenaba para subir escaleras y, al fin, estirar los brazos y dar un par de saltos al son de la música compuesta por Bill Conti . Con Karate Kid ( The Karate Kid , 1984) repitió el logro, aunque la repetición que me interesa señalar es otra. Me refiero a la superación de los protagonistas. En ambas películas se presentan ante nosotros como desheredados, cada uno a su manera, pero, a medida que avanza el metraje, la suerte les sonríe y les pone en el camino el reto que les conducirá al triunfo y al éxito. Además, durante ese camino de la nada a la gloria, ninguno está solo, tiene buena compañía y los mejores entrenadores. Cierto que Rocky no logra alzarse con el cinturón de campeón mundial en su primer combate contra Apolo, pero sale del combate siendo el triunfador moral y el hombre ...