El pirata que quiso ser aristócrata Por Antonio Pardines Una aventura de piratas más oscura de lo habitual en la que ni el héroe ni el villano caen bien. Sobre todo el primero, un aristócrata que carece de peso emocional, aunque busca vengar la muerte de su padre y limpiar su buen nombre. Pero, precisamente por esa cualidad de no resultar simpáticos y de que su héroe no robe lo mejor de la película —el brillo de la amoralidad de su verdadero protagonista—, El capitán Kidd ( Captain Kidd , 1945) funciona como un oscuro cuento lejos del divertimento de las populares producciones Warner con Errol Flynn en plan heroico prístino — Capitán Blood ( Captain Blood , 1934) y El halcón del mar ( The Sea Hawk , 1940), ambas realizadas por Michael Curtiz— y de las posteriores evasiones como la no menos mítica El temible burlón ( The Crimson Pirate , Robert Siodmak, 1952). En esta aventura, que más semeja una de cine negro, mezcla de intriga y comedia negras, las piruetas circenses, el histrioni...