Rudyk (Yuriy Vasilev), el camarógrafo de televisión que reaparece en la vida de Katia (Vera Alentova), la protagonista de Moscú no creen en lágrimas (Moskva slezam ne verit, 1979), años después de que la abandone por considerarla poca cosa para él, probablemente alentado por su madre —cuya altivez de clase se confirma en su comportamiento—, conoce a Aleksandra (Natalya Vavilova), su hija y la de Katia, y le habla de la televisión. Es una conversación de relleno, que se escucha mientras otra silenciosa se produce: la que afecta a Katya y a Gosha (Aleksey Batalov) —cuando este descubre que ella es directora de una fábrica y se siente engañado, además de herido en su orgullo, pues una de sus máxima de tener mayor sueldo que la mujer con la que se case—. Pero resulta interesante escucharle decir que la televisión cambiará la vida de la gente (cuando ya lo había hecho décadas atrás) y que en veinte años sustituirá a los libros, los diarios, el cine y el teatro. O sea, que el personaje vati...