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sábado, 6 de abril de 2019

Las películas de mi vida (2016)


Documento y ejercicio nostálgico sobre el cine francés sonoro, sobre aquellas películas y protagonistas que llamaron su atención, Las películas de mi vida (Voyage à travers le cinéma français, 2016) nos propone un recorrido cinematográfico desde la mirada de un enamorado del cine, de un creador de grandes películas y de un cinéfilo al tiempo entusiasta y reflexivo. Los tres son uno y ese uno es Bertrand Tavernier, que a lo largo de ciento noventa minutos nos invita a acompañarlo en su viaje por sus recuerdos cinematográficos. Para quien esté familiarizado con el realismo poético, con el cine francés de posguerra, con el polar y con la nouvelle vague no le sorprenderán los nombres de los directores, actrices, actores, compositores, guionistas o directores artísticos aludidos por el cineasta nacido en Lyon, pero sí les posibilitará recuperar instantes de títulos imprescindibles y detenerse en aspectos que quizá hayan pasado por alto o quizá no. Para quien ignore los grandes films que se suceden en la pantalla, Las películas de mi vida —o quizá mejor la traducción “Viaje a través del cine francés”— es una agradable y entretenida oportunidad para descubrir de la voz de un guía de excepción a Jacques Becker, Jean Renoir, Jean Gabin, Edmond T. Gréville, Pierre Schoendoerffer o a sus dos padrinos cinematográficos: Jean-Pierre Melville y Claude Sautet.

Tavernier inicia sus recuerdos hablándonos de su yo de seis años, el niño que vivió su primera impresión cinematográfica con la persecución desarrollada por Becker en Dernier atout (1942). Por ello, Becker es el primer realizador en quien detiene su atención para relatarnos también cómo París, bajos fondos (Casque d'Or, 1952) marcó definitivamente su pasión por el cine. No sin razón, el responsable de Capitán Conan (Capitaine Conan, 1996) considera a Becker uno de los realizadores más modernos de su época y con él abre el recorrido cinematográfico que concluirá con su gran amigo Claude Sautet. A estos dos cineastas dedica la película, también a todos aquellos que entremedias asoman por sus recuerdos de cinéfilo: Jean Renoir, su segunda parada, y tras este, Tavernier se apea en Jean Gabin, actor mítico del cine galo e imagen asociada también a Julie Duvivier y a Marcel Carné, el cuarto personaje a quien nuestro guía presta atención prolongada. Otros indispensables como los compositores Maurice Jaubert y Joseph Kosma, el actor Eddie Constantin (y su personaje Lemmy) y en menor medida John BerryFrançois Truffaut, Jean-Luc Godard, Agnès Varda o Claude Chabrol forman parte de viaje a la memoria, a una travesía temporal por lo mejor del cine galo a través de planos y secuencias de obras maestras que, como tales, no han perdido brillo ni grandeza, mientras esperan a ser descubiertas y disfrutadas, películas de las que el cineasta nos habla con pasión, películas que van asomando por la pantalla y que, sin ningún orden ni de preferencia, escribo algunos de sus títulos:

Bajo los techos de París (René Clair)

La golfa (Jean Renoir)

Toni (Jean Renoir)

L'Atalante (Jean Vigo)

Una partida de campo (Jean Renoir)

El muelle de las brumas (Marcel Carné)

La bestia humana (Jean Renoir)

La gran ilusión (Jean Renoir)

Al despertar el día 
(Marcel Carné)

La marsellesa (Jean Renoir)

La regla del juego (Jean Renoir)

Las puertas de la noche (Marcel Carné)

Hotel del norte (Marcel Carné)

Los niños del paraíso (Marcel Carné)

Menaces (Edmond T. Gléville)

Se escapó la suerte (Jacques Becker)

París, bajos fondos (Jacques Becker)

No toquéis la pasta
 (Jacques Becker)

 Montparnasse 19 (Jacques Becker)


Los cuatrocientos golpes (François Truffaut)


Bob el jugador (Jean-Pierre Melville)

La evasión (Jacques Becker)

A todo riesgo (Claude Sautet)

Leon Morin sacerdote (Jean-Pierre Melville)

Cleo de 5 a 7 (Agnès Varda)

Tirad sobre el pianista (François Truffaut)

El desprecio (Jean-Luc Godard)

Sangre en Indochina (Pierre Schoendoerffer)

Pierrot el loco (Jean-Luc Godard)

El ejército de las sombras (Jean-Pierre Melville)

Lemmy contra Alphaville (Jean-Luc Godard)

El silencio de un hombre (Jean-Pierre Melville)

Max y los chatarreros (Claude Sautet)

sábado, 24 de mayo de 2014

L'Atalante (1934)



La muerte prematura de Jean Vigo (contaba con 29 años de edad) provocó, entre otras cuestiones, que su obra fílmica apenas alcance las dos horas y media que suman las duraciones de A propos de NiceLa natation par Jean TarisCero en conducta (1933) y de L'Atalante (1934), su único largometraje. Pero su corta filmografía no resta para que Vigo sea uno de los intemporales del cine francés. Lo es gracias a su búsqueda de independencia creativa, a su paso adelante, respecto al cine de su época, y a su poética, repleta de simbolismos que nacen de su consciente búsqueda de un cine de emociones y sentimientos. En su primer montaje, L'Atalante, su obra más conocida entre el público, sufrió el rechazo de los distribuidores del film, lo que conllevó cortes, pérdidas y cambios que provocaron que las versiones exhibidas se alejasen de lo ideado por su autor. Por fortuna, en la década de 1990, la Gaumont adquirió los derechos de distribución y realizó un montaje que pretendía ser lo más fiel posible al original realizado por Vigo; lo que permitió un acercamiento más adecuado a la historia que se desarrolla en casi su práctica totalidad a bordo de la embarcación L'Atalante, en la que habitan cuatro personajes, dos de los cuales, Jean (Jean Desté) y Juliette (Dita Parlo), acaban de contraer matrimonio. La primera secuencia los muestra en tierra firme, enamorados, luciendo sus trajes de boda mientras caminan hacia el barco que será su hogar. En ese instante se descubre la promesa de felicidad que poco después se pierde entre las brumas que envuelven a la barcaza en la que ambos inician su vida en común, y que se convierte en la monotonía que merma el carácter de una mujer atrapada en la rutina que le niega la materialización de aquellos sueños de amor y libertad que aguardaba alcanzar al unirse al hombre que ama. El tío Jules (Michel Simon), el veterano marino que cuida de la nave, y su joven ayudante (Louis Lefebvre) se convierten en los testigos de un sentimiento que se marchita entre las discusiones y el alejamiento que se confirma tras la estancia de la pareja en París (el primer contacto con tierra firme desde la boda). Convencida de la imposibilidad que significa permanecer a bordo, Juliette abandona el barco sin despedirse de Jean, quien al descubrir su ausencia asume que no le afecta; pero la desesperación puede con ambos cuando comprenden la importancia de compartir sus existencias, cuestión que queda reflejada en un espléndido montaje paralelo con el que Vigo mostró la solitaria nocturnidad de los enamorados, separados por la distancia, sintiendo y anhelando la presencia del otro en los huecos vacíos de sus camas, en las que no pueden olvidar el sentimiento carnal y espiritual que los une. Las imágenes de L'Atalante, fotografiadas por Boris Kaufman (responsable de la fotografía en las cuatro producciones de Vigo), rebosan una hermosura poética pocas veces igualada, que parece fluir de las aguas del río o habitar en la avejentada embarcación que lo surca, y en la que sus tripulantes viven ajenos a las normas que rigen en tierra firme, algo que Juliette es incapaz de valorar hasta que experimenta la soledad de su separación, de igual modo que Jean comprende que su plenitud no es posible sin ella, pues el sueño de ambos solo es alcanzable si están juntos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Cero en conducta (1933)



Su delicada salud provocó su muerte a los veintinueve años, pero su prematuro fallecimiento no impidió que 
Jean Vigo dejase su impronta en la historia del cine francés y también en el mundial. Lo hizo con solo cuatro títulos, aunque fueron Cero en conducta (Zéro de conduite, 1933), mediometraje de 44 minutos, y el largometraje L'Atalante (1934) los que le mitificaron y convirtieron en un referente cinematográfico al romper con lo establecido y sentar algunas bases que posteriormente serían empleadas por directores como François Truffaut, quien explicó la influencia de Cero en conducta a la hora de realizar Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959). Censurada y prohibida durante años, al ser considerada una película antipatriótica y anarquista, se descubre en ella el rechazo de su autor al comportamiento intolerante y a la ignorancia de su época. Para ello, Vigo potenció la libre expresión de lo "incorrecto y anárquico", que se aleja de la seriedad y del riguroso control del mundo adulto al que se oponen los niños del internado donde se desarrolla la historia (autobiográfica); sobre todo, tres de ellos: Bruel (Coco Golstein), Causatt (Louis Lefebvre) y Colin (Gilbert Pruchon), a quienes se unirá Tabard (Gérard de Bédarieux), el recién llegado al centro, de apariencia frágil y a quien los profesores pretenden mantener bajo su dominio.


El internado se presenta como un lugar de opresión donde los niños son controlados, pero también es un lugar para la diversión y la anarquía, para las ocurrencias, los juegos y las travesuras de los jóvenes estudiantes que únicamente salvarían de la quema al profesor Hughet (
Jean Dasté), un buen tipo influenciado por Chaplin, que imparte sus clases de una manera mucho más libertaria y divertida que el resto de sus rígidos colegas de profesión. Ese carácter diferente, más abierto, flexible, cercano y liberal, le granjea las simpatías del alumnado y el ser respetado por la revolución que los internos tienen planeada. Hay un espíritu libre y creativo tras Cero en conducta que le confiere su carácter trasgresor, rebelde y universal, pero enfocando su discurso dentro de ese microcosmos infantil que sufre la opresión de los adultos, intolerables, de pensamiento rígido y anclados en viejas costumbres, guardianes de un orden que prohíbe la espontaneidad en los muchachos y censura su alocado y necesario comportamiento juvenil, parte de su identidad y de su construcción, el cual consistiría en la búsqueda de la diversión, en dar rienda suelta a la imaginación y en transgredir las normas que pretenden someterlos y que ellos rompen en instantes como la guerra de almohadas que se me antoja inspirada en la escena colegial expuesta por Abel Gance en Napoleón (1927). Por ese motivo, por ser ellos mismos y no la imagen apagada y controlada que pretenden los guardianes del internado, los niños desean enfrentarse al sistema que pretende alienarlos y que intenta suprimir cualquier atisbo de rebeldía, que no sería más que un signo vital de su edad y de su (r)evolución vital. ¿Hasta dónde habría podido llegar un poeta de la imagen como Jean Vigo si hubiese tenido tiempo para, cuando apenas había iniciado, proseguir con su carrera artística? ¿Quién sabe? Pero ahí quedan esas dos obras que testifican el talento de un cineasta que basó el relato del film en experiencias propias vividas durante su infancia, cuando él mismo fue alumno de un internado similar al que sirve de escenario para su Cero en conducta.