Mucho antes de que Warren Beatty lo adaptase a la gran pantalla, el personaje creado por Chester Gould ya contaba con un amplio historial audiovisual, pero es en su Dick Tracy (1990) donde el ambiente del policía, héroe incorrupto, servidor del orden y reconocible a primera vista en que luce abrigo y sombrero amarillo, alcanza mayor plasticidad gracias a la ambientación y a los decorados de Harold Mixhaelson, Rick Simpson y Richard Sylbert, y a la iluminación del gran Vittorio Storaro, que confieren a la película la estética de cómic en la que resaltan los rojos, los amarillos, los azules y la combinación de estos dos colores primarios: el verde. Dicha estética resulta el aspecto más destacado de un film que bebe del detectivesco y de la caricatura, y que llama la atención popular por su reparto, lleno de nombres reconocibles y de actuaciones histriónicas, como la del villano a quien da vida Al Pacino, que da rienda suelta a sus tics habituales y a su exageración natural para crear un personaje híbrido entre Michael Corleone y el Pingüino, recreación caricaturesca que Beatty, en su faceta de director, usa a favor de su película y la contrapone con la serenidad de su personaje, el cual pasa de héroe a falso culpable debido a la trampa que le tiende el personaje sin rostro, enemigo de su enemigo, de quien desconocen la identidad. Aparte de la intriga, previsible porque ni siquiera es lo importante de la película, se sitúa al personaje entre el deseo y el amor, y también el deber. Tracy se humaniza, esa es la idea al establecer las distintas relaciones del personaje: la paterno-filial que establece con el niño huérfano (Charlie Korsmo), la de pareja que no se decide, con Tess (Gleanne Headly), o la fantasiosa que despierta la aparición e insinuación de Susurros (Madonna), la supuesta mujer fatal que, amenazada por sus vínculos con el hampa, no duda en utilizar sus encantos para engatusar a ese detective servidor del orden en una ciudad diseñada para agudizar la sensación de vivir el cómic, lejos de cualquier realidad que no sea la de vivir en una película-tebeo cuyos bajos fondos resaltan coloristas, lejanos a las sombras que envuelven Camino a la perdición (Road to Perdition, Sam Mendes, 2002), afortunada traslación a la pantalla de otro tipo de cómic, menos infantil, que ya asume y presume ser novela gráfica…
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viernes, 14 de febrero de 2025
miércoles, 17 de julio de 2019
Lilith (1964)
domingo, 16 de julio de 2017
Esplendor en la hierba (1961)
viernes, 11 de septiembre de 2015
Bonnie & Clyde (1967)
Uno de los factores clave del éxito de Bonnie y Clyde fue su conexión inmediata con el público joven, pues mayoritariamente, el adulto prefería acomodarse en su hogar y disfrutar de las emisiones televisivas: series, reposiciones de películas clásicas, concursos y otros programas. Pero la conexión entre las imágenes y los espectadores es un después, un antes que lo hizo posible es el estilo y el tono desarrollados por Arthur Penn, director con quien Beatty había trabajado en Acosado (Mickey One, 1965), para narrar con imágenes y sin miedo a la censura del Código Hays el recorrido criminal de sus protagonistas. Su narrativa, entre la poética y la crítica que fuerza, no rehuye el conflicto social mientras acompaña a los delincuentes desde sus inicios hasta su caída, sin caer Penn en la tentación de juzgarlos, aunque sí en la de ensalzarlos. Si bien prescinde de juicios morales a la hora de mostrar a la pareja, los convierte en víctimas heroicas, y con ello logra, por una parte, el aplauso y, por otra, el rechazo del público. Pero aun con sus aciertos, Bonnie & Clyde es una película que debería verse desde una doble mirada: la que tenga en cuenta su época, donde sí podría decirse que fue rompedora, y fuera de su momento, en tiempo presente, cuando dicha ruptura se olvida y afloran defectos que en su día quizá pasasen de largo; aunque, se mire como se mire, su mítica no puede negarse. A la “química” de su guapa pareja, se le une la realidad de ser uno de los títulos más relevantes que confirmó el cambio en la industria cinematográfica de Hollywood.
La historia de Bonnie Parker (Faye Dunaway) y Clyde Barrow (Warren Beatty) fue escrita por David Newman y Robert Benton y en algunos aspectos recuerda a la filmada por Joseph H. Lewis en el El demonio de las armas (Gun Crazy, 1950). Aunque en Bonnie & Clyde el comportamiento criminal de la pareja no surge de una patología —se omite como afectó a Clyde su estancia en el correccional y se alude su incapacidad sexual en un par de ocasiones, pero solo para remarcar que la pareja sustituye la falta de sexo por las armas—, como sí aflora en el personaje masculino del film de Lewis, sino que nace como una consecuencia del momento que les ha tocado vivir. No cabe duda que Penn y sus guionistas se toman numerosas libertades argumentales respecto a la realidad de la pareja, tanto la psicológica como la criminal, pero es cine y, por tanto, la fantasía que depara o posibilita que ni Bonnie ni Clyde muestren una personalidad desequilibrada o una naturaleza violenta. Lo que les impulsa es su rechazo a la miseria en un presente que les ha deparado soledad y decepción, las que eligen dejar atrás cuando se unen; aunque su decisión implique el uso de la fuerza bruta y, a su vez, la persecución de individuos que emplean una violencia similar a la suya para darles caza.
Bonnie & Clyde es un film que mezcla varios géneros, cine de gángsters, road movie e incluso western, para recrear una época de crisis y de malestar social, similar en muchos aspectos al vivido durante los años sesenta, pero lo hace desde esos dos personajes que se enamoran a primera vista y que nunca desisten a la hora de alcanzar sus objetivos: romper con lo establecido, divertirse y crear un entorno familiar que los arrope. Este concepto de familia se agudiza gracias a la presencia de Buck Barrow (Gene Hackman), Blanch (Estella Parsons), la mujer de este, y C. W. Moss (Michael J.Pollard), quienes comparten el sueño de los protagonistas, pero dicha ilusión es un imposible que se confirma cuando los representantes de la ley, que no llegan a adquirir el grado de humanidad que la cámara sí confiere a los delincuentes, les dan caza en la escena más recordada del film.
miércoles, 23 de julio de 2014
Rojos (1981)
Como cualquier otro premio los Oscar no sirven de baremo objetivo para evaluar la calidad intrínseca de las películas que premia, como tampoco la labor realizada por sus responsables; al menos esto es lo que se deduce si uno se atiene a la lista de films galardonados o a la de directores que se alzaron con la estatuilla dorada a lo largo de sus ediciones, en las que se descubren incongruencias como la de otorgar el premio al mejor director a Victor Fleming por Lo que el viento se llevó cuando la película fue dirigida por varios realizadores y supervisados en todo momento por el productor David O. Selznick. También llama la atención que John Ford fuese premiado entre otras por El delator y nunca por sus westerns, muy superiores a esta, o comprobar que en las ediciones celebradas entre 1980 y 1982, Robert Redford, Warren Beatty y Richard Attenborough ganasen el Oscar al mejor director por Gente corriente, Rojos y Gandhi, producciones menos interesantes que las propuestas presentadas por Martin Scorsese y David Lynch, (nominados en 1980 por Toro salvaje y El hombre elefante), Louis Malle (nominado al año siguiente por Atlantic City) o Sidney Lumet (nominado en 1982 por Veredicto final). Pero más chocante resulta comprobar que Charles Chaplin, King Vidor, Fritz Lang, Howard Hawks, Raoul Walsh, Preston Sturges, Orson Welles, Alfred Hitchcock, Samuel Fuller, Sam Peckinpah y tantos otros fundamentales en el desarrollo del cine hollywoodiense jamás recibieron el reconocimiento al mejor director; aunque esta larga lista de no ganadores podría verse incrementada si se recuerda a los excelentes cineastas asiduos a producciones de serie B como Jacques Tourneur, Budd Boetticher, Edgar G.Ulmer o John Brahm, que jamás fueron tenidos en cuenta, como tampoco lo fueron directores de cinematografías ajenas a Hollywood (Akira Kurosawa, Federico Fellini, Ingmar Bergman o Luis Buñuel, por nombrar algunos de los más conocidos, tuvieron que conformarse con premios a la mejor película de habla no inglesa), lo que vendría a demostrar que la calidad de una película es ajena a los premios o menciones que se le conceden, algo obvio si, por ejemplo, se contempla que La diligencia es netamente superior a Lo que el viento se llevó, que el cine negro expuesto por Billy Wilder y Otto Preminger en Perdición y Laura se encuentran por encima del dramatismo del que hizo gala Leo McCarey en Siguiendo mi camino, o que la acción y suspense de Hitchcock en Con la muerte en los talones iguala al espectáculo del Ben-Hur realizado por William Wyler. De igual modo que los premios no deben tomarse como referencia a la hora de afirmar o negar la valía de una película, tampoco deberían tenerse en cuenta cuando se evalúa el trabajo de un director, pues queda claro que ni el cine de George Roy Hill, ganador del Oscar por El golpe, ni el de John G.Avildsen, ganador por Rocky, superan al de Nicholas Ray, otro ejemplo de los grandes olvidados que jamás fueron nominados; ni Robert Benton realizó una labor en Kramer contra Kramer superior a la de Francis Ford Coppola en su compleja y arriesgada Apocalypse Now. Un caso similar sería el de Warren Beatty, un actor reconvertido a realizador, que ganó el Oscar al mejor director por Rojos (Reds, 1981), su primera película en solitario, imponiéndose a Louis Malle o a Steven Spielberg en una ceremonia en la que Michael Cimino ni siquiera estuvo nominado por la incomprendida y mutilada La puerta del cielo. Con esto no se pretende desprestigiar ni a las películas citadas ni a sus realizadores, como tampoco a estos u otros premios, solo relativizar su importancia (más mediática y comercial que de cualquier otra índole) y el supuesto prestigio que conceden, y que a menudo no se ajusta a la realidad que ofrece el film en cuestión. En Rojos Warren Beatty ofreció su visión cinematográfica del periodista John Reed (Warren Beatty), a quien se muestra durante sus últimos años desde su relación sentimental con la también periodista Louise Bryant (Diane Keaton) y desde su fe en la ideología marxista. Pero, a pesar del supuesto prestigio del film, este se desarrolla irregular, mezclando una ficción forzada con diversas entrevistas a personajes reales, que Beatty introdujo en diferentes momentos para confrontar opiniones y completar su esbozo de la personalidad del autor de Diez días que conmovieron al mundo. De este modo, durante casi tres horas de metraje, se desarrolla un periodo que abarca desde la presencia de Reed en la revolución mexicana hasta su muerte en suelo soviético. Este tiempo descubre la evolución del escritor como uno de los principales impulsores del comunismo en Estados Unidos, aunque Reed, más que un socialista, sería un idealista ajeno a la verdadera dimensión de la política y a las ideas que rigen el movimiento que defiende. Quizá, hacia el final de su vida, sea consciente de que su lucha poco o nada tiene que ver con la que descubre durante su estancia en la Unión Soviética, pues él, personaje iluso dentro de un mundo pragmático, aboga por la igualdad como medio para erradicar injusticias y abusos de quienes ostentan el control, como demuestra su oposición a la participación de su país en la Gran Guerra, convencido de que solo unos pocos deciden y se benefician, y muchos son quienes mueren en ella. De modo similar, no duda en apoyar los movimientos sindicalistas como herramienta de mejora laboral, pero también se le descubre desde un aspecto más íntimo, aquel que le une a Louise, hacia quien paulatinamente desvía sus intereses y emociones, porque finalmente comprende que ella es lo único verdadero de cuanto le rodea.
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