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miércoles, 29 de mayo de 2024

Esperando la felicidad (2002)


Sin noticias del bienestar

Por Antonio Pardines


El punto de partida fundamental hacia la felicidad humana es la ausencia de frustración, pero ¿quién no la ha sentido en algún instante? Además, habría que responder qué es la felicidad y si es posible encontrarla; y, consecuentemente, retenerla como si fuese una posesión o un bien preciado. Como abstracto, su significado varía según quién se plantee el qué le significa o qué le implica, si piensa que se trata de una cuestión material, sentimental-emocional o una combinación de ambas. Bertrand Russell en su libro La conquista de la felicidad habla de la existencia de dos clases, con sus grados intermedios: <<podrían denominarse normal y de fantasía, o animal y espiritual, o del corazón y de la cabeza>>. Pero, en general y de modo particular, la apuntaba en el mirar más las necesidades ajenas que a las propias. Era europeo, humanista, ajeno a las creencias cristianas y perteneciente a la clase acomodada, lo cual, a priori, le suponía ver cubiertas sus necesidades básicas, cuya realización resulta fundamental para aspirar a cualquier tipo de felicidad. El filósofo y matemático británico daba como feliz una especie de altruismo teórico, un interés por los otros que ubica la felicidad lejos del egocentrismo tan de moda tras el fin del teocentrismo y del posterior antropocentrismo. Apuntaba que el secreto de la felicidad residía <<en que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles>>, mientras que el oriental Lao Tse, muchos siglos antes, en Tao Te King ubicaba la felicidad en la desposesión; algo así como es más feliz quien menos tiene: <<¿No es acaso por no querer nada que lo posee todo?>> Pero que se lo digan a Rockefeller o al tío Gilito, cuya acumulación de dinero, en monedas y billetes, le posibilitan sus tranquilizantes chapuzones en la piscina de su lujosa mansión. Son modos distintos de sentir aquello que llaman felicidad, que sería algo así como un estado de plenitud, sea de un segundo o de un mes, pero, indudablemente, no es un estado estático ni perdurable, como todo estado humano es variable y efímero. Vive en la alternancia, incluso en ausencia, en el deseo de ser felices.


La felicidad también es un concepto que difiere según lo que te han querido vender como tal. Por ejemplo, el proletario ruso soñaba con obtenerla cuando se instaurase la dictadura del proletario, utopía que, como tal, es irrealizable, y los cristianos medievales se dejaban guiar y someter porque su recompensa estaba en un paraíso celestial, idea que, con sus variaciones, ya se encuentra en Platón, quien en El Fedón apunta que el alma se prepara en la vida para la muerte, que sería algo así como la puerta a su liberación del cuerpo, a su acceso al conocimiento puro. <<Si el alma se retira en este estado, va hacia un ser semejante a ella, divino, inmortal, lleno de sabiduría, cerca del cual, libre de sus errores, de su ignorancia, de sus temores, de sus amores tiránicos y de todos los demás males anexos a la naturaleza humana goza de la felicidad>>. Pero la felicidad la queremos aquí y ahora, es mundana y vital, a la par abstracta y física. Se ve influenciada por el pensamiento y el estado emocional de la persona, por la salud y la geografía, influye en ella desde la sensaciones corporales y mentales hasta el lugar de nacimiento y de asentamiento, entre otras variables que a menudo resultan ajenas al control de los aspirantes a la felicidad. A nadie escapa, aquello de que no es lo mismo nacer en un país desarrollado y seguro, donde las comodidades apenas se valoran porque, desde que podemos recordar, están ahí, formando parte de nuestra realidad, que en uno árido, pobre y amenazado por la carestía o la guerra, entre otras. Las condiciones climáticas, políticas o económicas determinan parte del día a día y nacer en la Unión Europea supone, a priori, unas comodidades que se niegan a los nacidos en países como Haití o Mauritania, pues tanto en el caribeño como en el africano la situación económica de la población apunta una precariedad que no se da en suelo europeo, el cual se convierte en una especie de ilusión para aquellos que, viviendo realidades como la de los personajes de Esperando la felicidad (En attendant le Bonheur/Heremakono, 2002), sueñan una plenitud que creen posible en Europa. Pero la película no solo trata de la emigración, aunque esté presente en todo momento: dos personajes hablan de si un tercero habrá llegado a Tánger o a España, el mismo personaje que el océano devuelve su cuerpo a la costa. Intentó buscarla, pero, para él y para tantos otros, la felicidad es la idea de bienestar imposible de alcanzar. Para Abdellah, uno de los personajes principales de Abderrahmane Sissako, la felicidad es inexistente en su hogar, es decir, vive en la frustración y en el sueño de estar lejos, en Europa. No se encuentra, es infeliz, apenas habla y en su rostro se lee la tristeza que le consume y le aparta. Quiere otra vida, lejos, en algún lugar donde la felicidad forme parte de su cotidianidad. Pero, aparte de este joven triste, que no se plantea la felicidad como un derecho constitucional, sino como una necesidad vital en alternancia y no en eterna ausencia, Sissako ofrece en su película un paisaje humano que acerca la situación de otros personajes, cotidianidades y aspectos de su cultura, de su entorno humano y natural vivo, árido, arenoso, a orillas de ese Atlántico que se ofrece como engañosa vía de escape, pues no deja de ser una frontera entre la idea y la realidad mundana. En Esperando la felicidad, el cineasta mauritano muestra otra perspectiva de la felicidad, su ausencia, de ahí la búsqueda o la espera; es decir: emigrar o quedarse, pero ¿dónde se encuentra la plenitud, para ellos desconocida?



domingo, 5 de mayo de 2019

Timbuktu (2014)

Hito del cine mauritano, del que, descontando los nombres de Mel Hondo y Abderrahmane Sissako, apenas nada conozco, Timbuktu (2014) se abre a la realidad de un pueblo que teme, pero que no se rinde ante la ocupación que sufre a manos de extremistas que emplean su interpretación de las leyes sagradas para someter e imponerse. Pero lo que podría haber sido una película que inflase su dramatismo para recalcar su denuncia, en manos de un humanista veterano como Sissako se convierte en un espacio cercado por el horror donde se produce un enfrentamiento de opuestos: la libertad y su ausencia, la intolerancia frente a la tolerancia -que observamos en la postura abierta al diálogo del imán local (Adel Mahmoud Cherif), que se contrapone al jefe extremista (Salem Dendou) que semeja escuchar sus palabras, pero no quiere comprender qué pretende decirle-, lo visible y lo que se esconde detrás de la idea que se impone a la fuerza como única vía posible, sin analizar su razón de ser ni los intereses que oculta. La propuesta de Sissako no pretende las lágrimas ni la conmiseración del público, intenta, y considero que logra, exponer los hechos que afectan a un entorno y a las personas que descubrimos en la ciudad maliense de Tumbuctú, ocupada y oprimida, y en el espacio abierto donde habitan Kidane (Ibrahim Ahmed), Satina (Toulou Kiki), su hija Toya (Layla Walet Mohamed) y el pequeño Issam (Mehdi AG Mohamed). Esta familia, nómada y ganadera, ha levantado su hogar en las solitarias dunas cercanas al río donde beben sus vacas y donde inicialmente viven al margen de los acontecimientos urbanos que el cineasta mauritano intercala con la intimidad familiar. De esta manera, la amenaza se cierne sobre el pacífico núcleo, una amenaza que ha dejado de serlo en la ciudad donde los fundamentalistas campan a sus anchas, con sus teléfonos móviles, conversando entre ellos, desconociendo el idioma local, y dispuestos a emplear la fuerza que apunta en sus automáticas y en sus vehículos todoterreno. Su estampa y su carácter, unidos al deseo que les despiertan mujeres locales, solteras o casadas, lleva a pensar que someten con el fin de hacer cuanto les plazca, porque, en realidad, ¿cuál es la idea que les ha llevado hasta allí? Probablemente ninguno sepa contestar, al menos, no con claridad, ni de forma dialéctica y pacífica, y es precisamente esto lo que confiere mayor fuerza dramática a Timbuktu. Así intuimos que es su humanidad, y no la religión, la que descarta cualquier opción ajena a la suya. Es la intolerancia, característica humana extrema llevada a su máximo extremo. De ese modo prohíben jugar al fútbol, azotan a quien osa contradecirles, aunque los niños se las ingenian y fantasean con una pelota imaginaria, obligan a las mujeres a llevar velo y guantes, orden que la vendedora de pescado desacata porque necesita sus manos desnudas para trabajar, y por su desobediencia es arrestada, empujan a una madre a entregar a su hija en matrimonio o deambulan por las calles, megáfono en mano, proclamando que el adulterio es el pecado más grande, y merecedor del castigo sufrido por la pareja que entierran hasta el cuello y lapidan hasta la muerte. La humanidad del invasor no evidencia aquellos aspectos que suelen venir a nuestra mente cuando evocamos dicha palabra, sin embargo, tanto el dogmatismo como la intransigencia exhibida -que excluyen cualquier punto que no coincida con el suyo- son de exclusividad humana, de aquello que podría llamarse inhumanidad. A medida que Timbuktu avanza se cierra entorno a Kidane y familia, consecuencia de una muerte fortuita que elimina cualquier posibilidad de escape. En su juicio, tras matar accidentalmente al pescador, el ganadero muestra arrepentimiento, aceptación de culpa, intención comunicativa y nostalgia de la cotidianidad que ya sabe perdida -su mujer y el rostro de su hija-, aquella cotidianidad que ha sido alterada y sustituida por la visión y los deseos, única y únicos, de sus jueces y verdugos, representantes de cualquier cruzada emprendida a largo de la historia, perspectivas extremas que no contemplan la posibilidad de que otras ideas, creencias y comportamientos puedan existir libres, en este caso, por las dunas y por la hermosa ciudad maliense donde el drama y la ocupación se convierten en injusticia mundana, que no divina, y humana.