El esplendor del cine italiano en la primera mitad de la década de 1910 se basó en la grandiosidad de sus propuestas épicas; lo opuesto a lo que se buscó cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, volvió a brillar en el neorrealismo y en el cine de los 50 y 60. Durante este periodo fue una de las cinematografías más ricas del planeta gracias al talento de sus directores, guionistas, actores, actrices, compositores, directores de fotografía… e incluso productores. La lista de nombres propios que dieron esplendor a esa época se alargaría de aquí a Roma y llegaría hasta la bella y vivaracha Nápoles. Por tener, el cine italiano y, en particular, la comedia italiana lo tenían todo, o casi, incluso la capacidad de reírse de sí mismo con ironía y con el valor de hacer uso crítico de ella. En pocas cinematografías, por no decir “en ninguna”, han sabido reírse tanto, con tan mala leche y descaro de los defectos propios, que la italiana. Sus autores miraban de cara la sociedad y al (falso) progreso...