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Mostrando las entradas etiquetadas como actores

Esbozar sobre Emil Jannings

Esbozar sobre Emil Jannings Por Antonio Pardines ¿Qué decir sobre su talento? ¿Que le permitió pasar del silente al sonoro sin apenas resentirse? ¿Por dónde empezar? ¿Aquel día de 1884 en el que vio la luz en Suiza o aquella otra jornada austriaca de 1950 en la que falleció? ¿Dónde iniciar un breve esbozo sobre Emil Jannings sin caer en alabanzas a su arte en escena ni en ataques a su decisión de afiliarse al partido nazi, tal como hicieron Hugo Boss, Martin Heidegger, Herbert von Karajan o Carl Schmitt? ¿En su momento de gloria, cuya cima se puede situar en la gala de los premios Oscar de 1929, a la cual no asistió porque estaba regresando (imagino que por mar) a Europa? ¿O situarlo y sitiarlo decrépito y orondo, en plenitud de su patetismo, no en un Berlín arrasado por las bombas aliadas, sino en una pequeña localidad alpina llamada Berchtesgaden, cuando, al final de la guerra, corría con su estatuilla dorada al mejor actor del año en mano, mostrándosela a los soldados estadounidense...

Sinatra: a su manera (y a la de otros)

Sinatra: a su manera (y a la de otros) Por Antonio Pardines La letra de la canción «My Way» no la escribió Frank Sinatra, sino Paul Anka a partir del original francés, pero Sinatra sí fue quien, de todos los cantantes que la han interpretado (Elvis Presley, Julio Iglesias, el propio Anka, Los piratas y tantos más), la hizo suya porque —no me cabe duda— se sentía identificado con la filosofía existencial del tema, ese modo de vivir «a su manera» al que se aferró hasta el final de su vida: siempre siendo un niño grande y caprichoso, impredecible en sus reacciones, despectivo con quienes mostrasen algún signo de debilidad —o lo que él considerase tal—, generoso con aquellos a quienes aceptaba en su radio de cariño y de respeto. No era ningún héroe ni ningún rebelde, tampoco un delincuente juvenil ni, andando el tiempo, senil, mas sí iba a lo suyo y creó su propio reino, aunque fuese un reino vasallo de uno mayor en las sombras y de otro mediático. Un tipo duro como él nunca reconocería ta...

José Sacristán y el hijo de la cómica

José Sacristán y el hijo de la cómica Por Antonio Pardines Ayer, con la sala principal del Auditorio de Galicia abarrotada, José Sacristán, de 88 años de edad, salía a escena caminando con la nostalgia y con el testimonio de una época que se apaga, como equipaje. No era físico, aunque lo fuese la maleta que portaba y posaba sobre el escenario, sino emocional y memorístico. En aquella otra maleta, la de su cabeza y su corazón, portaba un modo de entender el cine, el teatro y la vida, un modo que en él encuentra uno de sus últimos testigos; también uno de sus últimos héroes protagonistas. ¿Quién los recuerda, si ya empiezan a ser fantasmas en la memoria de quienes los disfrutamos y vacío en las generaciones que nunca sabrán que existieron? El popular actor es el nexo entre la generación de los Fernán Gómez y la suya; y también con la siguiente. Esas tres son las que alcanzan mi infancia. Pero, allí, en la sala del auditorio, los únicos niños y niñas que había habitaban en la memoria. No ...

Tatsuya Nakadai: tal es la condición humana

  Hace tres días falleció uno de los actores con mejor currículum que uno pueda desear, tenía 92 años —a un mes de cumplir los 93— y llevaba cinco años lejos de las cámaras. Pero eso es normal, tal es la condición humana, no se puede vivir ni actuar para siempre, aunque ahí quedarán sus actuaciones mientras existan sus películas. Lo curioso del asunto es el olvido de tantos actores y actrices que no sean hollywoodienses por parte de quienes suelen presumir de amantes del cine; será del hecho en Hollywood; y aún así, de una mínima parte. El olvido es el destino de todo lo vivo, mas no debe preocuparnos, pues sencillamente es así y nada podrá evitarlo. El tiempo se encargará de borrarnos, a unos antes y a otros después. Este último, resulta el caso de algunos personajes que salieron del anonimato, no me refiero a famosetes y notas, sino a quienes aportaron algo más que estupidez. Luego también hay otros que se recuerdan por sus desmanes, los que llevaron al mundo un poco más cerca de...

Cruise, el universo paralelo y las estrellas

Las leyes físicas que rigen el universo paralelo en el que vive Tom Cruise le han permitido resolver hasta siete misiones imposibles sin palmarla, pilotar cazas superando la velocidad del trueno sin que le parta un rayo o morir y renacer en el mismo día para salvar su mundo de una invasión alienígena. En todo caso, de vivir en el nuestro, la cosa cambiaría para Cruise y su héroe del FMI estaría criando malvas desde 1996, año en el que una imagen alternativa del Brian de Palma de aquí le hizo  deslizarse y saltar allí por el exterior de un tren de alta velocidad en marcha . Pero la cosa no fue para tanto —dicen en su mundo—, pues allí, deslices y saltos así se dan como aquí puedan darse las setas, los anuncios, las faltas ortográficas, los memes, los payasos y los fanáticos. Coser y cantar, dicen los del paralelo, no me refiero a los vecinos del barrio barcelonés, sino a los realistas del universo donde sus humanos escapan a leyes físicas que a nosotros nos sujetan y solo nos permit...

¿Quién quiso ser Robert Redford?

Nunca quise ser Robert Redford, ni ningún otro actor de Hollywood y de ninguna parte, salvo tal vez Clint Eastwood , Jason Robards o Charles Bronson cuando se dejaban acompañar de Sergio Leone , pero he de reconocer que Redford, los nombrados u otros como su amigo Paul Newman, Cary Grant , Humphrey Bogart , Marcello Mastroianni , Alberto Sordi, Fernando Fernán Gómez o Sean Connery, siempre han estado ahí, desde que tengo recuerdos de cine. Crecí con héroes y villanos de celuloide, de literatura y de fantasía. Incluso en la calle de mi infancia teníamos alguno. Ahora, pesando en Redford, me viene a la mente su timador en El golpe ( The Sting , George Roy Hill, 1973), junto a Paul Newman, y pienso en lo mucho que me divirtieron y en que ambos, con su alegría y sus chanchullos, me hicieron querer engañar a todos. En realidad, me hicieron más divertidos mis momentos de cine, no solo en esa película sino en muchas otras. Ahí quedan, en la memoria y en la pantalla, su fugitivo en Jauría hu...

Jacques Tati, héros Hulot

Fotografía de Jacques Tati, tomada por André Cros (fuente: wikipedia) Me reconozco en Jacques Tati, tal vez porque su humor me sepa subversivo, al mandar a “tomar por ahí” al supuesto progreso, que el cómico comprende que solo es tecnológico, ni social ni humano (en un sentido humanitario y humanista). Me gusta su personaje Monsieur Hulot, que crea “involuntariamente” el caos para llamar la atención sobre la superficialidad y el esnobismo, sobre la modernidad y su velocidad de escape hacia no se sabe muy bien dónde; ese movimiento de huida constante que espanta la quietud y relega al olvido el tiempo para pensar e incluso el destinado a disfrutar de aquellas cosas en las que los sentidos ya no se detienen o lo hacen (hoy) con la finalidad de crear contenido audiovisual que compartir y con el que llamar la atención. La crítica a la vida a plena carrera, sin mirar atrás, ni a los lados, ni al frente, ni detenerse a saborear el instante, ni a quien te sale al encuentro, ya asoma en Día de...

Rex Harrison, comediante de salón

Al verlo en la pantalla, dando vida a Julio César, al profesor Higgins o al papa Julio II, no cabe duda de que Rex Harrison fue un actor muy elegante, con mucha clase, incluso en su papel de espectro en El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1946) no asusta, sino que confiere un toque de distinción a su capitán. Harrison dota al difunto Gregg de un porte distinguido, a la par del exhibido por Gene Tierney, que también poseía una elegancia que luce en todo su esplendor en esta fantasía amorosa de Joseph L. Mankiewicz  y también en la Laura (1944) de Otto Preminger , entre otros films que contaron con la presencia de la actriz. Tras este poético y fantasioso romance espectral, Harrison volvería a trabajar para Mankiewicz en la más mundana Escape (1947), en la colosal Cleopatra (1963), en la que dio vida a Julio César —la interpretación cinematográfica que él consideraba la mejor de las suyas—, y en la cínica e irónica Mujeres en Venecia (The Honey Pot, 1967). Ta...

Spencer Tracy, la estrella para la gente

Una de las habilidades del Hollywood clásico fue la de crear personajes y no solo en el pantalla. Sus publicistas conocían la tendencia popular de idolatrar mitos y la aprovechaban, puesto que el público confundía (y parecía deseoso de hacerlo) la imagen proyectada con la realidad escondida. Los estudios no querían hombres y mujeres, querían productos atractivos que vender y, para ello, se decantaron por potenciar estereotipos que contentasen la exigencia y avivasen el deseo de destinatarios que comprendieron estándar. En la pantalla, asomaba el tipo peligroso y el simpático, el villano y la mujer fatal, la joven inmaculada y la “vamp”, el héroe honesto, el aventurero optimista, la chica del gánster, la madre abnegada, la díscola de buen corazón y tantos más cuya idea y brillo saltaban fuera de la ficción y se proyectaban en la persona que se encontraba bajo la sombra. Así, en la parte visible, cuando alguien veía a Mary Pickford, veía la inocencia; o cuando contemplaba a Fairbanks enc...

Mel Brooks, ganas de (hacer) reír

La primera película que Mel Brooks vio en el cine fue El doctor Frankenstein (Dr. Frankenstein, James Whale, 1931). Le impactó tanto que cuarenta y tres años después realizó El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), su cuarto largometraje como director y la primera que recuerdo haber visto de las suyas; ¿o fue El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970)? El cine había irrumpido con fuerza en aquel niño de cinco años, natural de Brooklyn, feliz en su vecindario y con ganas de hacer reír y, probablemente, de dejar atrás la pobreza que vivió durante la Depresión que disparó el paro, los precios, el hambre y algún totalitarismo. Con muchas ganas, suerte, talento y humor de patio de colegio llegó a triunfar como cómico; más adelante lo haría como actor, guionista, productor y director de cine y televisión, medio este último para el que creó junto con Buck Henry  Superagente 86 (Get Smart, 1965-1970). Aunque la cosa no sería tan fácil. Necesitaría encontrarse...

Burt Lancaster, en la memoria

Hacer memoria suele ser un ejercicio forzado, pues se busca en ella para reconstruir y, a no ser que sea compartida, entra en terreno personal. Por ese territorio me muevo ahora, sin pretender unanimidad ni objetividad, pues toda memoria es un espacio subjetivo donde el sujeto crea sus recuerdos condicionado por el tiempo que separa lo que fue de lo que es. Así miro atrás y me veo en un videoclub alquilando Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, Jeff Kanew, 1986); la alquilo porque sus protagonistas son Burt Lancaster y Kirk Douglas, quienes ya habían compartido pantalla en títulos como Duelo de titanes (Gunfight at O. K. Corral, John Sturges, 1956) o Siete días de mayo (Seven Days in May, John Frankenheimer, 1963). Son los años ochenta del siglo pasado y me interesa más verlos a ellos de tipos duros dando guerra que a E. T. aprendiendo a pedalear o queriendo telefonear a casa, a Peggy Sue casándose o a héroes de acción más del gusto de la gente de mi edad de entonces. No es que me disg...

Montgomery Clift, vidas en conflicto

Su primer gran papel fue enfrentarse a John Wayne en el magistral western Rio Rojo (Red River, Howard Hawks , 1948) y no salir sin cuatro dientes menos, con un ojo hinchado y una bala en el pecho. Aunque se estrenó primero Los ángeles perdidos (The Search, Fred Zinnemann, 1948), la película de  Hawks  supuso su debut en el cine y, desde entonces, Montgomery Clift se convirtió en el actor del método más talentoso de Hollywood, posición que solo se vio amenazada por la brevedad de James Dean y con la irrupción en la escena hollywoodiense de Marlon Brando , con quien compartiría cabeza de cartel en El baile de los malditos (The Young Lions, Edward Dmytryk, 1958), pero en la que no tenían escenas comunes. Estrella indiscutible durante la primera mitad de la década de 1950, como buen intérprete “metodista”, lo suyo era crear interioridades más que personajes, que eran suma de conflictos, complejos, contradicciones, deseos, frustraciones, sufrimientos. Un buen ejemplo, el sacer...