Es inusual encontrarse con una producción animada que se centre en vidas infantiles rotas como la de Calabacín o Camille, vidas que existen en nuestra realidad social y que suelen pasar desapercibidas a quienes no nos afectan de forma directa. Tampoco es habitual evitar la sensiblería con la que algunas películas que abordan el tema manipulan las emociones del público, ni lo es lograr que estas fluyan de forma natural. Esto último lo consigue, con creces, La vida de Calabacín ( Ma vie de Courgette , 2016), un film que no pretende condicionar, solo exponer las circunstancias que afectan a los pequeños protagonistas en su cruda realidad, que, como cualquier otra, presenta momentos tristes y alegres. La sutileza y el equilibrio expositivo de Claude Barras , que traslada a imágenes el guion de Céline Sciamma , evitan que la tristeza se adueñe de la pantalla, pues, lo que pretende y consigue es un relato al tiempo íntimo y emotivo, nada sensiblero, que no se olvida del humo...