Somos testigos de la única época de la que podemos serlo. Es nuestra época, la que nos toca vivir y en la que, aparte de testigos, podemos ser secundarios, cómicos y dramáticos, activos y pasitos, víctimas y victimarios, y en algún momento puntual creernos los protagonistas o los héroes y heroínas de la historia. En cierta medida también somos quienes nos sorprendemos y quienes reaccionamos airados cuando no somos los que mienten u ocultan, los que manipulan o quienes aceptan la corrupción como medio para alcanzar comodidades que dentro de la legalidad sería difícil conseguir. Pero tampoco nos escandaliza tanto como aparentamos, puesto que somos conscientes de que todo eso resulta innato al ámbito político, económico y social en el que nos encontramos, lejos de nuestros orígenes naturales. Al evolucionar, desarrollamos estrategias y capacidades que posibilitan alcanzar posiciones de poder y privilegio por vías no siempre honestas o legales. Pero no hay arrepentimiento, no hasta que...