Un film distinto, todos los que siguen el impulso creativo de sus responsables suelen serlo, pero también es diferente por esa Galicia “máxica”, “terra meiga” que Lois Patiño intenta recrear en la pantalla, a partir de un pueblo costero —parte de los exteriores están rodados en Camariñas— donde la quietud ancla a sus personajes en el tiempo, persiguiendo el no tiempo. Desde épocas remotas e inmemoriales, los habitantes de la costa miramos el mar con familiaridad, temor, gratitud, respeto, cariño, incluso con la nostalgia que las profundidades y el horizonte marino traen de un futuro y de un pasado construidos con materiales de evocaciones, realidad y mito, creando de ese modo un presente inexistente que se sitúa entre la realidad y la irrealidad, tierra de espectros, de días grises y noches bajo lunas coloreadas por la sangre y el recuerdo de los ahogados. Uno de los conflictos que puede presentarse ante el cine de Patiño es su insistencia poética. Quiere ser diferente y hace notar su ...