Recuerdo un conocido de mi adolescencia que se alistó en la legión española. Lo hizo para salir de su pueblo, lo hizo para escapar de su condena. Excepto los festivos, salía al mar cada día. Lo llevaba haciendo desde los doce o trece años y supo que ese sería el curso inalterable de su fugaz existencia. Sin estudios, sin ganas de prepararse, sin aspiraciones, ni inquietudes, pero con el propósito de poner tierra entre el océano donde faenaba seis noches de cada siete y él, decidió enrolarse y ser legionario, sin saber nada sobre la legión, salvo la fantasía legionaria. Cuando lo conocí, él ya intimaba con las drogas, quizá porque el dinero que ganaba embarcado le quemaba en las manos y porque su vicio ardía en la plenitud de sus trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete años, cuando en Galicia no resultaba complicado pillar tabaco de batea, un talego de chocolate, una papelina de caballo o medio gramo o uno entero de nieve en polvo. Quizá su decisión no solo guardase relación con h...