Triángulo sin vértices Por Antonio Pardines La idea que guardaba de Interferencias ( Switching Channels , 1988) se ha reafirmado al volver a verla después de casi cuatro décadas. Sigue siendo la misma aburrida de antes, la que me hace bostezar en su empeño de ser graciosa. Parece innegable que sea la menos corrosiva e irónica de las adaptaciones de la popular obra teatral de Ben Hecht —según Wilder, el guionista más prolífico de su época— y Charles MacArthur, que ya había sido llevada a las pantallas por Lewis Milestone, Howard Hawks y Billy Wilder, tres cineastas cuyas gigantescas sombras quizás fuesen demasiado para que Ted Kotcheff y el guionista Jonathan Reynolds viesen un rayo de luz y de esperanza para su propuesta. Tal vez, por ello, el resultado fuese esta comedia deslucida, sin el menor brillo. Aparte, ¿dónde está esa cosa llamada «química»? No asoma entre los personajes, no hay tensión ni pasión, ni siquiera la complicidad y la atracción que pudiese darle alas al asunto. ¿Qu...