Poco o nada hay de original en la aventura africana propuesta en Soga de arena (Rope of Sand, William Dieterle, 1949). Hay una rivalidad, con diamantes de por medio, un romance, una estrella ascendente, Burt Lancaster, y un reparto solvente encabezado por tres actores que el productor Hal B. Wallis recuperaba de su mítica producción Casablanca (Michael Curtiz, 1942): Paul Henreid, Peter Lorre y Claude Rains. Pero no es que carezca de atractivo, sino que la mayor parte del asunto suena a desgana. Wallis se empeña en repetir la hazaña de aquel legendario film que había producido durante su etapa en la Warner Brothers, ya lo había intentando con relativo éxito en Pasaje a Marsella (Passage to Marseille, Michael Curtiz, 1944), pero la magia cinematográfica de aquella no asoma en esta. Cuando hablo de magia me refiero al rostro de Ingrid Berman, a la idealización de la libertad contra el totalitarismo, al amor imposible de Rick e Ilsa y al principio de una hermosa amistad que quizá acabase afeándose. En todo caso, hacia finales de la década de 1940, Wallis ya no estaba en la Warner, había alquilado sus servicios a Paramount y la necesidad de patriotismo bélico había quedado atrás. Ahora eran tiempos de la caza de brujas que afectaba a actores como Paul Henreid. A las puertas de la segunda mitad de siglo, en un mundo cambiante y en un Hollywood que, a pesar de los cambios, como la sentencia antimonopolio y las listas grises y negras, no había cambiado nada respecto a lo que era: un negocio. De modo que la función de alguien como Wallis era producir éxitos y estaba empeñado en obtener uno similar al logrado en su colaboración con Michael Curtiz, así que propuso a William Dieterle, otro cineasta europeo con quien había trabajado en Warner. Probablemente, a Dieterle no le entusiasmaba demasiado el material que le entregó el ejecutivo, cuyo guion venía firmado por Walter Doniger, que no era un escritor que hubiese destacado por sus guiones, tampoco lo haría más adelante, orientando su carrera profesional hacia el medio televisivo. El resultado es agridulce, un quiero y no puedo, con el atractivo de su reparto, con cierto tono irónico y de una ambientación lograda. Dieterle sitúa la acción en un espacio africano árido, aislado, amenazante ya no por su geografía o por sus características climáticas, sino porque se trata de un lugar donde la brutalidad, la violencia y la avaricia son reflejos de los propios personajes. En ese espacio se encuentran los personajes de Burt Lancaster y de Corinne Calvet, de quien me digo “quiere ser Jane Russell”, y el del actor choca con el asumido por Paul Henreid, cuyo rol ya no es el del héroe íntegro que se enfrenta a la intolerancia y al totalitarismo en Casablanca. En la realidad de 1948, el Henreid sufre la caza de brujas; no encuentra trabajo porque Hollywood le cierra las puertas: sin embargo, Dieterle se decide a ir a contracorriente y le contrata; pero aprovechándose de la situación del actor, Paramount solo le paga la mitad de su sueldo. La mezquindad y la intolerancia no habían desaparecido con la victoria sobre los nazis y sus aliados; de hecho, nunca han dejado de existir, como tampoco quienes sacan provecho del mal ajeno o quienes, como los protagonistas del Soga de arena, no dudan en aprovecharse de otros. En todo caso, en Soga de arena ya no hay un enemigo al que cantarle La Marsellesa, solo tipos grises entre los que se cuenta el héroe, que no convence del modo que sí lo hacia Rick/Bogart. Irregular, reitera situaciones ya vistas en anteriores producciones, Soga de arena no se decide a ser aventura o cine negro, ni logra mezclar ambos géneros. Su desarrollo y su desenlace son previsibles, aunque la película crea una atmósfera propia y tiene sus momentos: como la introducción del espacio y la contundente presentación del villano encarnado por Henreid. Su sadismo queda definido en ese instante, en la zona prohibida, propiedad de la Compañía Colonial de Diamantes, así como la explotación de la mano de obra (que trabaja en condiciones semiesclavas). Solo importa el beneficio; no hay espacio para la libertad ni para idealistas, sino paga la brutalidad y para los tiburones, aunque asomen trajeados y refinados como Martingale, uno de los jefes de la compañía minera, interpretado por el siempre elegante Claude Rains, actor que siempre aporta clase y no poca ambigüedad a muchos de sus personajes…
miércoles, 31 de julio de 2024
jueves, 15 de febrero de 2024
Burt Lancaster, en la memoria
Hacer memoria suele ser un ejercicio forzado, pues se busca en ella para reconstruir y, a no ser que sea compartida, entra en terreno personal. Por ese territorio me muevo ahora, sin pretender unanimidad ni objetividad, pues toda memoria es un espacio subjetivo donde el sujeto crea sus recuerdos condicionado por el tiempo que separa lo que fue de lo que es. Así miro atrás y me veo en un videoclub alquilando Otra ciudad, otra ley (Tough Guys, Jeff Kanew, 1986); la alquilo porque sus protagonistas son Burt Lancaster y Kirk Douglas, quienes ya habían compartido pantalla en títulos como Duelo de titanes (Gunfight at O. K. Corral, John Sturges, 1956) o Siete días de mayo (Seven Days in May, John Frankenheimer, 1963). Son los años ochenta del siglo pasado y me interesa más verlos a ellos de tipos duros dando guerra que a E. T. aprendiendo a pedalear o queriendo telefonear a casa, a Peggy Sue casándose o a héroes de acción más del gusto de la gente de mi edad de entonces. No es que me disgustase ver a Stallone subiendo escaleras a ritmo de Bill Conti o reventando a la policía y a la guardia nacional en Acorralado (First Blood, Ted Kotcheff, 1982), a Eddie Murphy revolviendo Hollywood mientras Mad Max continuaba el recorrido que le llevaría hasta Tina y más allá de la “cúpula del trueno”, o a Harrison Ford en plan Indiana, fastidiando, con o sin su padre, a un puñado de nazis. Pero me resulta fácil comprender mis preferencias.
Desde que tengo memoria, Lancaster es de mis héroes de cine, me digo mientras busco en el local algún rastro de Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, el gordo y el flaco, James Stewart, Cary Grant, Gary Cooper, John Wayne, Humphrey Bogart, James Cagney, Jack Lemmon, Walter Matthau, Spencer Tracy, Henry Fonda o Gregory Peck en plan el hombre de Boston. En el vídeo club apenas hay lugar para ellos. Me encuentro con algún Eastwood, un Toro salvaje y aquel grupo de Rebeldes (Outsiders, Francis Ford Coppola, 1984). No está mal, pero las estanterías las dominan otros rostros; algunos ni siquiera humanos. Son territorio para tiburones, gremlins, aliens, locas academias, albóndigas, Johnny 5, el Cruise de Top Gun (Tony Scott, 1985) y Cocktail (Roger Donaldson, 1988), el Schwarzenegger de Comando (Mark L. Lester, 1985), Depredador (John McTiernan, 1987) y Perseguido (The Running Man, Paul Michael Glaser, 1987) o aquel que no deja de desaparecer en combate. También hay una zona prohibida, la reservada al cine para adultos, que, ante mi imposibilidad de entrar en ella, solo puedo imaginarla. Sospecho (por el nombre) que allí se esconde un tipo de cine maduro y de complejidad intelectual que me está vedada debido a mi incapacidad reflexiva, pues soy inmaduro y simple. Acepto que aquel tipo de cine está lejos de mis posibilidades. No es culpa suya ni mía si un mayor infantilismo empieza a ganar la partida, tampoco me importa quien la tenga, pues solo pretendo pasar un buen rato. Disfruto parte de mi infancia descubriendo en televisión películas protagonizadas por Burt Lancaster y el resto de los nombrados. Veo El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, Jacques Tourneur, 1950) y Los profesionales (The Professionals, Richard Brooks, 1966), El nadador (The Swimmer, Frank Perry, 1968), Atlantic City (Louis Malle, 1980) y tantas otras.
El tiempo pasa y, cuando me doy cuenta me acerco a la treintena, ya no soy un niño y acumulo mucho cine en la memoria. ¿Qué películas me quedaban por ver suyas? Pienso que pocas o ninguna, quizá por ello vuelvo a verlo en personajes en los que lo daba todo. Ya tengo una década más a cuestas, pero él sigue ahí, sin afectarle el tiempo o jugando con él, pues aparece mayor y joven, haciendo de héroe o de antihéroe, dependiendo de mi capricho a la hora de escoger este u otro título. En la mayoría da vida a seres palpitantes, vivos, incluso cuando tocaba hacer de villano o de ser un hombre cansado y olvidado. Entonces lo supe con certeza. Era uno de los grandes. Un decenio más me permite regresar a sus películas y decirme que en sus roles alejados de la heroicidad destaca su capacidad dramática, también un tono canallesco que le aporta un plus a su talento. Pícaro en Veracruz (Vera Cruz, Robert Aldrich, 1954), villano intelectual en Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, Alexander Mackendrick, 1957), esplorador crepuscular en La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, Robert Aldrich, 1972), en la que trabajaba por tercera vez bajo la dirección de Aldrich, cuyo primer encuentro había deparado su rebelde Apache (1954). Pero no fue Aldrich con quien colaboró en más ocasiones. Fue con John Frankenheimer. Lo hizo en cinco films que aún hoy lucen y permiten el lucimiento del actor: Los jóvenes salvajes (The Youngs Savages, 1961), El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, 1962), Siete días de mayo (Seven Days in May, 1963), El tren (The Train, 1964) y Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969)… Su inicio en el cine no pudo ser mejor, o tal vez sí, pero me conformo con decir eso y continuar mi recorrido por la memoria y el cliché. En todo caso, fue de impacto en Forajidos (The Killers, 1946), junto a Ava Gardner y dirigidos por Robert Siodmak, quien volvería a contar con él en otro título clave del cine negro, El abrazo de la muerte (Criss Cross, 1949), y en una aventura para el recuerdo: El temible burlón (The Crisom Pirate, 1952). Burt Lancaster se convirtió en estrella, de las más grandes de Hollywood, pero también en un gran actor (y más adelante, productor), como demostró a lo largo de cuatro décadas dedicadas al cine. No era un tipo que se asustase a la hora de aceptar desafíos; es decir, no temía alejarse de la zona de comodidad que suponían los papeles de héroe; más bien, prefería los de antihéroe. Incluso aceptaba villanos como el marido de Voces de muerte (Sorry, Wrong Number, Anatole Litvak, 1948) o aquellos que, a priori, no encajaban en su condición atlética, tal cual el embaucador de El fuego y la palabra (Elmer Gantry, Richard Brooks, 1960) o su aristócrata en El Gatopardo (Il Gattopardo, Luchino Visconti, 1963), para la que envejeció y dotó de desencanto a su conde Salina, y su profesor en Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno, 1974), en la que también fue dirigido por Visconti…
Filmografía comentada en el blog
Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946)
Fuerza bruta (Brute Force, Jules Dassin, 1947)
La hija del pecado (Desert Fury, Lewis Allen, 1947)
Voces de muerte (Sorry, Wrong Number, Anatole Litvak, 1948)
El caso 880 (Mister 880, Edmund Goulding, 1950)
El halcón y la flecha (The Flame and the Arrow, Jacques Tourneur, 1950)
El temible burlón (The Crimson Pírate, Robert Siodmak, 1952)
De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, Fred Zinnemann, 1953)
Apache (Robert Aldrich, 1954)
Veracruz (Vera Cruz, 1954)
Trapecio (Trapeze, Carol Reed, 1956)
Duelo de titanes (Gunfight at the O. K. Corral, John Sturges, 1956)
Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success, Alexander Mackendrick, 1957)
Torpedo (Run Silent, Run Deep, Robert Wise, 1958)
Mesas separadas (Separate Tables, Delbert Mann, 1958)
El fuego y la palabra (Elmer Gantry, Richard Brooks, 1960)
Vencedores o vencidos (Judgenment at Nueremberg, Stanley Kramer, 1961)
El hombre de Alcatraz (Birdman of Alcatraz, John Frankenheimer, 1962)
Ángeles sin paraíso (A Child Is Waiting, John Cassavetes, 1962)
Siete días de mayo (Seven Days in May, John Frankenheimer, 1963)
El gatopardo (Il Gattopardo, Luchino Visconti, 1963)
El tren (The Train, John Frankenheimer, 1964)
Los profesionales (The Professionals, Richard Brooks, 1966)
Aeropuerto (Airport, George Seaton, 1969)
La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, Robert Aldrich, 1972)
Acción ejecutiva (Executive Action, David Miller, 1973)
El puente de Casandra (The Cassandra Crossing, George Pan Cosmatos, 1976)
Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976)
Atlantic City (Louis Malle, 1980)
Un tipo genial (Local Hero, Bill Forsyth, 1983)
jueves, 30 de noviembre de 2023
El caso 880 (1950)
Siguiendo la estela del cine policiaco desarrollado, entre otros, por Henry Hathaway en la segunda mitad de la década de 1940, El caso 880 (Mister 880, Edmund Goulding, 1950) emplea un tono semidocumental, mezcla realismo y ficción, para resultar una película diferente y entretenida que, en apariencia inicial, alaba la eficacia del servicio secreto en su lucha contra la falsificación de divisas. Pero esa es la excusa que permite a Edmund Goulding acercarse a la realidad humana del falsificador de billetes de un dólar a quien los agentes del tesoro persiguen sin éxito desde diez años atrás. Este fracaso se debe a la idea preconcebida de los agentes, que suponen que el perseguido ha de responder a la idea de criminal o delincuente establecida por el sistema que custodian y representan. En un intento de dar nuevas perspectivas a la investigación, se le encarga al agente Steve Buchanan (Burt Lancaster) que lleve el caso, el cual da pie a dos vías de interés: el romance entre el agente secreto, que de secreto no tiene ni el número de teléfono de la oficina, y Ann Winslow (Dorothy Macguire), su única pista; y la cotidianidad de Skipper (Edmund Gwenn), un hombre tranquilo, amable y sincero, ya con bastantes años a sus espaldas, en un mundo acelerado y mercantil donde solo el dinero y lo práctico parecen acaparar la atención y los deseos. El utilitarismo sitúa al viejo falsificador al borde de la exclusión social; y la sombra de esta le empuja a conseguir el dinero para pagar al casero o comprar alimentos. Lo hace al margen de la ley, sin la menor ambición ni ánimo de lucro y sin pretender hacer daño a nadie; nunca entrega más de un dólar, con la excepción del casero que le amenaza. Pero quizá dañe al Estado, que ve en otro dinero en circulación un rival para la moneda a la que concede legalidad, que sería algo así como la sangre que circula por su aparato económico. Si no hubiera una moneda de curso legal, todas lo serían y quien sufriría pérdidas no sería el usuario corriente, sino el Capital que hasta entonces hubiese controlado los mercados y la economía mundial. De ahí, la importancia de perseguir incluso a alguien tan insignificante (criminalmente hablando) como Skipper…
Basada en un hecho real que St. Clair McKelway describió en su artículo publicado en The New Yorker, Robert Riskin realizó el guion que Goulding llevó a la pantalla con el acierto de acercarse al hombre marginado por el sistema mercantil en el que no encaja. El personaje de Skipper se basa en el real Emerich Juettner, a quien finalmente atraparon y condenaron a un año y un día de presidio, cumpliendo cuatro meses de condena. Desde su primera aparición en la pantalla, queda claro que Skipper no es un criminal, aunque infrinja la ley; sino que se trata de alguien que no encaja, alguien que valora los objetos que otros tiran a la basura, alguien que se detiene a contemplar su alrededor o para bromear y sonreír a los niños del barrio. Podría decirse que Skipper es un buen hombre y que su mayor delito (dentro del orden establecido) es no tener prisa ni dinero, que son las dos características que de algún modo condicionan el día a día. En esta cotidianidad, los objetos que el anciano aprecia y le permiten mal vivir son considerados chatarra y trastos inútiles. Pocos como Ann, que le da cinco dólares por la miniatura de una rueca que utilizará para adornar su chimenea; y él, en su honradez, le devuelve dos. Pero la imagen que prevalece no es la de la chica, sino la de quienes niegan valor al producto de Skipper (y al Juettner). Tal negativa le obliga a recurrir al “primo Henry”, la máquina de falsificar billetes de un dólar que se reconocen porque donde, debería poner “Washington”, se lee “Wahsington”. Solo falsifica en casos extremos, por ejemplo: cuando el casero le exige los veinte dólares que le debe de alquiler mientras le amenaza con acudir a su abogado si no paga. Al falsificador le disgusta hacer billetes; lo demuestra en varias ocasiones, una de ellas es consecuencia de la anterior: al tener cinco dólares en el bolsillo, solo falsifica quince; lo que suma el total de su deuda… Por momentos, El caso 880 resulta cómica, incluso tierna, pero también sorprende la situación que plantea. Por una parte, resulta curioso que el gasto (dinero público) en perseguirlo sea muy superior al dinero falsificado; también que logra escapar de los agentes profesionales durante una década, ni siquiera es consciente de ser perseguido, y por otra, mirando la realidad de Emerich Juettner, que uno pueda pasar del olvido al primera plana (y viceversa). Respecto a esto, el personaje real debió sorprenderse cuando tuvo algo útil entre las manos: una historia que vender. Tras cumplir su condena, el anciano ya tenía algo que el sistema consideraba de valor para el mercado; es decir, que daría dinero. Hollywood compró su historia y el “chatarrero” consiguió más dinero por ella que en diez años de “fechorías”…
lunes, 14 de noviembre de 2022
Trapecio (1956)
Como los mejores films de Carol Reed, Trapecio (Trapeze, 1956) es un drama de interioridades en conflicto. Cada uno de los componentes del trío protagonista sufre su lucha consigo mismo y con el entorno; ya se trate de la atracción-rechazo que Lola (Gina Lollobrigida) genera en Mike (Burt Lancaster), la necesidad de esta de medrar, sin plantearse la ética de los medios empleados, o la pérdida de ingenuidad de Orsini (Tony Curtis), cuya inocencia le hace ser la “víctima” perfecta para la arribista interpretada por Lollobrigida, pero es el personaje de Lancaster el único que parece padecer y sentir su interioridad, de modo que también es quien mantiene la función a flote. En la filmografía de Carol Reed abundan los conflictos emocionales y personales, las lealtades y los engaños, las pasiones y las traiciones, culpas y redenciones. En esos temas se encuentra lo mejor de su obra cinematográfica —Larga es la noche (Odd Man Out, 1946), El ídolo caído (The Fallen Idol, 1947) y El tercer hombre (The Third Man, 1948). Son films en los que los personajes adquieren el protagonismo absoluto y los espacios reflejan parte de su interioridad. Aunque no alcanza la genialidad de las nombradas, en Trapecio no es diferente. El espacio al que me refiero no es la pista del circo, sino a la altura donde cuelga el objeto que da título a un film en el que su trío protagonista mira arriba, aunque lo hagan con diferente mirada: ilusión, ambición, resurrección. Dos hombres, uno veterano y otro inexperto, y una mujer, arribista y manipuladora, forman un triangulo amoroso que amenaza romper la unidad formada por Mike y Orsini, la que han establecido para lograr el triple salto mortal que el segundo quiere conseguir y el primero enseñar.
La escena de apertura impresiona los créditos sobre el intento de triple salto mortal y la caída de Mike, que se salva gracias a la red de seguridad que hay bajo el trapecio, pero la malla no evita que su cuerpo impacte contra el suelo. Ese instante le aleja del trapecio y le provoca secuelas físicas y psicológicas —la cojera y el rechazo que luce cuando la acción avanza en el tiempo y se le descubre ejerciendo de aparejador en el circo. En ese instante es un hombre sin ilusiones, quizá viva auto compadeciéndose, en todo caso, distanciado, pero la llamada de la emoción y de las alturas vuelve a sonar cuando Orsini le pide que le enseñe el triple salto mortal. La aparición del joven trapecista resucita a Mike, le da alas. <<De que le sirve la vida a un pájaro, si no puede volar>>, dice Max (Johnny Puleo) resumiendo el estado del artista retirado, el personaje de mayor peso emocional de este film producido por la Hecht-Lancaster —productora con la que Burt Lancaster lograba libertad para escoger sus proyectos (y sus directores) y reservarse aquellos personajes que le permitiesen demostrar su nivel dramático— que supuso el primer contacto de Carol Reed con el cine comercial estadounidense.
lunes, 21 de febrero de 2022
Un tipo genial (1983)
sábado, 27 de noviembre de 2021
El puente de Casandra (1976)
jueves, 27 de mayo de 2021
Chantaje en Broadway (1957)
Este agente de prensa, aunque, en realidad, todos opinan que es una rata y una víbora, no es un roedor ni un reptil, aunque se arrastra por el fango en busca de trapos sucios, que entrega a J. J. Hunsecker (Burt Lancaster) a cambio de que este escriba los nombres de sus clientes en su prestigiosa columna, leída por sesenta millones de lectores. Como buen vendedor de chismes y mejor arribista, el publicista ha borrado de su repertorio la integridad y, en algún momento del pasado, vendió su alma al columnista. Su servilismo, su esclavitud humana, y sus tejemanejes varios para medrar, lo confirman. Ha renunciado a cualquier atributo ético para alcanzar la cima que anhela, y el resto lo pone al servicio del personaje de Lancaster, que hace impasible y brutal su papel de un dios mediático —y no menos loable es la magnífica actuación de Curtis.
En el mundo construido por J. J., no hay espacio para gestos generosos, todo tiene un precio; y Sidney está dispuesto a pagarlo. Todo cuanto hace tiene una finalidad clara. Él mismo lo dice en su oficina apartamento. Quiere dejar de ser siervo y llegar a lo más alto, donde ya no tendrá que servir, pero, para llegar arriba, debe hacerlo. Precisa la publicidad y el poder de la prensa, para promocionar a los artistas que le contratan, ya que su éxito depende de que el nombre de sus clientes asome en la columna de Hunsecker, a quien, a cambio, presta los servicios que le exija. J. J. no pide, ordena; ni espera, le esperan. Es el poderoso, quien tiene la llave para que su lacayo alcance cotas más elevadas que el suelo por donde se arrastra; de ahí que, para elevarse, venda su alma a ese diablo de la prensa que solo tiene una debilidad: su hermana Susan (Susan Harrison). Aparte de su éxito, de sus siervos y de sesenta millones de lectores que no le importan, salvo por el poder que le concede la cantidad, solo la tiene a ella y por ese motivo, y por su obsesivo afán de controlar lo que cree suyo (lo único digno de amar) y destruir cuanto ose desafiarle, ordena a Sidney que provoque la ruptura entre Susan y Steve (Martin Milner), el guitarrista con el que ella piensa marcharse. No solo quiere controlarla, como controla al resto, sino que la ama como quien ama a una posesión, sin darle opción ni elección, excepto las que él decida, quizá porque J. J. vive obsesionado con el poder que se atribuye y le atribuyen.
—Es como un barril de pólvora esperando un fósforo. Es algo nuevo. Ni tú ni yo conocemos esto de la integridad —dice Sidney.
—No quisiera morderte. Estás lleno de veneno —replica el columnista con el desprecio y la superioridad que nunca le abandona. Y esa integridad de la que hablan y que desconocen, sí es un polvorín para J. J., puesto que no puede ni sabe cómo controlarla.
martes, 13 de octubre de 2020
Acción ejecutiva (1973)
martes, 21 de enero de 2020
Ángeles sin paraíso (1962)
domingo, 11 de agosto de 2019
El fuego y la palabra (1960)
*Sinclair Lewis. Elmer Gantry (de la traducción de Carlos de Onís). Compañía General Fabril, Buenos Aires, 1962




























