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viernes, 31 de julio de 2026

Cual Conejo, Ulises corrió a por tabaco



Cual Conejo en los sesenta, Ulises corrió a por tabaco algunos milenios antes


Por Antonio Pardines



A Odiseo/Ulises le gustaba hablar y escucharse. Tenía la idea de que lo suyo era más importante e ingenioso. Cabe pensar que lo era, al menos así lo apunta el poema atribuido a Homero, incluso en la Ilíada asoma en brevedad pero brillando su intelecto y apuntando la astucia que desarrolla en plenitud en varios momentos de la Odisea, su viaje de vuelta al hogar tras veinte años lejos de Ítaca. ¿Por qué ahora y no antes? Si el aqueo hubiera deseado partir, ¿los olímpicos habrían podido impedírselo? No eran tan listos, aunque sí muy caprichosos, eróticos y mundanos. Dudo que Ulises estuviese atrapado casi una década sin que hiciese nada para evitarlo. Si lo estuvo, fue porque quiso y también partió de los brazos de su última amante porque ya le había llegado la hora de retornar. La vejez le amenazaba, no la nostalgia de la bella Penélope, la esposa abandonada, la mujer que quiero creer que no pierde el tiempo con sollozos ni costuras, ni la oportunidad de gozar su juventud no con uno sino con cien de los gorrones que le hacen la corte.


¿Y a Telémaco, el hijo ya hombre, que lo busca y no lo encuentra en casa de Menelao de Lacedemonia? En parte, gracias a su visita al mayor cornudo reconocido de la mitología, el joven, a quien Odiseo no ha cambiado los pañales ni escuchado sus berrinches infantiles, va descubriendo aspectos de su progenitor, de quien no guarda más imagen que la deseada. Y es que Ulises era un pretendiente y un vividor, un engañabobos, el rey de la mentira, como demostró con su idea del caballo o en su encuentro con el cíclope Polifemo. «Nadie» fue uno de sus nombres. ¿A quién se le habría ocurrido? ¿Y la idea de atarse a un mástil para escuchar el atractivo canto de las míticas sirenas? Conociendo al rico en ardides, parece lícito imaginar que si le llegan a gustar, y tuviese fuerza para satisfacerlas, como sucedió en su año con Circe y los siete en el lecho de Calipso, hubiera retrasado su retorno al hogar otros diez años. De haber sido así, la inocente Nausícaa, no la de Miyazaki, sino la homérica quizás habría abandonado su tierra o ya sería una mujer con sus canas y su recua de pequeños y futuros saqueadores o saqueados. Así de duros eran aquellos tiempos mitológicos, de dureza distinta pero no mayor ni menor que la de la actualidad que se nos vela y que ni siquiera Ulises habría sabido manejar a su antojo. ¿O sí?


Imagen de cabecera: Ulises y las sirenas. Detalle de un estamno griego de figuras rojas atribuido al Pintor de las Sirenas (c. 480-470 a.C.), conservado en el Museo Británico. El héroe, atado al mástil para disfrutar del concierto sin dejarse llevar por su legendaria libido, mientras sus hombres reman sordos, aunque ojipláticos. Uso libre/Dominio público.

martes, 28 de julio de 2026

Corsarios en la (equi)distancia



Corsarios en la (equi)distancia


Por Antonio Pardines



Aunque su significado sea igual distancia, la equidistancia no es situarse en el medio, ni en la pasividad e indiferencia, sino en la independencia y la valentía que implica ubicarse lejos de la influencia y el acatamiento de los distintos poderes que se disputan el Poder. Moverse en ese lugar resulta más osado y radical que posicionarse en los extremos, que son los espacios ideológicos habitados por no pensantes, lo cual los sitúa en el centro mismo del orden actual. Por contra, los equidistantes se sitúan en la periferia, suelen ser marginales e incluso solitarios en una desventura que les implicará palos desde todas las partes y la sordera generalizada. Sin embargo, pasado el tiempo, su postura suele desvelarse la más lúcida y arriesgada de su época.


En un mundo que polariza el blanco y negro, las mentes que piensan en tonos grises resultan incómodas para cualquiera de las gamas extremas y sus fanáticos seguidores, los mismos cuyo fanatismo y ausencia de autocrítica les hace señalar en los otros el mal que en ellos asumen como el bien. Por ejemplo, señalan la intolerancia y la suya la presumen tolerante; lo cual no deja de ser una muestra de su incongruencia, pero también desvela una idea más general: que no se vive en la verdad ni en los hechos, sino en el relato que favorezca a quien asume la voz narrativa. Pero no nos equivoquemos. No estamos ante ninguna novedad, pues el construir escenarios es de siempre. Aparece con la Historia. Solo con echar un vistazo a las obras de los primeros historiadores o a la guerra de las Galias de César podemos observar una tendencia que fabula y sintetiza o una que ensalza a «uno». En el texto del general romano, el narrador interviene a su favor, aunque emplee la tercera persona para mantenerse a cierta distancia. No lo hace para ser objetivo, sino para darse pompa sin recurrir al «yo».


César era un lince incluso para eso, pena que también fuese mortal como el resto de nosotros, aspirantes a libertadores o dictadores que, cual Espartaco —de haber triunfado en su rebelión— o Stalin, exclamamos «libertad frente a la opresión» al tiempo que oprimimos. Pero avancemos en el tiempo, que es uno de los privilegios que nos concede la literatura y la fantasía, y situémonos en el siglo de autores como Manuel Chaves Nogales, Clara Campoamor —que no dudó en señalar los desmanes en el Madrid de los primeros momentos del conflicto civil—, Vasili Grossman tras la Segunda Guerra Mundial, Dionisio Ridruejo —desde su exilio interior—, Hannah Arendt o Pier Paolo Pasolini, que intentaron habitar en la equidistancia crítica para hablar sobre la realidad sin caer en los extremos. Los polos son los lugares más cómodos porque no exigen pensar; allí basta con insultar y golpear al del otro lado. Y disimuladamente ir contra quien se encuentra en medio, esas mentes que no se dejan convencer por la parafernalia ni los discursos de unos y otros.


No se trata de llevar la contraria ni de disentir por el gusto de hacerlo, sino que su pensamiento desarrolla la actitud crítica que les llevaba a señalar a unos y a otros, la misma por la que fueron repudiados. Y es que no casarse con el poder ni con su opuesto, que no deja de ser la otra cara del poder, tiene un precio, incluso uno de sangre. Pregunten si no a Giordano Bruno —cuya lucidez no se plegaba ante el blanco o negro— en el Renacimiento o a Pasolini, que en 1975 fue asesinado. ¿Por qué lo mataron? ¿Política? ¿Mafia? ¿Tuvieron algo que ver sus declaraciones, sus artículos, su novela inacabada Petróleo? Existen diversas hipótesis, incluso teorías de la conspiración, pero no pretendo añadir ni restar una. Sin embargo, cabe recordar que la Italia de la década de 1970, igual que en otras partes del globo, se vivía en conflicto. Pasolini recogió ese instante en sus artículos periodísticos, en los cuales no se sometía y no rendía pleitesía. Algunas de estas opiniones, escritas entre 1973 y el año de su muerte, serían publicadas poco después de su fallecimiento bajo el título Escritos corsarios (Scritti corsari, 1975) (1). Más que una obra literaria, suena como un grito político e intelectual, el de alguien que sufre y desespera porque ya es totalmente consciente de que nada de lo que exprese cambiará el rumbo de la historia.


De algún modo, Pasolini venció al relato de su época, pese a que no haya conseguido sus objetivos porque, a riesgo de caer en una simpleza, no interesaban a ninguno de los espectros ideológicos dominantes. En cierto modo, ya era un paria que clamaba a los cuatro vientos, pero sin que su mensaje llegase. Atizaba con la palabra y con las imágenes, aun consciente de que su intención era quijotesca. El mundo ya iba demasiado rápido y no dejaba de pisar el acelerador. La velocidad pasó por encima de la diversidad cultural homogeneizando cultura y pensamiento —quizás si quitásemos las banderas de los dos extremos, nos costaría distinguir cuál es cuál—. Pasolini los diferenciaba en su comunión, así que señalaba y polemizaba sobre la actualidad de aquella Italia que había despertado de la ilusión, aquella Italia convulsa donde el autor de Mamma Roma observaba un tipo diferente de fascismo, aquel que no lucía en uniformes ni en discursos, sino el que estaba velado dentro de la propia sociedad, y dentro de sus extremos…




Notas


(1) Pier Paolo Pasolini: Escritos corsarios (traducción de Juan Vivanco Gefaell). Ediciones de oriente y del mediterráneo, Madrid, 2009.



Imágenes:


Retrato de Pier Paolo Pasolini en blanco y negro. Imagen de archivo histórico utilizada con fines biográficos y de divulgación cultural


Fotografía de la portada de Escritos corsarios, de Pier Paolo Pasolini (Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, 2009). Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica literaria.

lunes, 6 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Sabores ibéricos



Fragmentos de nada: Sabores ibéricos


Por Antonio Pardines



Desde décadas atrás se sabe que el psiquiatra Antonio Vallejo Najera estaba para firmar su inclusión en un centro de salud mental, siquiera por pretender encontrar un gen rojo que determinase el comunismo —obviamente ignoraba que muchos de sus pacientes eran más viejos que la mayoría de los comunistas españoles—. Lo que viene a corroborar que los nombres que asoman en los callejeros y en los monumentos no siempre son grandes ni han exhibido un comportamiento que pueda decirse lucido, equilibrado, ético o sencillamente correcto, aunque la corrección política es otro cantar que cambia de letra según sople el viento de levante o de poniente. De hecho, ningún personaje de la historia es inmaculado, tampoco los anónimos lo somos, ni siquiera los virgenes. Pero casos como el de este catedrático son de los que no se entiende que, a las puertas de cumplir medio siglo de Constitución democrática, sea ahora y no antes cuando se le retire una medalla que ni el uno por ciento de la población sabía que poseía. Incluso estoy por dudar que el noventa y nueve por ciento de la gente supiese quién era tal fulano. ¿Por qué en este momento y no años o decenios atrás? ¿Una cuestión de salud pública o de curarse en salud? ¿Por motivos similares, pero de espectro contrario, a los que llevaron a condecorarle?


Probablemente, tal acción obedezca a la intención de desviar la atención sobre cuestiones que amenazan la imagen del Poder actual. Pero ese supuesto doctor en salud mental, no me interesa, tampoco la acción de la política, sino que mi pensamiento me lleva ahora a un grande de la historia española, el intelectual coruñés Salvador de Madariaga, y a su libro España (1), que el tiempo (y las distintas corrientes de pensamiento que se han sucedido) muestra hoy caduco. En él, ya hablaba de distintos tipos de «razas» peninsulares, en un sentido cultural y psicológico que alejaba al término del carácter biológico en el que insistía el «mad doctor». Indicaba diferencias, superioridades e inferioridades, que cualquier lector actual con un mínimo de cultura y con su capacidad crítica activada no podrá más que dudar de la sabiduría que se le atribuye. Lo que proponía el escritor, historiador y político republicano —ministro de Instrucción Pública, de Bellas Artes y Justicia entre marzo y mayo de 1934 con Alejandro Lerroux y miembro de la Sociedad de Naciones en tiempos de Miguel Primo de Rivera— era, hablando claro, al tiempo alucinado y arcaico. Los castellanos son su ejemplo de superioridad, también salían bien parados los catalanes y los vascos; es decir, se decantaba por el dominador y por sus dos amenazas más importantes, amenazas por su resistencia, la que se inicia en el siglo XIX, junto a la gallega (2). Pero esta no cuenta para él, ni para nadie, puesto que no existía una burguesía tan poderosa como la catalana o la vasca.


Portugal aparte, el resto de identidades de la Hispania Romana, la invadida por Suevos, por los efímeros Vándalos y Alanos, posteriormente por Visigodos —el pueblo germano que se impondría a los suevos— y después por los Omeya, la poderosa familia islámica que no alcanzó el dominio total de la superficie peninsular, apenas eran para el intelectual meras comparsas que debían aceptar su rol secundario. Su libro, publicado por primera vez en 1929, fue escrito a petición del gobierno británico para explicar qué «carallo» era España. Y abarca cientos de páginas de pensamientos, ideas y detalles de la historia de Castilla, puesto que, para Madariaga, anticomunista, antifranquista y europeísta declarado —lo cual choca con su postura centralista en España—, igual que para Claudio Sánchez-Albornoz y otros historiadores procastellanos, en Castilla nace España y España es fruto de Castilla, a lo sumo también de la Corona de Aragón antes de serlo de los Austrias. En fin, consciente de la posibilidad de excepciones, la historia de cualquier lugar siempre ha sido sesgada, y nada apunta a que no seguirá siéndolo —hay tantos intereses, olvidos y subjetividades en juego—, del mismo modo que los historiadores son estudiantes, subjetivos, ambiciosos, acomplejados, falibles, interesados y tan humanos como cualquiera de nosotros…


Notas


(1) Salvador de Madariaga: España. Ensayo de historia contemporánea. Espasa-Calpe, Barcelona, 1979.


(2) Dos ejemplos del ninguneo de Madariaga los hallé en las siguientes frases: «Dejando a un lado, por ahora, el vasco, existen en la península tres lenguajes principales: el castellano en el centro; el portugués en el sudoeste (con el dialecto gallego en el noroeste) y el catalán en el nordeste (con el dialecto valenciano en el sudeste).» «Así como Galicia es la transición entre Portugal lírico y la Castilla dramática y el plástico Levante». Y los hallé porque hay un olvido claro, que Galicia existió como provincia y como reino autónomo antes que Portugal (que era el condado que Alfonso VI cede a su hija Teresa) y Castilla, que nace como una marca del reino de Léon, por lo que intuyo que Madariaga se olvida ciertos sustratos y también de la influencia gallega a la hora de formarse las coronas portuguesa y castellana.


Asimismo, me llamó la atención leer en su Ensayo que el pensador, federalista europeísta e historiador hable de «lenguaje portugués» y «dialecto gallego», cuando el primero tiene su origen en Galicia, puesto que nace galaica y se asume galaicoportuguesa. Y resulta de esa manera, si tomamos como referencia su nacimiento geográfico, porque nace en el noroeste; y la importancia política de entonces, cuando el condado de Portugal, en manos de Teresa y Enrique de Borgoña, es vasallo de la Galicia de Urraca y Raimundo; respectivamente, la hermanastra de Teresa (que esta era hija ilegítima de Alfonso VI) y primo del otro borgoñón. La prematura muerte de Raimundo quizás significó un traspiés para una mayor perdurabilidad de la corona gallega que ostentaría su hijo Alfonso Raimúndez, quien pasaría a la historia como Alfonso VII, tras su coronación como rey de León.

sábado, 4 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Un paseo por aquellos árboles



Un paseo por aquellos árboles


Por Antonio Pardines



Mirando aquellos árboles creí ver al barón rampante (1) dando saltos, pero, al ver a la pequeña ardilla, pronto descarté tal posibilidad, mas no alejé de mi mente al personaje de Italo Calvino. Sucede que a veces un pensamiento llega para quedarse un instante, se quiera o no. Da vueltas por el magín y no sabes cómo echarlo. Más bien sucede que, al desear que se vaya, se fortalezca e insista. Toma y toma, parece decirte. Así que decidí ser yo quien diese el primer paso y jugar con él. Nada mejor tenía que hacer, ni que perder ni ganar, en aquel momento. Lo primero que me dije fue una obviedad, que Italo no era pariente del dogmático e intolerante reformista suizo que impuso su visión selectiva de la salvación: «tú naces salvado y tú condenado, así que hagáis lo que hagáis, nada cambiará vuestra vida ultratumba». Lo cierto o lo incierto es que puede estar acertado y que todos acabemos en la nada inmutable; de lo que se deduce que daría igual que la suma de nuestras buenas acciones superasen a las de las malas. Claro que habría que establecer cuáles son unas y cuáles otras, por qué se establecen así y para qué. En cualquier caso, me dije después de la última reflexión ¿qué podrían hacer el reformista y el barón en nuestros días? ¿Dónde condenar el suizo y dónde rebelarse el rampante, para hacernos notar el primero su intolerancia y el segundo su disensión, su saltar a contracorriente?


El religioso calvinista lo tendría fácil, pues el mundo siempre ofrece espacio donde condenar a otros; pero visto que los bosques y las selvas se reducen a lugares concretos del globo, la mayoría ya alejados del área del barón rampante, este tendría que brincar de rama en rama lejos de los ojos humanos, en la distancia que ni un catalejo podría acercar. Así nadie sabría por qué se empeñaba en no pisar suelo, así caería en una inexistencia o en un hacerlo por sí, porque lo hace por y para sí mismo. Nadie, tal vez ni siquiera su hermano pequeño, contaría su historia, pero eso no querría decir que no existiese o no la viviese. Por descontado, el buen Calvino no la narraría. El caso es que el escritor de Las ciudades invisibles sí inventó uno de los personajes más populares de las aventuras infantiles y juveniles terrenales, y digo terrenales porque ignoro qué literatura se escribe en el resto del universo. Al tiempo que entretiene contando desde la infancia del héroe, se observa entrelíneas la patada en el culo que Cósimo da a la sociedad aristocrática a la que pertenece y la que ya intuye desde la infancia que no le dejará ser él. Pero el héroe del Calvino italiano, que no del suizo, no quiere ser otro que aquel que decide ser. Y ese es el que camina por los árboles como perico por su casa, quien lo hace porque es su manera de expresar disconformidad, también su búsqueda de singularidad y su modo de soñar, sin huir, buscando otra manera de mirar el mundo. O quizás esa otra manera sea la que despierta en su hermano y narrador al descubrir las aventuras del primogénito de los hijos del barón y la baronesa de este segundo título (y el más popular y logrado) de la trilogía de Nuestros antepasados…


(1) Italo Calvino: El barón rampante (traducción de Esther Benítez). El País (Clásicos del siglo XX), Madrid, 2002.


Fotografía de cabecera: parque de Fontiñas (Santiago de Compostela), junio de 2026

miércoles, 1 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Por Antonio Pardines



Allí, dudando si entrar en la autopista o tomar la carretera del pedrón, detuvo su híbrido de caballo y burra. Sabía que introducirse por la carretera de peaje estaba prohibido para su mula, que aceptó el alto y lo aprovechó para rumiar en el arcén, en las inmediaciones de uno de esos árboles que los ayuntamientos suelen plantar para disimular que el asfalto es una jungla de cemento y alquitrán llena de peligros, de rutinas que encadenan y de vidas anónimas que apenas importan más allá de su número fiscal. Dudaba porque se había quedado sin blanca; no tenía ya para pagar un alquiler prohibido y había perdido su automóvil. Y ahora estaba a punto de perder su trabajo porque llevaba varios días sin poder llegar a tiempo.


—La cosa no pinta bien —se dijo—. ¿Cuánto dinero habré dejado en esta autopista? —se preguntó—. ¿Y para qué? ¿Para ir de un lugar a otro, sin ir a ninguna parte? —añadió.


Los últimos veinte años los había pasado yendo a diario por un tramo de aquel eje que unía el país de norte a sur y de sur a norte. En no pocos de sus tramos ni siquiera era una buena carretera, pues había momentos en los que las curvas ganaban por goleada a las rectas.


—Cuestión del terreno —recordó haber escuchado en más de una ocasión.


Aun así, más de veinticinco mil vehículos la transitaban a diario por alguno de sus tramos. En la radio que llevaba en la alforja hablaban de que dicho peaje aumentaba en un uno por ciento anual acumulativo. Escuchaba a la locutora decir que «debido a un acuerdo ofrecido por un gobierno de izquierdas, para no tener que pagar las obras de puente que cruzaba la ría». Otro de los contertulios, hizo un sonido extraño, como si fuese el de una pedorreta, pero el conductor no quiso creer que eso fuese posible entre colegas. Pero el de la pedorreta pronto se dignó a hablar y dijo algo así como que la empresa llevaba gestionando el servicio desde el 2000, año en el que un gobierno de derechas se la había concedido sin concurso durante casi medio siglo. Remarcó esto varias veces, lo que supuso una insistencia que no pasó desapercibida para el conductor.


Pensando en lo que acababa de escuchar, aquella concesión primero le pareció una tomadura de pelo, después una eternidad temporal y finalmente la sintió como una tumba, pues dudaba si viviría para ver el día en el que aquel lucrativo negocio concluyese y la carretera se liberara. Ni más ni menos, tendría que seguir pagando de por vida, si quería transitarla. Los invitados continuaban largando, en una parrafada desordenada y crispada de la que solo sacó en claro que la empresa continuaría ingresando más de doscientos treinta millones de euros anuales a cambio de nada, aunque hubiera entregado más de mil millones a cambio de la concesión y su compromiso a pagar de su bolsillo el mantenimiento y las obras de arreglo como las del periférico que circundaba la capital. Nada, porque tenía tiempo de sobra para recuperar treinta veces lo invertido. 


La mula hizo sus necesidades, el conductor las recogió con un guante de acero, el único recuerdo del esplendor familiar, y las introdujo en un saco de patatas. Buscó a su alrededor un contenedor de mierda, mas todavía no había ninguno y decidió echarlo al orgánico. Se creía un tipo cívico, cumplidor con las normas. De haberle preguntado, se habría definido como un ciudadano corriente que respeta los espacios comunes, aunque nunca hubiese votado a un partido político, pues estos, según creía, eran particulares.


—Buenos son todos, que nunca ponen sus cartas sobre la mesa. Nos toman por tontos con sus mutuos ataques circenses y superficiales… Solo cada cuatro años presumen que nos respetan, ¡ja! —respondía cuando le preguntaban por qué no simpatizaba con ninguno.


Pero, allí, delante del cartel que indicaba la entrada a la autopista, comprendió que estaba atrapado en lo que decidiesen aquellos actores que ocultaban sus verdaderas intenciones. Sus discursos, sus rostros y sus poses públicos desviaban la atención de los intereses propios y del mercado, los de las empresas que, como la gestora de la carretera, eran el alfa y el omega del sistema. Ahora, se dijo, ya monta tanto Isabel como Fernando. Sabía que gigantes como esta miraban exclusivamente los beneficios a repartir entre su accionariado. Mas nada podía hacer, tampoco para recuperar lo perdido tras lo de su coche.


Aquel espacio supuestamente era de todos los habitantes del país, más la realidad señalaba que no, que era de una multinacional que lo alquilaba. Presumía que si llevabas en el vehículo un aparato «regalado» por el banco, te descontaban íntegramente el viaje de regreso. Eso sí, si regresabas en el mismo día. Pero no te explicaba que esa gratuidad corría a cargo del gobierno de turno. Entonces, el conductor pensó en lo que había escuchado decir a un vecino:


—De gratis nada, Josef, que sale de nuestros bolsillos.


«Chatara, chatara. Se recoge todo tipo de charara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…», escuchó repetidas veces en la distancia que se acortaba. Aquella voz con acento que supo marroquí se buscaba la vida como buenamente podía. Provenía del altavoz de una vieja furgoneta que se acercaba sin prisa. Sonrió, no pudo evitarlo, ante aquella aparición que le develaba otra realidad urbana. Aunque distinta, su imagen le recordaba la de su viejo automóvil, que se había muerto de viejo. Era un coche malo que no pudo sanar. Y sin poder asumir el coste de uno nuevo, aunque fuese de segunda o tercera mano, le llegó el desahucio y posteriormente la pérdida de su bienestar. Todo, la gran mentira, se reducía a un simple vehículo y a unas monedas que a diario entregaba en el peaje. Era un ritual laboral, pero también el de la sumisión a un sistema que, vendiéndole libertad, le oprimía, lo exprimía y decidía por él.


Y ahora, la pequeña radio que sonaba en su alforja explicaba que la Gran Comunidad declaraba ilegal lo que aquel gobierno había hecho veintiséis años atrás; porque la acusación señalaba que no hubo concurso sino cesión a dedo. Pero no se explicaba que demostrar esa ilegalidad, y poner fin al negocio de la empresa, no iba a beneficiar a los conductores ni al vecindario al completo, sino a la empresa que ganase el concurso, incluso puede que lo ganase la misma empresa a la que habría que indemnizar del bolsillo del ciudadano, si ponían fin a su negocio. Pensar en aquello le hizo rascarse la cabeza, no por incomprensión, sino porque notó la tomadura de pelo que significaba todo aquello, puesto que fuese cual fuese el resultado, el coste lo asumiría el ciudadano de a pie, tuviese o no vehículo.


—Es curioso, hay ilegalidad, pero no habrá responsable penal —parecía hablar con su mula, que continuaba buscando hierba alrededor de aquel árbol tan delgado que casi parecía una vara de escoba—. Si es que a la Comunidad solo le interesa la imagen de que hace justicia, aunque dicha justicia vaya en contra de quienes dice defender sus derechos… —dudó un instante antes de concluir—, sea como sea el ciudadano está perdido en un laberinto de intereses, usos y abusos del que nunca podrá salir.


«Chatara, Chatara. Se recoge todo tipo de Chatara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…». La voz metálica se alejaba tomando la vieja carretera que conducía al pedrón, la misma que decidió tomar para llegar al trabajo. Lo haría con retraso, pero a quien le importaba salvo a él, que era autónomo y el dinero que entraba ya no daba para cubrir gastos…


Montó en su mula y le susurró:


—Vamos Kafka, entra por ahí, que la autopista no es para ti ni para mí.

viernes, 19 de junio de 2026

Fragmentos de nada: la ventana



Fragmentos de nada: la ventana


Por Antonio Pardines



Al ver aquella ventana pensé en la luz y en su ausencia, en el fuera-dentro que me generó la sensación de ser testigo de un juego, de una lucha caprichosa que no es sino un hermanamiento a perpetuidad. El claroscuro que se producía allí me situaba fuera, aunque me supiera en el interior de la habitación que descubrimos entre el abandono, las lápidas y el misterio que le concede la idea de existir y al tiempo no hacerlo. Más adelante, al regresar de nuevo la atención a la ventana, recordé la convalecencia que Sebald cuenta a los lectores de «Los anillos de Saturno» (1) y me pregunté cómo un marco puede reducir el mundo (a lo que permite contemplar) y a la vez invitar a expandirlo; a crear espacios fuera de los límites marcados. Entonces, pensé en cómo un plano limita y en cómo lo que importa, lo sustancial y vital, incluso su sentido más profundo, queda fuera del encuadre, que siento estático aunque las nubes se muevan, unas hojas se sequen al sol o un avión asome en él y lo recorra hasta desaparecer, generando la fugacidad temporal y existencial. Ese fuera de campo puede situarse en la mente o en un espacio extenso que no vemos ni comprendemos, pero que podemos intuir más allá de la imagen a la que tenemos acceso. Si no fuera así, nuestro mundo y nosotros mismos seríamos más limitados de lo que ya somos, y lo somos en gran medida. Dicha amplitud de miras posibilita fijar la mirada en un movimiento constante que busca y nos desvela qué hay detrás del ventanal, dentro y fuera de nuestro pensamiento; aunque la mayoría de las veces solo nos permita imaginar, inventar, soñar incluso con la libertad, lo cual es un logro, tal vez la aspiración máxima. Quizás por ello Roberto Benigni dibuje una ventana durante su encierro compartido en Bajo el peso de la ley (Down by Law, Jim Jarmusch, 1987) junto a Tom Waits y John Lurie. ¿Quién sabe? Pero quizás todos seamos un poco como ese personaje y dibujemos nuestras ventanas para dejar entrar la luz y permitir salir las sombras, lo cual crea el espacio intermedio donde nos ubicamos…


(1) W. G. Sebald: «Los anillos de Saturno» (traducción de Carmen Gómez García y Georg Pichler). Editorial Anagrama, Barcelona, 2021.


Fotografía: interior de la Iglesia de Santa María la Nueva (Noia)


martes, 9 de junio de 2026

Fragmentos de nada: desde la barrera



Fragmentos de nada: desde la barrera 


Por Antonio Pardines



Aquella mañana despertó con evidentes síntomas de estar, aunque, si mal o bien, no lo supo definir hasta después del desayuno. Pero se encontraba incómodo en su desnudez. Así que decidió realizar una búsqueda para hacerse una idea de qué le sucedía. Hasta entonces, nada fuera de su currículum le había preocupado.


«Los síntomas no se producen espontáneos. Llevan años gestándose y dando señales que, quienes los padecen, van obviando hasta que prácticamente son irreversibles».


Volvió a leer los síntomas que asomaban descritos en la pantalla, para, líneas abajo, descubrir que «tampoco es una rareza, tal como pueda suponerse a simple vista». «Quizás no esté tan extendida como la cañitosis», leyó en uno de los comentarios que un anónimo había dejado en la página.


«Pero su número de afectados es alto, según los últimos informes de la Organización Mundial de Sabiondos, la cual ha comunicado que su nivel de contagio no es preocupante», concluía la respuesta de otro usuario sin nombre, pero con arroba, al primer comentario.


El muchacho se miró al espejo, hacía años que practicaba aquel mirarse, pero nunca de aquel modo, pues ese día, tal vez accidentalmente, se centró en aspectos que, con anterioridad, había pasado por alto.


—¿Qué es esto? —se preguntó sorprendido al descubrirse un sarpullido de pedantería, cerca de otro que supo lleno de engreimiento.


Se asustó, no era para menos, nunca los había visto antes. También es cierto que sus anteriores miradas habían sido distintas, menos introspectivas, más narcisistas. Se habían centrado en reflejos cegadores de vanidad. «No cabe duda, sus efectos son visibles y puede que audibles», pensó algo alarmado. Recordó entonces otro párrafo que había leído minutos antes: «No pueden ocultarse, más aún, se trata de mostrarlos, de presumirlos, de gritarlos a los cuatro vientos».


—En esto, apenas hay diferencias entre los extremos —se dijo el muchacho de setenta años que así descubrió que había vivido alejado de la sabiduría que presumía desde décadas atrás.


Sospechó entonces que lo suyo quizás fuese incurable; y se preguntó si sería contagioso y, de serlo, quién le habría contagiado.


Ante el espejo, fue detectando nuevos forúnculos de pedantería, elitismo, cursilería, erudición... que le convencieron de estar afectado. Y una vez más le regresó a la memoria aquella página consultada:


«A quien le afecta, se le conoce como erudito de pedestal, que muestra sus síntomas por acumulación de títulos, lecturas, datos, «yoismo» que hace pasar por unicidad. Estos solo son unos pocos de los que pueden darse en superficie, los complejos suelen intentar disimularse, asumiendo el berrinche del yo sé más que tú. Mi currículum lo prueba».


Lo que no decía aquella nota informativa era que la erudición es accesible a todo aquel que dedique horas y horas al estudio de un tema (o de varios) en el que se especializa. El joven anciano lo descubrió más adelante, cuando uno de los «mindundis» —a quien sospechó haber visto con anterioridad, aunque no podría jurarlo, pues nunca dedicaba atención a quienes inconscientemente suponía inferiores—, le gritó para burlarse de su paso alicaído, sin la seguridad que le había caracterizado hasta entonces.


—No hay más que un «músculo» que se trabaja. Eres como quien acude a diario al gimnasio para entrenar sus músculos y hacer que luzcan, pero eso no te promete un mejor funcionamiento de tus habilidades. Ni al musculoso de las suyas, solo le promete activar y aumentar su masa muscular.


Así, tras años de desaprendizaje, de recaídas en vicios que antes no lo eran, de volver a intentarlo, de caminar en las dudas y la inseguridad crecientes, el viejo muchacho pudo vaciarse y comprendió que la sabiduría era otra cosa muy distinta. Era algo que apenas se percibía a simple vista. Ya en su lecho de muerte, se dijo: «la sabiduría es al conocimiento sumarle la prudencia, la humildad de saber que no se sabe nada, la autocrítica, el autoconocimiento que nunca será pleno, la capacidad de detenerse a pensar la realidad y la irrealidad que se dan la mano, dentro y fuera de él, sin pretender ser el centro de las mismas».


Aquello no le hizo más sabio, pero sí menos erudito, de modo que ya no buscaba el aplauso ni la atención mediática; al contrario que el erudito que había sido, que perseguía el reconocimiento de quienes consideraba sus iguales: aquella élite endogámica, cuya elevación no era tan elevada como ellos mismos se atribuían.


—No pueden evitarlo —se dijo—. Están cegados de sí, tal como yo lo estuve.


Y volvió a recordar aquella página en la que también había leído que «su pertenencia al grupo es uno de los efectos secundarios de la eruditosis, pero también de otras distinciones con las que hacerse notar y ocultarse complejos y el miedo a no ser nadie».


—¿Pero quién es alguien? —preguntó al silencio y se arrepintió de tantas veces que había mirado por encima del hombro a quienes no consideró a su altura.


A estos, los despachaba con ninguneo o en un decir «qué puedes saber tú». En pocas palabras, se supo un inmaduro emocional. Comprendió aquellos reflejos que no le habían alarmado. Eran los de alguien que había huido de sus complejos, para no enfrentarse a su medianía, asumiendo conocimiento, pero sin que este trascendiese de la mera información. Lloró al saber que había dedicado su vida a levantarse un monumento, a ser una estatua que otros admirasen. Cómo pudo pasar por alto que toda estatua y todo monumento carecen de esa vida que, en ese instante, él sintió malgastada, pues descubrió que no existía evolución ni una mirada (auto)crítica y humanitaria, compasiva, honesta. ¿Dónde le situaba esto?, se cuestionó.


—En un lugar en el que no dejé de ser un erudito de pedestal, uno para quienes ni siquiera me conocían, ni conocí, pues solo sabíamos de nosotros por nuestros forúnculos, que nos pasaban o hacíamos pasar por otra cosa. Fuera de nuestro círculo vicioso ni siquiera era un nombre. Sí, fui un erudito de pedestal que, desde su altura, no alcanzaba el barro de la existencia, no alcanzaba a comprender ni aprehender el mundo que presumí conocer. Solo supe de él desde la barrera…