Desde los tiempos de El candidato ( The Candidate , Michael Ritchie, 1972), incluso antes, se veía venir que Robert Redford era algo más que una cara bonita que lucir en la gran pantalla. Lo apuntaba su faceta de productor y su búsqueda de películas que tuviesen algo que expresar, claro que sin olvidarse de su estatus estelar, algo que invitase a la reflexión más allá del espectáculo, la aventura, el drama o la intriga propuestas por directores como Michael Ritchie y, sobre todo, Sydney Pollack. Así, en 1980, se produjo su paso a la dirección en Gente corriente ( Ordinary People , 1980), en la que Alvin Sargent adaptaba la novela de Judith Guest, y salió bien parado: aplaudido y premiado —cabe recordar que los premios no son objetivos, ni establecen que unas películas sea mejor que otras, aunque lo presuman—. Pero, aparte de no dejarse ver en la pantalla, consciente de que su presencia llamaría la atención más de lo deseado y que tampoco había un papel para él, lo interesante f...