El cine quinqui no nació para ser memoria, sino para mirar su presente; el pasado no es para sus protagonistas, es para sus “viejos”. Su tiempo es el ya; su futuro, el ahora. Las prisas por vivir a tope son parejas a la velocidad con la que caen. Son jóvenes marginales, en casos incomprendidos, sin ninguna “verdad” a la que aferrarse, empujados a delinquir o amamantados en la delincuencia, que muestran más que su inconformismo, su necesidad de poner tierra de por medio, pero solo dan pequeños “palos” y se dejan entre “picos” de heroína. El quinqui no nació para ser memoria de una época, sino para reflejar esa realidad marginal que sale a la luz durante la transición, época en la que también las drogas salen a la luz. Pero dicho lo anterior, el tiempo que nos separa hace que sus mejores títulos sean hoy memoria de un país; o mejor dicho, el reflejo de un momento y de un tipo juvenil —el quinqui, que más pronto que tarde sería estereotipo— exclusivo de ese instante que se plasma en la pa...