La fama le llegó por cuestiones ajenas, como sería su origen de cómic, de las tiras de James O’Barr, y el accidente que costó la vida a Brandon Lee, hijo del mitificado Bruce Lee, durante el rodaje. Pero El cuervo (The Crow, 1994) no pasa de corriente —particular y subjetivamente, pienso que ni lo alcanza— y esos aspectos que escapan al propio film, los que marcaron su popularidad y su leyenda, no son cine. Este puede encontrarse en la apuesta estética de Alex Proyas, más cercana al videoclip que a la viñeta, tal vez porque el director llevaba más de una década rodando clips musicales para diferentes grupos y cantantes, o puede que por su protagonista, que era un rockero cuyo maquillaje postmortem no daba para entrar en una banda como Kiss o en una asociación delictiva como la del Joker. En todo caso, Proyas prioriza un ambiente nocturno, lluvioso, oscuro que pretende transmitir el desasosiego interior del muerto que regresa para vengarse, una venganza que el film desarrolla un año d...