Todos los actos humanos obedecen a un impulso o a una necesidad, quizás a ambas. Lo que implica que a posteriori le demos razones más complejas que quizás nos justifiquen el porqué de esto o de aquello; aunque a veces no exista una explicación lógica. ¿Están allí para que el mundo vea lo que sucede, cuando el mundo sabe lo que sucede porque en 1991 la guerra ya era conocida por los espectadores? Las imágenes ya había saturado los telediarios mostrando guerras como Vietnam, Irán-Iraq, las Malvinas, Nicaragua, Afganistán, Sierra Leona y tantas otras anteriores a la que estalló en los Balcanes en 1991. Los reporteros saben que no van a mostrar nada al mundo que no sepan; en algunos casos, tal vez en muchos, están allí porque ya no saben dónde estar si no cerca de la guerra, del sonido de las balas y de las bombas. Habría que distinguir que no todos los periodistas actúan igual, ni sienten igual y que sus motivaciones pueden diferir. Por eso las distintas visiones expuestas por quienes estuvieron allí del periodista en guerra son posibles, y alguna más también. Incluso la insensibilidad del espectador ante las imágenes también es dispar y, en buen medida, es trabajo de esos periodistas. Ellos asumen una pose y la ofrecen creando así una distancia insalvable, una que protege a todos menos a los implicados, a quienes se hunden en el fango, que no son productos de consumo, sino vidas muertas o mutiladas, en todo caso afectadas por la guerra. Ese es el problema, que hemos consentido y construido un mundo en el que todo se vende, todo puede ser producto de consumo, desde los sentimientos y la privacidad al dolor ajeno del que los periodistas que cubren las guerras suelen protegerse cerrando el círculo, siendo endogámico, tal como expone Pérez Reverte en Territorio Comache…
Los corresponsales de guerra asumen que deben mantener la distancia entre ellos y su objetivo. Incluso algunos saben que no son los protagonistas, sino los testigos que deben enseñar al mundo qué sucede allí donde estalla el conflicto. Solo que este no pueden enseñarse, ya que es una experiencia y, a buen seguro, nada agradable. Cada guerra contiene millones de historias, ratas como individuos se vean afectados por ella. Y los periodistas no suelen contar ninguna, salvo la suya, en caso de que escriban algún libro. Solo muestran el plano de un instante, de cuerpos que minutos, horas o un día antes, sería personas vivas o la crónica de un momento que asumen Impersonal, aunque sea todo lo contrario, tal como deja claro Michael Herr en Despachos de guerra, en cuyas páginas el periodista estadounidense deja claro que no puede rodearse de una capa de invulnerabilidad, ni siquiera una vez lejos de la guerra. Incluso entonces, esta le persigue, le persiguen esos fantasmas que no tienen la necesidad de buscarle, puesto que van con él. En todo caso, los reporteros de guerra no son enfermeros, ni miembros de ONG alguna, ni buenos samaritanos, ni siquiera viven dentro del barro. Ellos tienen sus hoteles en la periferia del infierno. En el infierno viven los Ristos o las Natashas. Pero, como quienes se despedazan y son despedazados en y por las guerras, también los reporteros son seres humanos. Por lo que un tipo como Michael Henderson (Stephen Dillane) tiene sentimientos, aunque la distancia que mantiene los deja fuera, al menos en apariencia, puesto que salen a relucir en varios momentos antes de que su lado emocional asuma las riendas y se entregue a la labor de salvar a los huérfanos de un orfanato de Sarajevo. La explicación que da para justificar su acción no puede ser más lógica. Dice que tuvo la oportunidad de ayudar y que no había nada que le impidiese hacerlo. Así que, ¿por qué no hacerlo? Y lo hizo. Pero ¿por qué lo hizo? ¿Es un gesto puramente altruista u obedecía a la necesidad de sentirse en paz, tras sentirse parte de un mundo salvaje en el que la vida parece no valer nada ni importar a nadie? La respuesta es solo para él, para el resto nos importa que sacó de una zona de guerra a esos niños y niñas a quienes quiso ofrecer una oportunidad de conocer un paisaje menos desolador, menos fiero. Pero lo logró a medias, ya que los pequeños de origen serbio son sacados a la fuerza del autobús, porque, posiblemente, las órdenes de los superiores de los militares serbios eran que no dejasen salir a futuras armas humanas en una guerra que no parecía tener fin, y cuyo inicio ya se pérdida en los lejanos tiempos en los que se construyó Un puente sobre el Drina.
La decisión de Michael es personal, no profesional; es un gesto de generosidad humana o de necesidad, si espera algo a cambio (su redención), pero, sobre todo, es un gesto que desvela que allí, en pleno caos y sinrazón, dejados de la mano de cualquier Dios y de los políticos del mundo, ante tanto dolor y tanta bestialidad, algo en su interior se resiste a dejar de sentir o a ocultar su vulnerabilidad tras máscaras de dureza y cinismo, que son dos de las que suelen ponerse ya no solo en zonas de guerra. Quizás sus motivos se redujesen a ser persona, aparte de ser padre de familia en Inglaterra y de estar cansado de tanta miseria, muerte, desesperación, hambre, heridas visibles e invisibles, indiferencia, políticos que llegan para salir en la fotografía, pero que fuera de ella están a otras cosas porque no es asunto suyo el que un mil, cien mil o un millón de personas se vean de lleno en el infierno. En el cielo se vive mejor, pensarían y más si cabe ocupando un trono celestial desde el cual contemplar y manejar el mundo, en la medida del poder que confiera el trono de cada cual. Todo eso y más puede mermar al observador más cínico y duro, tal que Flynn (Woody Harrelson), que nunca deja entrever quien hay detrás de sus gafas de sol y de su pinta de periodista estadounidense guay, aunque se comprende que tras ese disfraz hay alguien a quien le importa lo que sucede en Bosnia, como apunta la irónica pregunta que lanza al político que comenta que hay doce países en peor situación y, por tanto, es la treceava prioridad bélica de la ONU. Flynn sabe perfectamente que para quien se encuentra allí la única prioridad es la suya, es el sobrevivir a toda costa porque miren donde miren todo es guerra. Nadie puede mantenerse a distancia, tal como confiesa Risto (Goran Visnjic) cuanto Michael regresa a Sarajevo para encontrar a la madre de la niña que sacó de los Balcanes y ya forma parte de su familia. Ese cinismo y esa dureza no dejan de ser capas tras las que ocultar la humanidad y la vulnerabilidad que asoman en los personajes de Bienvenidos a Sarajevo (Welcome to Sarajevo, Michael Winterbottom, 1997), una película que adapta el libro en el que el reportero Michael Nicholson relata una de sus experiencias bosnias, La historia de Natasha, la niña que sacó de allí y adoptó…
