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Casa de juegos (1987)


¿Quiénes y cuántos somos?


Por Antonio Pardines


El mismo año que Brian De Palma rodaba con éxito el guion de Los intocables (The Untouchables, 1987) escrito por David Mamet, se produjo el debut en la dirección de películas de este prestigioso dramaturgo en Casa de juegos (House of Games, 1987), un film en el que ya asoma el Mamet cinematográfico en toda su madurez, desarrollando sus constantes: un reparto más o menos estable (Joe Mantegna, William H. Macy, Ricky Jay…), personajes trabajados, diálogos, relaciones humanas, también entre el control y el azar y el engaño... sin olvidarse de dotar a todo ello de un ritmo y de unas formas cinematográficas que aquí se ajustan al estudio de los personajes, pues en ellos se detiene la cámara para observarles. Para Mamet son casos clínicos, es decir, dignos de estudio. De algún modo, todos lo somos y el autor de American Buffalo así lo comprende y lo asume, ya trabaje para expresarse en un escenario o proyectado sobre una pantalla. Dos medios de expresión que distingue sin aparente esfuerzo, pues nada hay de teatral en su cine, que es comedido. Mamet huye de lo explosivo, se expresa sin aspavientos, lacónico, y se queda en la cercanía de sus protagonistas. Esto ya lo logra desde este primer largometraje, cuyos protagonistas son una psiquiatra (Lindsay Crouse), autora de un superventas de autoayuda, y un timador (Joe Mantegna) que se las da de saberlas todas, pero que, como ella y los demás supuestos controladores de sus vidas, no deja de ser alguien en quien el control es un espejismo que en cualquier instante puede volatilizarse y desaparecer. Ella entra en crisis cuando comprende que, en realidad, no ayuda a sus pacientes; no puede ayudarles con sus sesiones, menos todavía con su libro, que si bien le ha dado dinero no le ha proporcionado la sensación ni la satisfacción de sentir que sea útil, ya no hablemos de literatura, pues ella misma asume y dice ser un <<especie de escritora>>, no una escritora. De algún modo, también ella vive en el trauma, en el conflicto que en cada quien se desvela de un modo u otro distinto al resto. Lo cierto es que parece haber entrado en esa crisis existencial y profesional que la lleva a adentrarse en un nuevo espacio, el del timo, en busca de algo que le haga sentir más verdad que las páginas escritas o las sesiones en las que escucha las voces que posiblemente le han desvelado el truco de su existencia, desnudando esas zonas en las que se plantea quién es, qué hace o si hace algo más que asumir un rol que la distancia de sí misma. En mi libro Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder hablo de cómo el engaño es algo natural a los personajes del director de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950); para Wilder, un cineasta mucho más chispeante y ácido, el ser humano engaña y se engaña para salir de la “prisión” en la que se descubre. Incluso la identidad, la posibilidad de ser otro o de hacerse pasar por otro es cotidiana, es parte de la máscara: del “sueño de engaño” en Wilder y del timo en Mamet, que usa el engaño también para desvelarnos una realidad tras la realidad aparente en la que nos situamos y acomodamos. Ambos son cineastas que encuentran la semilla de la imagen en el guion y la semilla de este en la realidad que observan; a pesar de jugar con el público, los dos entretienen para ofrecer, a quien sea capaz de transcender la apariencia fílmica, un reflejo de nosotros mismos tras la farsa…

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