La radio y la televisión acercaron el mundo de los programadores a los hogares, convirtiendo a los individuos y a las familias en oyentes y espectadores, pero también distanciaron la atención de estos; en cierto modo los educaron para ser en la inmediatez y al tiempo pervirtieron la capacidad reflexiva y comunicativa de sus consumidores. Para bien y para mal, ya nada volvería a ser igual que antes, pues ambas, tal vez inicialmente sin conocer sus límites y sus posibilidades, llegaron para transformar la cotidianidad. Lo hicieron y crearon adictos, nada fuera de lo común siendo como es la adicción una tendencia en la humanidad y supongo que en el resto de especies. Fueron capaces de condicionar la opinión y los gustos del público, indicando de forma sutil o gruesa, según la publicidad, la propaganda y la censura, qué consumir, qué ver, qué hacer, qué pensar, a quién imitar, incluso qué ser… Indudable su valor mediático, pero más aún lo es su capacidad como agentes de control y de cambio...