El inicio de Superman III (1983) homenajea al slapstick sin apenas prestar atención al héroe, que asoma despistado por esas calles de Metrópolis, mientras el caos tiene su orden cómico. En ese arranque, Richard Lester parece decir (a medida que avanza el metraje, lo confirma) que no busca entretener con acción adrenalítica ni con fantasía, sino con humor y burla. Debido a esa prioridad, resulta una secuela (auto)paródica, gamberra e infantil, aunque también resulta irregular, pero, en todo caso, no deja de tener su lado subversivo: el no tomarse en serio, ni a los personajes ni al cine de superhéroes, cuyo infantilismo remite al que empieza a dominar cuando se confirma el reinado de los ordenadores y del vídeo-juego, de ahí que, partiendo del guion escrito por David y Leslie Newman, Lester se burle concediendo protagonismo a Richard Pryor en un papel de genio informático salido del paro. El de Pryor no es el único personaje burlesco que asoma en la pantalla; lo son todos, desde Lorele...