Para quienes posean una mínima noción sobre cine, no escapará que Sergei M. Eisenstein es uno de los nombres propios de la historia cinematográfica. Su uso del montaje revolucionó el medio y sus películas son la prueba física que aún hoy podemos descubrir y disfrutar. Si en La huelga ( Stachka , 1924), su primer largometraje, despuntaba su revolución, El acorazado Potemkin ( Bronenosets Potemkin , 1925) la confirmó de pleno: en la yuxtaposición de planos había poesía y distancia respecto al montaje clásico. Pero ¿habría sido el mismo cineasta y la misma poesía sin su amor por los libros? Lo ignoro, pero quiero pensar que su pasión por ellos marcaron distancias entre el director que pudo haber sido y el gran cineasta que fue, el que marcó un antes y un después. Mi deseo nace de reconocer y compartir su pasión, aunque nunca podría expresarla como él hizo en estas líneas de sus Memorias Inmorales :...