Por un camino esponjoso y ondulado paseo en compañía de un Murnau imaginario. Es un tipo simpático y agradable que me habla en gallego de sus películas. Me alegro, pues no entiendo el alemán, de hecho, se lo agradezco con un "danke". Me mira, sonríe, pero no tarda en elevar su vista sobre mi derecha. —Oye, mira —me dice, ahora en castellano— ahí vuela otro cuerpo inexistente sobre una bala de acero, parece Thomas Ince . Los pocos que le recuerdan dicen que sufre el olvido. Le pasa a muchos colegas; a mí un poco menos, gracias a que todavía hay quienes, igual que tú, hablan de mis películas. Me encojo de hombros mientras mi acompañante hace señas al cuerpo que se acerca y salta de la bala. Rebota una, dos, tres... diez veces. —¿Puedes parar de una vez, so saltimbanqui? —pregunto medio cabreado, y con mi cabeza siguiendo su arriba y abajo—. Esto cansa...