En Ermmano Olmi se da un humanismo cristiano, católico, aparentemente inusual en el cine de la década de 1960 en adelante, pero que nada tiene ni de extraño ni de imposto en él. Se trata del modo de mirar y de pensar que arraiga en el cineasta desde su niñez y que madura a lo largo de los años para dar su fruto cinematográfico en una obra fílmica que centra su mirada en las personas, en su situación y en su relación con el mundo al que pertenecen. Es, ante todo, un cineasta humanista que observa, que prioriza y recrea las relaciones humanas que el individuo establece con su entorno, con sus semejantes y con su tiempo. De ahí que el cine de Olmi sea un cine de vida, más allá del cristianismo y del realismo que se le atribuye. A menudo, toma Lombardía —Milán (ciudad a la que se trasladó de niño) y alrededores— como escenario, así sucede en el pasado de El árbol de los zuecos (L’albero degli zoccoli, 1978) o en la contemporánea El empleo (Il posto, 1961), dos de sus films más reconocido...