Mostrando entradas con la etiqueta jiri menzel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta jiri menzel. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Yo serví al rey de Inglaterra (2006)


Junto Milan KunderaBohumil Hrabal fue el escritor checo que más influyó en la nueva ola de cineastas checos y eslovacos de la década de 1960, la del deshielo y su posterior glaciación. Entre aquellos cineastas, Jiri Menzel fue quien lo sintió más cercano, como apunta que desde sus orígenes profesionales los textos del escritor le inspirasen sus historias cinematográficas. La última adaptación que Menzel realizó de Hrabal fue Yo serví al rey de Inglaterra, una de las mejores obras literarias de su autor. Narrada en primera persona, por el Jan maduro (Oldrich Kaiser), Yo serví al rey de Inglaterra (Obsluhoval jsem anglického krále, 2006) recuerda las experiencias del narrador desde sus inicios laborales, cuando Jan (Ivan Barnev), un joven acomplejado y arribista, vende salchichas en la estación de tren y sueña ser millonario para codearse con quienes ya lo son. La desenfadada narración de Jan contagia su manera de ver la vida y su entorno, así como su capacidad de ver realizado lo que parece increíble, tal como ser el camarero que sirvió al emperador de Etiopía. Este personaje y guía es el antihéroe de una historia que va pasando de hotel en hotel, de jefe en jefe, de maitre en maitre, acumulando experiencias, lecciones, complejos y rencores que pretende vengar igualándose a quienes le miran por encima del hombro, ignorándole, porque solo ven en él a alguien indigno de sus atenciones de clase.



Jan no duda en trabajar sirviendo a los alemanes, cuando estos ocupan Checoslovaquia, ni rechaza a Liza (Julia Jentach) por su origen alemán. La socorre y se casan. Así, Jan accede a un nuevo puesto laboral mientras ella viaja por la Europa ocupada, reuniendo sellos que, concluida la guerra, harán millonario al protagonista. Pero el dinero no le proporciona felicidad, tal vez sí la alegría de su propio hotel, pero su plenitud, la que debe nacer de su interior, no asoma ni siquiera cuando logra que le encierren con quienes le han rebajado. Esto sucede cuando se produce el golpe de estado comunista. En ese instante, Jan insiste a las nuevas autoridades que le encierren en el campo junto al resto de millonarios, aunque tampoco allí tiene la sensación de ser aceptado. En la novela, no así en la película, participa de las comilonas, de las fiestas, del buen vivir, pero continúa sintiendo que le miran por encima; lo que le lleva a la comprensión de que se ha equivocado al aspirar a una meta que no le llena. Tras su tono cómico, Yo serví al rey de Inglaterra se abre a la búsqueda existencial de su narrador, una búsqueda que pasa por mirarse al espejo, por recordarse y despojarse de lo superfluo, en busca de conocerse a sí mismo para hallar la plenitud que solo es posible cuando Jan se acepta en soledad. A este respecto, Hrabal asimila y hace suyas las influencias del filósofo chino Lao-Tse; y Menzel, las del escritor checo, aunque resulta más optimista que aquel. En ambos, la sencillez, el vacío (lo que se puede llenar), la naturaleza y la quietud posibilitan al personaje descubrir su camino lejos de los lujos, una senda existencial que le acerca la serenidad que ni los billetes, ni su hotel ni su estancia entre los millonarios le ha proporcionado. Cuando apenas tiene nada, comprende. Por eso narra, para no olvidar y para reflexionar quién es; una cuestión presente en la obra narrativa de Hrabal y también en la de Menzel, el cineasta que mejor supo conectar y captar la esencia del escritor y llenarla con la propia. A diferencia de la novela, la película báscula entre el pretérito anterior y el pasado reciente, siendo el tono del primero luminoso, festivo, irreal, juvenil, exagerado —incluso el primer recuerdo, en blanco y negro, a imagen del cine mudo, vive en la caricatura—, mientras que el segundo asume la pausa y los colores serenos y grises que envuelven la estancia de Jan junto a Marcela (Zuzana Fialová) y el profesor de francés (Milan Lasica). Menzel hace suya la sátira del autor de Una soledad demasiado ruidosa, y la reflexión acerca de la búsqueda del narrador, un ser humano perdido, aplastado por el peso de la Historia —la ocupación nazi de Checoslovaquia y la posterior implantación del comunismo— y el de sus propios complejos, y encontrado en la intimidad de su existencia.




viernes, 25 de noviembre de 2022

Festival de las campanitas (1983)


La heroicidad de los marginados y del individuo de la calle o del campo es vivir su día a día; y esto que pasa desapercibido para muchos, incluso para ellos mismos, no lo pasó para un escritor como el checo Bohumil Hrabal, quien hizo de sus historias el absurdo y la ironía de lo cotidiano. A Hrabal le gustaba la vida sencilla, el aire libre, el sol, los árboles y escuchar conversaciones de gente en las tabernas y cervecerías, quizá por eso mismo se reconoce en personajes igual de sencillos y comunes a los que hace los héroes de sus historias. En realidad, llamarles héroes podría llevar a error, más bien son personas comunes, otros desheredados sociales, incluso algunos podrían ser picaros comunes, pero todos vistos desde la mirada irónica y comprensiva del escritor. Como ya había sucedido con anterioridad en otras colaboraciones de Hrabal y Jiri Menzel, en Festival de las campanitas (Slavnosti snezenek, 1983) dicha mirada la asume el cineasta. Menzel sigue a hombres y a mujeres en su cotidianidad, en su vivir diario, en los momentos de pausa y de actividad, también en el deseo (que no se cumplirá) y en la realidad de la que a veces desean escapar.



Ejemplo cinematográfico de la combinación de ambos, Festival de las campanitas se desarrolla en un entorno rural donde la tranquilidad, la cervecería y la televisión en las noches son parte de la rutina que se rompe con la persecución en bicicleta, por la carretera y el pueblo, de un jabalí al que dan caza en el aula de la escuela. Dicha cacería acelera la acción, al sacar a los personajes de la pasividad y la calma, y acerca la película a la comedia muda, al tiempo que introduce el conflicto que enfrenta a los hombres —el quién se queda con la pieza. Es la maestra la que pone paz y razona que lo preparen en la cervecería y allí todos juntos celebren la fiesta. Pero las discusiones continúan, lo que depara la hilaridad y una nueva intervención femenina —la dueña de la cervecería— que pone cordura entre la rivalidad masculina de los dos pueblos vecinos. Así, entre riñas y escapadas al bar, salen de la monotonía; peleándose en cuanto se presenta la ocasión y la ausencia de la autoridad, como sucede en festival donde los comensales dan buena cuenta del jabalí y, apurada la cerveza y los licores, y ausente el oficial, dan rienda suelta a la exaltación de la amistad y a la batalla campal entre rivales.




viernes, 18 de noviembre de 2022

Bohumil Hrabal, en el cine


<<Durante nuestra primera conversación le planteé una cuestión que me daba vueltas por la cabeza: ¿por qué sus textos, sin perder el sentido del humor, están poblados de catástrofes, heridas y accidentes, o sea de acontecimientos de los que las personas débiles como yo generalmente apartan la vista? ¿Cómo es que al leer sobre esas tragedias se me llenan los ojos de lágrimas y al mismo tiempo hay algo en ellas que me hace reír? ¿Cómo es que no puedo dejar de sonreír ante lo funesto y penoso en su obra, y a pesar de ello no tengo la sensación de ser un cínico? Él me contestó que las catástrofes, las tragedias y la muerte forman parte de la vida, son la otra cara de la moneda y si no las advirtiéramos no podríamos apreciar el hecho de vivir y alegrarnos de él lo suficiente.


Fue toda una lección, y la convertí en una especie de estribillo que me acompañó en mis años venideros. Durante décadas tuve la oportunidad de encontrarme una y otra vez con Hrabal y aprender que esta filosofía suya fue el hilo rojo que atravesaba toda su obra: uno puede imponerse sobre todo lo malo y terrible que le trae la vida, hasta puede triunfar sobre la muerte, mientras no se deje quebrantar. Esta era la sabiduría y la madurez hacia la que me iba acercando con la ayuda del escritor, lentamente, con dificultad y a trompicones.>>


Jiri Menzel*



La mayoría de sus obras parten de sus experiencias, poseen humor negro e ironía y se centran en personajes que podrían ser cualquiera. Sus novelas presentan influencias desde Franz Kafka hasta clásicos como los filósofos Lao TseSéneca, sin olvidar a Baudelaire, a Schopenhauer, al Rabelais de Gargantúa y Pantagruel y al también checo Jaroslav Hasek, autor de El buen soldado Svejk. Así nos encontramos en sus páginas a un aprendiz de ferroviario en Trenes rigurosamente vigilados, a un obrero de la industria metalúrgica en los relatos de Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, a un empleado de un centro de reciclaje de (libros) papel en Una soledad demasiado ruidosa o a un tramoyista en Bodas en casa como los héroes de sus historias, héroes porque para el escritor la heroicidad reside en vivir la cotidianidad, en ocasiones en la marginalidad de un sistema que asfixia, aunque esta sea contada y vivida de forma extraordinaria, como hace el narrador de Una soledad demasiado ruidosa o el de Yo serví al rey de Inglaterra. Son personas con las que Bohumil Hrabal se identifica, personajes que tienen mucho del propio escritor nacido en Brno, Moldavia en 1914. Hrabal los crea y habla de ellos al tiempo que habla de sí mismo; a veces, los muestra marginados o distanciándose de los márgenes sociales, pero, sea de un modo u otro, se interesa por ellos. Los “mira” preguntándose quiénes son y quién es él. Sus héroes viven en la monotonía, para ellos su mundo, a la par del tiempo histórico y de los imprevistos que deparan momentos trágicos que no escapan ni rompen con lo cotidiano, pues la tragedia solo es, como se apunta en el párrafo inicial, la otra cara de la moneda, la que no deseamos que nos toque, pero que puede tocarnos en cualquier momento, por cualquier circunstancia inesperada o, hasta entonces, ignorada. Por ejemplo, el accidente mortal sufrido por uno de los personajes principales de Festival de las campanitas (Slavnosti snezenek, 1983) cuando iba a por sopa. Esa es su heroicidad y su condena. Sobreviven en cotidianidades en la que se producen accidentes como el señalado, excesos como los narrados por el pícaro camarero de Yo serví al rey de Inglaterra o el despertar de Milos al sexo, a la vida y a la muerte en Trenes rigurosamente vigilados, obra en la que combina la frustración y la alegría del joven protagonista con los hechos históricos que afectan a la Humanidad, y que a él, como parte, acaban por afectarle, aunque de un modo diferente a cómo lo hace su despertar sexual.



<<Vivir y observar las vidas de la gente y participar en la vida en cualquier lugar y a cualquier precio: eso era para él lo más importante y lo más elevado; por eso no se quejaba de ningún trabajo; si los demás podían vivir en los altos hornos, ¿por qué no él?, se decía. Y gracias a las miles de imágenes y experiencias acumuladas en el trabajo, con frecuencia soñaba y de vez en cuando reflexionaba, y al final lo vertía todo sobre el papel. Su literatura se convertía en una bella prosa escrita con las vidas de la gente que había conocido, con el ambiente donde había vivido… Pero antes que nada con su propia vida.>>

Monika Zgustova*



Actualmente, y no sin razón, Hrabal está considerado como uno de los escritores checos más sobresalientes del siglo XX. Su influencia no solo se puede apreciar en la literatura checa, sino también en su cine, el que se realizó durante el deshielo, en la década de 1960, hasta la entrada de los tanques soviéticos en territorio checoslovaco. Perlitas en el fondo (Perlicky na dne, 1965) reunió a varios de aquellos jóvenes cineastas —Jiri Menzel, Jan Nemec, Evald Schorm, Vera Chytilová y Jaromil Jires— que formaron lo que se dio en llamar la nueva ola del cine checoslovaco. El film puede considerarse una especie de manifiesto cinematográfico de aquella generación irrepetible (cierto, que ninguna se repite), que reúne varias historias del escritor, publicadas en su libro homónimo, para crear un mosaico de situaciones y costumbres que va del absurdo al humor negro o viceversa. Pero su relación con el cine se había iniciado un año antes, de la mano de Ivan Passer en el cortometraje Fádni odpoladne (1964), aunque, sin duda, su aportación cinematográfica la determina su colaboración con Jiri Menzel a lo largo de seis películas, desde la ya nombrada Perlitas en el fondo hasta Yo serví al rey de Inglaterra (Obsluhoval jsem anglického krále, 2006), en la que el cineasta volvía a adaptar al escritor con quien compartía mirada irónica.



<<Bohumil conocía perfectamente qué imperfecta criatura es el ser humano, aunque eso no le impedía quererlo. Eso es lo que lo diferencia de muchos escritores actuales. Además, Hrabal era capaz de describir la vida tal y como realmente es, de forma inusualmente sensible, aunque no de forma naturalista sino siguiendo su propio método poético. Expuso la realidad ilustrándola a partir de relaciones y conexiones extrañas entre frases que oía o acontecimientos y personajes que tal vez imaginó.>> Cuando Jiri Menzel comentaba esto, en una entrevista publicada en el diario El periódico (19-07-2008), Hrabal ya había fallecido (murió en 1997), pero, durante años, su colaboración deparó varias de las mejores producciones del cine checo, entre ellas Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, 1966) y tres films quizá menos conocidos, pero también espléndidos: Alondras en el alambre (Skrivánci na niti, 1969), Tijeretazos (Postriziny, 1981) —que no se basa en ninguna obra suya, sino que pone en imágenes un guion original escrito, mano a mano, con Menzel— y Festival de las campanitas (Slavnosti snezenek, 1983), que tiene su inspiración literaria en su libro de cuentos Las fiestas de las campanillas blancas.



*Los frutos amargos del jardín de las delicias. Vida y obra de Bohumil Hrabal, de Monika Zgustova. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014.

domingo, 5 de junio de 2022

Algo diferente (1963)


El primer largometraje de Vera Chytilová detalla dos vidas, estableciendo diferencias evidentes y similitudes no tan visibles que las enlaza en existencias paralelas en las que ambas viven atrapadas. La directora checa agiliza las monótonas cotidianidades mediante el uso del montaje y de la música, sobre todo la que acompaña a Vera (Vera Uzelacová), evitando de ese modo contagiar a las imágenes la sensación que comparten esas dos mujeres que, en apariencia, nada tienen en común y que nunca llegan a verse. No las contagia, pero sí las transmite. Las emociones y sensaciones asoman desde los primeros minutos de Algo diferente (O nečem jiném, 1963), los cuales sirven para que Chytilová presente a sus dos protagonistas, quienes, como apunto arriba, no se conocen y en apariencia son antagónicas. Eva (Eva Bosáková), gimnasta campeona olímpica en Roma 1960 y oro en los mundiales de Moscú (1958) y Praga (1962), lo sacrifica todo por la competición —incluso asume un instante de violencia física acordada como medio de motivación—, igual que Vera sacrifica su vida por el cuidado de su familia y de su hogar, pero, aparte de las similitudes y de que ambas están atrapadas, hay una diferencia evidente entre ellas. La primera persigue un objetivo, mientras que la segunda vive sujeta al único objeto en el que se ha convertido su vida. Chytilová muestra al ama de casa en sus quehaceres diarios, limpiando y fregando, cuidando a su hijo, a veces simpático, otras insoportable, y su relación marital, en una monotonía que apunta incomunicación y distancia en la pareja. Queda establecido que el ser ama de casa es un fin en sí mismo, al tiempo que implica la esclavitud de la que Vera cree escapar al iniciar su relación de infidelidad. Pero solo es una fuga momentánea, no una ruptura que la libere, como se apunta en sucesivos encuentros (que parecen ser el mismo) o al escuchar la confesión de su marido, que le dice que la engaña y que quiere el divorcio al que ella se niega, llorando y exigiéndole que se quede a su lado y al de su hijo. ¿Que iba a hacer sin su familia y sin su rutina, sin lo único que conoce? Vera no piensa en la posibilidad de reinventarse, algo que sospecho sí  hace Eva cuando, después de competir y subir a la soledad de lo más alto de podio, parece preguntarse ¿y ahora qué? Consciente de su retiro deportivo, su respuesta son las imágenes finales de este film que transita entre sus imágenes cercanas al documental, sobre todo en Eva, y la imposibilidad de romper con la cotidianidad que resta a las protagonistas el ser más ellas mismas.




lunes, 23 de mayo de 2022

Perlitas en el fondo (1965)


Reunir a cinco de los cineastas más representativos de la nueva ola del cine checoslovaco —Jiri Menzel, Jan Nemec, Evald Schorm, Vera Chytilová y Jaromil Jireš— es atractivo suficiente para acercarse a Perlitas en el fondo (Perlicky na dne, 1965) con curiosidad y con ganas de descubrir una película especial —habrá quien diga “película manifiesto”, porque reúne a tales nombres, aunque, como cualquier grupo compuesto por egos artísticos, no aúna estilos ni intereses heterogéneos— y disfrutar de un film colectivo que responda a las expectativas generadas por los nombres de sus responsables. Compuesto por cinco episodios independientes, el film encuentra su nexo en el humor negro, en los personajes corrientes que los protagonizan y en su origen literario: Bohumil Hrabal y su primer libro publicado. La irrupción literaria de este gran escritor checo, contaba con 49 años cuando publicó por primera vez, fue una revolución tan significativa en la literatura como pudo serlo Milan Kundera o la propia nueva ola cinematográfica en el cine checoslovaco. Su alejamiento del realismo socialista, discurso y estilo oficial impuesto por la URSS en toda su área de influencia, su acercamiento a la realidad mezclando naturalismo, cotidianidad y pinceladas de surrealismo deparaban una novedosa mirada a esa misma realidad transformada en otra más humana y libre que los cineastas salidos de la FAMU, sobre todo Menzel —quien adaptaría a la gran pantalla otras cinco obras más de Hrabal—, tomaron como una de sus fuentes de inspiración.



La primera adaptación cinematográfica de Hrabal, Perlitas en el fondo, combina drama, humor, realismo y surrealismo, personajes corrientes que dejan de serlo y se transforman en pintorescos al pasar a ser el centro de nuestra atención, y una ruptura formal que venía anunciándose en los proyectos de fin de carrera y en los primeros films de los directores y de la directora que participaron en el proyecto; salvo Milos Forman e Ivan Passer, podría decirse que se trataba de los miembros más destacados de ese heterogéneo grupo que cambió el cine checoslovaco en la década de 1960. En Perlitas en el fondo se puede observar que, aunque de la misma generación y formados en la FAMU, los cinco cineastas tienen su estilo personal y las diferencias entre los cinco segmentos son evidentes. Lo que les une es el afán renovador, el escritor que adaptan y que tienen una conciencia artística, social y política que se distancia del realismo socialista que dominaba previo a sus trabajos detrás de las cámaras. Además, este espléndido e inclasificable film coral contó con la fotografía en blanco y negro y la colorista del segmento La casa de la alegría a cargo del operador Jaroslav Kucera, colaborador habitual de Chytilová, y de Miroslav Ondriček como segundo operador. Sin duda, tanto Kucera como Ondriček fueron otros de los nombres propios de ese renacer cinematográfico en la antigua Checoslovaquia, junto a Polonia, el país que mejor aprovechó el breve periodo de deshielo político cultural permitido por la Unión Soviética durante aquel momento. Los episodios —La muerte del señor Baltazar, Los estafadores, La casa de la alegría, El bufé globo y Romance— recorren momentos puntuales que provocan que la cotidianidad deje de serlo. Así descubrimos a un multitudinario grupo de aficionados que acampan en las inmediaciones del circuito donde presencian la competición motociclista y la muerte de uno de los pilotos, la cual no altera el ambiente ni llama la atención de los presentes; el encuentro de dos ancianos en una residencia donde se inventan un pasado de esplendor del que hablan como si lo hubiesen vivido —y posiblemente así haya sido en su mente—; la visita de dos funcionarios que quieren vender un seguro de vida, cremación incluida, a un matrimonio ganadero cuya creatividad pictórica desborda y adorna su hogar, cuya plasticidad le hace mismamente parecerse a un cuadro; la boda de una pareja y la muerte de una extraña en un bar donde realidad y ficción, presente y pasado, se confunden; y el último fragmento, en el que la cotidianidad de la comunidad gitana nos llega a través de la mirada vitalista de dos jóvenes enamorados.



Fragmentos


Jiri Menzel: La muerte del señor Baltazar (Smort pana Baltazara)



Jan Nemec: Los estafadores (Podvodníci)



Evald Schorm: La casa de la alegría (Dum radosei)



Vera Chytilová: El bufé globo (Automat Svet)



Jaromil Jireš: Romance




sábado, 2 de abril de 2022

Strop (El techo) (1962)


El cortometraje con el que Vera Chitylová se graduó en la FAMU atrapa a su protagonista en un entorno donde su imagen despierta el deseo masculino y la envidia de otras mujeres, pero su persona carece de identidad y de entidad —igual que los maniquís que observa al otro lado del escaparate donde las figuras, desnudas y con los ojos velados, son su reflejo—; se le niegan ambas, aunque no exclusivamente por ser guapa o por ser mujer, sino por el propio espacio cotidiano y urbano que parece adormecer y uniformar a sus concurrentes; sensación que Chytilová logra mediante el uso de los planos. Como la propia cineasta antes de iniciar sus estudios de cine, Martha (Marta Kanovská) trabaja de modelo y su belleza la convierte en objeto de deseo. Dicho atributo resulta ser el único al que su entorno parece conceder valor, lo cual la condenada a ser imagen y a ser maniquí más allá de la profesión por la que ha dejado sus estudios. Esto le afecta y agudiza la sensación de que le falta algo. Martha no se encuentra en su deambular por las calles y locales de Praga, tampoco en su trabajo ni en las no relaciones que establece en ese espacio que le niega ser sujeto. En Strop (1962), Chytilová denuncia la situación femenina hablando a través del montaje, de los encuadres, de los lugares y de los sonidos, más que con las palabras, que su protagonista apenas pronuncia, como si el propio espacio le negase la voz. El blanco y negro, el aislamiento de Martha, la música jazz y algún tema de rock, se mezclan con el tono documental y subjetivo que evoluciona en Sobre mujeres diferentes (O Nečem jiném, 1963), su primer largometraje —y del cual en Las margaritas (Sedmikrásky, 1966) ya no queda ni rastro, al romper totalmente con la narrativa convencional—, y el intimismo en las distancias cortas entre la cámara y la protagonista que, durante los cuarenta minutos de metraje, deambula su existencia mientras va tomando conciencia de ser.



miércoles, 14 de febrero de 2018

Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin (1994)



Una de las características a destacar del cine de
Jiri Menzel es su defensa de las libertades individuales frente a sistemas que las oprimen. Esto lo observamos en las sátiras tragicómicas Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky,1966), Alondras en el alambre (Skrivanci na niti, 1969) o Mi dulce pueblecito (Vesnicko má strediscová, 1985), cuyas críticas, satíricas e irónicas, lo emparentan con los escritores que adaptó a la pantalla, siendo el más cercano su compatriota Bohumil Hrabal, de ahí que sus adaptaciones sean más redondas que la realizada en Vida e insólitas aventuras del soldado Chonkin (Zivot a neobycejna dobrodruzstvi vojana Ivana Chonkina, 1994) a partir de la novela homónima de Vladimir Voinóvich, aunque esta encaja a la perfección dentro del pensamiento de uno de los nombres propios de aquella nueva ola que cambió el cine checoslovaco en la década de 1960.


<<Tú, Vania, eres una persona inteligente por demás -dijo con torpe lengua Gólubiev según trataba de localizar la cerradura al tacto-. A primera vista pareces tonto de remate, pero bien analizado, la tuya es una inteligencia de ministro. No tendrías que ser soldado raso; tú vales para mandar una compañía. Y, si me apuras, hasta un batallón>>.

Voinóvich, Vladimir. Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin.

No solo Iván Chonkin parece <<tonto de remate>>, todos los personajes lo parecen y todos lo son, pues esa simpleza que los iguala es la base de la caricatura pretendida por Voinóvich en su excelente sátira. Quizá si el escritor hubiese sido tan simple como sus personajes, o al menos tan miedoso como algunos de ellos, no habría caído en desgracia. Pero el autor tenía su pensamiento y este se manifestaba en sus obras, en sus cartas de protesta o en su amistad con otros escritores e intelectuales igual de descontentos con el régimen que se plantearía mandarlo al "lugar adecuado", aunque, para evitar posibles protestas de la comunidad internacional, finalmente optó por quitarle la nacionalidad y empujarlo al exilio. Manteniéndose fiel a lo expuesto por Voinóvich, Jiri Menzel realizó su adaptación cinematográfica desde el respeto al original literario, un respeto que se toma su libertad al final de un film cuyo ritmo decae por momentos. Aún así, es divertida y, en ocasiones, grotesca, porque, emulando Voinóvich, Menzel emplea la sátira y el humor para denunciar el miedo, la ignorancia, la estupidez, el estado policial y la burocracia sobre las que se sostiene el totalitarismo caricaturizado. Sin embargo, la sátira se desequilibra conforme avanzan las imágenes que nos muestran al soldado Chonkin (Gennadiy Nazarov) en el koljós, a donde sus superiores lo han enviado para vigilar un viejo e inservible avión del ejército rojo. La estancia del protagonista en la aldea permite el recorrido por un espacio donde la incompetencia y la desorientación forman parte del paisaje que habitan los Góluviev (Vladimir Ilin), el presidente de la aldea y aficionado a la bebida, el delegado político (Valeriy Zolotukhin), incapaz de tomar decisiones porque teme ser censurado (condenado) por sus superiores, el agricultor (Aleksey Zharkov) con aspiraciones filosóficas y científicas que, al ver su obra devorada por la vaca de Niura, no duda en delatar a su nuevo vecino o Niura (Zoya Buryak), quien, esperanzada y entregada, ha aceptado al soldado en su casa y en su cama. La llegada de Vania no transforma el espacio, de hecho, hasta que se encuentra envuelto en una situación que no comprende, él no hace nada, salvo vigilar el aparato inservible o gozar de las comodidades que, sin ser muchas, le proporciona el hogar de la joven con quien mantiene una fogosa relación carnal. El pensamiento del soldado resulta simple en grado sumo, lo cual lo incapacita para entender su situación e interpretar los hechos que se desarrollan avanzados los minutos. No obstante, su torpeza no desentona con la del resto de personajes que asoman por la pantalla, pues ninguno muestra más luces que Chonkin: comenten errores inexplicables, como la confusión del capitán Miliaga (Sergei Garmash) cuando es atrapado por los soldados de su propio ejército, o necesitan que otros les indiquen el camino a seguir, acostumbrados a no pensar, a no reflexionar y a negarse a tomar decisiones por temor a acabar en el "lugar adecuado".




jueves, 1 de febrero de 2018

Alondras en el alambre (1969)


Ocho meses de primavera y de esplendor fueron apagados en un suspiro de agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos tomaron Praga y pusieron fin al sueño de individuos como Jiri Menzel, un sueño que había implicado mayor libertad de expresión y de vida. Aquella libertad de expresión había sido aprovechada por los miembros de la nueva ola checoslovaca para enriquecer una cinematográfica que, entre 1962 y 1968, gozó de envidiable salud. Entre aquellos directores se encontraba Menzel, cuya ironía subversiva y humana provocó que la censura le condenase al ostracismo y, durante años, prohibiese su Alondras en el alambre (Skrivanci na niti, 1969). El humor irónico y humanista expuesto por el cineasta en esta película aboga por la libertad individual dentro de un entorno dogmático que pretende erradicarla para imponer su orden social. Pero ni los trabajadores (señalados de burgueses por parte de las autoridades) ni las prisioneras que protagonizan el film pierden la esperanza ni las ganas de vivir, de expresar sentimientos, de buscar el calor humano en pequeños gestos: caricias, miradas clandestinas o la reunión alrededor de la hoguera a la que se acerca Alden (Jaroslav Satoranský), el guardián que acaba de resolver sus problemas matrimoniales. Los marginados de Alondras en el alambre prefieren el contacto con lo cotidiano a la política estatal de "trabaja y serás feliz, pero siempre que ni dudas ni preguntes". En su cotidianidad laboral, los reubicados charlan, cruzan miradas o rozan sus manos con las de las prisioneras, en leves caricias que expresan emociones tan humanas como la ternura, mientras se muestran indiferentes a la política estatal que fuerza su reeducación en un adiestramiento condicionado por la amenaza de la cárcel o de los campos de trabajos.


Ambientada durante la década de 1950, 
Alondras en el alambre se inspira en los relatos recogidos en Anuncio una casa donde ya no quiero vivir (Inzerát na dum, ve keterém uz nechci bydlet, 1965) de Bohumil Hrabal, a quien Menzel había adaptado con anterioridad en la episódica Perlitas en el fondo (Perlicky na dne, 1965) y en la oscarizada Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, 1966) —el cineasta volvería a las historias del escritor en tres ocasiones más. Además de ser censurados por las autoridades, escritor y cineasta comparten una visión humana que concede suma importancia a lo corriente, a lo cotidiano, a lo absurdo, a la esperanza y al amor, priorizando la silenciosa interioridad de los personajes sobre los intereses del sistema opresivo que intenta cambiarles su naturaleza individual. Los hombres y las mujeres del campo de chatarra donde se desarrolla la mayor parte de la película viven atrapados dentro de un estado que no acepta ideas contrarias a las suyas, pues, leídos los letreros que salpican el lugar, lo único aceptable es asumir que <<el trabajo honra>>, aunque desagrade a quien lo practique. Entre la herrumbre que recogen y amontonan, para su posterior reciclaje (en objetos útiles al sistema), se comprende que ellos mismos son material de reciclaje, pues, pertenecientes a la eliminada clase burguesa, se les impone la nueva realidad, la de vivir en un país donde el presente y el futuro se encuentran en manos del régimen que Trustee (Rudolf Hrusínský) representa con orgullo. Este buen hombre presume de su condición obrera, sin embargo viste traje y corbata, no pega palo al agua (salvo en un leve gesto mediado el film) o habla de las virtudes del socialismo implantado tras la guerra, lo cual no hace más que satirizar la imagen de la burocracia de un sistema que en teoría la rechaza. El resto de personajes son personas de distintos extractos socio-culturales, pero todos víctimas de las purgas que sufren por su condición burguesa, por ser intelectuales o por ejercer profesiones liberales (tocar el saxofón o cocinar en un restaurante). La mezcolanza humana que se deja ver por Alondras en el alambre va desde el profesor de filosofía (Vlastimil Brodský), que pone en duda cuanto se predica, hasta el fiscal (Leos Sucharipa), que le sirve de oyente, pasando por el lechero (Vladimir Ptácek), el primer desaparecido, o Pavel (Václav Neckár), el joven cocinero en quien destaca la inocencia, la esperanza y el amor que florece entre los restos metálicos donde observa a Jitka (Jitka Zelenohorská), una de las condenadas por reaccionarias, que, con su silencio, su mirada y su sonrisa, conquista al muchacho. La perspectiva escogida por Menzel para abordar la historia elige la cotidianidad, las relaciones y las pequeñas circunstancias de la mayoría silenciada que se individualiza en los personajes anónimos, con o sin familia, con deseos, frustraciones, ideas o dudas como las que conllevan la detención de Pavel y su posterior condena en la mina donde se reencuentra con el lechero y el profesor, una mina que no borra ni su sonrisa ni su esperanza, no porque el trabajo le honre, tampoco porque haya aceptado su rol, sino porque eleva su mirada hacia el exterior y ve la luz donde se encuentra Jitka.

martes, 10 de enero de 2017

Mi dulce pueblecito (1985)


De los cineastas participantes y responsables de la "Nueva Ola" del cine checoslovaco, que empezó a gestarse en la Academia de Cine de Praga durante la segunda mitad de la década de 1950, el nombre más conocido a nivel internacional es el de Milos Forman, debido a su exitosa carrera posterior y a los premios obtenidos en Hollywood por Alguien como sobre el nido del cuco (One Flew over the Cuckoo’s Nest, 1972) o Amadeus (1984). Pero aquella nueva corriente cinematográfica checa y eslovaca, que alcanzó su plenitud en los años sesenta, también contó entre otros talentos con Jirí Menzel, que debutaba en la realización de largometrajes con la excelente tragicomedia Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, 1966). Aunque se trata de su obra más reconocida fuera de las fronteras checas, el cine de Menzel es mucho más que el título que le valió el Oscar a la mejor producción de habla no inglesa. Su filmografía está compuesta de buenas películas y de intenciones que priorizan al ser humano desde el pensamiento humanista e irónico que heredan algunos de sus títulos a la hora de conceder el protagonismo al individuo enfrentado al sistema (burocracia, pérdida de identidad,...), al despertar sexual o a la acelerada modernidad que en el medio rural donde se desarrolla Mi dulce pueblecito (Vesnicko má stredisková, 1985) solo tiene presencia en la pareja de recién llegados de la ciudad, a la cual siempre se observa en movimiento (realizando algún tipo de ejercicio físico) sin tiempo ni intención de interactuar con el entorno. Esta entrañable comedia costumbrista fluye desde el sencillo ritmo vital que domina en el pueblo cercano a Praga donde Otik (János Bán) y Pávek (Marian Labuda) comparten su cotidianidad laboral, aunque mejor sería decir que el segundo intenta enseñar y proteger al primero, pues el joven, huérfano desde niño, se ha convertido en la responsabilidad de todos los habitantes del lugar.


Durante los últimos cinco años, entre los despistes y silencios de quien presenta la mentalidad y la inocencia de un niño de cinco años, Pávek se ha convertido en la figura paterna de su inseparable acompañante. En compañía de su mentor, Otik siente la felicidad y la plenitud que le ofrece creer ser la mano derecha de aquel a quien desea complacer e imitar. No obstante, su último error colma la paciencia de Pávek y provoca su decisión de prescindir de su ayudante después de la cosecha, lo cual genera la tristeza de Otik, quien, en señal de arrepentimiento, acude a la casa de su jefe y le ofrece dos palomas que, superando su naturaleza inofensiva, el mismo ha matado. Pero nada de cuanto hace parece cambiar la decisión de Pávek, lo que implica que el muchacho decida trasladarse a Praga, donde un desconocido le ha ofrecido un piso moderno a cambio de su antigua casa. Aunque la relación entre estos dos hombres es el eje principal de 
Mi dulce pueblecito, la película expone otros como la perspectiva vital del doctor Skruzný (Rudolf Hrusínský), cuya visión de la vida delata su amor por las sencillas costumbres que brillan por su ausencia en la capital donde Otik ni encaja ni podrá encontrar un hogar que sustituya a su pueblecito. De igual modo, adquieren relevancia la cotidianidad de la villa, la armonía que en ella se respira, la amistad que se afianza en pausas que permiten disfrutar de una cerveza y de comentarios triviales o la picaresca de Václav (Jan Hartl) y Jana (Libuse Safránková) para mantener en secreto el adulterio que podría dar un disgusto, si el celoso y violento Turek (Petr Cepek) llega a sospechar que su mujer lo engaña. Al igual que en otros trabajos del responsable de Alondras en el alambre (Skrivánci na niti, 1969), otro aspecto que adquiere forma a lo largo del metraje es el despertar sexual de un adolescente, en este caso el hijo de Pávek, que, enamorado de la maestra del pueblo, sufre su primer desengaño amoroso. A pesar de la coralidad que prima en Mi dulce pueblecito, el interés de Menzel siempre regresa a la pareja protagonista, ya sea mediante su presencia o desde las alusiones que se escuchan en las reuniones que las fuerzas vivas del pueblo mantienen para debatir sobre el futuro de Otik, cuya marcha podría propiciar la transformación y muerte del encanto que el médico rural ensalza mientras sufre sus constantes contratiempos automovilísticos.

jueves, 12 de julio de 2012

Trenes rigurosamente vigilados (1966)


La novela corta Trenes rigurosamente vigilados (1964) toma de la picaresca a su joven narrador-guía, de Jaroslav Hašek y su buen soldado Švejk asume la sátira, de Kafka el absurdo, pero todo en ella es Bohumil Hrabal: su humor negro, su ironía, su cercanía, sus experiencias vitales —durante los años de guerra trabajó de ferroviario— su estilo y su pensamiento. A su vez, Hrabal fue una inspiración para los cineastas checos durante el deshielo. Sobre todo es reconocible en el cine de Jiri Menzel, quien lo adaptó en diferentes ocasiones, siendo la más popular Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, 1966). No es que Menzel hiciese suya la historia de Hrabal, sino que creaba su historia a partir de la del escritor, que también colaboró en el guion. Su adaptación fue reconocida en todo el mundo gracias al Oscar al mejor film de habla no inglesa —premio debido a su calidad, pero también a la política del momento, así parece confirmarlo que en tres de cuatro ceremonias consecutivas, de 1965 a 1968, fuesen premiadas películas hechas en países por entonces comunistas— y acabaría siendo olvidada para, mas adelante, ser recuperada por la memoria cinéfila. Abandono el vaivén memorístico y regreso a Menzel, quien, haciendo su versión de la historia de Miloš (Václav Neckár), hace una excelente adaptación del relato de Hrabral.


A
 pesar de las palabras del concejal Zednicek (Vlastimil Brodský), que insiste en que se trata de movimientos estratégicos, el ejército alemán se encuentra en retirada. Durante la Segunda Guerra Mundial, la antigua Checoslovaquia se encontraba bajo el dominio de las tropas de ocupación, hecho que generó posturas enfrentadas. Existían aquellos que colaboraban o simpatizaban con el régimen nacionalsocialista, como sería el caso de Zednicek, y aquellos que se oponían, ya que no les tenían ninguna simpatía, pero también se podía encontrar a individuos que se decantaban por no estar ni a favor ni en contra, como podría ser el caso del joven Miloš Hrma, cuyo máximo interés pasa por ser un vago, al igual que antes lo habían sido su bisabuelo (siempre riéndose de los trabajadores, que un día se cansaron de tanta risa), su abuelo (convencido de que su poder de hipnosis detendría el avance del ejército alemán, aunque su poder no funcionó como esperaba cuando intentó frenar un tanque con su fuerza mental), o su padre, maquinista retirado, que lleva varios años tumbado en el sofá de casa y no piensa levantarse, ¿para qué? ¿para ver cómo está el país?. Miloš es consciente de que para no hacer nada su mejor opción pasa por trabajar como aprendiz de controlador de estación, oficio del que se enorgullece, a pesar de que no cobre. La estación de tren supuestamente es un lugar tranquilo. donde no se observan prisas y sí unos compañeros un tanto particulares, muy diferentes entre ellos, ya que Max (Vladimir Valenta), el jefe de la estación, sólo piensa en su ascenso y en su nuevo uniforme, mientras que Hubicka (Josef Somr) solo piensa en mujeres. Pero la tranquilidad dominante en la estación se ve alterada cuando se presenta el concejal Zednicek para informarles de que las tropas alemanas tienen prioridad absoluta en el transporte ferroviario.


Tragicómica, 
Trenes rigurosamente vigilados presenta una visión amarga y satírica de la época, que inicialmente no afecta a su joven antihéroe protagonista. Él tiene otros problemas, de índole más personal, sobre todo relacionados con su entorno y con su iniciación sexual, la cual le plantea su primer gran problema existencial. Después de si primera y desastrosa relación sexual con Masa (Jitka Bendová), la joven revisora, Miloš se siente medio hombre, porque su fracaso como amante aumenta sus dudas. La desesperación de no sentirse hombre le crea una ansiedad a la que intenta poner fin suicidándose en un burdel, pero su destino no es el de morir dentro de una bañera donde pretende ahogar sus penas, dejando que su sangre fluya lentamente por los cortes de sus muñecas. Solo la explicación del doctor calma parte de sus miedos, sin embargo, todavía no siente la virilidad que observa en Hubicka, quien disfruta cuñando el trasero de la telegrafista de la estación con una amplia gama de sellos, que posteriormente se airean por todo el pueblo. El aprendiz de ferroviario pretende seguir el consejo médico y encontrar a una mujer madura que posea la experiencia necesaria para enseñarle a ser un buen amante, sin embargo, encontrar a alguien de tales características, dispuesta a enseñarle, no resulta sencillo para él. Las inseguridades de Miloš podrían generalizarse a las inseguridades de su tiempo, donde la amenaza, además de física, se encontraba en los pensamientos de hombres como Zednicek o en las actitudes de los trabajadores de la estación, quienes sólo se preocupan de sí mismos, cuestión que tampoco resulta extraña, ya que nadie comprende por qué ocurre lo que ocurre y a qué es debido esa guerra que entorpece la marcha natural de las cosas. Sin embargo, hacia el final del film, Hubicka muestra su verdadera postura, cuando pide ayuda al joven protagonista (ya curado de su mal de amores) para volar uno de los trenes denominados de rigurosa vigilancia, pues él no puede poner la bomba porque debe asistir a un sumario donde se evalúa su gusto por sellar nalgas.