La heroína de Demy no es una Lola devora
hombres como el personaje de Marlene Dietrich en El ángel azul (Josef von Sternberg, 1931) ni devorada por los hombres, como pueda serlo Lola Montes (Max Ophüls, 1955). Sencillamente es la Lola enamorada, la que espera, la madre que vive en una zona intermedia y que ve en su hijo el recuerdo del hombre idealizado. El personaje interpretado por la inolvidable Anouk Aimeé es la cabaretera fiel e inocente,
que no ingenua, la amante sensible y sincera que puede entregar su cuerpo, pero no su corazón. Lola vive entre la
esperanza y la desesperanza de volver a ver a su primer y único amor. Y Lola (1961) es el primer largometraje de Jacques
Demy, pero no el de un debutante, si no el de un cineasta que apunta sus temas: la importancia del amor, los
encuentros casuales, la musicalidad y la casualidad que depara la rueda que, quizá
en homenaje a Max Ophüls, a quien dedica el film, acerca y distancia
a los personajes. Los muestra buscando el calor y la compañía,
pero casi siempre parece estar solos, aunque la heroína no lo está; ella tiene el recuerdo y la esperanza, tiene la ternura de Demy.
Lola precede en sugestivo blanco y negro, de la fotografía de Raoul Coultard, los amoríos más
alegres y coloristas de Las señoritas de Rochefort
(1967) y grises melancólicos y bucólicos de Los paraguas de Cherburgo (1964). Sin embargo, el primer largo de Demy no es un musical, al
menos no a simple vista o propiamente dicho, pero sí posee la musicalidad y la fantasía del realizador francés, un enamorado del cine cuyo imaginario fílmico vive entre la modernidad y el clasicismo.




