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sábado, 21 de noviembre de 2020

Lola (1961)



Una de las Lolas cinematográficas más atrayentes y atractivas resulta que se llama Cécile (Anouk Aimée), vive en Nantes, trabaja en un local nocturno y es madre soltera. En el cabaret donde la descubrimos la conocen por su nombre artístico y, salvo Michel y Roland, el resto se refiere a ella por el Lola que Jacques Demy escogió para dar título a su primer largometraje. No voy a
 enredarme y a hablar de la nouvelle vague, “movimiento” al que inicialmente se adscribe o adscriben el cineasta, aunque no tanto por intereses y rasgos cinematográficos comunes, como por el contacto y la cercanía espacio-temporal. Pasaré de largo la nueva ola, al menos aquí y ahora, porque Demy no fue un “olista”, ni vanguardista, ni pretendía romper con el cine previo, ni había sido crítico cinematográfico. Como tantos otros realizadores franceses de la época, Demy está influenciado por el cine hollywoodiense y por algunos cineastas franceses como Renoir, Ophüls o Bresson. Mira ese esplendoroso pasado cinematográfico con la ilusión de un niño, algo que también hace el resto, pero él no asume que cambiará el cine para siempre. Decide ser y es nostálgico. No lo disimula, tampoco quiere ser el más grande; le basta con rodar sus gustos e influencias, ser un poco cursi —en sus musicales lo será sin el “apenas un poco”— y trabajar sus ideas, elaborar su magia. Así contempla a su Lola con ilusión y ternura, en la imposibilidad y la resignación, en su espera y en la esperanza de recuperar el amor, que está ahí fuera, buscándola, recorriendo la ciudad en un descapotable blanco, sin que a nosotros nos importe demasiado. Pero a ella, sí. Lo ama, y lo hace en apariencia sin límites, aunque carnalmente no le guarde ausencia, puesto que las relaciones sexuales que mantiene con el marinero estadounidense, o con otros hombres, y el ideal, al que se aferra cuando se produce su encuentro con Roland, difieren en su significado.


La heroína de Demy no es una Lola devora hombres como el personaje de Marlene Dietrich en El ángel azul (Josef von Sternberg, 1931) ni devorada por los hombres, como pueda serlo Lola Montes (Max Ophüls, 1955). Sencillamente es la Lola enamorada, la que espera, la madre que vive en una zona intermedia y que ve en su hijo el recuerdo del hombre idealizado. El personaje interpretado por la inolvidable Anouk Aimeé es la cabaretera fiel e inocente, que no ingenua, la amante sensible y sincera que puede entregar su cuerpo, pero no su corazón. Lola vive entre la esperanza y la desesperanza de volver a ver a su primer y único amor. Y Lola (1961) es el primer largometraje de Jacques Demy, pero no el de un debutante, si no el de un cineasta que apunta sus temas: la importancia del amor, los encuentros casuales, la musicalidad y la casualidad que depara la rueda que, quizá en homenaje a Max Ophüls, a quien dedica el film, acerca y distancia a los personajes. Los muestra buscando el calor y la compañía, pero casi siempre parece estar solos, aunque la heroína no lo está; ella tiene el recuerdo y la esperanza, tiene la ternura de Demy.


Lola precede en sugestivo blanco y negro, de la fotografía de Raoul Coultard, los amoríos más alegres y coloristas de Las señoritas de Rochefort (1967) y grises melancólicos y bucólicos de Los paraguas de Cherburgo (1964). Sin embargo, el primer largo de Demy no es un musical, al menos no a simple vista o propiamente dicho, pero sí posee la musicalidad y la fantasía del realizador francés, un enamorado del cine cuyo imaginario fílmico vive entre la modernidad y el clasicismo.



jueves, 21 de junio de 2018

Las señoritas de Rochefort (1967)

No me había planteado la posibilidad de escribir un relato sobre alguien atrapado en un musical hasta que vi por segunda vez Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, 1967) e imaginé a un individuo prisionero en un mundo de color, donde, salvo él o ella, todos sus habitantes bailan en lugar de caminar y solo se expresan cantando. Pensé que la imposibilidad de abandonar ese espacio melódico, de tonos en ocasiones chillones y en otras color pastel, sería una pesadilla tan terrorífica como estar atrapado en la oscuridad del Nostromo o entre las garras de Freddy Krueger. Pero solo fue una idea pasajera que me llevó a pensar en Gene Kelly y en su idilio con el género que ayudó a engrandecer, pero que a él lo encasilló hasta el extremo de que cualquier espectador o espectadora asociaba (y asocia) exclusivamente su imagen a la del musical hollywoodiense (y, una minoría, quizá a la de D'Artagnan). Atrapado en su faceta de bailarín y coreógrafo, Kelly fue, junto a Fred Astaire, la estrella masculina que brilló con mayor fuerza e intensidad dentro del género, sin embargo, cuando este sufrió su descenso productivo, la estela del actor se resintió y, dejando de lado la tardía y prescindible Xanadu (Robert Greenwald,1980), encontró en el film de Jacques Demy la oportunidad de brillar, cantando y bailando, una última vez delante de la cámara, aunque sin la omnipresencia ni la energía de sus protagonistas en Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain; Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) o Un americano en París (An American in Paris; Vincente Minnelli, 1951). Kelly se unió al espléndido reparto de Las señoritas de Rochefort y dio vida a Andy Miller, un compositor estadounidense que llega a la localidad francesa para visitar a su amigo Simon Dame (Michel Picoli), pero el destino dispone que allí encuentre el amor. Ni Andy ni Simon son personajes protagonistas, pues, si en alguien recae dicho rol, esas son las gemelas Garnier, Delphine (Catherine Deneuve) y Solange (Françoise Dorleac), dos jóvenes que, como el resto de prisioneros de este ensueño musical, anhelan encontrar su ideal del amor. Aunque a la vuelta de la esquina, el amor se antoja esquivo para las Garnier, también para su madre (Danielle Darrieaux), la dueña de la cafetería situada en la plaza del pueblo donde, convertida en escenario, se celebra la feria del Mar que congrega a vecinos y a numerosos visitantes, entre ellos los actores y actrices ambulantes que abren la película. La presencia de Kelly y la de George Chakiris, protagonista de West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961), así como la puesta en escena de Demy y la música de Michel Legrand homenajean al musical hollywoodiense, pero son las dos hermanas, también en la vida real, y la espléndida Danielle Darrieux quienes dan vida y sentido a una película por momentos entrañable, siempre romántica e inferior en su resultado a la menos amable y melosa Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964), quizá la obra cumbre del musical francés y, Lola (1961) aparte, de Demy.