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Mostrando las entradas etiquetadas como jacques demy

Piel de asno (1970)

Bajo el síndrome de Orfeo Por Antonio Pardines Como todo cuento de hadas clásico, el narrado por Jacques Demy se inicia con el cansino y remoto «Érase una vez…». Pues sí, lo fue y todo comenzó de la pluma del cuentista Charles Perrault, autor del cuento que inspiró a Demy su Piel de asno ( Peau d’âne , 1970). El cineasta logra una de sus películas más emblemáticas, creativa y, visualmente, ambiciosa, aunque Los paraguas de Cherburgo ( Les parapluies de Cherbourg , 1964) quizás sea de las suyas la más aplaudida y ensalzada; valoración de la que tampoco discrepo. Pero esta logra algo distinto: consigue envolverte en una atmósfera de fantasía colorista y musical, de magia cinematográfica que el cineasta francés maneja con elegancia para llevarnos por un reino donde el rey vive en el cuerpo de Jean Marais, el protagonista de dos de las fantasías cinematográficas francesas más poéticas. Me refiero a las rodadas por Jean Cocteau: La bella y la bestia ( La Belle et la Bête , 1947) y Orfeo ...

Lola (1961)

Una de las Lolas cinematográficas más atrayentes y atractivas resulta que se llama Cécile ( Anouk Aimée ), vive en Nantes, trabaja en un local nocturno y es madre soltera. En el cabaret donde la descubrimos la conocen por su nombre artístico y, salvo Michel y Roland, el resto se refiere a ella por el Lola que Jacques Demy escogió para dar título a su primer largometraje. No voy a  enredarme y a hablar de la nouvelle vague, “movimiento” al que inicialmente se adscribe o adscriben el cineasta, aunque no tanto por intereses y rasgos cinematográficos comunes, como por el contacto y la cercanía espacio-temporal. Pasaré de largo la nueva ola, al menos aquí y ahora, porque Demy  no fue un “olista”, ni vanguardista, ni pretendía romper con el cine previo, ni había sido crítico cinematográfico. Como tantos otros realizadores franceses de la época,  Demy  está influenciado por el cine hollywoodiense y por algunos cineastas ...

Las señoritas de Rochefort (1967)

No me había planteado la posibilidad de escribir un relato sobre alguien atrapado en un musical hasta que vi por segunda vez  Las señoritas de Rochefort ( Les demoiselles de Rochefort , 1967) e imaginé a un individuo prisionero en un mundo de color, donde, salvo él o ella, todos sus habitantes bailan en lugar de caminar y solo se expresan cantando. Pensé que la imposibilidad de abandonar ese espacio melódico, de tonos en ocasiones chillones y en otras color pastel, sería una pesadilla tan terrorífica como estar atrapado en la oscuridad del Nostromo o entre las garras de Freddy Krueger. Pero solo fue una idea pasajera que me llevó a pensar en Gene Kelly y en su idilio con el género que ayudó a engrandecer, pero que a él lo encasilló hasta el extremo de que cualquier espectador o espectadora asociaba (y asocia) exclusivamente su imagen a la del musical hollywoodiense (y, una minoría, quizá a la de D'Artagnan). Atrapado en su faceta de bailarín y coreógrafo, Kelly fue, junto a F...