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Verne lee el mundo



Verne lee el mundo 


Por Antonio Pardines



Dédalo e Ícaro volaron tan alto que el segundo quemó sus alas y cayó al vacío, pero había sembrado la ambición de volar. El mito era y es fantasía, incluso una lección moral sobre la posibilidad, la ambición, la liberación y la mortalidad humana, pues se trataba de una invitación a aspirar a más, a ese más que unos pocos, a menudo calificados de locos por sus contemporáneos, han sentido siempre como motor existencial. Tal empuje vital se descubre en las imágenes documentales que abren El amo del mundo (Master of the World, William Witney, 1961). Son apenas cinco minutos de slapstick real, de golpes y porrazos de individuos que se echan a volar con los artilugios más extraños o ridículos (vistos hoy), mismamente unas simples alas a lo Ícaro. Pero los nuevos alados no son mitológicos, no son ideas morales. Son pioneros que, vistos fuera de contexto, resultan graciosos o más bien parecen payasos. Esas imágenes son empleadas por William Witney para introducir el nombre de Julio Verne en grandes letras porque todo el mundo conoce el nombre del francés.


El lector atento, puede que también el quisquilloso, sabe que el autor de Cinco semanas en globo (1862-1863) no fue un visionario, sino un escritor aplicado, mucho, trabajador incansable y narrador de ficciones a partir de debates, polémicas y desarrollos científicos de su tiempo. Su inventiva se nutría de libros y revistas especializadas, visitaba ferias y exposiciones, consultaba patentes o se interesaba por las novedades tecnológicas. Una de ellas era el sumergible que le inspiró Veinte mil leguas de viaje submarino (1869-1870). Otra idea de la época era que el humano surcase los aires en aparatos que, más allá del globo aerostático desarrollado por los hermanos Montgolfier durante el último cuarto del XVIII, le permitirían reducir las distancias, al aumentar su velocidad. En 1784, Jean Baptiste Meusnier había teorizado por primera vez sobre el dirigible, aunque no sería hasta 1852 cuando se produjo el primer vuelo. Su protagonista fue el ingeniero Henri Giffard, quien no cabe duda inspiró a Verne el personaje Robur, el protagonista de Robur el conquistador (1886) y de El amo del mundo (1904).


El mundo ya se estrechaba en el siglo XIX, la máquina de vapor lo cambiaba todo, al posibilitar el maquinismo posterior que dio pie al desarrollo del tren y del barco de vapor. Para alguien atento y aplicado como Verne eso no pasaría desapercibido, tampoco le pasó el trabajo de Monturiol, tal como delata la visita del escritor a la Exposición Universal de París (1867) donde el catalán exponía su sumergible Ictíneo II —el primero había sido botado con éxito en el puerto de Barcelona el 23 de septiembre de 1859—. El escritor miraba con curiosa voracidad el mundo, a las novedades y a las posibilidades. Ese fue su mayor talento, abrir los ojos incluso en su imaginación, por eso es innegable que, junto al británico Herbert G. Wells, se le atribuya con motivo la paternidad de la ciencia ficción literaria; aunque decirlo sea injusto. Es que a menudo, cuando se habla de Verne, no se trata de Verne, sino de su leyenda; muchos ni lo habrán leído y pensarán que la ciencia ficcional partió de él, pero ya la encontramos, en menor dosis didáctica y en mayor complejidad emocional, en Mary Shelley y su Frankenstein (1818). Abrir y adentrarse por las páginas de los libros del escritor francés desvela que su apuesta por la fantasía es menor de lo que pueda parecer a primera vista (o de oídas para quien no lo haya leído), ya que su narrativa y su creatividad estaban marcadas por el positivismo y didactismo científico que emplea en sus obras para explicar más que para soñar e invitar a que otros lo hagan. Y aun así, Verne sueña en sus libros e invitó a lo propio a las generaciones de lectores que lo han disfrutado desde entonces.


Por otra parte, el cine tomó sus historias y las pulió para hacer de ellas espectáculo, aligerando la parte científica y descriptiva, para quedarse con la aventura y con personajes que encajasen a la perfección en las fantasías cinematográficas como esta de Witney, que tuvo como guionista a otro gran «fantaseador» literario. Me refiero a Richard Matheson, autor de Yo soy leyenda y El increíble hombre menguante, cuyo talento narrativo lo sitúo por encima del de Verne. El resultado de juntar al escritor francés y al estadounidense fue El amo del mundo, una genuina pieza de serie B producida por la American International Pictures (AIP) de James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff, dos nombres propios del bajo presupuesto, como también lo fue el de Vincent Price en su etapa madura, gracias a su protagonismo en el ciclo Poe de Roger Corman o a su Robur en este filme que fusionaba las dos novelas protagonizadas por el personaje. Su megalómano se emparenta con Nemo, aunque su vehículo cinematográfico no surque las profundidades del mar, sino el cielo en busca de la paz. Lo hace sin banderas, cansado de las guerras, pero sembrando el terror desde su aeronave, la cual no está dispuesto a vender a ningún país. ¿Por qué? Porque sabe que sería empleada como arma de destrucción. Eso mismo hace él, aunque no es un belicista, sino un hombre contradictorio que, queriendo salvar el mundo, podría destruirlo…

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