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Mostrando las entradas etiquetadas como f.m.dostoyevski

Donde cielo e infierno se citan en ti

Donde cielo e infierno se citan en ti  Por Antonio Pardines «—¿Te acuerdas de Raskólnikov? Ivanof le sonrió irónicamente. —Era de esperar que fueras a parar a eso más pronto o más tarde. Crimen y castigo ... En verdad, te vuelves senil o infantil. —Un momento, un momento —dijo Rubachof yendo y viniendo con aire agitado—. Hasta ahora no ha habido más que palabras, pero ahora nos acercamos al meollo de la cuestión. Si recuerdo bien, el problema es saber si el estudiante Raskólnikov tiene el derecho de matar a la vieja usurera. Él es joven y bien dotado; ella, vieja y absolutamente inútil en el mundo. Pero la ecuación se desquicia. Primero las circunstancias le obligan a asesinar a otra persona; tal vez es la consecuencia imprevisible e ilógica de un acto tan simple y lógico en apariencia. En segundo lugar, la ecuación no funciona, porque Raskólnikov se da cuenta de que dos y dos no son cuatro cuando las unidades matemáticas son seres humanos...» Arthur Koestler: El cero y...

Los Karamázov en los márgenes

Los Karamázov en los márgenes Por Antonio Pardines Leyendo El Danubio de Claudio Magris sentí curiosidad por ver qué había apuntado en los márgenes de mi ejemplar de Los hermanos Karamázov (1). No fue que la lectura de aquel río literario me lo recordase, pero me vino a la mente como tantas otras ideas e imágenes peregrinas: de repente, sin premeditar ni controlar su insistencia. Así que acudí al lugar donde reposa el libro y las impresiones que allí dejé escritas en letra que, no pocas veces, le cuesta descifrar al yo (del momento) que a ellas acuda. Lo tomé entre mis manos y empecé a buscar las palabras exactas y las breves reflexiones o impresiones que las ideas de Dostoievski me produjeron en su momento. Nunca recuerdo un texto al pie de la letra y nunca he sentido la necesidad de recordarlo, ni siquiera recuerdo los míos, pero de estos y de los que de algún modo me llenan y me retan siempre guardo sus ideas, las que me generaron. Esos textos tienen algo, tienen espíritu. Sí, esp...

Los hermanos Karamázov (1958)

¿Existe mejor manera de ver una adaptación cinematográfica de una novela cualquiera que, mientras dure la proyección, olvidar la obra literaria adaptada? ¿Sería posible tal olvido? Dudo antes de responder sí, pues lograr dicho olvido es más labor del cineasta que del público a quien el primero debe atrapar en las imágenes que se proyectan en la pantalla, relegando al olvido del segundo cualquier pensamiento respecto al original literario. Para muchos espectadores, estas no suelen ser cuestiones a plantear o que les preocupe, ya que no habrán leído la novela que se adapta; de modo que carecería de sentido hacerse esas dos preguntas, pero la naturaleza humana también se compone de contrasentidos y de sinsentido, de conflictos, pasiones y contradicciones que apuntan que en todos nosotros habita cierto espíritu karamazoviano. Por mi parte y en relación a Los hermanos Karamazov ( The Brothers Karamazov , 1958) o a cualquier otra adaptación cinematográfica de obras de Fiódor M. Dostoievski ...

Noches blancas (1957)

Posiblemente, cuando la guionista  Suso Cecchi D’Amico le propuso a Luchino Visconti realizar en cooperativa una producción modesta sobre un relato de Fiodor Dostoievski , sabía que los gastos podrían dispararse. No en vano, ya había trabajado con el realizador —en Bellissima (1951) y Senso (1954)— y conocía su despreocupación por los presupuestos. A Visconti le interesaban los detalles, la atmósfera, la escena, todo lo relacionado con el proceso artístico de sus filmes, ya que, no cabe duda, para él eran su obra, aunque tuviese un espléndido equipo de colaboradores. Y este egoísmo artístico y creativo viscontiano  beneficia a  Noches blancas   ( Le notti bianche , 1957), que funciona donde fallan otras adaptaciones cinematográficas de obras de Dostoievski . Aunque fiel a la trama, Visconti no se pliega ante el genio de Dostoievski . Lo desafía haciendo suyo el relato, que pasa a ser narrado en presente y por un narrador omnisciente, el propio Visconti , q...

El idiota (1951)

Frente a cualquiera que pretenda trasladar a la pantalla las novelas de Dostoievski se eleva un muro que no está construido de historias ni de personajes. Su material de construcción se compone de estados de ánimo, de acción interna en la que el exterior solo forma parte del decorado, de interioridades complejas y contradictorias que viven al borde mismo del abismo donde abrazan su dualidad, que en ellos se debate en eterna lucha, sin que un contrario se imponga sobre el otro. Es el abismo donde habitan aflicción y placer, el bien y el mal, lo divino y lo humano, la vida y la muerte. En definitiva, los personajes del escritor existen entre cielo e infierno como almas en constante ebullición, almas que nos conducen al pensamiento y a las experiencias vitales —su condena a muerte, su confinamiento en Siberia, su epilepsia, las deudas, su exilio europeo, la nostalgia o su desmedida afición al juego— del más grande descriptor literario de la humanidad (de su psicología) que encara su dest...

El idiota. La perfección moral

Hombre sensible y sincero, el príncipe Myshkin actúa desde su nobleza de espíritu sin esperar nada a cambio, porque su alma o su psique, justa, pura, generosa e inocente, así se lo indica. Este joven de elevados valores éticos es el personaje que  Fiodor M. Dostoyevski  empleó como eje y excusa para desarrollar una profunda y rica reflexión sobre la compleja y conflictiva condición humana, una labor que no le resultó sencilla, ya que no encontraba el modo perfecto para expresar la idea que pretendía y que le llevó a realizar hasta ocho versiones distintas de la novela. La gestación de El idiota se produjo cuando el gran escritor ruso deambulaba por Europa, exiliado, bajo la amenaza real de encarcelamiento por endeudamiento. Pero este sería el menor de sus males.  Durante su estancia en Suiza, su hija de tres meses muere y él sufre frecuentes ataques epilécticos que aumentan el cansancio físico y emocional que acentúa su deseo de retornar a su país natal. Así, pues, no r...