La década de 1970 tuvo dos caras para el cine hecho en Hollywood, la primera presentaba un rostro cinematográfico crítico, pesimista, sucio, violento, reflejo del malestar social ante la suma de factores sociopolíticos —crisis medioambiental, energética, internacional, desempleo, corrupción política, trauma posbélico, violencia urbana y demás causas conocidas y desconocidas— que depararon el despertar a la desilusión, quizá a la desorientación y a una nueva huida de la realidad. La segunda tuvo un rostro escapista y comercial, con miras al espectáculo y a la evasión que anunciaba el infantilismo y el maniqueísmo que marcarían el rumbo del cine hollywoodiense en la década siguiente, quizá una de las menos ricas, cinematográficamente hablando, a pesar de sus muchos admiradores actuales —mayoritariamente quienes fueron los niños, niñas y adolescentes de entonces y quienes hoy son los mayores productores y consumidores de la lucrativa nostalgia ochentera. Pero en ambos casos, cara amarga, ...