La verdad, me pregunto qué me llama de lo planteado por Sebastián Borensztein en La odisea de los giles (2019), y me respondo que no veo nada que capte mi atención. Ni sus personajes ni su historia, que parte de una excusa moral y supuestamente crítica pero que pronto se desvela autocomplaciente. A priori, parece que la venganza de los oprimidos, quienes sufren la pérdida de su dinero, de su salud y de sus ilusiones, es un punto de partida para exponer una situación compleja, hiriente, injusta, pero todo se queda en que los giles liderados por Ricardo Darín y Luis Brandoni no se rinden y vencen a Manzi (Andrés Parra); lo que no deja de ser el final de un cuento de hadas en el que la victoria de los héroes y heroínas sobre las villanas y villanos, que suelen ser cuasi todopoderosos y amorales, está cantada desde el inicio. En realidad, las imágenes y las voces que pueblan la película me suenan repetidas y la comicidad que se les supone, personalmente, me aburre porque no me llega o no...