El primer largometraje de Leonardo Favio, se lo dedicó a su “maestro” Leopoldo Torre-Nilsson, quien le había dirigido en El secuestrador (1958), Fin de fiesta (1960) o La mano en la trampa (1961), llevaba a otro nivel la figura infantil solitaria. En cierta medida, la de ser un marginal, era similar a la ya expuesta en su cortometraje El amigo (1960), pero Potín (Diego Puente), el protagonista de Crónica de un niño solo (1965), carece de la opción de soñar para escapar del entorno. La suya ha de ser una huida real, en el mundo físico, de la celda del centro donde le han encerrado. Su fuga del colegio, orfanato-reformatorio, y su posterior deambular, así como su encierro previo entre los muros del centro, son detallados con precisión, sin alardes, haciendo gala de un <<ascetismo cruel>> e influenciada por el Bresson de Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est échappé, 1956) y Pickpocket (1959). En un primer momento Favio, quien también fue coguio...