Alguien dijo que aburrir en cine es pecado, no sabría qué decir al respecto, salvo que dudo del pecado, y dudo que todos nos aburramos igual. Personalmente, me aburro a mi manera y nunca he masticado el aburrimiento de otro mortal. El efectismo, la repetición, el ruido, un acabado bonito, pero hueco o lleno de “buenas intenciones”, me dejan indiferente. Y esa indiferencia suele presentarse a los pocos minutos de metraje de una película que pretende, al menos en apariencia, acercar al público la vida (cinematográfica) en las trincheras. Las situaciones se repiten de un film a otro, pero en pocos casos se llega a captar el ambiente que condiciona los estados emocionales de quienes lo viven y lo desvelan en comportamientos y pensamientos —algo que sí creo lograron Pabst, Wellman, Ichikawa, Monicelli o Coppola—. Y ese todo envolvente, donde lo propio y lo ajeno se confunden igual que la razón y la sinrazón, que habita dentro y fuera de los soldados en el frente es determinante para la vero...