El guion de Harold Pinter, que adaptaba la novela de Penelope Mortiner, sirvió a Jack Clayton para dar forma a otro de sus grandes títulos, que es lo que fueron todos los suyos. A veces pienso en Clayton, en sus posibilidades, en su capacidad para narrar vacíos existenciales y vidas atrapadas (mayoritariamente femeninas e infantiles) que buscan sacudirse un orden que impide su realización, su liberación, aunque a menudo sin posibilidad de conseguirlo, y lamento que no hiciese más películas. Siete largometrajes en total, en casi tres décadas, desde Un lugar en la cumbre (Room at the Top, 1958) hasta La solitaria pasión de Judith Hearne (The Lonely Passion of Judith Hearne, 1987), pero también me digo que las que filmó prueban la genialidad y personalidad de uno de los cineastas británicos que, siendo más, menos se conoce. En general, de su obra, poco se habla, salvo si se trata de Suspense (The Innocents, 1961), película protagonizada por Deborah Kerr y que tiene bien merecido su lugar ...