Como la de cualquier cineasta inimitable, la sombra de Andrei Tarkovski se alarga en el tiempo para hacer que sus obras, sus palabras y sus pensamientos cinematográficos sobrevivan. Su sensibilidad y su poesía late en imágenes que son en el tiempo, nunca apuran, fluyen a su ritmo, sin pretender forzar la simpatía del público ni ajustarse a cualquier posible moda pasajera. Son grabadas a fuego lento, viven entre lo efímero y lo eterno, recomponen o recogen fragmentos de alma, de los personajes y del realizador, que busca en su interior y descubre espiritualidad y belleza en la verdad desvelada. Tarkovski sintió que el arte era <<realista cuando intenta expresar un ideal moral>>. También dijo que <<el realismo es inclinarse hacia la verdad, y la verdad siempre es bella>>. Y bellas fueron las imágenes que dieron cuerpo a ...