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Mostrando las entradas etiquetadas como mel brooks

¡Qué asco de vida! (1991)

El humor de Mel Brooks no destaca por sutil, sino por grueso y paródico, por buscar el chiste fácil para hacer reír a toda costa, pero en ¡Qué asco de vida! (Life Stinks, 1991) aspira a superar el estilo que le dio fama y buenos resultados en películas como Los productores (The Producers, 1967). Más que emulando a Frank Capra , que también, y sin dejar de ser él mismo, a priori difícil para cualquiera dejar de ser uno, aunque se hayan dado miles de millones de casos de los que la historia no tiene constancia documentada, Brooks toma del genial Preston Sturges y combinan la ilusión humanista y social de Capra , la idea de Sturges y el tono más paródico, el suyo, de cosecha propia para crear una comedia que despierta a una realidad que, hasta la fecha, había pasado desaparecida en su cine, salvo, que recuerde, dos instantes: al final de El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970), cuando los dos personajes principales se ven en la situación de mendigar, y en el episodi...

La carta final (1986)

Recuerdo la adaptación teatral a la que asistí en el Auditorio de Galicia, en mayo de 2006, de 84 Charing Cross Road , basada en el libro homónimo de Helene Hanff y puesta en escena por Isabel Coixet. Allí, frente a mí, que permanecía inmóvil en una de las primeras filas, se sentaban la actriz —mi memoria me engaña y dice que era Mercedes Sampietro, pero la prensa local, que anuncia la representación para el 20 de mayo, y que ahora consulto, me corrige y escribe que Carmen Elías— y el actor, Josep Minguell, que daban vida a los dos personajes que salían a escena. Estaban tras sus escritorios, uno al lado de la otra, pero ninguno se miraba. Miraban los papeles que sujetaban o al frente, más allá del público y de las cartas que leían. Asumían estar lejos, ella en Nueva York y él en Londres. No podían verse, un océano les separaba físicamente, pero sí podían sentirse, imaginarse, conocerse, quererse… Una serie de cartas, escritas durante dos décadas, les permite expresarse, decirse, desve...

La loca historia del mundo. Parte I (1981)

<<Siempre había querido hacer una gran película, un espectáculo. Pensé que la historia del mundo sería el vehículo perfecto y el telón de fondo más colorido para esta empresa en particular. D. W. Griffith y Cecil B. DeMille siempre han sido gigantes del cine para mí. Los logros de Griffith se remontan a 1908. Fue un pionero del cine que hizo grandes películas como Las dos huerfanas (1921), Las dos tormentas (1920) y, por supuesto, el clásico El nacimiento de una nación (1915). DeMille hizo grandes epopeyas históricas como Cleopatra (1934), Las cruzadas (1935, Buffalo Bill (1936), Unión Pacifico (1939) y Los diez mandamientos (1956). Creo que aprendí más sobre los acontecimientos que dieron forma al mundo viendo esas películas que en las clases de historia del colegio. En algún lugar de mi mente iba fermentando la idea de trabajar en un proyecto como La loca historia del mundo, Parte I , a modo de homenaje a aquellos grandes maestros del séptimo arte.>> Mel Brooks (1)...

La última locura (1976)

Una máxima no escrita de Hollywood vendría a decir que vales tanto como la recaudación de tu última película. Siguiendo tal valoración, afirmo que, tras los éxitos de Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974) y El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), Mel Brooks era de sumo valor, por lo que apostar por él, de cara la taquilla, parecía una apuesta segura. Sus dos películas anteriores se situaron entre las favoritas del público estadounidense y recaudaron entre ambas casi doscientos millones de dólares. Y a quien logra grandes recaudaciones, Hollywood le abre las puertas, igual que se las cierra a quien produce pérdidas. A Brooks se le abrieron de par en par. Estaba en posición de exigir y de elegir llevar a cabo cualquier película que tuviese en mente, incluso una comedia muda que homenajease al slapstick. Ya había homenajeado y parodiado el western y el terror; ahora le tocaba el turno al “golpe y porrazo” silente, pero el resultado de La última locura (Silent...

El misterio de las doce sillas (1970)

El mayor fracaso de público de Mel Brooks director, también es la única película suya que adapta a la pantalla una obra literaria: Las doce sillas (1929). El cómico descubrió la historia para su segunda película en las páginas de la novela de los rusos Ilya Ilf y Yevgeni Petrov, cuya obra ya había sido adaptada con anterioridad en doce ocasiones, siendo la primera la checoslovaca Dvanáct kresel (Martin Fric y Michal Waszynski, 1933). Entre las siguientes se encuentra una versión realizada en la Alemania nazi, 13 sillas (13 Stühle, E. W. Emo, 1938), en la que no se acreditó a los autores de la novela debido a su origen judío, y la cubana que Tomás Gutiérrez Alea rodó en 1962. Posteriormente, la obra ha continuado adaptándose al cine y a la televisión, pero, en la actualidad, quizá la más popular sea esta versión de Brooks, debido sobre todo a la popularidad alcanzada por su director y guionista, que también se reservó un pequeño papel en la historia de amistad entre un antiguo aristó...

El jovencito Frankenstein (1974)

El año 1974 es el gran momento de Mel Brooks en el cine, por la sencilla razón de que estrena dos películas (por él dirigidas) y que ambas son éxitos rotundos de público y de taquilla y ese doble acierto lo posiciona entre los cineastas más populares y rentables de Hollywood. El secreto de su éxito parece que consiste en decantarse por lo simple, lo complejo no suele triunfar en la taquilla, ni en las librerías, ni en las discotecas ni en los teatros, ni en las charlas de cafetería ni de barra americana; aunque seguro que lo suyo no fue tan fácil como escribir este y otros comentarios. Desde sus orígenes profesionales, Brooks busca hacer reír. Lo hizo siendo guionista de televisión en el show de Sid Caesar, como creador de la serie televisiva Superagente 86 (Get Smart), como cómico en directo y, a partir de finales de los sesenta, en el cine. Pero, sea cual sea el medio, el fin siempre es el mismo: la carcajada de su público. Lo cual no deja de ser una de las cosa más serías y compl...

Sillas de montar calientes (1974)

El spaguetti western se inició como homenaje y parodia del western estadounidense, pero sus primeros pasos resultaron tan atractivos para el público, que acabó creando sus propias señas de identidad; algunas de sus propuestas incluso fueron cómicas, como Mi nombre es ninguno (Il mio nome è Nessuno, Tonino Valerii, 1973) y Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità..., Enzo Barboni, 1970). El caso es que la comedia y el western habían coqueteado antes de que Mel Brooks las uniera en Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974). Ya lo habían hecho Buster Keaton, los hermanos Marx, Laurel y Hardy, que son algunas influencias directas y reconocibles en el cine del cómico neoyorquino. Hubo otros westerns estadounidenses más cercanos en el tiempo a Sillas de montar calientes que incluían en su metraje la parodia. La batalla de las colinas de Whisky (The Hallelujah Trail, John Sturges, 1965) y Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970) son dos ejemplos, aunque la segunda n...

Elogio del fracaso

Si Erasmo hubiera escrito un libro que elogiase el fracaso, no estaría convencido de que entre sus líneas apareciera: “Fracasar no implica ser un fracasado y, de serlo, cuál sería el problema”, aunque bien habría podido hacerlo. Ninguno, le respondería mentalmente. Y sería una respuesta acertada, pues, salvo la sensación de rechazo social, en una sociedad que ha disparado la competición y el mercantilismo, reduciéndolo todo a un lugar de apariencia y negocio donde crear ídolos, vencedores y vencidos, fracasar conduce un paso más cerca de la sabiduría cotidiana. Existe en la actualidad la firme creencia, y la no menos estable tendencia, de que el éxito es tener dinero, popularidad y una sonrisa “profidén” que luzca en las instantáneas que esconden el instante mientras los cuerpos posan en un marco turístico masivo o delante de un plato más o menos elaborado. También existe un miedo ya congénito al fracaso cuando, en realidad, se debería estar dispuesto a fracasar con alegría y, de paso,...

Los productores (1967)

A los nueve años, Melvyn Kaminsky acudió a ver Anything Goes . Era la primera vez que presenciaba un espectáculo de Broadway y le apasionó tanto lo que vio que, desde entonces, sintió fascinación por los musicales y por la música de Cole Porter. Otra de sus pasiones es el cine: de pequeño acudía siempre que la economía familiar se lo permitía. Le gustaba todo tipo de películas, pero sentía predilección por las comedias de los hermanos Marx, Charles Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy,… y por los musicales cinematográficos protagonizados por Fred Astaire y Ginger Rogers, entre otras estrellas del género. Su admiración queda patente en sus películas. En la práctica totalidad de su filmografía como director, incluye algún número musical para homenajear aquellos clásicos. A este respecto, su primer largometraje como director y guionista no fue una excepción. Con él, entraba en el cine por la puerta grande, pero ya había obtenido popularidad como guionista de televisión y cómico antes de...

Mel Brooks, ganas de (hacer) reír

La primera película que Mel Brooks vio en el cine fue El doctor Frankenstein (Dr. Frankenstein, James Whale, 1931). Le impactó tanto que cuarenta y tres años después realizó El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), su cuarto largometraje como director y la primera que recuerdo haber visto de las suyas; ¿o fue El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970)? El cine había irrumpido con fuerza en aquel niño de cinco años, natural de Brooklyn, feliz en su vecindario y con ganas de hacer reír y, probablemente, de dejar atrás la pobreza que vivió durante la Depresión que disparó el paro, los precios, el hambre y algún totalitarismo. Con muchas ganas, suerte, talento y humor de patio de colegio llegó a triunfar como cómico; más adelante lo haría como actor, guionista, productor y director de cine y televisión, medio este último para el que creó junto con Buck Henry  Superagente 86 (Get Smart, 1965-1970). Aunque la cosa no sería tan fácil. Necesitaría encontrarse...

El hombre elefante (1980)

Lograr financiación no era (ni es) algo sencillo para alguien creativo, arriesgado, con algo que expresar y con las ideas claras para hacerlo en un negocio en el que, como el cinematográfico (el editorial o el musical), la creatividad y la calidad artística quedan relegadas a un plano secundario, incluso a uno sin importancia cuando se trata de argumentos de venta. Pero finalmente, tras cinco años peleando para sacar adelante su primer largometraje, David Lynch pudo concluir y estrenar Cabeza borradora ( Eraserhead , 1976), lo que supuso un segundo paso en la obra fílmica de un cineasta cuyo universo creativo resulta tan personal, fascinante, humano y perturbador, que se reconoce a leguas, incluso en un film a priori ajeno a dicho espacio como puede parecer Una historia verdadera ( The Straight Story , 1999). El primer paso cinematográfico de Lynch había sido su incursión en los cortometrajes. Y ya desde entonces se descubre arriesgado, experimental, lúcido, oscuro, muy suyo. S...