La historia ha demostrado que toda revolución violenta está condenada al fracaso posrevolucionario. Cierto que depone un régimen y pone otro, pero no se produce revolución, al no cambiar las normas del juego, pues este siempre es el mismo, solo cambian los jugadores. Se dan algunas concesiones que calmen o equilibren ánimos y, a veces, se ponen nuevos nombres a las “costumbres” y a los puestos que ocupan en el viejo tablero, pero, más allá, los avances lo son en apariencia o se producen de modo progresivo, lentamente. En esto, la Revolución Mexicana no fue diferente, ni fue un proceso de combustión instantánea, como no lo es ninguna revuelta histórica. Hubo intentos anteriores, sofocados por la intervención militar, pero siempre quedaban las ascuas y la esperanza de un México mejor. Tras la muerte de Madero, el general Victoriano Huerta se hizo con el poder en un país dividido en intereses y bandos. Apenas año y medio después, los constitucionalistas lograron deponer a Huerta y su pues...