A priori toda expedición tiende a parecer sencilla o a semejar un asunto de locos, pero solo a posteriori puede dictaminarse si resultó un éxito o un fracaso, medidos ambos desde una perspectiva humana que no contemple más que esos dos casos extremos. Pero ¿ponerse en marcha no es ya un triunfo? ¿Y un más que posible paso por el infierno? Una expedición lleva consigo ambas posibilidades, más bien, se establece en ellas y las transita, aunque el público no lo reconozca o permanezca al margen del trayecto que separa la salida de la llegada, que en 1897 eran los dos momentos recogidos por los medios de comunicación —por entonces, los medios eran los periódicos—, salvo que la expedición llevase un cronista oficial o alguien que recogiese sus impresiones de los pasos dados, ya fuese para sí o para la engañosa posteridad. En ese camino que separa la idea originaria de la meta se encuentra la verdadera razón de ser del expedicionario —del escritor, del cineasta, del pintor…, pues, en ci...