Las sátiras de Aki Kaurismäki son lacónicas como sus personajes, que padecen situaciones de exclusión social; de hecho, son marginados como el protagonista de Contraté un asesino a sueldo (I Hired a Contract Killer, 1990) cuando le despiden de su trabajo y se encuentra con una realidad vacía, aislada, muerta. La mayoría de los hombres y mujeres que campan por las comedias y cuentos sociales de Kaurismäki sufren las consecuencias de una sociedad capitalista depredadora que no cesa de generar crisis económicas, tal vez forzadas para reflotar una y otra vez la economía; en todo caso, constantes —cualquiera comprende que un continuo crecimiento económico es imposible y que las crisis son inherentes al propio sistema y ninguna promesa de cambio va a cambiar tal realidad—. En ese tipo de sistema, también en otros, el individuo trabajador no deja de ser un peón que, cuando innecesario, se echa a la basura sin el menor miramiento. Así lo piden los números, así lo exige la economía de las grand...