Cuando visité Eslovaquia y la República Checa, a principios de siglo, todavía no había leído nada de Bohumil Hrabal . De aquella, mis lecturas de escritores checos se reducían, si la memoria no me falla, a Franz Kafka, de quien había leído La metamorfosis y otros cuentos , así como El proceso , más adelante llegaría la inconclusa El castillo , y Milan Kundera, autor que me había atrapado con La insoportable levedad del ser y en un futuro ya pasado con La broma , La fiesta de la insignificancia , Los testamentos traicionados y tantas obras más. Por entonces, y supongo que ahora también, en Praga ya podían encontrarse referencias visibles y evocaciones de Kafka. Digo “ya” porque durante años su obra fue ocultada por el sistema, hasta que en la década de los sesenta lo recuperaron aquellos jóvenes escritores a los que influyó, entre ellos Hrabal y Kundera. De modo que no me resultó sorprendente, más bien lógico, que la “presencia” de Kafka pudiese encontrarse en una cafetería, en una c...