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viernes, 31 de julio de 2026

Cual Conejo, Ulises corrió a por tabaco



Cual Conejo en los sesenta, Ulises corrió a por tabaco algunos milenios antes


Por Antonio Pardines



A Odiseo/Ulises le gustaba hablar y escucharse. Tenía la idea de que lo suyo era más importante e ingenioso. Cabe pensar que lo era, al menos así lo apunta el poema atribuido a Homero, incluso en la Ilíada asoma en brevedad pero brillando su intelecto y apuntando la astucia que desarrolla en plenitud en varios momentos de la Odisea, su viaje de vuelta al hogar tras veinte años lejos de Ítaca. ¿Por qué ahora y no antes? Si el aqueo hubiera deseado partir, ¿los olímpicos habrían podido impedírselo? No eran tan listos, aunque sí muy caprichosos, eróticos y mundanos. Dudo que Ulises estuviese atrapado casi una década sin que hiciese nada para evitarlo. Si lo estuvo, fue porque quiso y también partió de los brazos de su última amante porque ya le había llegado la hora de retornar. La vejez le amenazaba, no la nostalgia de la bella Penélope, la esposa abandonada, la mujer que quiero creer que no pierde el tiempo con sollozos ni costuras, ni la oportunidad de gozar su juventud no con uno sino con cien de los gorrones que le hacen la corte.


¿Y a Telémaco, el hijo ya hombre, que lo busca y no lo encuentra en casa de Menelao de Lacedemonia? En parte, gracias a su visita al mayor cornudo reconocido de la mitología, el joven, a quien Odiseo no ha cambiado los pañales ni escuchado sus berrinches infantiles, va descubriendo aspectos de su progenitor, de quien no guarda más imagen que la deseada. Y es que Ulises era un pretendiente y un vividor, un engañabobos, el rey de la mentira, como demostró con su idea del caballo o en su encuentro con el cíclope Polifemo. «Nadie» fue uno de sus nombres. ¿A quién se le habría ocurrido? ¿Y la idea de atarse a un mástil para escuchar el atractivo canto de las míticas sirenas? Conociendo al rico en ardides, parece lícito imaginar que si le llegan a gustar, y tuviese fuerza para satisfacerlas, como sucedió en su año con Circe y los siete en el lecho de Calipso, hubiera retrasado su retorno al hogar otros diez años. De haber sido así, la inocente Nausícaa, no la de Miyazaki, sino la homérica quizás habría abandonado su tierra o ya sería una mujer con sus canas y su recua de pequeños y futuros saqueadores o saqueados. Así de duros eran aquellos tiempos mitológicos, de dureza distinta pero no mayor ni menor que la de la actualidad que se nos vela y que ni siquiera Ulises habría sabido manejar a su antojo. ¿O sí?


Imagen de cabecera: Ulises y las sirenas. Detalle de un estamno griego de figuras rojas atribuido al Pintor de las Sirenas (c. 480-470 a.C.), conservado en el Museo Británico. El héroe, atado al mástil para disfrutar del concierto sin dejarse llevar por su legendaria libido, mientras sus hombres reman sordos, aunque ojipláticos. Uso libre/Dominio público.

martes, 28 de julio de 2026

Corsarios en la (equi)distancia



Corsarios en la (equi)distancia


Por Antonio Pardines



Aunque su significado sea igual distancia, la equidistancia no es situarse en el medio, ni en la pasividad e indiferencia, sino en la independencia y la valentía que implica ubicarse lejos de la influencia y el acatamiento de los distintos poderes que se disputan el Poder. Moverse en ese lugar resulta más osado y radical que posicionarse en los extremos, que son los espacios ideológicos habitados por no pensantes, lo cual los sitúa en el centro mismo del orden actual. Por contra, los equidistantes se sitúan en la periferia, suelen ser marginales e incluso solitarios en una desventura que les implicará palos desde todas las partes y la sordera generalizada. Sin embargo, pasado el tiempo, su postura suele desvelarse la más lúcida y arriesgada de su época.


En un mundo que polariza el blanco y negro, las mentes que piensan en tonos grises resultan incómodas para cualquiera de las gamas extremas y sus fanáticos seguidores, los mismos cuyo fanatismo y ausencia de autocrítica les hace señalar en los otros el mal que en ellos asumen como el bien. Por ejemplo, señalan la intolerancia y la suya la presumen tolerante; lo cual no deja de ser una muestra de su incongruencia, pero también desvela una idea más general: que no se vive en la verdad ni en los hechos, sino en el relato que favorezca a quien asume la voz narrativa. Pero no nos equivoquemos. No estamos ante ninguna novedad, pues el construir escenarios es de siempre. Aparece con la Historia. Solo con echar un vistazo a las obras de los primeros historiadores o a la guerra de las Galias de César podemos observar una tendencia que fabula y sintetiza o una que ensalza a «uno». En el texto del general romano, el narrador interviene a su favor, aunque emplee la tercera persona para mantenerse a cierta distancia. No lo hace para ser objetivo, sino para darse pompa sin recurrir al «yo».


César era un lince incluso para eso, pena que también fuese mortal como el resto de nosotros, aspirantes a libertadores o dictadores que, cual Espartaco —de haber triunfado en su rebelión— o Stalin, exclamamos «libertad frente a la opresión» al tiempo que oprimimos. Pero avancemos en el tiempo, que es uno de los privilegios que nos concede la literatura y la fantasía, y situémonos en el siglo de autores como Manuel Chaves Nogales, Clara Campoamor —que no dudó en señalar los desmanes en el Madrid de los primeros momentos del conflicto civil—, Vasili Grossman tras la Segunda Guerra Mundial, Dionisio Ridruejo —desde su exilio interior—, Hannah Arendt o Pier Paolo Pasolini, que intentaron habitar en la equidistancia crítica para hablar sobre la realidad sin caer en los extremos. Los polos son los lugares más cómodos porque no exigen pensar; allí basta con insultar y golpear al del otro lado. Y disimuladamente ir contra quien se encuentra en medio, esas mentes que no se dejan convencer por la parafernalia ni los discursos de unos y otros.


No se trata de llevar la contraria ni de disentir por el gusto de hacerlo, sino que su pensamiento desarrolla la actitud crítica que les llevaba a señalar a unos y a otros, la misma por la que fueron repudiados. Y es que no casarse con el poder ni con su opuesto, que no deja de ser la otra cara del poder, tiene un precio, incluso uno de sangre. Pregunten si no a Giordano Bruno —cuya lucidez no se plegaba ante el blanco o negro— en el Renacimiento o a Pasolini, que en 1975 fue asesinado. ¿Por qué lo mataron? ¿Política? ¿Mafia? ¿Tuvieron algo que ver sus declaraciones, sus artículos, su novela inacabada Petróleo? Existen diversas hipótesis, incluso teorías de la conspiración, pero no pretendo añadir ni restar una. Sin embargo, cabe recordar que la Italia de la década de 1970, igual que en otras partes del globo, se vivía en conflicto. Pasolini recogió ese instante en sus artículos periodísticos, en los cuales no se sometía y no rendía pleitesía. Algunas de estas opiniones, escritas entre 1973 y el año de su muerte, serían publicadas poco después de su fallecimiento bajo el título Escritos corsarios (Scritti corsari, 1975) (1). Más que una obra literaria, suena como un grito político e intelectual, el de alguien que sufre y desespera porque ya es totalmente consciente de que nada de lo que exprese cambiará el rumbo de la historia.


De algún modo, Pasolini venció al relato de su época, pese a que no haya conseguido sus objetivos porque, a riesgo de caer en una simpleza, no interesaban a ninguno de los espectros ideológicos dominantes. En cierto modo, ya era un paria que clamaba a los cuatro vientos, pero sin que su mensaje llegase. Atizaba con la palabra y con las imágenes, aun consciente de que su intención era quijotesca. El mundo ya iba demasiado rápido y no dejaba de pisar el acelerador. La velocidad pasó por encima de la diversidad cultural homogeneizando cultura y pensamiento —quizás si quitásemos las banderas de los dos extremos, nos costaría distinguir cuál es cuál—. Pasolini los diferenciaba en su comunión, así que señalaba y polemizaba sobre la actualidad de aquella Italia que había despertado de la ilusión, aquella Italia convulsa donde el autor de Mamma Roma observaba un tipo diferente de fascismo, aquel que no lucía en uniformes ni en discursos, sino el que estaba velado dentro de la propia sociedad, y dentro de sus extremos…




Notas


(1) Pier Paolo Pasolini: Escritos corsarios (traducción de Juan Vivanco Gefaell). Ediciones de oriente y del mediterráneo, Madrid, 2009.



Imágenes:


Retrato de Pier Paolo Pasolini en blanco y negro. Imagen de archivo histórico utilizada con fines biográficos y de divulgación cultural


Fotografía de la portada de Escritos corsarios, de Pier Paolo Pasolini (Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, 2009). Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica literaria.

viernes, 24 de julio de 2026

Baixo a sabedoría petrificada



Baixo a sabedoría petrificada


Por Antonio Pardines



Cada vez que paso pola Praza da Universidade, e levanto a vista cara a parte alta da Facultade de Xeografía e Historia, encóntrome a escultura de Minerva no alto do edificio neoclásico e pregúntolle á deidade romana «por que luces fóra, a esa altura tan inaccesible incluso para as máis elevadas mentes humanas». A deusa da sabedoría, imaxe romanizada da grega Atenea, míranos desde aí, pero quizais viva na ignorancia cuxo reino se estende por máis mentes humanas que o seu. Pero ao pasar de largo, a súa imaxe queda atrás, como se ao deixala no seu pedestal me conformase con ver a súa sabedoría lonxe, a unha distancia imposible. A súa sabedoría presumida e petrificada sitúase no centro das catro esculturas que representan o mesmo número de personaxes imprescindibles da historia de Compostela e da súa Universidade.


Seus corpos graníticos —os de Lope Gómez de Marzoa, Álvaro de Cadaval, Manuel Acevedo e Zúñiga (Conde de Monterrei) e Juan de Ulloa—, así como os rostros de Diego de Muros III e Alonso de Fonseca nos seus respectivos medallóns, permanecen aí, atentos, porque sen eles, e sen os anónimos da microhistoria (allea ao centro de estudos) que apoiaron os primeiros pasos universitarios, a Universidade de Santiago de Compostela tería que agardar o seu nacemento; ou quizais nunca existise, pois non moito tempo despois, Felipe II, coa súa ambición política a costas, intentou reducir o poder do arcebispado compostelano.


O Austria sentía que a Igrexa Compostelana era algo así como un pequeno reino dentro da súa gran coroa; dito dun xeito vulgar —por ser a miña orixe do vulgo—, o Señorío de Compostela era un gran no cu real. Molestáballe, pois lle competía sen disimulo. Así que o segundo dos Felipes sentíase incómodo, tal vez ameazado nesa autoridade tan de seu que aspiraba a mundial no seu encontro coa primeira Isabel de Inglaterra.


Quizais o monarca temise máis do que se di e por iso intentase afastar as institucións que a Coroa tiña en Galicia do centro de poder eclesiástico compostelán. Así, mediante a Real Cédula do 14 de agosto de 1563, ordenou o traslado da Real Audiencia de Santiago a A Coruña, pois o temeroso fillo de Carlos I —cuxa política mirou de cara ao exterior, no seu xermanismo e na súa aspiración a costosa coroa do Sacro Imperio— sospeitaba que, de mantela en Santiago, a rexia institución corría o risco de recibir a influencia do arcebispo, por entón Gaspar de Zúñiga y Avellaneda —quen, desde unha perspectiva política, non era ningún Xelmírez nin un herdeiro dos tres Fonseca—. Con aquel troco logrou o desexado: dividir e restar poder, creando non só a distancia senón unha rivalidade local que a el lle beneficiaba e debilitaba os intereses galegos, os cales parecen ser desouvidos desde moito antes de que os Austrias chegasen á península Ibérica para facerse coas rendas dunha terra que nada tería que ver coas xermanas…

martes, 21 de julio de 2026

O espellismo no que xogamos



O espellismo no que xogamos


Por Antonio Pardines



Por moito que luza un nome propio, o balonpén, como calquera outro deporte de equipo, non o gaña nin perde un só xogador, aínda que poida marcar as diferenzas nun determinado intre do xogo. Pois iso é o que é: un xogo no que dous equipos compiten por acadar o triunfo, mais non sempre foi un espectáculo mediático e popular no que o máis importante era o encontro. Hoxe, cabe dubidar de que así sexa. A competición, o seu impacto, supera en colorismo chillón e fanfarria a parafernalia propagandística da Olimpia (1936) filmada por Leni Riefenstahl —precursora do espectáculo audiovisual deportivo e comercial actual—.


En 1930, hai case un século, cando celebrouse a primeira Copa do Mundo, o fútbol era un deporte de equipo no que tanto montaban uns como os outros. Daquela, a propaganda aínda era un bebé e ás comunicacións e a socioloxía, nenos en pañais. Por iso era máis complicado para calquera sistema sacar rendemento político e comercial do deporte; mais tampouco tanto, se penso na Unión Soviética ou na Alemaña de Weimar —e logo na nazi—, mesmamente na República española, cando a Copa do Rei pasou a chamarse do Presidente da República —tempo despois, na ditadura franquista, chamaríase do Xeneralísimo e de novo do Rei, xa na democracia—. Non se vendían camisetas a millóns, non había canles de televisión que retransmitisen os encontros —o primeiro mundial televisado foi o de Suíza, en 1954—, nin sequera se xogaba unha fase de clasificación que dera o boleto para viaxar ao mundial. Incluso non había cartos suficientes para que algunhas seleccións convidadas cruzaran o Atlántico. A Grande Depresión e as dúas semanas de viaxe, para ir a competir ao Uruguai, que foi a primeira sede mundialista, foron trabas suficientes para que Inglaterra, Xapón, Alemaña, Italia ou España non acudisen ao evento.


Daquela só participaron nove equipos americanos e catro europeos (1), divididos en catro grupos. O primeiro de cada un clasificábase para as semifinais. Neses cara a cara onde os perdedores marcharían para a casa enfrontáronse Arxentina e Estados Unidos, por unha banda; e por outra, Uruguai e Iugoslavia.


O vencedor daquel torneo primoxenio foi o equipo anfitrión (2), unha selección que viña de gañar os ouros nas olimpadas de 1924 e 1928, e que derrotou a súa veciña e rival no Estadio Centenario que conmemoraba a xura da Constitución uruguaia de 1830. A Celeste espertara as simpatías de Galicia (e de España) porque nela xogaban catro fillos da emigración: dous nados en Redondela (Pontevedra, Galicia), aínda que hai discusión ao respecto, e outros dous no seo de familias emigrantes galegas. Estes rapaces aprenderon a xogar na rúa e no peirao de Montevideo sen ningún tipo de intromisión mediática nin comercial. Nunca pensaron nas marcas patrocinadoras, nin en ter unhas botas máis chulas ou unha pelota lixeira que lles evitase a dor de cada disparo e de cada impacto. Eran outros tempos, aínda que no fondo, que cambiou?


Cambiaron as familias que teñen que abandonar o fogar na procura doutros? E logo, a nai dos Williams e as de tantos outros veñen de paseo? E nosos avos, foron aló de festa? O sentir unha camiseta? O meter máis tantos para gañar? A paixón dos xiareiros? A loucura e violencia dos fanáticos que rebentan os espazos comúns ou as xetas de quen non profesa o seu credo de intolerancia? Os once xogadores charrúas conquistaron o seu mundial e xa de aquela a afección víaos como ídolos, mais só eran deportistas que competían pola vitoria, nin pola foto que os convertese en reis do mambo nin por contratos publicitarios. Entre eses once uruguaios contábanse Pedro Cea —o máximo goleador charrúa do torneo—, Lorenzo Fernández «El gallego», Héctor Castro «Divino Manco» —pois perdera o antebrazo aos trece anos— e Álvaro Gestido «El caballero del fútbol», fillos da masiva emigración galega cara ao Río da Prata onde miles de fillos e fillas de Galicia atoparon dificultades, trabas, suor, traballo e, finalmente, un fogar que non lles borraba a idea de retornar, desexo froito do espellismo da morriña que xa non existiría na seguinte xeración.


Notas


(1) Os países participantes en Uruguai 1930 foron:


Uruguai (anfitrión e campión), Arxentina (subcampión), Brasil, Chile, Paraguai, Perú, Bolivia, Francia, Iugoslavia, Bélxica, Romanía, Estados Unidos e México.


(2) Formaron a mítica Celeste os seguintes xogadores, a maioría dianteiros o que, en parte, explica a notoria diferenza goleadora coa actualidade:


Porteiros


Enrique Ballestrero (Titular na final)

Miguel Capuccini


Defensas


José Nasazzi (Capitán do equipo)

Ernesto Mascheroni

Domingo Tejera

Emilio Recoba

Ángel Romano (quen tamén xogaba na punta)


Centrocampistas


Lorenzo Fernández (Apodado «El Gallego», nado en Redondela, Pontevedra)

Álvaro Gestido (Apodado «El caballero del fútbol», fillo de galegos)

José Leandro Andrade (coñecido como «La Maravilla Negra»)

Conduelo Píriz

Carlos Riolfo

Miguel Ángel Melogno


Dianteiros


Pedro Cea (Nado en Redondela, Pontevedra; foi o máximo goleador uruguaio do torneo con 5 dianas)

Héctor Castro (Apodado «El Divino Manco», fillo de galegos; anotou o primeiro gol de Uruguai nos mundiais e o último tanto da final)

Héctor Scarone

Pablo Dorado

Victoriano Santos Iriarte

Juan Peregrino Anselmo

Juan Carlos Calvo

Zoilo Saldombide

Santos Urdinarán

Pedro Petrone.


Alberto Suppici foi o adestrador deste lendario grupo.


Fotografía de cabecera: A selección do Uruguai («La Celeste») posando no Estadio Centenario de Montevideo antes de proclamarse campioa do mundo en 1930. Un equipo no que formaban catro fillos da emigración galega. Imaxe de dominio público (vía Wikipedia).

lunes, 20 de julio de 2026

O negro gusta por partida dobre. Unha pesquisa na vida dun policía



O negro gusta por partida dobre. Unha pesquisa na vida dun policía


Por Antonio Pardines



Aínda que non sexa a literatura que mellor cadra cos meus intereses literarios actuais, é innegable a capacidade narrativa de Domingo Villar, autor de novela negra máis preto dun Manuel Vázquez Montalbán que dun Jim Thompson, quen si é do meu gusto. A partir do local (Vigo e arredores) e do seu coñecemento do xénero policíaco, Villar creou unha crónica policial e local que, priorizando as pescudas e a relación do protagonista co contorno, de seguro fixo e fai gozar a un amplo sector do público lector. Pero, desde a perspectiva comercial, como xa acontecera con Ollos de auga (Galaxia, Vigo, 2006), o máis salientable da súa novela A praia dos afogados (Galaxia, Vigo, 2009) é o que fixo pola industria editorial galega e polo idioma. Respectivamente, ambos atoparon nesta segunda aventura do inspector Leo Caldas en Panxón un tan necesitado empurrón económico (supervendas) e unha voz masiva que entraba nos estantes de miles de fogares galegos. E ese arreón sinalaba que tamén escribir na lingua materna podía ser negocio e que as novas xeracións tiñan divertimento literario en galego.


Non é que antes non o tivesen, é que non se vendía tan ben, salvo títulos tan lendarios como a obra de Xosé Neira Vilas Memorias dun neno labrego (Follas Novas, Bos Aires, 1961), a obra literaria máis vendida na historia editorial galega, ou O lapis do carpinteiro (Galaxia, Vigo, 1998), de Manuel Rivas. Pero pouco teñen que ver entre si: a de Neira Vilas xoga na liga da memoria e da identidade galega; a de Rivas, presenta un calado poético e emocional máis complexo; e a de Villar aposta polo entretemento e o consumo rápido. Tres formas de literatura distintas e igual de lexítimas.


Mais a cousa non rematou aí, xa que, ao mesmo tempo, o autor vigués, igual que en Ollos de auga, publicaba a súa obra en castelán, de novo na editorial Siruela —máis adiante traduciríase a outras linguas como a inglesa—, acadando tamén no idioma de Pepe Carvalho un éxito indiscutible. E o foi tanto que a novela tivo a súa (mediocre) adaptación cinematográfica levada a cabo en 2015 por Gerardo Herrero, o responsable tamén da non menos mediana adaptación da novela de Arturo Pérez-Reverte Territorio Comanche (Ollero y Ramos Editores, Madrid, 1994)…


De volta ao texto de Villar, dicir que, a Caldas, «cada detalle íntimo das vítimas que ía coñecendo supoñía unha pincelada de cor que, aos poucos, terminaba por mostrarlle os seres humanos ocultos tras a investigación de asasinato.» (1) Esa pescuda permite reconstruír quen era Xusto Castelo, o mariñeiro asasinado que aparece na praia de Panxón. Para tal fin, Villar emprega unha linguaxe sinxela e directa e avanza a súa historia nas entrevistas e conversas que o inspector mantén cos outros personaxes, os cales falan dun modo similar. O escritor emprega para todos eles un galego normativo, aínda que unha sexa madrileña, a muller de Valverde, e outro aragonés, como o axudante Rafael Estévez, quen non chega a funcionar de todo como contrapunto —o seu constante sorprenderse pola suposta ambigüidade dos galegos na que Villar insiste para acadar un ton cómico entre a espesura— que remarque o enfrontamento entre o litoral galego, concretamente o vigués (o cal pouco ten que ver coa Costa da Morte, por exemplo) e quen é alleo a el. O caso é que se ben o autor acada unha atmosfera crible e pesada —insiste na presenza da choiva, tal como David Fincher en Seven (1995)—, non capta os matices idiomáticos (2), nin as expresións máis aló das típicas, tampouco profunda —fora do tópico— na filosofía e psicoloxía dos lugareños, o que lle dá axilidade á narración e a súa lectura, pero lle resta un chisco de veracidade emocional ao que o escritor nos está contando…


(1) Domingo Villar: A praia dos afogados. Editorial Galaxia, Vigo, 2009.


(2) Aínda que teñen obxectivos distintos, creo que este exemplo explica o que quero dicir: a escritora, docente e bióloga madrileña Marilar Aleixandre escribe en galego e acada unha riqueza lingüística en A teoría do caos que xa lle gustaría a esta novela. A de Aleixandre é unha obra moito máis escura ca de Villar, aínda que non pertenza ao xénero noir, porque afonda nas sombras do individuo e prima o caos frente ao relato lineal que vai paso a paso, para dar forma física e racional a pantasma que inicialmente asoma no texto. Dito doutro xeito, Villar non busca profundizar, non pretende que penses, senón que aceptes a súa guia polo contorno transitado por Caldas.


Fotografía de cabeceira: O porto de Panxón (Nigrán), escenario central da investigación de Leo Caldas en 'A praia dos afogados'. Fotografía de Luis Miguel Bugallo Sánchez vía Wikimedia Commons.

sábado, 18 de julio de 2026

La ópera de los tres reinos



La ópera de tres reinos


Por Antonio Pardines



Una jugada que se presumía magistral, acabó siendo un error de cálculo. Alfonso VI, empleando medios dignos del elogio de cualquier maquiavélico extremo, reunificó los tres reinos en los que su padre había dividido el Asturleonés —Galicia, León y la joven Castilla— pero luego decidió dividir el Reino de Galicia de su hermano Ordoño en dos condados separados por el río Miño. Era una forma de dividir y debilitar un poder que amenazaba el suyo —pues las zonas portuguesas recuperadas al islam, reunían los territorios del Antiguo Reino Suevo—. Así que entregar el condado de Portugal a su hija Teresa y al marido de esta, y el de Galicia, a Urraca y a su cónyuge, parecía una solución lógica. Era «el divide y vencerás», aunque no le salió como esperaba. Por un lado, Teresa y Enrique de Borgoña, empujados por la Iglesia Bracarense, en su lucha con la de Santiago, acabaron por distanciarse de la corona alfonsina para aspirar a la propia; la cual se conseguiría con su hijo Afonso Heriquez. Mientras, al otro lado, su primo Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y Raimundo de Borgoña, con el beneplácito de la nobleza gallega liderada por el conde Pedro Fróilaz de Traba —protector del niño y de su regio porvenir—, fue coronado rey de Galicia por Xelmírez en la catedral compostelana, en el Año del Señor 1111.


Ese momento separa definitivamente el Antiguo Reino Suevo —aunque siglos después la corona Portuguesa se uniese a Castilla y Aragón en reinado de Felipe II— creando dos reinos que corrieron suertes dispares. Portugal se enrocó en sí misma, a pesar de que accedió al vasallaje pero sin perder su corona. Y Galicia, por jugársela en una mano alocada, perdió la suya. Tampoco ayudó que su niño rey creciese a la par de su ambición y decidiese serlo de todas las Españas. Aunque probablemente fuese el mejor político peninsular de su tiempo, el arzobispo compostelano no supo medir las sumas de fuerzas y ambiciones de todos sus contrincantes —desde León a Toledo, pasando por Braga, Roma y la entonces todo poderosa orden de Cluny—, ni siquiera las propias. Así que de la posibilidad real, pues se estuvo a esto de conseguirlo, se pasó al crudo despertar en la catedral de León, donde, en ausencia de su padrino Xelmírez —y del resto de la nobleza gallega liderada por el poderoso conde de Traba—, el joven Raimúndez pasó a ser Alfonso VII…


Fotografía de cabecera: Miniatura iluminada de la reina Urraca I de León en el manuscrito medieval 'Tumbo A' (Siglo XII). Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela, imagen de dominio público vía Wikimedia Commons.