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Sueños de engaño (presentación)

A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
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La mujer de rojo (1984)

La roja chispa del bochorno Por Antonio Pardines En lo alto de un edificio, Theodore Pierce (Gene Wilder) piensa en cómo llegó a esa cornisa calzado en zapatillas que le quedan grandes y vestido en una bata que pertenece a otro marido, el de Charlotte (Kelly LeBrock), la imponente y hermosa modelo —siempre según la particular versión del narrador— que ha perseguido hasta ese instante para sentirse tal vez joven, puede que viril, triunfador o vivo, y con quien ha fantaseado para escapar de su rutina en el trabajo, con los amigos —todos ellos infieles consumados— o en su matrimonio. Theodore no lo dice, pero vive en la insatisfacción permanente y solo la ilusión de una cana al aire parece sacarle de la abulia que le caracteriza. Nada más fácil para explicar esa elevada situación inicial de Theodore, la que el público que se congrega en la calle asume suicida porque ignora que el aspirante a infiel está en las alturas por obra y gracia de un guion que nos explica en pretérito sus días de ...

Confesiones verdaderas (1981)

Polis, cacos, curas y hasta presidentes Por Antonio Pardines Al final de la vida, ¿uno necesita confesarse? ¿O basta con aceptar que así ha sido el camino que queda detrás, como aquellos dos hermanos que, por obra y gracia de David Lynch, se sientan en el porche y, tras años sin verse, no pronuncian palabra porque su pasado y su cercanía en ese tiempo presente, sin ya futuro, hablan por sí solas? En Confesiones verdaderas ( True Confessions , 1981) otros dos hermanos se encuentran después de tiempo sin verse y el explicar se convierte en necesidad, ya no para los dos hermanos protagonistas, sino para nosotros: los curiosos y morbosos que invadimos con nuestras miradas y oídos la intimidad de los personajes de este filme de Ulu Grossbard, un cineasta que a lo largo de tres décadas realizó siete películas. Esta es una de las más interesantes de su corta filmografía, aunque fuese por ver a dos actores como Robert Duvall y Robert De Niro compartiendo y disputándose las escenas, situándose...

Dentro del leviatán

Dentro del Leviatán Por Antonio Pardines En ocasiones he escuchado que la historia es aburrida, lo cual me parece una afirmación que dice poco del tema y bastante de quien la expresa. En todo caso, comprendo que pueda aburrir estudiar la lista de los reyes godos o las fechas de cada batalla y partidas de nacimiento de fulanos como Alejandro, Julio, Isabel, Cosme, Catalina o Ivan. Aunque sí hay una afirmación que considero cierta o, al menos, aproximada: la historia que nos llega no es la ordinaria y rutinaria. Llegan sus grandes momentos, ignoro si los mejores, de modo que ya sería algo así como un espectáculo que promete sacarnos de la rutina. ¿Cuántas veces se inventó la imprenta? ¿Y la toma de la Bastilla sucede todos los días? ¿O un avión estadounidense arroja a diario bombas atómicas? Pero luego existen las historias de la historia, y estas particulares son igual de interesantes, tal como expuso Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos al centrar su interés en un molinero del Fru...

Fragmentos de nada: Retrato, pedra sobre óleo

Fragmentos de nada: Retrato, pedra sobre óleo   Por Antonio Pardines Lonxe no tempo quedaba o Mestre Mateo cando Francisco Asorey empezou a ser coñecido pola súa arte escultórica. Eran outros tempos, pero a localidade onde tiñan o seu obradoiro era a mesma. Tras pasar por Barcelona e Madrid, o de Cambados afincouse en Santiago, cando obtivo a praza de escultor anatómico na Facultade de Medicina, emprego que, xunto ao de docente no «Taller de labra e talla en pedra» na Escola de Arte Mestre Mateo —por entón, Escola de Arte e Oficios de Santiago—, mantería ata a súa morte (1961). Corría o ano 1918, e en Europa aínda soaban os canóns da Grande Guerra (1914-1918) que Monicelli retrataría catro décadas despois na súa espléndida sátira homónima, aquela na que dous galdrupeiros de tomo e lomo —inolvidables Gassman e Sordi— desvelan no seu transitar polo fango e a terra de ninguén a estupidez, a miseria, o sangue, a fame e o patetismo de toda contenda armada. Asorey viviu unha na súa terra...

Rincones sin esquinas: Futuro imperfecto

Rincones sin esquinas: Futuro imperfecto El siguiente extracto forma parte del capitulo «Futuro imperfecto», de mi libro Rincones sin esquinas . «Cualquier presente desconoce su futuro, y suele pensarlo blanco o negro, ¿pero de qué otro color puede colorearse aquello que no es, o que solo existe en las múltiples posibilidades pensadas? Y lo irónico es que ninguno de los posibles es la realidad que llega para ser presente, pasado, historia, olvido. Quizá ni siquiera esto que digo se cumpla, pues ¿quién me asegura que no llegue algún presente que acierte con su mañana, como quien acierta la lotería? El futuro se pinta de negro porque muere al llegar o, en su versión virginal, se viste de blanco porque diseña la irrealidad pura de una fantasía que no se materializa. Pero lo importante de la idea del futuro es su invitación a soñar y a ponernos en marcha, a caminar en pos de materializar lo soñado. De no ser así, adiós sueños y posibilidad de evolución; y también adiós pesadillas. Sin la c...

Fragmentos de nada: la ronca suavidad de mundos en ruinas

Fragmentos de nada: la ronca suavidad de mundos en ruinas Por Antonio Pardines Escucho en la distancia el maullido de un gato y el rugir de una locomotora que se aleja y se acerca. ¿Viene el tren? No lo tengo claro. As Burgas y el fluir de su agua cálida me desorientan. Brota de las entrañas como letras que imitan el dolor y la desesperanza, allí donde antes hubo espera. ¿Y ahora? Vapor. Corre el alcohol que ni el desamor limpia. Suena el desencanto, la rebeldía; la lucidez del testigo herido se hace rock. Suenan Los Suaves. Afirman que Dolores se llamaba Lola. No es una sentencia ni un sonido hueco. No hay vacío ni prostitución en su cantar a la dignidad desheredada. Se escucha un canto de derrota cotidiana. Vidas en el lodazal, más que en las rutinas grises de quienes recorremos cotidianidades más amables, y puede que más somníferas. Y a pesar de la desesperación, que rima en la distancia que separa el escenario de la vida, no abandonan la esperanza de que un día, quizás mañana, quiz...

La dama desconocida (1944)

Manos ambiguas Por Antonio Pardines Entre los cineastas que mejor manejaron el claroscuro y la nocturnidad del cine negro se cuentan los europeos que llegaron a Hollywood tras abandonar sus lugares de origen huyendo de los totalitarismos —Fritz Lang y Billy Wilder— o, en algunos casos, por contrato laboral, tal como le sucedió a Edgar G. Ulmer o a Alfred Hitchcock. Robert Siodmak fue uno de esos ilustres emigrantes que, dejando atrás el nacionalsocialismo, desembarcó en el cine hollywoodiense y supo crear atmósferas como de La dama desconocida ( Phantom Lady , 1944), realizada el mismo año en que Otto Preminger dirigía Laura (1944) y Billy Wilder filmaba Perdición ( Double Indemnity , 1944), obra maestra que revolucionó el género. Wilder, un viejo conocido de Siodmak, de los tiempos de Berlín y Gente de domingo ( Menschen am Sonntag , Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer, 1929), marcó un antes y un después con su adaptación de Pacto de sangre de James M. Cain, al situar en el centro de...