A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
Madrid era una fiesta (salvo en palacio y los despachos) Por Antonio Pardines Una mente fría quizás no entendiese que ese párrafo inicial es fundamental para establecer las dos cuestiones que me interesan señalar: que a la historia no le interesa lo vivo y que lo vivo vive sus propias y pequeñas historias (lo que alguien una noche de niebla y alucinaciones dio en llamar intrahistoria). Pocas tienen que ver con los intereses que se gestan en las sombras y que, años después, se contarán en un titular y dos o tres líneas en los libros de texto. Lo que quiero decir es que c ada época tiene sus momentos especiales, entendiendo estos como aquellos que pasan a los libros de historia, pues existen otros que solo lo son para el individuo que los vive. Por ejemplo, un plato que saboreará años y años en la memoria, un infrecuente coito bien echado, un viaje que depare lo inesperado o su primer desahucio, pues los siguientes ya serán costumbre y nadie recuerda su rutina. Sin embargo, a su mue...