En Vietnam, Michael Herr vivía codo con codo con los soldados, que no podían escoger y por eso pensaban que Herr o Sean Flynn, el hijo de Errol, estaban como cabras por estar allí, con la mierda hasta el cuello y la muerte o las heridas a la vuelta ya no de la esquina, sino de cualquier paso o incluso sin moverse. Pero lo que aquellos soldados no sabían explicar, aunque lo intuyesen en el mismo instante de poner el pie en el Sudeste Asiático, era que el idealismo había muerto tiempo atrás, al menos su inocencia y la credulidad de los combatientes y de los reporteros. Ya se trataba de otra cosa, aunque también se buscase narrar lo inenarrable. Por contra, tres décadas atrás, todavía se respiraba cierta ingenuidad que obedecía a la necesidad de creer en la libertad y que alguien o algún Estado la representaba. Manuel Chaves Nogales vivió y fue testigo de aquella época en la que se fraguaba la tormenta, también Vasili Grossman, Ilya Erenburgh, George Orwell o Ernest Hemingway, tipos que tenían en común el periodismo y un tiempo de guerras; ¿más cuál no lo es? Chaves no tomó ningún fusil, ni presumió de saber de tácticas de combate o del uso de las armas como sí pudo hacerlo Hemingway. El suyo era un tipo de periodismo que buscaba la verdad humana, no el acto o pose de heroicidad del que presumir en sus artículos. Pero los hechos que se sucedieron acabaron por minar su idealismo. Tras la rebelión del 18 de julio de 1936, y la posterior revolución popular que se desató de inmediato, Chaves Nogales estaba roto y, poco después de que el Gobierno, el tercero en tres meses, se trasladase a Valencia, él se exiliaría en Francia. Buscaba el amparo de la democracia que tanto amaba y que ya no veía posible en España, puesto que ganase quien ganase, el periodista sevillano era consciente de que las libertades democráticas ya no tendrían cabida en la España que naciese de los escombros, de los cadáveres, de la sangre y de los rencores. Sus ilusiones se rompieron al inicio de la guerra civil española; él cuenta esa derrota ya no solo suya sino del ideal democrático que Francia traicionó y que expone en La agonía de Francia, un texto en el que explica que, estando allí, observó y sintió la derrota ya no por las armas, sino por esa traición al ideal que los Petain de turno pasaron por las “armas”…
El “héroe de Verdun” fue uno de esos hombres que, desvelando su rostro antidemocrático, resultó ser más papista que el papa, es decir, tan o más totalitario que aquellos con quienes firmó el armisticio que dejaba sin protección a todo francés amante de la libertad y a cuanto exiliado había buscado protección en el país de la Enciclopedia. Pero, aparte del ya nombrado, Chaves señala otros factores, tal que la desidia en la que cayeron los soldados, el saber que los métodos del Estado Mayor estaban anticuados, y no hacer nada al respecto, o el enfrentamiento previo al conflicto bélico que se produjo entre patronos y proletarios, entre el capital y el comunismo, un enfrentamiento que estaba afectando a toda Europa y que, en Francia, deparó dos guerras civiles frías, pero tan letales que dejaron la nación al borde de la ruina moral. El periodista las apunta: la de 1934, la reaccionaria, y la de 1936, la del frente popular, pero sigue adelante en su exposición de los hechos y de las causas. Habla sin pelos en la lengua; más que informar, comenta, opina y detalla la sensación que se vivía en aquel momento. Lo hace desde el protagonismo que le concede el estar allí, pero también de quien sabe escuchar e interpretar lo oído. Chaves fue un cronista de su época, pero también fue algo más: fue un hombre que vivió el desengaño y la pérdida. Resulta curioso que dos de los últimos humanistas, Chaves y Zweig, nunca supiesen cómo concluyó la guerra, quizás el tener conocimiento de la realidad que Grossman descubriría en Trebinka, del gulag estalinista o de los bombardeos aliados, tal que el vivido por Kurt Vonnagut en Dresde, y de las dos bombas atómicas estadounidenses lanzadas sobre Japón no les devolviese las ilusiones perdidas. En ese descubrimiento, el de una realidad tras la realidad en la que había creído, Chaves Nogales se emparenta con Orwell cuando este vive el mayo barcelonés de 1937, el que le abre los ojos a la manipulación mediática que desarrollará años después, cuando observe que el estalinismo y el capitalismo pueden ser dos sistemas no tan distantes, a la hora de buscar el poder y crear sus verdades. Eso se percibe en el 1948 real que dio pie al 1984 ficticio, otra nueva traición a los ideales que ya en la época de Herr y de Vietnam brillan por su ausencia en occidente; posteriormente también se romperían en los países que en los sesenta estaba luchando por la independencia y soñando su descolonización…











