A expedición de Marilar Aleixandre sae de Cádiz en 1868, ano da “Gloriosa” e da revolución galega liderada por Antolín Faraldo que a historia oficial, de predominio castelán, relegou ao esquecemento, pero dubido que a autora cambiase a data da expedición real que, iniciando o seu periplo en 1862, inspiraba a novela pola revolta galega. Fíxoo pola xeral, esa “Gloriosa” que só puido ser tal de adxectivo utópico. Aleixandre, bióloga de carreira e docente de profesión, xunta ambas neste libro que, na distancia, emula o didactismo de Julio Verne e toma a voz en primeira persoa que tan bos resultados lle dera ao escocés Robert Louis Stevenson para dar forma de memoria aventureira a A Illa do Tesouro. Pero en lugar dun neno a heroína de Aleixandre é unha nena de doce anos: Emilia Goianes. O nome da rapaza faime cavilar que Aleixandre fai unha homenaxe a outra Emilia, a Pardo Bazán, escritora que non só defendeu o naturalismo en España, senón que foi a primeira muller catedrática do país e unha das poucas que no século XIX abriron camiños para a maioría que aínda estaba por chegar. Aleixandre é unha herdeira súa, e posiblemente así o sinta, tamén de Mary Wollstonecraft “Shelley”, a autora de Frankenstein e máis dun dos primeiros manifestos feministas onde escribiu que homes e mulleres debían ser iguais. Iso é o que pensa Aleixandre, con toda lóxica, e iso é o pensamento que pon na súa protagonista. Mais a diferenza, unha de tantas é que a aristócrata galega escribía en castelán e a madrileña de clase media en galego. Non o di, nin a nomea no texto, pero a escritora coruñesa é un dos referentes, pero máis aínda o é a ferrolá Concepción Arenal, pois da súa mestría co disfraz —xa é lendario o acudir disfrazada de rapaz á universidade, que entón era unha institución prohibida para a muller— válese a nena Emilia para enganar a tripulación e aos membros da expedición. Faino coa axuda do seu irmán Andrés, que é un dos científicos compoñentes do grupo expedicionario que recorrerá parte do continente Americano durante os tres anos de aprendizaxe e superación de Emilia, tamén do seu paso de nena a muller, tres anos nos que se establecen nós e se recollen mostras vexetais e animais, pasan penurias, fame e ameazas naturais…
va de vagos (cine, literatura y…)
viernes, 24 de abril de 2026
jueves, 23 de abril de 2026
Fragmentos de nada: viaje(s)
Un libro es un viaje y, como todo viaje que se precie, aquel que se vive en la libertad de saber que estás en marcha, sin horarios sin organización, sin más meta que el viaje en sí, depara encuentros y desencuentros, momentos de soledad y de compañía, sorpresas, contrariedad, alegría, melancolía, introspección, la ilusión de sentirnos libres de la monotonía, incluso nos regala algún momento místico, que no religioso, que no podrá ser expresado con palabras. Hay viajes que recorren nuestro cuerpo y pensamiento, que escapan a nuestra comprensión y solo al pensarlos nos explican. En el momento solo nos sabemos emocionados y, determinar o no el por qué, no cambiará que hayamos sentido un instante especial, uno que no podremos repetir, solo recordar y confundir entre los siguientes y los previos, pero que se convertirá ya en parte nuestra. Todos ellos son distintos, y en nosotros ya serán otros; y solo la memoria podrá reconstruirlos sin poder traerlos de vuelta tal cual fueron. Ese es uno de nuestros imposibles: regresar a donde ya vivimos y donde fuimos, pero nada impide recordarnos en momentos que sentimos y fuimos especiales. No hace falta más explicación que esa sensación de haberlos vivido en plenitud. Así son los buenos libros, los leídos y por leer, los escritos y por escribir. Son recorridos que te trasladan a un espacio emocional y racional a la vez propio e impropio; son viajes que nos encontramos y te exigen implicación, incluso que aceptes ser un náufrago a la deriva…
Un libro y un viaje preciados son aquellos que te hacen que seas y que te sientas su protagonista, no su espectador. Un buen texto no es una plantilla ni un copia y pega, como tampoco un buen viaje es aquel en el que te lo dan todo hecho y tú solo aportas tu cuerpo y una mente sedada. Un viaje organizado hasta el mínimo detalle, o unas vacaciones encerrado en un hotel donde la máxima aventura sería escoger en cuál de los dos o tres restaurantes comeré hoy, puede gustar, pero dudo que pueda llegar a ser parte de uno, a ser un instante emocional que perdurará más allá de su instantánea. Y eso sí lo logran aquellos momentos que nos hacen sentir, ya no especiales, sino a flor de piel porque nos exigen y nos regalan vivirlos. De hecho, ni aún intentando comunicarlo, se podría explicar el estado emocional que producen, pues cada quien lleva consigo esa parte de sí que le hace sentir a su manera. Y así leemos un libro, a nuestra manera, porque una vez abandona el reino del escritor y pasar al del lector, ya es nuestro. Un buen libro nos exige que lo hagamos nuestro, que seamos los protagonistas en un recorrido que, igual que el resto de viajes, empieza y acaba, pero ya seremos otros quienes lo concluyan. Somos seres en constante cambio, mas el mundo parece siempre el mismo, incluso nosotros lo parecemos, salvo por las distintas edades que nos recorren y nos abandonan…
Hay quienes dicen que el mundo no va a cambiar porque hablemos de él. Ni que un libro cambiará nuestras vidas; y no lo discuto, ni lo niego ni lo afirmo. Pero si me resulta innegable que la lectura te transporta fuera del mundo físico, te saca del curso de la historia, aunque hable de historias o de Historia. Te lleva hacia la interioridad, el lugar real donde se planta cualquier semilla de cambio. Pero conversar y leer sí resultan indispensables. Nos permiten abrir los ojos a los otros e incluso madurar ideas que damos por inamovibles y que resultan tan fugaces como las horas. El mundo no se transformará por la lectura de un libro, tal vez sí podría si ese singular se amplíase y nos desvelase aspectos que estando ahí, no los habíamos visto. Un libro, cientos, miles, una minoría que nos sobrevive, nos invitan a transformarnos, al menos a plantearnos, incluso nos desafía en páginas que nos reflejan, aunque no lo percibamos hasta que las pensemos y nos pensemos. Un buen libro, aquel que no solo depara entretenimiento, sino una relación entre dos sujetos a través de un medio que nos invita a la charla, a la discusión, al diálogo, nos descubre hablando con el papel. Y al hablarlo, mirarlo y preguntarlo, al no cerrar los ojos y los oídos a la relación que se establece entre lo que leemos, lo que observamos, lo que sentimos y nosotros mismos, puede depararnos sorpresas y cambios. Así, ya para concluir, decir que hace más de un mes publiqué “Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder”, y antes de pasar página, y olvidarme de él, quiero agradecer a quienes habéis sentido curiosidad por el libro la oportunidad que le habéis dado. Muchas gracias, pues sin lectores cómplices los libros y las farsas carecen de sentido…
Si alguien siente curiosidad por Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder, el siguiente enlace es a la página de Amazon donde puede adquirirse el libro:
https://www.amazon.es/Sue%C3%B1os-enga%C3%B1o-Antonio-Pardines/dp/B0GRYZN9Y8
miércoles, 22 de abril de 2026
Barba Azul (1944)
La filmografía de John Carradine supera de largo las trescientas películas, pero pocas son las que le conceden el protagonismo y la cabeza de cartel. Que recuerde, solo alcanzó ambos en Barba Azul (Bluebeard, 1944), a las órdenes de otro imprescindible relegado a no lograr el protagonismo entre los directores centroeuropeos que desembarcaron en Hollywood. Mas no sería por falta de talento, que tenía suficiente, incluso más, para codearse con cualquiera, ya su aprendizaje había sido de alta escuela bajo la dirección de Murnau, para quien había colaborado como asistente y director artístico en varias de sus películas, de Lang, Pabst, Stroheim e incluso Lubitsch. Edgar G. Ulmer fue un trotamundos y un maestro de la serie B, puesto que pocas veces, tampoco recuerdo alguna, contó con presupuestos holgados y repartos estelares, aunque dirigiese q actores de sobrada valía como Carradine. Pero esto que no lleve a engaño, ya que, en vez de jugar en su contra, lo hizo a su favor al depararle mayor libertad creativa y lograr cotas como Satanas (The Black Cat, 1934), El desvío (Detour, 1945), Traición (Ruthless, 1948) o mismamente este film de suspense en el que Carradine da vida a Gastón Morel, un titiritero de profesión que malvive porque se niega a pintar, pero se niega porque su arte sangra, es uno que va más allá de la plasticidad y el cromatismo. París despierta o anochece aterrorizado porque un asesino de mujeres anda suelto, la prensa, muy dada a poner nombres que vendan e impacten el lector, le llama Barba Azul. La policía lo busca sin éxito y las mujeres viven aterrorizadas. Sin pistas, nada se puede hacer, pero resulta que uno de los cuadros de Morel, obviamente el asesino Barba Azul, se expone en el salón de un comprador y el inspector inicia el cerco. Pero a Ulmer, que se no pierde en florituras, le interesa mostrar dos posturas en y frente al arte: la del marchante y la del artista. Ambos son cómplices, el primero fuerza al segundo a pintar, mas no lo hace por amor al arte, sino al dinero. Mientras que el pintor, titiritero y pintor lo hace por la obsesión de alcanzar lo sublime, un abstracto que solo acaricia cuando descubre en sus modelos la proximidad de la muerte. Esa idea surge de un desequilibro de pasado, de cuando su ambición le llevó a la enajenación y a confundir arte y realidad. Entonces, ya no sabía distinguir entre la obra y la modelo, y se negaba a aceptar lo evidente: que una y otra distaban como la noche y el día. Así, como quien no quiere la cosa, Ulmer habla de arte y locura, de dar vida al ideal (la obra de arte) y quitársela a lo real, la imperfección humana que descubre en aquella mujer enferma en la que vio el ideal y poco después descubrió su rostro humano, aquel que no soportó y le despertó al monstruo que dormía en él; un monstruo más cercano a Jack el destripador, un persona que Ulmer llevaría a la pantalla, que al señor Hyde…
martes, 21 de abril de 2026
Fragmentos de nada: libro(s)
<<Amaba los libros: estos no eran un muro entre él y la vida, sino ligaduras que le unían con ella. La vida era su dios. Y estudiaba al dios vivo terrenal, al dios pecador, cuando leía a los historiadores y a los filósofos, cuando leía a los grandes y a los pequeños escritores, los cuales, cada uno en la medida de sus fuerzas, ensalzaban y justificaban o culpaban y maldecían al hombre, habitante de la magnífica tierra.>> (1) ¿Todos los libros que leía el viejo profesor Rosental y los que nosotros leemos son iguales? Obviamente, no, pues en ese fragmento Vasili Grossman incluye los grandes y los pequeños, los que nos ensalzan y nos maldicen; pero en ningún caso reduce el significado “libro” a significante. Tampoco Bohumil Hrabal los reducía al dar vida a Hanta en “Una soledad demasiado ruidosa”, pues, para el personaje, los libros son más que el papel que prensa, un papel en el que miles de vidas e ideas aguardan por su final. Pero, con cada lectura, Hanta retarda la agonía libresca, al hacerlos suyos. ¿Crueldad? Nada más lejos de la intención del solitario que se presenta cual poeta diciendo: <<cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no solo penetrando en mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.>> (2)
Mas el primer interrogante que planteo arriba no busca respuesta, solo es una pregunta de la que me valgo para desarrollar las ideas que siguen. La primera, me reconozco en el viejo profesor, y en tantos otros personajes y voces literarias. Esto me ha servido, al menos, para comprender que un mismo lector puede ser miles, porque cualquiera es la suma de tantos rostros que, a menudo, no se reconocen o se ignoran hasta que se piensan, es decir, hasta que una lectura o un pensamiento que se descubre en un libro (o fuera de él, en una conversación o un comportamiento) funciona como un espejo que refleja los propios. Algunos libros, no todos, nos hacen las veces de ese espejo vital e introspectivo; otros son ventanas a mundos distantes o cercanos; también los hay que nos transportan a otras personas, nos permiten conocerlas, en la medida que nos es dado conocer, y, al tiempo, reconocernos en ellas. Pero solo unos pocos logran hacer de los libros parte de sí, como les sucede a Rosental, Hanta o mismamente a don Alonso. Quizás todo se inicie con la curiosidad o con el hábito; lo ignoro. Como también ignoro si algunos de mis hábitos me son innatos o se fueron haciendo en mi niñez. Desde entonces, al menos que recuerde, me chirrían las modas y las imposiciones, aunque sean festivas. Y ya no diré la indiferencia ante los ídolos de púlpito que se dirigen a las multitudes con finalidades que sus gestos estudiados y sus palabras aprendidas no desvelan. Pero esa es otra historia, la que sigue no pretende unirse a una moda contra la moda, ni hablar de idolatría. Solo obedece a dar forma escrita a una reflexión propia, tan subjetiva como puedan serlo las ajenas, las contrarías, las cercanas o las lejanas. Tal vez ni siquiera sea un pensamiento elaborado y se trate sencillamente de la deriva escrita de una impresión que se produce cuando la sensibilidad sale de su letargo. Como impresión, esta nace en la mente del impresionado que intenta comprender el “choque” emocional que ha experimentado, uno que se produce cuando se sitúa en el mundo y siente que existe en una conflictiva dualidad exterior-interior que, al reconocerla, le sitúa y a la vez le descoloca.
Quizás por culpa de tantos libros leídos, al mirar alrededor vea gigantes que amenazan donde solo hay farolas, fanfarrias y tenderetes, quizás esas formas que asoman amenazantes solo sean fruto de mi fantasía, de la fluidez de una locura que me lleva a arremeter contra aquello que nunca podré entender con los ojos y el pensamiento de otros. En una de esas envestidas imaginarias, más bien en la deriva de un naufragio por mares que, en su uniformidad, me son inhóspitos, me pregunté si toda celebración tiene una finalidad, aparte de la experiencia propia de celebrar y de disfrutar de un instante festivo. Pues, justamente por celebrar, lo que mueve la celebración ¿puede pasar desapercibido? Pero qué puede importarme, si ese momento es para quienes lo hacen suyo y se dejan envolver por el bullicio, la música, el colorido, la sensación de festejo. Entre los celebrantes, igual que entre los libros y los autores del viejo Rosental, los hay de todo tipo; incluso del tipo que no lee y del que lo hace porque la lectura ya forma parte de su persona. Pero ¿qué es una persona? ¿Se puede definir y etiquetar? ¿Y un lector? Para quien adquiere libros con asiduidad y lee a diario, no solo para cerrar los ojos, el libro forma parte de su vida, siendo pieza fundamental del día a día. De modo que, para alguien así —y aquí me incluyo—, reducir a una jornada la celebración del libro le resulta indiferente, es decir, nada tiene que celebrar. Pero no por ello deja de respetar los intereses de los otros, más si cabe, intenta comprender. Siente curiosidad por conocer los orígenes, los porqués, los para qué; de manera que intenta buscarlos y plantearlos, consciente de que ni sus ideas ni las ajenas son más que gotas en ese mar donde, de algún modo y en alguna ocasión, naufragamos y buscamos una costa hospitalaria que nos haga sentir a salvo en tierra firme. Algunos la encuentran en sí mismos, otros en los demás, incluso existen quienes la hallan en las tradiciones o en el rechazo y fuga de estas, pero es un gesto que corre el riesgo de convertirse en algo tradicional… En todo caso, la mayoría de las tradiciones homologadas se han convertido en un fenómeno de ventas y en instantes para disfrutar de un evento que saque a la multitud de la cotidianidad. También hay quien, más allá de los objetos físicos, encuentra en ellos símbolos que le posibilita festejar una identidad; algo así como un cumpleaños que reúne a la familia en un festejo que solo se da de año en año. Aunque la primera "Fiesta del Libro" se celebró en Cataluña el 7 de octubre de 1927 (un año después del decreto oficial en España) por iniciativa del editor valenciano Vicent Clavel, no sería hasta tres años después cuando, en Barcelona, se aunaba San Jordi con Cervantes, para, el 23 de abril, celebrar el día del libro y de la Rosa, esta última una tradición que se remonta al siglo XV. Así quedó establecida la celebración que no tardó en celebrarse en otros lugares de la península y así llegamos a esta semana en la que Cataluña celebra su Sant Jordi, la unión de la rosa, del libro y de su patrón, y el resto del Mundo el Día del Libro. Esa internacionalidad se da a partir de 1995, cuando así quedo establecido por la UNESCO, tras la propuesta del gobierno español. ¿Por qué el 23 de abril? Supuestamente, porque coincide el día con la muerte (aunque no sea del todo exacto, pues no murieron la misma jornada) de Miguel de Cervantes, Inca Garcilaso de la Vega y William Shakespeare. En cualquier caso, no pongo en duda que sea el día que más libros se compran, pero ¿también es la jornada en la que más se lee o la que cada año dispara el gusto y el hábito por la lectura? Aún más, ¿alguna vez se ha disparado?…
(1) Vasili Grossman: El viejo profesor (relato recogido en el libro Años de guerra) (traducción Círculo de Lectores). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009.
(2) Bohumil Hrabal: Una soledad demasiado ruidosa (traducción de Monika Zgustová). Ediciones Destino, Barcelona, 2001.
lunes, 20 de abril de 2026
Fragmentos de nada: el sonido del despertar
Entre el sueño y la realidad, vi danzar las copas de los árboles en un movimiento armónico e hipnótico en el que parecían acariciarse, pero en el que nunca llegaban a tocarse. En mi imaginación, ya eran humanos, ya fantasmas, ahora bailarines e incluso amantes condenados a no “carnalizar” su deseo jamás, solo susurrarse su amor y su pesar. Así continué un instante de armonía que se completaba con notas evocadas de un “Canon en Re mayor”, con el canto de los pájaros y el sonido fluvial lejano; incluso más lejano que el silbato que amenazaba aquella fuga del tiempo que me alejaba del mundo para, poco después, devolverme a él. Aquel sonido chirriante rompía el encanto, quizás no el que sentiría quien soplaba, pero sí el mío. Mas tampoco me sorprendió, pues la vida establece que el desencanto sigue al encanto, y viceversa. Me vi entonces en un instante de despertar, en el que una idea se posó en mi mente: asociaba aquel silbato con la idea de alegría, la de quien lo soplaba. Era una idea que mi pensamiento le atribuía y que me llevó a preguntarme qué nos alegra, cómo sentimos la alegría, cómo la expresamos o si necesitamos expresarla a otros cuando la sentimos. ¿Qué celebramos? ¿Por qué lo hacemos? ¿Para escapar de la rutina? ¿De nosotros mismos, pues somos la rutina? ¿Para expresar felicidad o alegría? ¿Para aparentar ambas o porque realmente sentimos ambas? ¿Para sentirnos parte de una comunidad y que la comunidad nos sienta? Mis preguntas nunca tienen respuesta, al menos ninguna general, ya no digamos absoluta —en las que no creo—, porque son para invitarme a pensar. De manera que las reflexiones que desarrollo son fruto de las ideas pasajeras que llegan en ese instante de reflexión, un instante que, siendo otro, podría deparar para las mismas cuestiones otras ideas que ahora no contemplo o ni siquiera tengo. No sé si todo despertar es brusco, pero intuyo que el paso del sueño a la realidad, incluso a la pesadilla, lo es, por eso tenemos malos despertares o nos cuesta aceptar que el sueño y la ensoñación llegan a su fin y la rutina, los “yo” y el “nosotros” de cada día, nos espera…
domingo, 19 de abril de 2026
Chaves Nogales y La agonía de Francia
En Vietnam, Michael Herr vivía codo con codo con los soldados, que no podían escoger y por eso pensaban que Herr o Sean Flynn, el hijo de Errol, estaban como cabras por estar allí, con la mierda hasta el cuello y la muerte o las heridas a la vuelta ya no de la esquina, sino de cualquier paso o incluso sin moverse. Pero lo que aquellos soldados no sabían explicar, aunque lo intuyesen en el mismo instante de poner el pie en el Sudeste Asiático, era que el idealismo había muerto tiempo atrás, al menos su inocencia y la credulidad de los combatientes y de los reporteros. Ya se trataba de otra cosa, aunque también se buscase narrar lo inenarrable. Por contra, tres décadas atrás, todavía se respiraba cierta ingenuidad que obedecía a la necesidad de creer en la libertad y que alguien o algún Estado la representaba. Manuel Chaves Nogales vivió y fue testigo de aquella época en la que se fraguaba la tormenta, también Vasili Grossman, Ilya Ehrenburg, George Orwell o Ernest Hemingway, tipos que tenían en común el periodismo y un tiempo de guerras; ¿más cuál no lo es? Chaves no tomó ningún fusil, ni presumió de saber de tácticas de combate o del uso de las armas como sí pudo hacerlo Hemingway. El suyo era un tipo de periodismo que buscaba la verdad humana, no el acto o pose de heroicidad del que presumir en sus artículos. Pero los hechos que se sucedieron acabaron por minar su idealismo. Tras la rebelión del 18 de julio de 1936, y la posterior revolución popular que se desató de inmediato, Chaves Nogales estaba roto y, poco después de que el Gobierno, el tercero en tres meses, se trasladase a Valencia, él se exiliaría en Francia. Buscaba el amparo de la democracia que tanto amaba y que ya no veía posible en España, puesto que ganase quien ganase, el periodista sevillano era consciente de que las libertades democráticas ya no tendrían cabida en la España que naciese de los escombros, de los cadáveres, de la sangre y de los rencores. Sus ilusiones se rompieron al inicio de la guerra civil española; él cuenta esa derrota ya no solo suya sino del ideal democrático que Francia traicionó y que expone en La agonía de Francia, un texto en el que explica que, estando allí, observó y sintió la derrota ya no por las armas, sino por esa traición al ideal que los Petain de turno pasaron por las “armas”…
El “héroe de Verdun” fue uno de esos hombres que, desvelando su rostro antidemocrático, resultó ser más papista que el papa, es decir, tan o más totalitario que aquellos con quienes firmó el armisticio que dejaba sin protección a todo francés amante de la libertad y a cuanto exiliado había buscado protección en el país de la Enciclopedia. Pero, aparte del ya nombrado, Chaves señala otros factores, tal que la desidia en la que cayeron los soldados, el saber que los métodos del Estado Mayor estaban anticuados, y no hacer nada al respecto, o el enfrentamiento previo al conflicto bélico que se produjo entre patronos y proletarios, entre el capital y el comunismo, un enfrentamiento que estaba afectando a toda Europa y que, en Francia, deparó dos guerras civiles frías, pero tan letales que dejaron la nación al borde de la ruina moral. El periodista las apunta: la de 1934, la reaccionaria, y la de 1936, la del frente popular, pero sigue adelante en su exposición de los hechos y de las causas. Habla sin pelos en la lengua; más que informar, comenta, opina y detalla la sensación que se vivía en aquel momento. Lo hace desde el protagonismo que le concede el estar allí, pero también de quien sabe escuchar e interpretar lo oído. Chaves fue un cronista de su época, pero también fue algo más: fue un hombre que vivió el desengaño y la pérdida. Resulta curioso que dos de los últimos humanistas, Chaves y Zweig, nunca supiesen cómo concluyó la guerra, quizás el tener conocimiento de la realidad que Grossman descubriría en Trebinka, del gulag estalinista o de los bombardeos aliados, tal que el vivido por Kurt Vonnagut en Dresde, y de las dos bombas atómicas estadounidenses lanzadas sobre Japón no les devolviese las ilusiones perdidas. En ese descubrimiento, el de una realidad tras la realidad en la que había creído, Chaves Nogales se emparenta con Orwell cuando este vive el mayo barcelonés de 1937, el que le abre los ojos a la manipulación mediática que desarrollará años después, cuando observe que el estalinismo y el capitalismo pueden ser dos sistemas no tan distantes, a la hora de buscar el poder y crear sus verdades. Eso se percibe en el 1948 real que dio pie al 1984 ficticio, otra nueva traición a los ideales que ya en la época de Herr y de Vietnam brillan por su ausencia en occidente; posteriormente también se romperían en los países que en los sesenta estaba luchando por la independencia y soñando su descolonización…
viernes, 17 de abril de 2026
Gente corriente (1980)
Desde los tiempos de El candidato (The Candidate, Michael Ritchie, 1972), incluso antes, se veía venir que Robert Redford era algo más que una cara bonita que lucir en la gran pantalla. Lo apuntaba su faceta de productor y su búsqueda de películas que tuviesen algo que expresar, claro que sin olvidarse de su estatus estelar, algo que invitase a la reflexión más allá del espectáculo, la aventura, el drama o la intriga propuestas por directores como Michael Ritchie y, sobre todo, Sydney Pollack. Así, en 1980, se produjo su paso a la dirección en Gente corriente (Ordinary People, 1980), en la que Alvin Sargent adaptaba la novela de Judith Guest, y salió bien parado: aplaudido y premiado —cabe recordar que los premios no son objetivos, ni establecen que unas películas sea mejor que otras, aunque lo presuman—. Pero, aparte de no dejarse ver en la pantalla, consciente de que su presencia llamaría la atención más de lo deseado y que tampoco había un papel para él, lo interesante fue su intención. La de hacer un cine humanista, centrado en las relaciones y en los conflictos cotidianos que dan la impresión de extraordinarios porque apenas nadie se da cuenta o no quieren verlos hasta que desbordan y ahogan. Y, para ello, nada mejor que una familia estadounidense de clase media alta, que se supone culta y modélica, formada por un matrimonio y un hijo adolescente. Pero no existen modelos de perfección que lo sean en el día a día. En la cotidianidad, existen personas y estas tienen sus problemas externos y sus conflictos internos, muchos de los cuales pasan desapercibidos incluso para quienes se supone más cercanos. De eso habla Redford en su primera película, de gente corriente. Ya entonces, su aspiración era hablar de cualquiera, aunque cualquiera fuese y sea diferente a sus personajes o a otros cualquiera de la realidad fuera de la pantalla donde vive Conrad (Timonthy Hutton), el muchacho que no sabe qué le pasa, solo que algo le sucede. Por eso necesita ayuda, para comprenderlo, más no la encuentra en el hogar donde sus padres habitan bajo máscaras de corrección, pero, tras ellas semejan distantes y distanciados de su realidad, quizás ahí, en el seno familiar, sea donde se encuentre el detonante de su malestar. El joven, que pasó cuatro meses hospitalizado tras su intento de suicidio, tiene la valentía de la que carecen su madre (Mary Tyler Moore), que se esconde en el orden y el silencio, y su padre (Donald Sutherland), que busca complacer, la que le empuja a enfrentarse a su realidad, no a ocultarla. No puede, duele, le desborda, lo atrapa, aunque intente reprimir el dolor, ese duelo y esa culpabilidad que asfixia, como hacen sus mayores; duelo y culpabilidad que habrían nacido tras el accidente que se cobró la vida de su hermano mayor. Conrad acude a un psiquiatra (Judd Hirsch), a quien descubre diferente a los que le trataron y, aunque le irrite o precisamente porque le saca de sus casillas, le ayuda a liberarse y así aceptarse y a aceptar vivir en la pérdida. También su relación con Jeannine (Elizabeth McGovern) le ayuda, le devuelve alegría, la misma que hasta entonces se había ausentado de su vida. Redford detalla todo esto sin sensacionalismo, sin sensiblería; lo hace con sensibilidad y logra un drama en el que pone las cartas boca arriba para expresar que, a veces, sentir es doloroso, pero es necesario porque es vital…
jueves, 16 de abril de 2026
La vida es un milagro (2004)
Nuestra imperfección forma parte indisociable de nuestra condición; es un atributo de nuestra manera de ser. Somos milagrosamente falibles, aunque, siendo claro, somos lo que somos. Y huir de todos esos somos es una tontería. Lo lógico no sería huir ni crear dioses para espantar miedos ni ídolos para proyectarnos en ellos, hasta que decidamos destruirlos o condenarlos al ostracismo, sino aprender a habitarnos y a respetar quienes son otros: esos que también son imperfectos, pero que lo son a su manera, con sus costumbres y sus credos. El milagro, cuando se produce, reside en que sepamos convivir e incluso en que sepamos vivir, mas no siempre se logra el evitar despedazarnos. Aunque lo parezca, no sabemos los motivos, ni se trata de algo espontáneo, pero la destrucción, igual que la construcción, late en nosotros y cualquiera que sepa manejar un discurso agresivo puede dirigirla hacia donde pretenda, que suele ser hacia el otro, no por ser otro, sino porque persigue lo que pueda tener aquel. La vida es milagro en su estado natural porque hemos sido capaces de llagar hasta aquí y no sabemos respondernos cómo, es decir ignorando cómo lo hemos hecho o reduciéndolo a cuatro ideas. A veces obviando lo más lógico, que estamos aquí fruto del azar, que es la combinación de varias realidades con las que no contamos o que no sabemos explicar, aun habiendo una explicación, pero que se nos escapa. Otra de las cuestiones que llevamos siglos intentado explicarnos es el nacimiento de las comunidades, incluso de las familias, puesto que no siempre han sido como las de hoy, y tampoco mañana serán iguales. Pero hay personas que se detienen más que otras para explicarse y explicarnos. Dos de los grandes personajes de la cultura bosnia que desvelaron las costumbres y los problemas locales más allá de los Balcanes son en escritor Ivo Andric y el cineasta Emir Kusturica. Y este último asume la influencia del primero, también la de Federico Fellini —por si hubiera duda al respecto, el nombre de su productora era Cabiria Films—; sumando a ambas aquellas heredadas, por ejemplo Bohumil Hrabal, cuya literatura es probable que descubriese a su paso por la escuela de cine de Praga (FAMU), y las que le son innatas, ya sean las propias de su psicología o las tradicionales. El cine de Kusturica es un fresco y caricaturesco viaje por los Balcanes que en La vida es milagro (Život je čudo, 2004) se adentra en la guerra. No era la primera vez, ya lo había hecho en Underground (1995), pero en esta sitúa la acción en Bosnia en 1992, a las puertas de que el conflicto bélico que, desde el año anterior, venía afectando a los Balcanes entre a saco en el alegre y desenfadado pueblo donde Luka Djukic (Slavko Stimac) se encarga de la estación ferroviaria…
Cualquier película es “reduccionista”, también lo es un comentario cualquiera, y este lo es, incluso la propia historia lo reduce todo a fechas, a localismos (quién de aquí conoce la historia de allí y de allá, y viceversa), a unos pocos nombres propios, a algunas causas y consecuencias. Así que hagamos lo que hagamos, la mayor parte acaba perdiéndose, de modo que nos vemos obligados a inventar, a desarrollar cuentos y fabulas que nos sitúen y nos expliquen. En definitiva, estoy por afirmar que, aparte de imperfectos, somos reductores, aunque exageremos al hacerlo. En Kusturica hay absurdo, porque, al igual que Hrabal, comprende que el absurdo es natural a nuestra propia condición, la de seres mortales que, en lugar de disfrutar de la vida, parece que dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a destrozarnos. El cineasta se ubica en esta pequeña localidad y se centra en las relaciones de una familia de origen serbio-bosnio: los Djukic, que ven como su mundo se tambalea cuando estalla la guerra y al hijo, Milos (Vuk Kostic), que solo quería jugar al fútbol (y no matar, morir o caer prisionero), lo reclama el gobierno serbio para luchar contra los bosnios musulmanes. El conflicto está servido, no es uno nuevo, sino uno acallado por la mano dura de Tito, pero muerto este y caído el comunismo, la herida secular, la que ha marcado durante siglos un espacio multicultural y multiétnico abordado por Andric en su trilogía bosnia, se abre de nuevo. Bosnia sangra, los Balcanes al completo lo hacen, pero es en ese país donde parece hacerlo más tiempo y de manera más profunda, ya no porque sea un lugar entre dos mundos enfrentados: el cristiano y el musulmán, sino porque a alguien le interesa revivir esa vieja rivalidad para lograr su propio beneficio. Kusturica sabe que la guerra no es justa, en realidad sabe que es asesina, que destruye familias, mundos y personas, que la vida sigue y se abre camino entre ese caos que no nace de un azar inexplicable, sino de ese lado de la humanidad que nunca nos abandona. Pero no sermonea, prefiere realizar una sátira para desvelar el caos, que la vida es más que teatro un absurdo y un caos disfrazados de orden, pre que también son sentimientos y lazos que hacen que la humanidad entera sea una comunidad más allá de fronteras, ideologías y credos, porque hay más que nos hace iguales (nacemos, morimos, entremedias vivimos, deseamos, amamos, tememos, sentimos) que distintos (nuestros lugar de origen y las herencias culturales recibidas). Pero incluso en estas que nos diferencian encontramos aspectos comunes como la música como medio de expresar la vida y el sentir de un pueblo; de cualquier pueblo. De ahí que la música sea fundamental en las películas del serbio-bosnio, de origen musulmán, y en esta fábula, o alegoría cinematográfica sobre la vida frente a la amenaza de la destrucción bélica, en la que los humanos se despedazan unos a otros sin saber muy bien porqué, quizás aún más…
miércoles, 15 de abril de 2026
Air America (1990)
Después de Roosevelt, tal vez John Fitzgerald Kennedy haya sido el presidente estadounidense más idealizado del siglo XX, puede que debido a su trágico final, a como manejó la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, a su imagen de boy scout o de niño bueno, pero durante su administración —igual que aconteció en las del resto de mandamases— se llevaron a cabo prácticas dudosas; en su caso, las más conocidas tal vez sean el embargo a la isla de Cuba y el envío masivo de asesores y material bélico a Vietnam… Parte de esta misión en el sudeste asiático la llevó a cabo en supuesto secreto, algo similar haría Richard Nixon cuando envió a Laos y Camboya tropas que negó su estancia allí. Pero era una negación insostenible, salvo para quienes aceptasen sus palabras sin un mínimo de actitud crítica o realista. Tapaderas como Air America, compañía aeronáutica que se dedicaba al transporte de material a Vietnam, da título a la película de Roger Spottiswoode, en la que aborda la presencia de estadounidenses en Laos, cuando ya la guerra de Vietnam se les había puesto cuesta arriba y las protestas civiles no dejaban de oírse en Washington. ¿Qué pintaban allí? ¿Por qué enviaban a los suyos a países que distaban miles de kilómetros de sus fronteras? ¿Qué era el efecto dominó y que se comprende por mundo libre? Acaso ¿ha existido libertad o solo es una idea fantasma? Antes de la participación oficial de Estados Unidos en la guerra vietnamita, Kennedy y, antes que él, la administración Eisenhower, pidieron informes sobre la situación en Indochina, pero fue el presidente demócrata, el único católico hasta la llegada de John Biden, quien envía a miles de asesores militares y millones de dólares en material bélico a los vietnamitas del sur. Podría decirse lo mismo de Laos…
<<La peor época comenzó en 1968, cuando Washington (empujado por la presión popular, pero también por la de los hombres de negocios) se vio obligado a entablar conversaciones y a finalizar el bombardeo regular al norte de Vietnam; en ese momento, Henry Kissinger y Richard Nixon decidieron trasladar el bombardeo a Laos y Camboya>>. (1) Un año después, 1969, marco temporal en el que Spottiswoode ambienta su Air America (1990), el presidente Nixon niega (al inicio del film) que haya tropas estadounidenses en el país asiático, lo cual, aparte de falso, genera la risa de los norteamericanos que por allí andan. Entre ellos, destaca la presencia de Gene Ryack (Mel Gibson), que trabaja para la línea aérea de la CIA que da título a la película, y que opera en la zona transportando desde tropas hasta alimentos, pasando por armas e incluso opio… Se trata de un piloto veterano, al contrario que Billy Covington (Robert Downey, Jr.), su nuevo compañero, joven y novato, en quien reconoce validez y esa pizca de locura común a todos ellos. Entre ambos se crean lazos, los de hombres en oficios de riesgo y en situaciones complejas que superan lo corriente y los posicionan fuera de cualquier rutina y comodidad; en cierto modo, son personajes que encajarían a la perfección en el cine de Howard Hawks, pero a Spottiswoode no le funcionan, no logra equilibrar la comedia y el drama. Aquí, su buen intención se queda en apenas nada, todo lo contrario que en su Bajo el fuego (Under Fire, 1983), su mejor película. En Air América falló el tono irónico y la mirada de Spottiswoode se pierde en sus héroes, mientras que en Bajo el fuego los héroes no existían, existían testigos y protagonistas de hechos también sonrojantes pero tratados con mayor acierto y contundencia. Por entonces Spottiswoode venía de realizar la comedia Socios y sabuesos (Turner & Hooch, 1989), con Tom Hanks y un perro de protagonistas, y ya estaba totalmente integrado en Hollywood. Era un director con buen pulso narrativo y lo volvería a demostrar en su película de la saga 007, aunque en El mañana nunca muere (Tomorrow Never Dies, 1997) no hay ningún tipo de conflicto, solo las pautas de un film Bond Posiblemente, la presencia de Gibson y Downey, Jr., aunque este todavía no era una estrella de primer orden, condicionó el film; de hecho, el carisma de Gibson condiciona al personaje. Lo vemos a él y no a un piloto mercenario de la CIA haciendo acopio de armas para su jubilación —aunque esa ilegalidad comercial obedece a la heroicidad que se le atribuye al personaje, que carece de sombras y conflicto—; mas aquí no existe el conflicto moral que sí asoma dentro la película sobre el corresponsal de guerra; en la que Nolte logra pasar por un reportero, porque no le vemos actuando (no se nota en engaño), sino una representación del oficio…
(1) Noam Chomsky: La (des)educación (traducción de Gonzalo G. Djembé). Austral, Barcelona, 2012.
martes, 14 de abril de 2026
Tolstoi: entrega y creación
Finalizada la tercera lectura de la novela de Tolstoi, me dije que era la primera y la última vez que leería tres veces un libro ajeno. Después, una vez más, como ya había sucedido en las anteriores ocasiones, me pregunté qué me dice Tolstoi en su colosal crónica y qué puedo decir de una novela inabarcable, de la que hablar daría para otro libro; incluso para más de uno, dependiendo de quien estudiase y ensayase a partir de Guerra y paz. Así que dejé de lado la evolución psicológica de los personajes y los temas históricos que el autor expone a lo largo de sus páginas, y me puse a pensar en el esfuerzo y la labor de Tolstoi para llevar a cabo semejante tarea: de investigación, de reconstrucción, de reflexión, de creación. ¿Cómo le surgió la idea? ¿Por qué dedicarle tanto tiempo a la preparación y a la escritura de una obra descomunal que, para llevarla a cabo con éxito, había que ser algo más que un escritor? Obviamente, la novela es monumental ya solo por su contenido, pero también porque exige al lector una lectura pausada, que evite perder matices y, aunque suene contradictorio, invita a perderse en los escenarios, en el devenir y en la coralidad expuestas. La de Tolstoi es una exigencia justa y, de las que una vez se inicia la lectura, gustosa. Pero lo que me interesa preguntarme ya no son qué temas expone, (creo que) esa cuestión ya me la respondí muchos años atrás, cuando le “robé” a mi padre sus dos tomos del libro y los hice míos. Ahora, los interrogantes son otros, por ejemplo cómo logró combinar aspectos tan complejos como la psicología y la historia, los diálogos, la filosofía y las descripciones, los arquetipos, lo cotidiano y lo extraordinario, y que funcionasen como un todo. ¿Logró plasmar la marcialidad, la estrategia militar y la ambición heroica, también la decepción, porque él mismo había visto y vivido la guerra, en Crimea? ¿Supo transmitir los espacios y la humanidad porque recorrió los primeros y estudió los segundos, cual reportero que sale al encuentro de los testigos y los hechos, para luego, a diferencia de los periodistas profesionales, darle forma humanista porque no le interesaba la noticia? De hecho, lo napoleónico no era novedad cuando el escritor ruso realizó su obra; entonces ya era historia, y Tolstoi la emplea para adentrarse en la humanidad, en el qué nos mueve. Tolstoi mira a todos sus personajes con ojos (y mente) humanista, desde Natasha, la joven caprichosa que evoluciona hasta convertirse en una mujer distinta a la que apuntaba previo a la invasión napoleónica, o Pierre, el héroe tolstoiano por excelencia, aquel que desea conocer y comprender, aquel que sin ser heroico, ni militar, se acerca al campo de batalla con curiosidad, para descubrir qué. ¿Que en la muerte y en la batalla no hay gloria, tal como quizás ya sepa el príncipe Andrei a las puertas de la ausencia?
Como un torrente (1958)
Quizás los responsables de Como un torrente (Something Come Running, Vincente Minnelli, 1958) no supiesen que reunir a Frank Sinatra, Dean Martin y Shirley MacLaine daría origen al “clan Sinatra”, llamado así debido a la popularidad cantante de My Way (tema adaptado al inglés por Paul Anka del original francés). Pero ahí queda el hecho y el origen de la banda: <<La mitología del Clan empezó con Como un torrente en 1958>, (1) recuerda MacLaine en Mis estrellas de la suerte. A Sinatra le gustaba ser el gallo del corral y, junto a Martin, era el más duro del grupo, que tendría como base para sus juergas Las Vegas. Aparte de esa dureza de barrio, ambos tenían en común el ser italoamericanos, cantantes, tener los casinos como escenario para sus actuaciones y, sobre todo, que provenían de los márgenes donde la delincuencia era cotidiana. En aquellas calles de su infancia se convirtieron en tipos duros y conocieron a otros duros que pasarían a la categoría gansteril. Fue en esta película de Minnelli cuando Dean Martin y Frank Sinatra trabajaron juntos por primera vez. Ambos eran ya dos estrellas, MacLaine estaba a las puertas de serlo y ya había coincidido con Martin en Artistas y modelos (Artists and Models, Frank Tashlin, 1956). Así que, más que una película que semeja el reflejo masculino de los mejores melodramas de Douglas Sirk, Como un torrente fue el inicio de una gran amistad, aunque, como todos buena relación, con sus altibajos...
Tras una noche de borrachera en Chicago, Dave (Frank Sinatra) se despierta en un autobús que llega a su pueblo natal. No ha sido su elección, sino la de quienes le metieron en el vehículo. De ese modo, su regreso es como un inicio, aunque sea un retorno. Regresa dieciséis años después de irse, cuando apenas era un crío. Ahora es un hombre maduro, que ha recorrido mundo y comprendido que vive perdiendo, aunque gane en las partidas de póker. Y ya que está quiere cerrar cuentas pendientes con su pasado, con Frank (Arthur Kennedy), su hermano mayor, y con Agnes (Leora Dana), su cuñada. Pero llega con la carga de Ginny (Shirley MacLaine), una chica de ciudad, vulgar e ingenua, de la que quiere deshacerse. Como toda pequeña localidad, en la suya también lo que se sale de lo cotidiano sirve de chismorreo y Dave es una curiosidad tanto para los bienpensantes como para un jugador profesional como Bama (Dean Martin), con quien se establece una amistad a lo Wyatt Earp y “Doc” Holliday. Esta es una de las relaciones sobre las que se sostiene la película, pero la más importante es la de Dave con el exterior y el interior, es decir, él es el centro de cuanto se observa en la pantalla. Su relación familiar, su relación consigo mismo y la que mantiene con dos mujeres opuestas; la una, Ginny, de vida alegre, ingenua, enamorada, aunque aquel la ningunee salvo cuando se emborracha; la otra, Gwen (Martha Hyer), burguesa, elegante, cultura, profesora de literatura. Tal vez por ello, lo reconozca y reconozca que hay talento en Dave, quien, tras escribir dos libros, dejó de hacerlo. Quizás abandonase la escritura por desilusión, porque apenas nadie le dio una oportunidad a su obra, lo cual ya de por sí agudizaría la soledad que siempre porta consigo, pero su encuentro con la profesora despierta su interés por volver a escribir. Probablemente, porque es la vía que espera le acerque a ella. Y aquí se encuentra el tema: todos queremos amar y que nos amen, pero resulta que no siempre coinciden los amores, tal como parece suceder en este melodrama de Minnelli, en el que Ginny ama a Dave, aunque este solo la quiere para pasar el rato, mientras él se enamora de Gwen, quien quizás se enamore de su ideal, de la idea de ser la Pigmalión que (re)modele a un artista, pero también vive atrapada. Gwen es víctima de su frigidez y del orden, la represión y la frialdad de su entorno social…
(1) Shirley MacLaine: Mis estrellas de la suerte (traducción de Jorge Bertevoro). Torres de Papel, Madrid, 2016.
lunes, 13 de abril de 2026
Ryszard Kapuściński: Viajes con Heródoto
En cierto sentido, podría decirse que Heródoto no solo fue el primer historiador en dejar escrita su “Historia”, en un rollo que luego otros interpretaron y dieron forma de libro, sino que también fue el primer reportero de la historia, tiempo antes de que existiese la sociedad mediática y sus medios de comunicación y difusión. A tal idea llega Ryszard Kapuściński en Viajes con Heródoto, escrito en 2004, cuando el prestigioso corresponsal polaco contaba con 72 años de edad, muchos de los cuales los había dedicado al periodismo, a descubrir el mundo, a cuestionarse en él y a cuestionarlo. Lo que lo acerca al otro protagonista de las páginas de este libro con encanto, con preguntas, con historia y anécdotas personales; y mucho más, porque lo expuesto por Kapuściński, y cómo lo expone, despierta la curiosidad e invita al viaje, el de buscar y conocer uno mismo. El escritor polaco hace memoria, sí, pero también hace literatura y un ejercicio humanístico de primer orden al enlazar nuestro tiempo con el de aquel viajero que vivió en la época de Sócrates y Pericles. Kapuściński se reconoce en Heródoto, de quien dice que <es un reportero nado: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente, recordarlo.>> Aquí, el autor se define a sí mismo a través de su definición del griego, pero, a diferencia del historiador, de él si que conocemos aspectos de su biografía, ya solo fuese porque en parte de su obra desvela su sentir, sus experiencias, sus interrogantes. Nos habla de quién es o, mejor, de cómo llegó a ser, un llegar a ser que se prolonga en el tiempo porque se trata de una constante vital que no concluye, salvo en la muerte. Tal aprendizaje está en el recorrido, es el propio recorrido, la construcción de las diferentes etapas que, profesionalmente, él inicia en 1957, cuando entra a trabajar en un periódico polaco y recorre Polonia en busca de opiniones, pero encontrándose con la frontera que le genera la idea y el deseo de cruzarla: <<solo anhelaba una cosa: “cruzar la frontera”, no importaba cuál ni dónde, porque no me importaba el fin, la meta, el destino, sino el mero acto, casi místico y transcendental, de cruzar la frontera.>> Y ese deseo ya no le abandonaría y le llevaría a cruzar una y otra vez los límites que separaban lo conocido de lo desconocido, límites que también unían esos dos espacios que se reducen a uno: el mundo humano…
El entrecomillado pertenece a Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuściński (y de la traducción de Agata Orzeszek), editado en castellano por Editorial Anagrama, Barcelona, 2006.




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