A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
Fragmentos de nada: Aprehendiendo la espontaneidad Por Antonio Pardines Dos instantes cinematográficos me vienen a la mente ahora que pienso en libros que se queman. No son rebuscados, son para todos los públicos. El primero me trae la biblioteca en llamas de la abadía de El nombre de la rosa —la popular adaptación de la no menos conocida primera novela de Umberto Eco—. Se trata de un momento accidental que, por combustión, transforma los pensamientos que habitan las hojas en humo. Y el segundo me devuelve a Indiana Jones frente a las hogueras en el Berlín de la época nazi. Está siendo testigo de un acto programado para impactar a propios y extraños, tras el cual se percibe una declaración de intenciones. Las llamas, el papel ardiendo, los personajes, las situaciones dispares se confunden al pensarlas. Entonces presumo que reflexiono y divago. Me digo que la imagen de la Inquisición quemando libros —aunque al llamado Santo Oficio se le asocia más con la quema de personas, lo cual tamb...