A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
La roja chispa del bochorno Por Antonio Pardines En lo alto de un edificio, Theodore Pierce (Gene Wilder) piensa en cómo llegó a esa cornisa calzado en zapatillas que le quedan grandes y vestido en una bata que pertenece a otro marido, el de Charlotte (Kelly LeBrock), la imponente y hermosa modelo —siempre según la particular versión del narrador— que ha perseguido hasta ese instante para sentirse tal vez joven, puede que viril, triunfador o vivo, y con quien ha fantaseado para escapar de su rutina en el trabajo, con los amigos —todos ellos infieles consumados— o en su matrimonio. Theodore no lo dice, pero vive en la insatisfacción permanente y solo la ilusión de una cana al aire parece sacarle de la abulia que le caracteriza. Nada más fácil para explicar esa elevada situación inicial de Theodore, la que el público que se congrega en la calle asume suicida porque ignora que el aspirante a infiel está en las alturas por obra y gracia de un guion que nos explica en pretérito sus días de ...