<<Son unos cobardes, Ruanda no vale para ellos ni un solo voto… Franceses, británicos, estadounidenses…>>, afirma el presidente de Sabena Airlines (Jean Reno) en un momento de máxima tensión en Hotel Rwanda (2004), avergonzado por el desinterés de las grandes potencias ante una tragedia que saben será un genocidio que viene anunciándose desde tiempo atrás en las ondas ruandesas. La diferencia entre las “soluciones finales” expuestas en el cine es obvia, más allá del tiempo que las separa. La nazi alcanza un elevado número de films, desde la posguerra hasta nuestros días. Mientras que la ruandesa, por poner el ejemplo expuesto por Terry George en su película, se puede contar con los dedos de las manos. ¿Por qué? ¿Porque son africanos de un pequeño país montañoso que no interesa al llamado occidente? ¿Por qué no se hizo eco de la tragedia ruandesa, que se venía gestando desde 1959, año de la primera masacre vivida en un país que todavía no se había independizado, pero que estaba en vías de descolonización? ¿Por qué se llegó a ese apocalipsis que detallan Disparando a perros (Shooting Dogs, Michael Caton Jones, 2005), Siempre en abril (Sometimes in April, Raoul Peck, 2005) y Hotel Rwanda? El primer instante del film de George deja escuchar la voz radiofónica de la emisora RTLM, en manos hutus, que propaga el discurso de odio del ala hutu más radical, se transmite y se emplea para condicionar y guiar a la gente. Al despojar al tutsi de su humanidad, la radio no hace sino propagar las ideas de los ideólogos que han encontrado en el exterminio tutsi la solución para sus problemas de “espacio vital” y supervivencia. Desean que su gente sea la asesina de los tutsi y de la oposición hutu, para que así se cree la culpabilidad que no pueda dar opción. Sería algo así como el quemar las naves de Hernán Cortés al arribar al continente americano. Una vez cometido el crimen ya no hay vuelta atrás, puesto que todos son culpables, no hay más salida que hacia adelante. ¿Y por qué?…
Pues porque esa facción temía perder el poder si se alcanzaban los acuerdos entre el presidente del gobierno y la guerrilla tutsi que se había formado en Uganda, entre los hijos de las decenas de miles de refugiados del 59. Nadie sabe cuándo se inició realmente este distanciamiento que se volvería mortal de un mismo pueblo dividido en castas: pastores tutsis (la aristocracia) y campesinos hutu (la plebe sometida). Pero sí se sabe que fueron siglos de separación, de superioridad de unos y de vasallaje de otros, es decir las clases vivían en la distancia en las que los tutsis dominaban y los hutu acataban el lugar que les indicaban, y de un antes y un después de la llegada de los europeos —los belgas introdujeron el carné étnico en 1932, el que distinguía y distanciaba legalmente y definitivamente a unos de otros—. Y así seguirá hasta la llegada de los alemanes en el XIX, y después, con los belgas en el XX. Pero como la mayoría de los casos, el cine no explica el conflicto, expone el impacto, lo cual no deja de ser una imagen potente de un conjunto muchos más complejo que no surge espontáneo, sino de un largo proceso destructivo en el que el colonialismo europeo tuvo su parte de responsabilidad, puesto que los belgas, para retardar lo inevitable, la independencia ruandesa, fomentaron la cizaña para que los hutus asumiesen el control para frenar las ideas descolonizadoras abogadas por las élite tutsi… y al igual que Steven Spielberg en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), George sabe que el cine debe personalizar para atraer la atención; si generalizase, el público perdería interés y conexión emocional, la que le da un rostro y un nombre. En Hotel Rwanda: Paul (Don Cheadle) y Tatiana Rusesabagina (Sophie Okonedo), un matrimonio en quien se representa la utopía de la convivencia, pues él es hutu y ella tutsi. Paul no es un héroe al uso, es un hombre justo que busca sobrevivir en un entorno de crueldad desatada y de máxima apatía internacional. Ante el desinterés del mundo, a Paul no le queda más opción que actuar para salvar su vida y la de los otros, esos refugiados que aloja en el hotel del que es gerente y del que se ha ido el director blanco y europeo. Comprende que nadie intervendrá, ni gobiernos, ni iglesias, ni organizaciones no gubernamentales; nadie. La vergüenza que siente el coronel canadiense de los cascos azules interpretado por Nick Nolte resulta elocuente al respecto de este abandono; mismamente la confesión de Jack Daglish (Joaquin Phoenix) cuando Paul le dice, ingenuo, que al mostrar al mundo las imágenes de los crímenes, este intervendrá, aunque solo sea por la presión de la opinión pública: <<creo que cuando la gente vea esas imágenes dirá “¡Dios mío, qué horrible!” y luego seguirá cenando… ¿Qué coño sabré yo?>>. Esta frase no la dice un cínico, sino un ser humano superado por la sensación de impotencia que le genera comprender que vivimos anestesiados. El dolor ajeno ya parece no importar más que para una frase hecha: <<¡Dios mío, qué horrible!>> ¿Y luego qué? ¿Una manifestación, agitar banderas y después a comer al restaurante, ya con la conciencia tranquila porque ya hemos hecho un gesto? Aunque a diferencia de Paul, que hace suyos los usos de los coloniales, que emplea para salvar vidas, y del resto de los ruandeses (hutus y tutsis), este cámara de televisión y los demás corresponsales extranjeros, así como otros laicos y religiosos internacionales, tienen una salida hacia la vida que parece negárseles a quienes se quedan en el infierno…












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