Claudio Magris. Allí donde le lleva la corriente
Por Antonio Pardines
Al inicio, aquellos Neandertales que todavía no sabían jugar a la Oca, se plantearon cómo cruzarlo, pues creían que en la otra orilla el juego sería más divertido y la caza sería mayor. Pero, ¿cómo unir ambas orillas para facilitar el paso de nómadas que, probablemente, no pensarían ni sentirían la necesidad de asentarse, solo de sentarse y acurrucarse para jugar y recuperar fuerzas? Era difícil la respuesta y su ejecución, pues a ningún morador de la orilla opuesta se le ocurría una idea que solucionase la cuestión y salvase la distancia entre ambas, sin riesgo a que una crecida o la propia corriente los ahogase y arrastrase lejos de la vida. De aquellos primeros habitantes del Danubio, que lo recorrían a pie sin saber que algún día allí se levantaría y se destruirían (y reconstruirían) hermosas ciudades, no quedaba ni rastro, cuando los celtas y después los grandes imperios, empezando por el Imperio Romano, llegaron para hacer del río un flujo entre el pasado, el presente y el futuro.
¿A qué suena la corriente del Danubio? ¿A la música de Strauss o a la literatura de Joseph Roth; por ejemplo? Aunque importantes, estas solo serían algunas notas vienesas. La melodía danubiana se va completando con las notas que aportan los distintos lugares y gentes a los que la corriente fluvial concede su gracia, su transitar por el espacio y el tiempo.
Estoy tentado a dejar en paz a los nómadas del antes de ayer y a hacer un recorrido imaginario en sentido inverso al realizado por Claudio Magris en los primeros años de la década de 1980, cuando todavía existía el Telón de Acero y las canicas del mismo material. Por entonces Yugoslavia no había estallado en un largo conflicto bélico sangrante y Eslovaquia formaba la parte menos fotogénica de Checoslovaquia; en cuanto a dejarse ver, salvo Bratislava, la capital eslovaca, a una hora en tren de Viena, que florece bañada por el Danubio de aguas que en ningún caso son azules. Tampoco las vienesas lucen tal color, ni las de Buda ni las de Pest —que unidas por puentes y por la historia depararon Budapest—. El río transcurre por la superficie de una amalgama de pueblos, desde los germanos hasta los magiares, pasando por los serbios, los eslovacos o los rumanos. El Danubio, el de las aguas, no el de las páginas, es fuente de vida, también una corriente que hará chocar Occidente con Oriente, o este con aquel. En sus inmediaciones, cruzan sus espadas o lanzan sus petardos el antiguo Sacro Imperio y el no menos extinto Imperio Otomano.
El Danubio (1) no es un libro sobre puentes, tampoco sobre el río que le da nombre, aunque en cierto modo sí lo sea y hable de sus corrientes. Su autor lo recorre en el plano físico, en el que presume estar acompañado; mas lo importante es lo que encuentra allende la geografía. Su paseo fluvial a lo largo de los más de dos mil ochocientos kilómetros, desde el nacimiento en Baviera hasta la desembocadura rumana, depara un libro sobre qué significa y sobre qué germina en sus orillas históricas, humanas y culturales. También de aquello que se apaga y qué parece que pueda brotar en un espacio multicultural tan fértil y heterogéneo.
Hay libros que uno no sabe por qué quiere leerlos, mas siente el querer leerlos en cuanto conoce su existencia. Y cuando los lee, se va apoderando de él una sensación contradictoria: la de que no es el imaginado ni tampoco aquel que le invite a imaginar algo distinto. Pues algo así me sucedió con la lectura de El Danubio, en el que su autor, que lo divide en nueve partes, toma contacto literario con la cultura, la historia, los lugares, los ecos y los fantasmas que todavía se escuchan a las orillas del gran río centroeuropeo que transita por el extinto Imperio Austrohúngaro, ni que fuera Berlanga —cuya manía por nombrar en sus películas el Imperio de los Habsburgo era legendaria—, para verter sus aguas en el mar Negro, cuyo color iguala en irrealidad a las aguas azules.
Magris, germanista de vocación y de erudición, nació en Trieste, actualmente ubicada en Italia, pero años antes de lucir la bandera tricolor italiana, presumía su germanidad, al ser parte del imperio de los Habsburgo. Allí trasladaron a su abuelo y allí su abuelo fue testigo del cambio de nacionalidad, lo cual no deja de ser un cambio en la realidad geopolítica de la localidad triestina y un apunte de cómo el devenir histórico fluye igual de accidentado que el río que Magris recorre y nos explica, aunque no se trata de explicar su curso, sino el curso de las diferentes literaturas y hechos que se produjeron a lo largo de su historia, al menos de la historia humana, pues la fluvial se pierde en las brumas de los tiempos.
Lo curioso de mi lectura del libro se inició antes, cuando leí el nombre de su traductor al castellano, el catalán Joaquín Jordá, un cineasta que en los años 70 había viajado a Italia y allí pudo realizar algunos de sus primeros trabajos cinematográficos. Por entonces, Jordá era miembro del partido comunista o simpatizante, tal vez compañero de viaje, de modo que en el país transalpino pudo acceder a un amplio sector ideológico clandestino en España, y descubrir aspectos que en la Cataluña o en el Madrid franquista le eran difícilmente tratables a la luz del día. Pero también se encontró gentes que ampliarían su perspectiva; pues el encuentro con distintas personalidades, el conocer sus obras, sus historias, su idioma, sus ideas, le permitió ampliar los conocimientos propios. Ahora, pensando en él, veo ese contacto similar al de Magris con el Danubio, solo que el suyo, el retratado en su libro, no es personal en el sentido de que es para todo aquel que se aventure a acompañarlo en su mirar atrás y adelante recorriendo el devenir fluvial más internacional, pues baña diez países. No siempre fue así, pues hubo un tiempo en el que no existían las fronteras y otro en el que estas se situaban en los límites de los imperios que el río bañaba y a los que Magris regresa una y otra vez, pues es difícil entender la historia de ese espacio multicultural sin comprender que cualquier lugar vive en diversidad y en conflicto…
(1) Claudio Magris: El Danubio (traducción de Joaquín Jordá). Editorial Anagrama (Compactos), Barcelona, 1997.








