martes, 7 de julio de 2026

Todo fluye, pero ¿quiénes establecen el curso de la riada y quiénes cavan las fosas de quienes se ven arrollados por su corriente?



Todo fluye, pero ¿quiénes establecen el curso de la riada y quiénes cavan las fosas de quienes se ven arrollados por su corriente?


Por Antonio Pardines



El fallecimiento de Stalin, en 1953, abría el vacío de poder que desató la lucha que llevó a Nikita Jrushchov al trono soviético. Tras su victoria, el nuevo líder del partido comunista inició una política de cara la galería que se conocería como Deshielo —nombre que procede de la novela homónima escrita por Ilyá Ehrenburg, que así renegaba quizás para salvar el pellejo de su estalinismo—. Se trataba de un periodo en el que parecía que la Unión Soviética se abría al mundo, y a un mayor sentido de la justa proporción con los suyos y con los países satélites, aunque la proporción y la justicia continuasen siendo meras ilusiones. Pero algo estaba cambiando.


Hasta entonces, la Justicia que prevalecía en la Unión de Repúblicas Socialistas era la dictada por el interés de Stalin, pero ahora, muerto este, había dos posibilidades: callar o desvelar la locura que implicó la infernal utopía perseguida hasta las últimas consecuencias por el georgiano. Esto se sabía o sospechaba mucho antes del fallecimiento del autócrata, incluso antes de la gran purga de 1937-1938, como corroboran las impresiones de algunos de los periodistas o diplomáticos que, como el republicano Manuel Chaves Nogales o el socialista Fernando de los Ríos, visitaron el país de los soviets y no se dejaron impresionar…


La muerte de Stalin abrió posibilidades para un país que había sufrido su mano dura y la no menos cruda de Lenin, igual de implacable y sanguinario, pero más letrado, cultivado y teórico. Junto a Trotsky, Lenin fue el personaje de la Revolución de Octubre de 1917, pero, al contrario que el creador del Ejército Rojo, Lenin pasaría al panteón de las deidades soviéticas como el gran artífice del paraíso proletario. Por otra parte, de haber sufrido la mano de Trotsky (1), primero señalado como el diablo y después borrado de la historia soviética de la mano de Stalin, las repúblicas habrían comprobado una dureza aplastante similar —o eso se intuye de sus actos durante la revolución, en la posterior guerra civil y de sus escritos—. Pero Trotsky es una historia de terror para contar a los niños que se porten mal; la de hadas es el estalinismo que durante años se hizo pasar por una fantasía que todos estaban obligados a asumir como realidad ideal. Pero dicha ilusión se construyó a base de sangre y en buena medida gracias a la mano ejecutora de Beria, que fue borrado de un plumazo tras la muerte de su señor. Así solía borrarse cualquier cuestión que disgustase o molestase en tiempos del supuesto bueno de la película (Lenin) y del villano de la función (Stalin), y así se borró después de la muerte de Stalin, una muerte que deparó un respiro y la relajación de la censura que, entre otros grupos, ahogaba a los escritores.


El Deshielo implicó una especie de liberación que fue aprovechada por los escritores y los regresados del Gulag para hablar de las sangrientas sombras del pasado. Por otra parte, el nuevo poder sentía la necesidad de borrar la imagen paternal de Stalin. Había que hacer ver que no era el «padrecito» ni el «robabancos» a lo Robin Hood que el dictador había obligado creer a sus vasallos. Lo había logrado tras dos décadas de férrea omnipresencia estalinista, de agudizar el temor, de purgas y propaganda, incluso de la nueva «amenaza» que apuntaba un pogromo contra los judíos. Este se intuía próximo, pues los primeros pasos ya se habían dado, pero entonces el ogro del cuento utópico desapareció y el horizonte se despejaba de nubes de azufre y se abría a la esperanza volátil de un paraíso de mejor olor. Pero antes había que enfrentarse al pasado que apestaba, pues los cuerpos en descomposición todavía hedían. El pretérito estaba repleto de crímenes y de la culpabilidad de la población inmaculada, aquella que no sufrió la deskulakización iniciada en 1929, para obtener un rendimiento que industrializase un país agrario de la noche a la mañana, ni las cárceles, ni la deportación, ni la posterior estancia y muerte siberianas.


Las nuevas autoridades vieron con buenos ojos desvelar el continuo crimen estalinista (2), el que Martin Amis en su Koba el terrible (3) estima que se llevó por delante a unos veinte millones de personas, se encargaron de insistir en que el culpable ya había muerto, lo cual resulta dudoso si atendemos a lo expuesto por Vasili Grossman en Todo fluye (4), en la que señala esa culpabilidad general ante los abusos sufridos durante los años de reinado de Koba. Grossman había aplaudido a Stalin, había colaborado en sus escritos de guerra a elevar su figura a mito, pero poco después, cuando inició El libro negro (5), comprendió hasta donde alcanzaba la «bondad» del autócrata. Entonces cayó en la cuenta, en la realidad que había pasado por alto, la de millones de individuos como Iván Grigórievich, su personaje principal en Todo fluye, que no el protagonista de la novela, pues tal protagonismo recae en los crímenes estalinistas, en la culpabilidad y en los interrogantes para los que no encuentra una repuesta simple, tal como apunta el capítulo 7, en el que se juzgan los distintos tipos de cómplices, el 14, en el que mediante la voz del personaje femenino se intenta explicar la hambruna que siguió a la deskulakización cuyo «viraje definitivo se produjo entre febrero y marzo de 1930». O el capítulo 17, en el que se puede leer lo siguiente:


«Y el hombre construía cosas que no eran necesarias para el hombre: el canal entre el mar Báltico y el Blanco, las minas del Ártico, las vías férreas tendidas más allá del círculo polar, las industrias ultrapesadas y las centrales eléctricas superpotentes que se escondían en la taiga desierta. A menudo daba la impresión de que aquellas fábricas, aquellos mares y canales en el desierto no sólo eran inútiles para los hombres sino también para el Estado, y que aquellas construcciones imponentes sólo sirvieran para encadenar, con un trabajo pesado, a masas de millones de hombres.


Marx, el más grande marxista Lenin y el gran continuador de su obra, Stalin, establecieron como primera verdad de la doctrina revolucionaria la primacía de la economía sobre la política.


Y ninguno de los constructores del nuevo mundo se había detenido a pensar que construyendo aquellas enormes y pesadas fábricas, inútiles para los hombres y a menudo también para el Estado, refutaban la tesis de Marx.


Sin embargo, en la base del Estado creado por Lenin y construido por Stalin estaba la política y no la economía.


Era la política la que había determinado el contenido de los planes quinquenales de Stalin, el plan de los grandes trabajos. Era la política la que triunfaba indiscutiblemente sobre la economía en todas las acciones de Stalin, en su Consejo de comisarios del pueblo, en su Gosplán, en su Comité de abastecimiento, en sus Comisariados del pueblo para la industria pesada, la agricultura, el comercio.


Los constructores no creían, como habían hecho en tiempos de la guerra civil, que la revolución mundial, la Comuna universal, se realizarían. Pero creían que en el socialismo en un solo país, la joven y nueva Rusia, estaba el alba del día socialista universal.»


La riada que iba a cambiar el mundo, la que lo conmovió según John Reed durante diez días, pero a la población soviética durante décadas, se llevó por delante a inocentes y culpables, a campesinos y comisarios, a trabajadores y miembros del partido. Pero tal corriente, su «viraje» más extremo, no era ruptura, sino el seguir un curso que no dejaba de ser el fluir del todo (totalitarismo) que se venía imponiendo desde 1921, año del X Congreso del Partido Comunista (6). Y así todo debía fluir…



Notas


(1) Mi idea sobre Trotsky nace de su represión contra los soviets rebeldes de Kronstadt, que exigían libertad de prensa y elecciones libres, lo que significaría el fin del control absoluto pretendido por los bolcheviques. También se basa en sus escritos, por ejemplo su texto Terrorismo y comunismo, de 1920, en el que no le cuesta afirmar que, para lograr el éxito de la revolución, había que destruir el antiguo orden social «a sangre y fuego» —aquí cambio el habitual «hierro» por el fuego de las armas del siglo XX—, es decir, cualquier orden que no cuadrase con el suyo.


(2) Aparte de los nombrados, apunto otros títulos que desvelan dicho crimen:


Evgenia Ginzburg:

  El vértigo (traducción de Fernando Gutiérrez). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012.


https://www.galaxiagutenberg.com/producto/el-vertigo/


Vasili Grossman:

  Vida y destino (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. (Aunque esta novela se centra en el periodo de guerra, no oculta los usos del estalinismo, algo que sí hacía en la novela Por una causa justa)


https://www.galaxiagutenberg.com/producto/vida-y-destino-2/


Anna Lárina:

  Lo que no puedo olvidar (traducción de María García). Círculo de Lectores, Barcelona, 2006.


Varlam Shalámov:

  Relatos de Kolimá (traducción de Ricardo San Vicente). Minúscula, Barcelona, 2007.


https://www.editorialminuscula.com/libro/relatos-de-kolima/


Aleksandr Solzhenitsyn:

  Un día en la vida de Iván Denísovich (traducción de Enrique Fernández Vernet). Tusquets, Barcelona, 2018.


https://www.planetadelibros.com/libro-un-dia-en-la-vida-de-ivan-denisovich/88758


  Archipiélago Gulag (traducción de Josep Mª. Güel y Enrique Fernández Vernet). Biblioteca El Mundo, 2002.


https://www.planetadelibros.com/libro-archipielago-gulag-i/202624



(3) Martin Amis: Koba el terrible (traducción de Antonio-Prometeo Moya). Editorial Anagrama, Barcelona, 2006. 


https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/koba-el-temible/9788433970374/PN_577


(4) Vasili Grossman: Todo fluye (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007.


https://www.galaxiagutenberg.com/producto/todo-fluye-2/


(5) Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg: El libro negro (traducción de Jorge Ferrer). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017.


https://www.galaxiagutenberg.com/producto/el-libro-negro/


(6) El X Congreso fue en el que Lenin impone el pensamiento único (el suyo) y prohíbe las facciones internas dentro del partido; así como 1921 es el año en el que, sin mancharse directamente las manos de sangre, aplasta la rebelión de Kronstadt —aplastamiento y represión llevados a cabo por Trotsky y Tujachevski, que fue purgado para la eternidad en 1937—. También se produce la primera hambruna. Y cabe recordar que el uso de la propaganda y de la censura, la creación de la checa y de los campos que Stalin llenó y llevó al extremo, son de la época del bueno de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin.


Fotografía de cabecera: San Xusto (Noia), 20 de junio de 2026.

lunes, 6 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Sabores ibéricos



Fragmentos de nada: Sabores ibéricos


Por Antonio Pardines



Desde décadas atrás se sabe que el psiquiatra Antonio Vallejo Najera estaba para firmar su inclusión en un centro de salud mental, siquiera por pretender encontrar un gen rojo que determinase el comunismo —obviamente ignoraba que muchos de sus pacientes eran más viejos que la mayoría de los comunistas españoles—. Lo que viene a corroborar que los nombres que asoman en los callejeros y en los monumentos no siempre son grandes ni han exhibido un comportamiento que pueda decirse lucido, equilibrado, ético o sencillamente correcto, aunque la corrección política es otro cantar que cambia de letra según sople el viento de levante o de poniente. De hecho, ningún personaje de la historia es inmaculado, tampoco los anónimos lo somos, ni siquiera los virgenes. Pero casos como el de este catedrático son de los que no se entiende que, a las puertas de cumplir medio siglo de Constitución democrática, sea ahora y no antes cuando se le retire una medalla que ni el uno por ciento de la población sabía que poseía. Incluso estoy por dudar que el noventa y nueve por ciento de la gente supiese quién era tal fulano. ¿Por qué en este momento y no años o decenios atrás? ¿Una cuestión de salud pública o de curarse en salud? ¿Por motivos similares, pero de espectro contrario, a los que llevaron a condecorarle?


Probablemente, tal acción obedezca a la intención de desviar la atención sobre cuestiones que amenazan la imagen del Poder actual. Pero ese supuesto doctor en salud mental, no me interesa, tampoco la acción de la política, sino que mi pensamiento me lleva ahora a un grande de la historia española, el intelectual coruñés Salvador de Madariaga, y a su libro España (1), que el tiempo (y las distintas corrientes de pensamiento que se han sucedido) muestra hoy caduco. En él, ya hablaba de distintos tipos de «razas» peninsulares, en un sentido cultural y psicológico que alejaba al término del carácter biológico en el que insistía el «mad doctor». Indicaba diferencias, superioridades e inferioridades, que cualquier lector actual con un mínimo de cultura y con su capacidad crítica activada no podrá más que dudar de la sabiduría que se le atribuye. Lo que proponía el escritor, historiador y político republicano —ministro de Instrucción Pública, de Bellas Artes y Justicia entre marzo y mayo de 1934 con Alejandro Lerroux y miembro de la Sociedad de Naciones en tiempos de Miguel Primo de Rivera— era, hablando claro, al tiempo alucinado y arcaico. Los castellanos son su ejemplo de superioridad, también salían bien parados los catalanes y los vascos; es decir, se decantaba por el dominador y por sus dos amenazas más importantes, amenazas por su resistencia, la que se inicia en el siglo XIX, junto a la gallega (2). Pero esta no cuenta para él, ni para nadie, puesto que no existía una burguesía tan poderosa como la catalana o la vasca.


Portugal aparte, el resto de identidades de la Hispania Romana, la invadida por Suevos, por los efímeros Vándalos y Alanos, posteriormente por Visigodos —el pueblo germano que se impondría a los suevos— y después por los Omeya, la poderosa familia islámica que no alcanzó el dominio total de la superficie peninsular, apenas eran para el intelectual meras comparsas que debían aceptar su rol secundario. Su libro, publicado por primera vez en 1929, fue escrito a petición del gobierno británico para explicar qué «carallo» era España. Y abarca cientos de páginas de pensamientos, ideas y detalles de la historia de Castilla, puesto que, para Madariaga, anticomunista, antifranquista y europeísta declarado —lo cual choca con su postura centralista en España—, igual que para Claudio Sánchez-Albornoz y otros historiadores procastellanos, en Castilla nace España y España es fruto de Castilla, a lo sumo también de la Corona de Aragón antes de serlo de los Austrias. En fin, consciente de la posibilidad de excepciones, la historia de cualquier lugar siempre ha sido sesgada, y nada apunta a que no seguirá siéndolo —hay tantos intereses, olvidos y subjetividades en juego—, del mismo modo que los historiadores son estudiantes, subjetivos, ambiciosos, acomplejados, falibles, interesados y tan humanos como cualquiera de nosotros…


Notas


(1) Salvador de Madariaga: España. Ensayo de historia contemporánea. Espasa-Calpe, Barcelona, 1979.


(2) Dos ejemplos del ninguneo de Madariaga los hallé en las siguientes frases: «Dejando a un lado, por ahora, el vasco, existen en la península tres lenguajes principales: el castellano en el centro; el portugués en el sudoeste (con el dialecto gallego en el noroeste) y el catalán en el nordeste (con el dialecto valenciano en el sudeste).» «Así como Galicia es la transición entre Portugal lírico y la Castilla dramática y el plástico Levante». Y los hallé porque hay un olvido claro, que Galicia existió como provincia y como reino autónomo antes que Portugal (que era el condado que Alfonso VI cede a su hija Teresa) y Castilla, que nace como una marca del reino de Léon, por lo que intuyo que Madariaga se olvida ciertos sustratos y también de la influencia gallega a la hora de formarse las coronas portuguesa y castellana.


Asimismo, me llamó la atención leer en su Ensayo que el pensador, federalista europeísta e historiador hable de «lenguaje portugués» y «dialecto gallego», cuando el primero tiene su origen en Galicia, puesto que nace galaica y se asume galaicoportuguesa. Y resulta de esa manera, si tomamos como referencia su nacimiento geográfico, porque nace en el noroeste; y la importancia política de entonces, cuando el condado de Portugal, en manos de Teresa y Enrique de Borgoña, es vasallo de la Galicia de Urraca y Raimundo; respectivamente, la hermanastra de Teresa (que esta era hija ilegítima de Alfonso VI) y primo del otro borgoñón. La prematura muerte de Raimundo quizás significó un traspiés para una mayor perdurabilidad de la corona gallega que ostentaría su hijo Alfonso Raimúndez, quien pasaría a la historia como Alfonso VII, tras su coronación como rey de León.

sábado, 4 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Un paseo por aquellos árboles



Un paseo por aquellos árboles


Por Antonio Pardines



Mirando aquellos árboles creí ver al barón rampante (1) dando saltos, pero, al ver a la pequeña ardilla, pronto descarté tal posibilidad, mas no alejé de mi mente al personaje de Italo Calvino. Sucede que a veces un pensamiento llega para quedarse un instante, se quiera o no. Da vueltas por el magín y no sabes cómo echarlo. Más bien sucede que, al desear que se vaya, se fortalezca e insista. Toma y toma, parece decirte. Así que decidí ser yo quien diese el primer paso y jugar con él. Nada mejor tenía que hacer, ni que perder ni ganar, en aquel momento. Lo primero que me dije fue una obviedad, que Italo no era pariente del dogmático e intolerante reformista suizo que impuso su visión selectiva de la salvación: «tú naces salvado y tú condenado, así que hagáis lo que hagáis, nada cambiará vuestra vida ultratumba». Lo cierto o lo incierto es que puede estar acertado y que todos acabemos en la nada inmutable; de lo que se deduce que daría igual que la suma de nuestras buenas acciones superasen a las de las malas. Claro que habría que establecer cuáles son unas y cuáles otras, por qué se establecen así y para qué. En cualquier caso, me dije después de la última reflexión ¿qué podrían hacer el reformista y el barón en nuestros días? ¿Dónde condenar el suizo y dónde rebelarse el rampante, para hacernos notar el primero su intolerancia y el segundo su disensión, su saltar a contracorriente?


El religioso calvinista lo tendría fácil, pues el mundo siempre ofrece espacio donde condenar a otros; pero visto que los bosques y las selvas se reducen a lugares concretos del globo, la mayoría ya alejados del área del barón rampante, este tendría que brincar de rama en rama lejos de los ojos humanos, en la distancia que ni un catalejo podría acercar. Así nadie sabría por qué se empeñaba en no pisar suelo, así caería en una inexistencia o en un hacerlo por sí, porque lo hace por y para sí mismo. Nadie, tal vez ni siquiera su hermano pequeño, contaría su historia, pero eso no querría decir que no existiese o no la viviese. Por descontado, el buen Calvino no la narraría. El caso es que el escritor de Las ciudades invisibles sí inventó uno de los personajes más populares de las aventuras infantiles y juveniles terrenales, y digo terrenales porque ignoro qué literatura se escribe en el resto del universo. Al tiempo que entretiene contando desde la infancia del héroe, se observa entrelíneas la patada en el culo que Cósimo da a la sociedad aristocrática a la que pertenece y la que ya intuye desde la infancia que no le dejará ser él. Pero el héroe del Calvino italiano, que no del suizo, no quiere ser otro que aquel que decide ser. Y ese es el que camina por los árboles como perico por su casa, quien lo hace porque es su manera de expresar disconformidad, también su búsqueda de singularidad y su modo de soñar, sin huir, buscando otra manera de mirar el mundo. O quizás esa otra manera sea la que despierta en su hermano y narrador al descubrir las aventuras del primogénito de los hijos del barón y la baronesa de este segundo título (y el más popular y logrado) de la trilogía de Nuestros antepasados…


(1) Italo Calvino: El barón rampante (traducción de Esther Benítez). El País (Clásicos del siglo XX), Madrid, 2002.


Fotografía de cabecera: parque de Fontiñas (Santiago de Compostela), junio de 2026

viernes, 3 de julio de 2026

Las cosas que nunca mueren (1991)



¿Qué cosas que importan?


Por Antonio Pardines



Debido a problemas económicos de la productora Orion Pictures, la que sería la última película dirigida por el británico Tony Richardson, Las cosas que nunca mueren (Blue Sky, 1991), se estrenaría con tres años de retraso respecto a su rodaje. Finalmente, pudo proyectarse en las salas comerciales en 1994 y esto supuso que su protagonista femenina, Jessica Lange, fuese premiada con el Oscar a la mejor actriz del año, cuando, en realidad, lo habría sido de tres atrás. Pero aun dejándonos llevar por el engaño del tiempo, que siempre juega con nuestra percepción e ilusiones, y a veces en complicidad de la cirugía estética y de las empresas cosméticas, si lo fue o no, ya saben cómo son los premios, incapaces de una valoración real que establezca mejores y peores. Pero hablando de realidad, la interpretación de Lange clava a una mujer que sueña con las estrellas, no en plan Tycho, Copérnico o Galileo, sino en plan consumidora voraz del star system femenino en el que brillan Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Ava Gardner, Elizabeth Taylor e incluso Doris Day, la ñoña aséptica en la pantalla y quizás más sexual y salvaje fuera de ella. Todas ellas son mujeres con cuerpos y caras que si ves en un callejón nocturno echas a correr, quizás más hacia ellas que huyéndolas.


Carly sueña ser una de estas divas de celuloide que son el deseo de muchos y la envidia de otras tantas. ¿Por qué quiere ser a imagen de esas divas solo existentes en las portadas de las revistas, en el imaginario popular y en el celuloide? Parece evidente, como cualquier sueño despierto, el suyo la aleja de la realidad de un mundo hipócrita y desquiciado donde, como cualquier ser equilibrado, Carly se siente atrapada, puede que ninguneada, tal vez frustrada, si no insistiese en liberarse. Lo hace día a día, lo hace mostrando su cuerpo y su armonía, lo hace no para satisfacer una ninfomanía, puesto que ya siente satisfacción en su relación marital con el mayor Marshall (Tommy Lee Jones). Madre de dos adolescentes, ama de casa, esposa de militar, es, sobre todo, una mujer singular, emocional, sexy, liberada, que rechaza esos prejuicios que tanto gustan a las Ligas de la Decencia, las mismas que no condenaron los lanzamientos de bombas atómicas o la dantesca caza de brujas, y a los mojigatos que de puertas adentro se masturban pensando en las cuevas y rincones escondidos de su cuerpo, como sería el caso de ese coronel (Dale Dye) que recrimina al marido el comportamiento de su mujer, uno para nada censurable. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué asume que es un comportamiento indecente, alocado o inmoral? Mas, ¿quién es más inmoral? ¿Ella, a la que le importa vivir y sentir, o quien juega con bombas nucleares que podrían acabar con medio mundo y no pocas estrellas?

jueves, 2 de julio de 2026

El oso (1988)



Lo humano del oso y lo bestia del humano


Por Antonio Pardines




En los albores de la especie, el ser humano sobrevivió y evolucionó gracias a la tecnología, sin ella, probablemente, habría perecido durante los tiempos expuestos por Jean-Jacques Annaud en En busca del fuego (Le guerre du feu, 1981) o incluso antes de que nuestro antepasado simio de 2001, una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968) descubrirse que un hueso podría facilitarle el camino. Miles de años después del paleolítico, en El oso (L’ours, 1988), Annaud se sitúa en la Columbia Británica para su adaptación de la novela de James Oliver Curwood The Grizzly King. Y lo hace en distancia, cuando quieras ser más documental, y también en la cercanía —cuando invade la intimidad— de las imágenes del excelente director de fotografía Philippe Rousselot para observar un duelo mortal entre la fuerza natural y la tecnológica. Lo observa y escucha sin querer intervenir, aunque ya desde el inicio sus simpatías apuntan hacia el lado salvaje y frunce el ceño ante ese animal tecnológico que es el ser humano. De natural mamífero, el humano ha necesitado crear, manipular y destruir para sobrevivir al entorno y sentirse dueño de él. No ha superado sus miedos ni sus zonas oscuras, pero sí ha logrado ocultarlas tras esa tecnología que ha ido evolucionando y ha deparado herramientas como las armas de fuego. Con ellas, puede abatir a cualquier mamífero que habita el bosque en libertad, y expuesto al medio donde Tom (Tchéky Karyo) y Bill (Jack Wallace), el cazador novato y el experimentado, irrumpen y se ocultan para sorprender y también para ponerse a salvo de la gigantesca pieza sobre la que el primero dispara sin la menor compasión. Aprieta el gatillo con la profesionalidad de quien hace su trabajo. Pero esa distancia de seguridad asumida por el trampero resulta insuficiente. No falla, pero no logra abatir a su objetivo, el cual desatará su furia, más no su odio ni su venganza, ya que estas parecen ser otras de las diferencias de la humanidad respecto a sus familiares de otras especies. Esta aventura decimonónica propuesta por Annaud podría darse en otra época, incluso en la de En busca del fuego, puesto que se trata de una historia de aprendizaje, de amor y de supervivencia, aunque en esta los atributos positivos, tal como sucedía en las producciones Disney, recaen en los animales; quizás este enfoque que desvela el cariño animal fuese el que convenció al protagonista del magnifico documental Grizzly Man (Werner Herzog, 2005) para vera los osos como sus grandes amigos.


La amenaza expuesta por Annaud, que volvía a colaborar con Gérard Brach, su guionista habitual, y con una partitura de Philippe Sarde —notas que suena con la presencia humana— no es el hambre ni el frío, que podrían ser los motores de la tribu de En busca del fuego, sino la mezquindad y bestialidad del hombre. La historia de Kodiak y Cub, dos actorazos que merecían haber ganado los Oscar y los César a las mejores interpretaciones del año, arranca con el segundo, un lindo y tierno osezno, que se siente protegido y juguetón al lado de su madre. Pero esta muere en un accidente, cuando unas rocas le caen encima, y la cría se queda huérfana. Entonces, como en cualquier ser vivo, la naturaleza actúa y le empuja a continuar y sobrevivir. Así avanza por un espacio natural que todavía no domina ni conoce, pero en donde se produce su encuentro con el oso que ha sido herido por Tom, uno de los dos cazadores que merodean por la zona en busca de pieles que cazar y vender. Obviamente, no cazarían si no tuviesen compradores, de modo que asumen justa su presencia y su caza, pues, en un primer momento, se trata de ejercer la profesión que les da de comer. Pero, cuando el trabajo sale mal, los cazadores no asumen su fallo ni su criminalidad. Ambas las achacan al enorme grizzly, lo que conlleva la obsesión del cazador por dar muerte al oso que, aun herido, se le escapó. Esa nueva situación abre una nueva realidad, la del humano incapaz de asumir que no puede dominar el medio natural que se empeña en usar a su antojo, como su fuente de ingresos o como su despensa exclusiva. En ambos casos, sin tener en cuenta que también es el hogar y la despensa de otros seres vivos, tales como esos dos osos que, una y otra vez, Annaud ofrece como modelos de conducta de los que, si los tramperos logran despojarse de su ira y de su miedo, podrían aprender cuando comprendan su culpa y alcancen el perdón…

miércoles, 1 de julio de 2026

Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Fragmentos de nada: Y ahí entra Kafka


Por Antonio Pardines



Allí, dudando si entrar en la autopista o tomar la carretera del pedrón, detuvo su híbrido de caballo y burra. Sabía que introducirse por la carretera de peaje estaba prohibido para su mula, que aceptó el alto y lo aprovechó para rumiar en el arcén, en las inmediaciones de uno de esos árboles que los ayuntamientos suelen plantar para disimular que el asfalto es una jungla de cemento y alquitrán llena de peligros, de rutinas que encadenan y de vidas anónimas que apenas importan más allá de su número fiscal. Dudaba porque se había quedado sin blanca; no tenía ya para pagar un alquiler prohibido y había perdido su automóvil. Y ahora estaba a punto de perder su trabajo porque llevaba varios días sin poder llegar a tiempo.


—La cosa no pinta bien —se dijo—. ¿Cuánto dinero habré dejado en esta autopista? —se preguntó—. ¿Y para qué? ¿Para ir de un lugar a otro, sin ir a ninguna parte? —añadió.


Los últimos veinte años los había pasado yendo a diario por un tramo de aquel eje que unía el país de norte a sur y de sur a norte. En no pocos de sus tramos ni siquiera era una buena carretera, pues había momentos en los que las curvas ganaban por goleada a las rectas.


—Cuestión del terreno —recordó haber escuchado en más de una ocasión.


Aun así, más de veinticinco mil vehículos la transitaban a diario por alguno de sus tramos. En la radio que llevaba en la alforja hablaban de que dicho peaje aumentaba en un uno por ciento anual acumulativo. Escuchaba a la locutora decir que «debido a un acuerdo ofrecido por un gobierno de izquierdas, para no tener que pagar las obras de puente que cruzaba la ría». Otro de los contertulios, hizo un sonido extraño, como si fuese el de una pedorreta, pero el conductor no quiso creer que eso fuese posible entre colegas. Pero el de la pedorreta pronto se dignó a hablar y dijo algo así como que la empresa llevaba gestionando el servicio desde el 2000, año en el que un gobierno de derechas se la había concedido sin concurso durante casi medio siglo. Remarcó esto varias veces, lo que supuso una insistencia que no pasó desapercibida para el conductor.


Pensando en lo que acababa de escuchar, aquella concesión primero le pareció una tomadura de pelo, después una eternidad temporal y finalmente la sintió como una tumba, pues dudaba si viviría para ver el día en el que aquel lucrativo negocio concluyese y la carretera se liberara. Ni más ni menos, tendría que seguir pagando de por vida, si quería transitarla. Los invitados continuaban largando, en una parrafada desordenada y crispada de la que solo sacó en claro que la empresa continuaría ingresando más de doscientos treinta millones de euros anuales a cambio de nada, aunque hubiera entregado más de mil millones a cambio de la concesión y su compromiso a pagar de su bolsillo el mantenimiento y las obras de arreglo como las del periférico que circundaba la capital. Nada, porque tenía tiempo de sobra para recuperar treinta veces lo invertido. 


La mula hizo sus necesidades, el conductor las recogió con un guante de acero, el único recuerdo del esplendor familiar, y las introdujo en un saco de patatas. Buscó a su alrededor un contenedor de mierda, mas todavía no había ninguno y decidió echarlo al orgánico. Se creía un tipo cívico, cumplidor con las normas. De haberle preguntado, se habría definido como un ciudadano corriente que respeta los espacios comunes, aunque nunca hubiese votado a un partido político, pues estos, según creía, eran particulares.


—Buenos son todos, que nunca ponen sus cartas sobre la mesa. Nos toman por tontos con sus mutuos ataques circenses y superficiales… Solo cada cuatro años presumen que nos respetan, ¡ja! —respondía cuando le preguntaban por qué no simpatizaba con ninguno.


Pero, allí, delante del cartel que indicaba la entrada a la autopista, comprendió que estaba atrapado en lo que decidiesen aquellos actores que ocultaban sus verdaderas intenciones. Sus discursos, sus rostros y sus poses públicos desviaban la atención de los intereses propios y del mercado, los de las empresas que, como la gestora de la carretera, eran el alfa y el omega del sistema. Ahora, se dijo, ya monta tanto Isabel como Fernando. Sabía que gigantes como esta miraban exclusivamente los beneficios a repartir entre su accionariado. Mas nada podía hacer, tampoco para recuperar lo perdido tras lo de su coche.


Aquel espacio supuestamente era de todos los habitantes del país, más la realidad señalaba que no, que era de una multinacional que lo alquilaba. Presumía que si llevabas en el vehículo un aparato «regalado» por el banco, te descontaban íntegramente el viaje de regreso. Eso sí, si regresabas en el mismo día. Pero no te explicaba que esa gratuidad corría a cargo del gobierno de turno. Entonces, el conductor pensó en lo que había escuchado decir a un vecino:


—De gratis nada, Josef, que sale de nuestros bolsillos.


«Chatara, chatara. Se recoge todo tipo de charara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…», escuchó repetidas veces en la distancia que se acortaba. Aquella voz con acento que supo marroquí se buscaba la vida como buenamente podía. Provenía del altavoz de una vieja furgoneta que se acercaba sin prisa. Sonrió, no pudo evitarlo, ante aquella aparición que le develaba otra realidad urbana. Aunque distinta, su imagen le recordaba la de su viejo automóvil, que se había muerto de viejo. Era un coche malo que no pudo sanar. Y sin poder asumir el coste de uno nuevo, aunque fuese de segunda o tercera mano, le llegó el desahucio y posteriormente la pérdida de su bienestar. Todo, la gran mentira, se reducía a un simple vehículo y a unas monedas que a diario entregaba en el peaje. Era un ritual laboral, pero también el de la sumisión a un sistema que, vendiéndole libertad, le oprimía, lo exprimía y decidía por él.


Y ahora, la pequeña radio que sonaba en su alforja explicaba que la Gran Comunidad declaraba ilegal lo que aquel gobierno había hecho veintiséis años atrás; porque la acusación señalaba que no hubo concurso sino cesión a dedo. Pero no se explicaba que demostrar esa ilegalidad, y poner fin al negocio de la empresa, no iba a beneficiar a los conductores ni al vecindario al completo, sino a la empresa que ganase el concurso, incluso puede que lo ganase la misma empresa a la que habría que indemnizar del bolsillo del ciudadano, si ponían fin a su negocio. Pensar en aquello le hizo rascarse la cabeza, no por incomprensión, sino porque notó la tomadura de pelo que significaba todo aquello, puesto que fuese cual fuese el resultado, el coste lo asumiría el ciudadano de a pie, tuviese o no vehículo.


—Es curioso, hay ilegalidad, pero no habrá responsable penal —parecía hablar con su mula, que continuaba buscando hierba alrededor de aquel árbol tan delgado que casi parecía una vara de escoba—. Si es que a la Comunidad solo le interesa la imagen de que hace justicia, aunque dicha justicia vaya en contra de quienes dice defender sus derechos… —dudó un instante antes de concluir—, sea como sea el ciudadano está perdido en un laberinto de intereses, usos y abusos del que nunca podrá salir.


«Chatara, Chatara. Se recoge todo tipo de Chatara. Lavadoras, cocinas, baterías de coche malo. Chatara, chatara…». La voz metálica se alejaba tomando la vieja carretera que conducía al pedrón, la misma que decidió tomar para llegar al trabajo. Lo haría con retraso, pero a quien le importaba salvo a él, que era autónomo y el dinero que entraba ya no daba para cubrir gastos…


Montó en su mula y le susurró:


—Vamos Kafka, entra por ahí, que la autopista no es para ti ni para mí.