Yo soy más vendible
Por Antonio Pardines
«Otto Preminger me llamó desde New York. Le molestaba que Trumbo estuviese trabajando en Spartacus en lugar de dedicarse a Exodus (Éxodo), su proyecto. También le asombraba que yo difundiera abiertamente el nombre de Dalton Trumbo.
No mucho después, Preminger celebró una conferencia de prensa anunciando que Dalton Trumbo sería el autor de Exodus», escribió Kirk Douglas en El hijo del trapero (1), autobiografía publicada dos años después de la muerte de Otto Preminger. Respecto a lo dicho por Douglas, ¿qué podría decir Preminger entonces?
En enero de 1960, Otto Preminger anunciaba a la prensa que iba a devolver el nombre de Dalton Trumbo a la pantalla, siendo así el primero en desafiar públicamente al sistema que impuso las listas negras, pero el imaginario popular prefiere olvidar a quien no pone rostro ni presumió de su actuación, creando sus héroes y sus ídolos a partir de aquellos a quienes sí pone rostro. De modo que suele escucharse que fue Kirk «Kikirikí» Douglas, el gallo del (O. K.) corral, quien desafió las Listas de un modo similar a como Espartaco desafió a la República de Roma. Y lo hizo, pero sin el riesgo asumido por el esclavo, pues lo hizo tras el paso dado por Preminger y por otros a quienes se les ningunea su importancia en un proceso largo y costoso, no de dinero, sino de esfuerzo y salud emocional.
«Como guionista contrató a Dalton Trumbo, que en 1947 había sido incluido en la lista negra por supuestas actividades comunistas. Eran tiempos de Guerra Fría, de caza de brujas y de interrogatorios dirigidos por el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de Estados Unidos. Trumbo y otros represaliados seguían trabajando en Hollywood bajo seudónimo, pero Otto desafió a la lista negra incluyendo el nombre de su guionista, con todas sus letras, en el genérico de Éxodo. Para él, en democracia, cada uno era libre de tener las ideas políticas que considerara oportunas. La influencia del director fue, por tanto, fundamental en la abolición de las listas negras», señala José de Diego en la monografía (2) que dedica al director de Laura (1944). El propio Dalton Trumbo reconoció que el paso más difícil de dar fue el del director y productor de Éxodo (Exodus, 1960), que llegaba a las pantallas dos meses después de Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), que se estrenó en octubre —Douglas había anunciado en agosto, siete meses después de Preminger, que el nombre de Trumbo aparecería en la pantalla—, adelanto que se queda en la memoria colectiva y borra el anuncio de Preminger, quien, por otra parte, no caía simpático, por su fama de tiránico, titánico e independiente.
Desde entonces, Douglas se dedicó a fomentar y fortalecer el mito de que él había sido el valiente que puso fin al sinsentido para el que estuvo trabajando a lo largo de los años, el mismo sistema en el que se enriqueció sin chistar ni soltar un «algo huele a podrido en Hollywood». Y su intención de convertirse en leyenda quedó expuesta por él mismo en su libro Yo soy Espartaco… (3) donde no habla de la cara oculta de la luna, de esos despachos en los que Edward Lewis, el productor de Espartaco a quien Douglas relega a un rol secundario —cuando, en realidad, resultó principal—, Preminger y el propio Trumbo iniciaron la batalla que acabaría con las listas negras.
No fue una cuestión de un héroe que brota espontáneo, sino una larga travesía en las sombras que sufrieron Trumbo, Albert Maltz o mismamente Howard Fast, el autor de la novela —la escribió en la cárcel, cuando cumplía su pena por negarse a delatar comunistas— que la estrella quiso adaptar a mayor gloria suya, una gloria suya que chocaba con la desmedida ambición de un Kubrick que se ofreció a firmar con su nombre el guion de Trumbo. Esta intención hirió al guionista hasta el extremo de luchar por su autoría, presionando a Lewis y a Douglas con la carta blanca que le había dado Preminger. La artimaña de Kubrick y la presión de Trumbo fueron los detonantes para el posterior movimiento de Lewis y Douglas, que no vieron con buenos ojos el movimiento del joven director, pero quizás por motivos distintos…
En 2012, Douglas, sin que ninguno de los implicados (y nombrados) pudiese contradecirle, entregó a la imprenta su versión pormenorizada del rodaje, una versión que insiste en su heroicidad, en su valentía y en su generosidad. Ya hacia el final de Yo soy Espartaco escribe:
«La primera llamada que atendí era del director de cine Otto Preminger. Estaba en Nueva York preparándose para rodar Éxodo para United Artists. El guionista de Preminger era Albert Maltz, otro de «los Diez de Hollywood» que, al igual que Trumbo, no había vuelto a trabajar con su nombre real desde hacía más de doce años.
—¡¿Keerk?! —gritaba para hacerse entender, tanto por la conferencia de larga distancia como por su marcado acento alemán.
—Hola, Otto. ¿Cómo estás?
—Fatal. ¡Por tu culpa!
—¿Cómo es eso, Otto? —yo estaba tranquilo.
Conocía a Preminger lo bastante para saber que, por su carácter, era un gritón. Cuanto más gritaba uno, más gritaba él. Yo ya tenía el teléfono apartado del oído… ¡y eso que él estaba a casi cinco mil kilómetros!
—¡¿Cómo te fa?! ¿Safes quién es mi guionista? ¡Es Maltz! Si tú pones el nombre de Trumbo en Espartaco, la cosa va a arruinar las dos películas. ¡No puedes hacer eso!
—Otto, ya está decidido.
Y me colgó el teléfono en todo el oído.
Pero tenía que decirle la verdad a Otto. Lo que estaba decidido, estaba decidido. El nombre de Dalton Trumbo aparecería en Espartaco.
Tan solo unas semanas después, me sorprendió enterarme de que Trumbo… ¡también iba a escribir Éxodo!»
Como ya he dicho arriba, Trumbo reconoció que el paso más difícil lo dio Preminger, que no resta al dado por Douglas, quien durante el periodo de 1947 a 1959 trabajó para el sistema sin decir nada contra lo que estaba sucediendo. Por entonces, quizás cuando se pudo haber parado al Comité si este hubiese encontrado las puertas de Hollywood blindadas, ni Preminger ni Douglas, más preocupado por aupar su carrera al estrellato —algo que no tardaría en conseguir—, acudieron a Washington en aquella famosa marcha encabezada por Huston, Bacall o Bogart, que después se retractó y dijo que le habían engañado. Si se comparan los dos textos que he compartido de Douglas, hay contradicciones entre lo que escribe en 1988 y en 2012, en este último incluso parece mofarse de Preminger. Como independiente, Preminger no se regía por el acuerdo firmado por los Estudios en 1947, el que decidió las listas negras.
Lo que parece quedar claro es que fue Trumbo quien, al presionar a Douglas, junto al productor Edward Lewis, puso a la estrella en la tesitura de tener que elegir: o aparecer como héroe o como cobarde. Trumbo ya tenía en ese momento el cheque en blanco que Preminger le había dado (no sé si de forma consciente) al afirmar públicamente que su nombre iba a escribirse en los créditos de Éxodo y esto empujaba a Douglas a una única opción. Después, una vez estrenadas Espartaco y Éxodo, y tras la tempestad que se calmó, Trumbo y el resto de los represaliados ya podían firmar sin problema. Por otra parte, Douglas despidió al autor de la novela y cambió el mensaje marxista de aquel. Fast no lo encajó bien; en realidad no dudó en mostrar indignación. Sea como sea fue un proceso que llevó tiempo y que no tuvo un héroe, sino muchos hombres y mujeres rotos. Ni Douglas ni Preminger vivieron en el purgatorio, pero sí Trumbo, el idealista Maltz —que fue despedido por Preminger por lento y meticuloso en la escritura del guion de Éxodo y, poco después, por Frank Sinatra, que no soportó las presiones mediáticas de los más conservadores del lugar— o Howard Fast, a quien, por principios e ideas políticas, no le quedó otra que escribir su novela Espartaco en la cárcel.
Si los magnates, que temían por sus imperios, no hubiesen firmado en el Waldorf en 1947, posiblemente la historia fuese diferente; un frente de oposición hubiese frenado al senador J. Parnell Thomas, que años después fue condenado a prisión por corrupción, y a Joseph McCarthy y los suyos (entre los que se contaba un joven llamado Richard Nixon) que tomaron el testigo.
De regreso a Douglas, el reproche que le hizo la familia de Trumbo, en concreto su hija Mitzi, fue el querer hacerse con el rol de héroe único, el de tergiversar la realidad para pasar a la historia ya no solo como la gran estrella que fue, sino como un Espartaco del siglo XX. Pero nadie le negó que, una vez analizada la situación, diese el paso que le exigían Lewis y Trumbo.
Aquella época fue un sinsentido y todo sinsentido desobedece a la lógica. Pero hubo víctimas reales a las que prácticamente nadie ofreció un mínimo de ayuda o de consuelo, exiliados, encarcelados, incluso muertos, de modo que en la vida real se vieron las costuras éticas de muchas personalidades que lucían sonrisas en la pantalla, en las fiestas de sociedad y en las alfombras rojas.
Obviamente, Douglas y Preminger fueron fundamentales porque hicieron lo correcto, si tarde o temprano, depende de la perspectiva con la que se mire. En 1950, durante la Asamblea de Directores que presidía, Joseph L. Mankiewicz se posicionó contra el juramento anticomunista que Sam Wood, Leo McCarey, DeMille y otros exigían a los directores. En ese instante, Mankiewicz defendió el derecho a la libertad contra dicho juramento y posibles probables represalias y las listas consecuentes al mismo. Posiblemente, habría fracasado, pero fue entonces cuando encontró un apoyo inesperado en Ford, que salió en su apoyo diciendo aquello de «Mi nombre es John Ford. Dirijo westerns […] Pero Cecil, usted no me gusta, y no me gusta ninguna de las ideas que defiende». (4) Pero esta es otra historia, aunque del mismo cuento…
Notas
(1) Kirk Douglas: El hijo del trapero (traducción de Inés Menéndez). Ediciones B, Barcelona, 1988.
(2) José de Diego: Lo esencial de Otto Preminger. T&B Editores, Madrid, 2003.
(3) Kirk Douglas: Yo soy Espartaco (traducción de Ricardo García Pérez). Capitán Swing, Madrid, 2014.
(4) Mankiewicz en Michel Ciment: Billy y Joe. Conversaciones con Billy Wilder y Joseph L. Mankiewicz (traducción de David Rodriguez Trueba). Plot Ediciones, Madrid, 1994.