miércoles, 5 de agosto de 2026

A dixestión unidimensional: ¿o fin das almas e mundos en papel?



A dixestión unidimensional: ¿o fin das almas e mundos en papel?


Por Antonio Pardines



Sen tomalo por un non lector do texto, quen podería afirmar que Herbert Marcuse é melancólico no seu Home unidimensional por sinalar un perigo presente que non existía no pasado, ou ameazaba doutro xeito menos evidente, veloz e masivo? Ninguén que o lese. Tampouco aquí, o que segue é froito da melancolía, pois o texto non anora o pretérito, senón que sinala unha situación actual que, máis cedo que tarde, pasará a ser anterior e a formar parte da memoria duns e do baleiro doutros.


E de memoria vai O último día de Terranova, unha novela que se inicia en 2014 e que percorre varios intres do século XX, dende 1935 ata ese presente no que Vicenzo Fontana, o narrador, lembra para recoñecerse e retornar aos recunchos coñecidos e xa distintos da súa historia, unha historia que é máis ca persoal ou a familiar. A da Terranova é a microhistoria que abrangue a de dous países en sombras, a de xente ao lonxe e na proximidade, a de persoas que aspiran á liberdade que a modernidade devoradora, a ditadura arxentina (a través da personaxe Garúa) e réxime franquista —en Galicia imponse dende 1936 ata 1975— queren impedir para prevalecer. Mais os libros que entran en Galicia de contrabando, no dobre fondo das maletas dos emigrantes que retornan de México ou da Arxentina manteñen vivo o soño que na libraria faise real porque no seu Laberinto Máxico —chamado así en honra de Max Aub— hai cabida para todos os libros. É dicir, para a vida e as ideas. Terranova abre as súas portas ao mundo, ás editoriais que publicaban dende o barro do exilio como Fabril (Bos Aires) e Ruedo Ibérico (París), inclusive ao confidente da represión e, sobre todo, as vidas dos portadores de maletas, de contos e das súas propias historias.


Poderíase ler como contos soltos unidos pola voz e a memoria de Vincenzo, contos que dan un todo e tamén delatan o humanismo de Manuel Rivas e o seu amor pola literatura e a liberdade. Que un escritor ame os libros entra de cheo no previsto, outro conto é que amose un sentimento similar cara ás librarías e aos libreiros. Pero non cabe dúbida de que sen estes intermediarios e sen os seus espazos para a exhibición e venda dos volumes a historia da literatura sería ben distinta. Sen o lector, visitante asiduo das librarías ou das bibliotecas, sería como se os libros non existisen. Sería como se os contacontos a prol da imaxinación para a existencia e a resistencia como o tío Eliseo non tivesen un lugar no mundo.


Calquera escritor sabe que a súa obra precisa deses ollos alleos que lle dean vida e interpretación ás súas palabras, que as fagan deles para que así se desenvolva plenamente o círculo e diálogo literarios que comezan na mente do autor, flúen polo papel, e conclúen na de quen le as obras e fanas súas. Sen eles as liñas escritas perderíanse nun purgatorio do que moi poucas obras poderían saír. Manuel Rivas, que xa fixera a súa particular defensa dos libros e da liberdade na novela Os libros arden mal, no Último día de Terranova fai unha advertencia —o que non puido matar o franquismo está a morrer doutro tipo de ditadura— e loa a eses lugares nos que, como a libraría Terranova, entras e, para quen ama os libros, todo cambia, pois alí descobre paredes cheas de historias, de vidas, de emocións, de temores, de dúbidas… de humanidade; espazos en perigo de extinción que son substituídos por librarías de lecturas e venda rápidas cuxas dixestións xa non son duais, só mecánicas...


(1) Manuel Rivas: O último día de Terranova. Edicións Xerais, Vigo, 2015.


Imaxe de cabeceira: portada de O último día de Terranova (Edicións Xerais). Para uso de crítica cultural.

martes, 4 de agosto de 2026

Fragmentos de nada: la ambigua vampirización literaria



Fragmentos de nada:
La ambigua vampirización literaria


Por Antonio Pardines



Hay autores que no escriben para contentar, ni buscan las ventas, tampoco enriquecerse con el fruto de su creación. El éxito y el aplauso les son tan extraños como ellos puedan serlo para el lector medio y el negocio cultural. Solo quieren quizás que haya alguien que les comprenda, tal vez ni siquiera eso. Los hay que escriben porque no pueden no hacerlo. Carecen de elección y lo que escriben obedece a la constante búsqueda emocional de sí mismos, es decir, la escritura para ellos es vida con toda la complejidad, conflicto y contradicción que esta supone. Son autores condenados a no ser leídos en su época o, como mucho, poco leídos, pero algunas de sus obras cambian el modo de entender la literatura.


Existen en las antípodas de un Víctor Hugo o de un Hemingway, fueron tipos como Stendhal, de quien ahora se repite lo del síndrome día sí y otro también, Emily Dickinson, a quien hoy se aúpa como heraldo femenino, Fernando Pessoa, Franz Kafka, Robert Walser —que fue leído por algunos autores contemporáneos suyos reconocidos en vida como Stefan Zweig o Walter Benjamin—. Tipos a quienes en vida no se les reconoce su escritura porque, al no ser leída por un público más o menos amplio, solo existe en la intimidad o, lo que es peor, existe en la condena del ostracismo. El mundo editorial no los acepta, el lector no los comprende, la cultura oficial mira hacia otro lado, pero nada de eso les merma su capacidad, aunque les frustre saberse fuera de lugar e incluso de tiempo, puesto que el tiempo existe de forma distinta en sus mentes, donde se crea la idea temporal que asumimos real.


Pase lo que pase, salvo la muerte, no podrán dejar de escribir, porque es su sentir materializado en el mundo físico. No se trata de un oficio, ni de entretenimiento, es al tiempo la condena y la liberación más allá de que se les publique y los lean millones de ojos ajenos. Escriben desde sí mismos, no desde las modas del momento. Por eso su obra es innegociable, su escritura peligrosa para el sistema y la letra estándar, veneno para los editores y extraños complicados para un público que apenas los lee porque no puede catalogarlos ni encontrar en sus obras la estructura literaria que les haga sentir cómodos. Mas no son radicales, solo a contracorriente porque se dejan llevar por la interioridad que se desvela en la letra impresa.


Aunque en vida publicasen algunas cosillas, lo curioso se produce tras sus muertes, cuando la sociedad les convierte en producto de consumo masivo o de alta cultura; ambas se alimentan por igual. Años después de sus funerales poco concurridos, alguien que posee o descubre sus textos lucha para que se publiquen las obras y, con los cambios en el pensamiento y en los gustos de la humanidad, estas alcanzan reconocimiento. Entonces, se dicen sus nombres, cuando en vida eran anónimos a quienes ni les habrían dado un mendrugo de pan o una palabra de aliento. Aquellos parias y marginados literarios ya lucen en plazas, calles, monumentos, cafeterías, estudios literarios, películas, camisetas, tazas… Nos desvelan sus nombres, mas no cuándo rieron y cuánto sufrieron. El nombre y el rostro de un tal Pessoa es hoy orgullo de los lisboetas, cuyos abuelos ignorarían que el poeta también caminaba sus mismas calles, y sus igualmente aislados heterónimos. ¿Quién reconocía la angustia existencial de Kafka, aunque padeciese mil y una metamorfosis? Hoy, en Praga, seguro que le invitarían a mil y un cafés. ¿Y el cuerpo congelado de Walser? ¿Quién sabía que era suyo? Existieron en el pasado que no los reconocía y no existen ahora, en el presente de su ambiguo reconocimiento que nos traen sus obras de vuelta. A ellos ya no les importa, puesto que no lo sabrán jamás, pero a mí sí me invade un pensamiento contradictorio. Esa mercantilización me los ha traído, tal vez no por amor al arte, sino porque también precise de genios entre tantos autores que no lo son. Sin embargo, la otra realidad, la que ya a nadie afecta, es que nunca sabrán que los han convertido en marcas de consumo e incluso en ídolos. Quizás soñarían con ser leídos. Y ahora que casi son lectura obligada, quizás sea doliente comprender que no sentirán que por fin algunos los comprendieron…



Imagen de cabecera: Fotografía tomada el 27 de diciembre de 2025, en las inmediaciones del Tambre. La escarcha sobre el agua estancada al amanecer me sirve para invitaros a evocar la intimidad congelada de Robert Walser y el ostracismo de esos autores a los que abrazamos cuando ya no pueden quejarse de que les acosemos y demos tanta lata.

lunes, 3 de agosto de 2026

El agente secreto (2025)



Anónimos en el purgatorio


Por Antonio Pardines



La época escogida por Kleber Mendonça Filho para ubicar el pasado de El agente secreto (O agente secreto, 2025) desvela una atmósfera sucia y agresiva. El cineasta recifense nos sitúa en 1977, que es el año durante el cual desarrolla la práctica totalidad de la película, salvo los momentos en los que Flavia (Laura Lufési), en el presente informático, cobra protagonismo para remarcar que el público hace lo mismo que ella. Sentimos curiosidad y por ello aceptamos reconstruir una identidad, ya no solo la de Armando (Wagner Moura, también coproductor del filme), que se ve obligado a cambiar de nombre y ocultarse en una comunidad donde nadie se identifica con su verdadero antropónimo. Tienen miedo, hay causas para tenerlo. Se apuntan al inicio, cuando Armando/Marcelo se dirige a Recife (al noreste del país, en el estado de Pernambuco) y se detiene en una gasolinera alejada de la mano de Dios donde yace un cadáver cosido a balazos y donde poco después llegan dos agentes de la policía estatal. Pero no están allí para interesarse por el muerto, un atracador de medio pelo que había sido abatido un par de días antes por uno de los empleados del local. La pareja está allí para amedrentar y obtener algo del forastero, sobre todo, para sacarle dinero o, en el peor de los negocios, los últimos pitillos que le quedan a Marcelo.


En esa escena se apuntan varias cuestiones: la corrupción del sistema, la violencia como práctica cotidiana y la indiferencia hacia la vida y la muerte. Y sin embargo, los protagonistas se aferran a la primera. Así hace Armando, que escapa de un pasado que ignoramos, pero que sospechamos le obliga a desaparecer. Pero hay más, pues comprendemos que está atrapado. Da igual hacia dónde, el tiempo en ese Pernambuco no avanza, está detenido como si de un purgatorio se tratase. En esa espera vamos conociendo aspectos del personaje, tal como su deseo de estar con su hijo Fernando (Enzo Nunes), su imposibilidad para alcanzar su búsqueda o la amenaza que se cierne sobre él.


Sabemos desde prácticamente el inicio que un empresario (Luciano Chirolli) ha puesto precio a su vida, que dos asesinos profesionales (Gabriel Leone y Roney Villela) han sido contratados para encontrarlo y eliminarlo. En ese primer instante se desconoce el porqué, pero tampoco es necesario para sentir y comprender que los caminos de los sicarios y el falso Marcelo se encontrarán en esa ciudad donde la ley la impone un comisario (Robério Diógenes) tan ambiguo como corrupto. Lo interesante no es cuándo, ni siquiera cómo se resolverá el momento, sino el desvelar el ser de unas personas atrapadas en una época que hermana El agente secreto con Pixote, la ley del más fuerte (Pixote. A lei do mais fraco, Héctor Babenco, 1980) y Ciudad de Dios (Cidade de DeusFernando Meirelles, 2002) en éxito de crítica y también en su representación cinematográfica de la década de 1970 en tres de las ciudades brasileñas más pobladas, Recife, São Paulo y Río de Janeiro, tres localidades que, marcadas por los tres «pilares» aludidos arriba, nos ofrecen una idea política, económica y social del país.


Por otra parte, cabe destacar la ambientación lograda por Kleber Mendonça Filho, así como su ausencia de prisas y su falta de remarcar la pausa que tanto presumen otros filmes que van de profundos (sin serlo). El realizador logra que el entorno sea parte viva de lo que vemos no un decorado hecho para el aplauso. Ese Recife caótico es un espacio vivo donde se siente el calor, la suciedad, la indiferencia, el temor e incluso cierta esperanza, la de que algún día Brasil sea mejor, deje de temer la realidad para cambiarla, cambio por el que ya abogaba el cine de Nelson Pereira dos Santos o de Ruy Guerra, aunque en El agente secreto el que se deja ver, en la sala donde trabaja Alexandre (Carlos Francisco), el suegro de Armando, es el producido en el dominante Hollywood: Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) y La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976).


Cabecera: Póster oficial de El agente secreto (2025), de Kleber Mendonça Filho. Cortesía de MUBI.

domingo, 2 de agosto de 2026

Senón ecos



Senón ecos 


Por Antonio Pardines



O galego que aprendín dende o berce non era normativo, nin tendía a lusista. Era putativo, enxebre, rueiro. Era o que me chegaba das ondas de Malpica, das expresións dun barrio compostelán e dos contos de Cunqueiro ou os que, a carón da cociña de ferro, me contaba a miña bisavoa sentada no seu trono, quizais do mesmo material do que estaba feito O cabaliño de Buxo de Neira Vilas, que foi o primeiro libro que lembro ler. Nas súas variantes, falábase e fálase nas rúas, no agro e nos pobos, cadanseu natural cos seus matices humanos e xeográficos. Non hai política ou contrapolítica que poida dicir como falar. Un idioma con alma que sobreviviu e evolucionou grazas ás xentes, non ás normativas, non é de ningún partido nin bandeira. É da terra.


Agora, din que se trata de protexer o idioma, cando o que cómpre é vivilo, que é o que diferenza unha lingua morta dunha viva. O galego sobreviviu aos Séculos Escuros e chegou ao Rexurdimento pola viveza dos labregos, dos mariñeiros e doutras xentes que non o pensaban, mais o sentían seu. Esas voces falaban e o seu son pasou de xeración en xeración, mudando, evolucionando, sendo parte propia do seu camiñar. Xa fose o galego decimonónico de Rosalía, quen tomaría contacto co galego do agro cando nena, en Ortoño; Pondal viviríao en Ponteceso —ao ser un pobo na proximidade do mar, escoitaría aos mariñeiros da redonda poñer a alma no seu dicir— e Curros escribiría un galego máis elaborado, máis lonxe da fala do terruño, quizais por iso, co paso do tempo, perdeu impacto emocional. Ou xa no XX, o galego dos rianxeiros Manuel Antonio, Castelao e Rafael Dieste (1), non era prefabricado para homoxeneizar, senón composto de ecos das voces dunha terra e sons dunha fala popular. Logo chegarían as normas e a normativización, para unificar e crear unha fala académica, mais tamén unha menos heteroxénea, menos rica en matices e diversidade.


Notas


(1) «Pero el hecho es que nosotros éramos castellano parlantes. Todos, incluido Otero Pedrayo. No sé si Castelao… Pero no, ni Castelao ni Dieste. Los dos hablaron siempre en gallego porque son de Rianxo, que es un mundo aparte, y allí el lenguaje universal es el gallego. Y se les nota. Nuestro gallego es más de superestructura.»


Eduardo Blanco Amor, en Entrevistas con E. Blanco-Amor (edición de Victoria A. Ruiz de Ojeda) Editorial Nigra, Vigo, 1994.


Imaxe: O mar de Malpica, instantánea capturada en agosto de 2007, non pode domarse, como tampouco logran deseñarse as linguas nos despachos porque os idiomas non os falan os mobles. Un idioma con alma que, como o propio océano, non pertence a ningunha bandeira nin normativa de despacho, é de quen o fala e o escoita.

sábado, 1 de agosto de 2026

Interferencias (1988)



Triángulo sin vértices


Por Antonio Pardines



La idea que guardaba de Interferencias (Switching Channels, 1988) se ha reafirmado al volver a verla después de casi cuatro décadas. Sigue siendo la misma aburrida de antes, la que me hace bostezar en su empeño de ser graciosa. Parece innegable que sea la menos corrosiva e irónica de las adaptaciones de la popular obra teatral de Ben Hecht —según Wilder, el guionista más prolífico de su época— y Charles MacArthur, que ya había sido llevada a las pantallas por Lewis Milestone, Howard Hawks y Billy Wilder, tres cineastas cuyas gigantescas sombras quizás fuesen demasiado para que Ted Kotcheff y el guionista Jonathan Reynolds viesen un rayo de luz y de esperanza para su propuesta. Tal vez, por ello, el resultado fuese esta comedia deslucida, sin el menor brillo. Aparte, ¿dónde está esa cosa llamada «química»? No asoma entre los personajes, no hay tensión ni pasión, ni siquiera la complicidad y la atracción que pudiese darle alas al asunto.


¿Qué chispas saltan? ¿Qué jefe canallesco anda suelto por el plató? No veo nada en el nuevo decorado, tampoco aporta cambiar la prensa escrita por la televisión. Ni siquiera existe la tensión sexual que puede sentirse bajo las apariencias de Luna nueva (His Girl Friday, Howard Hawks, 1940), en la que la pareja protagonista son un Cary Grant y una Rosalind Russell con quienes ni Burt Reynolds ni Kathleen Turner pueden competir en vis cómica ni en esas miradas que lo dicen todo. Y es que a veces no hace falta decir más ni forzar las situaciones para que estas funcionen, sino aprovecharlas. Pero Interferencias no lo hace y, vista hoy, es un ejemplo más del escapismo de la década de 1980, del todo va bien reaganiano —un espectáculo con el que contentar a un público que aceptaba el relato que le diesen porque le resultaba cómodo—. Como las administraciones precedentes, el reaganismo afectó a Hollywood, donde, debido a la política del buenrrollismo estadounidense —ese que intervenía allí donde se le antojaba al antiguo presidente del sindicato de actores (SAG)—, se pretendía resucitar el sueño americano a base de infantilizar. En ese aspecto, resulta similar al colorismo que primaba en la época de Eisenhower: los felices 50.


El colorido de posguerra, bajo el que se ocultaba el gris de la guerra fría, funcionaba de modo parecido a la nueva infancia en la que descansaba el Hollywood de los 80, ese nueva fábrica cinematográfica que perseguía la misma ilusión de siempre: el dinero. ¿Y de vuelta a la película de Kotcheff? ¿Qué decir? Poco. Que apunta temas, pero sin pretender satirizarlos ni hablarlos. Así asoma la guerra fría, la pena de muerte, la corrupción, el sensacionalismo, sin pena ni gloria. Bastaba con nombrarlos y esperar que el trío protagonista funcionase de cara a la taquilla; porque en la pantalla chirría. Puede que resulte totalitario expresar que Interferencias no tiene donde agarrarse, ni siquiera la atmósfera periodística o el enredo de la infidelidad-fidelidad funcionan. Quizás lo sea, pero al verla queda la sensación de que se pretendía aprovechar la situación, la del triángulo amoroso, y modernizar y exprimir el chiste. Solo que Kotcheff no logró ser un buen chistoso, le faltaban gracia y mala leche.


No se trata de una cuestión de que antes Hollywood fuese mejor, ya que la industria siempre ha sido eso: una fábrica que vende un producto. Se trata de que las anteriores versiones estaban en manos de directores que imponían su criterio y que respetaron los dardos del texto original. Pero del resto de adaptaciones, he hablado con anterioridad en otros comentarios del blog y en Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder, así que poco me queda por decir, salvo que, en una inevitable comparación, Interferencias resulta nada sutil, ni irónica, parece que tiene que explicar todo el chiste, lo que hace que pierda la gracia, desgracia que se confirma en la idea de dar mayor peso cómico al tercer vértice (Christopher Reeve), importancia que no ayuda a la función, y el justificar al condenado a muerte (Henry Gibson) para edulcorar y disculpar que su crimen fue para erradicar un mal mayor: un policía que vendía droga no sólo a su hijo. Ninguna de las anteriores lo precisaba —ni anunciar que el reo conocía y practicaba los trucos de Houdini—, pues nada había que disculpar porque el homicidio, aparte de accidental y obra de un patético e infeliz anarquista, era la excusa: no un tema, ni un motivo que apelase a la sensibilidad del público. Y esa modernización implicó eliminar a Molly, la prostituta de la ecuación, y sustituirla por la abogada defensora que perdió el caso. ¿Nuevos tiempos? ¿Un lavado de cara por parte de la hipocresía?


Imagen de cabecera: Cartel promocional de Interferencias (Ted Kotcheff, 1988) protagonizada por Burt Reynolds, Kathleen Turner y Christopher Reeve. Uso con fines puramente ilustrativos y de crítica cinematográfica.

viernes, 31 de julio de 2026

Ojo: paso fronterizo



Ojo: paso fronterizo


Por Antonio Pardines

 


Miles de personas podrían estar siendo utilizadas como medio de presión marroquí a Europa, vía España, para obtener nuevos beneficios, tal como lleva sucediendo desde hace años. ¿Pero qué objetivo impulsa ese movimiento estratégico? ¿Una reclamación histórica de Ceuta y Melilla, cuando, al pasar ambas ciudades a formar parte de Castilla, Marruecos no existía? No, es una aspiración más prosaica y económica. En todo caso sería Portugal quien podría reclamar Ceuta y los hijos de los hijos de los tataranietos de los Omeya tal vez Melilla —que estaba vacía y en ruinas cuando en 1497 entraron los castellanos de Isabel—, aunque los propios habitantes de las localidades decidieron formar parte de Castilla y Aragón. La situación de las dos ciudades autónomas nada tiene que ver legalmente con la de Gibraltar, que fue español y pasó a manos del Imperio Británico tras una concesión forzada por las políticas y circunstancias bélicas consecuentes a la Guerra de Sucesión que trajo a los Borbones a España en el siglo XVIII.


Lo que pide Marruecos, cuyo origen como reino puede datarse hacia 1666, es el trato de favor, es decir, juega y negocia con las cartas que tiene, que no son malas ni le obligan a ir de farol. Se sabe la puerta y la llave hacia Europa, no solo hacia España, país que la mayoría de los inmigrantes —las trágicas víctimas de este fuego cruzado de intereses— piensan como un lugar de paso hacia tierras que consideran más productivas, tales como Alemania o Francia, que son los dos países que cortan el bacalao en la Unión Europea.


Así que descartado el rollo geográfico, sentimental e histórico de Ceuta y Melilla para construir el Gran Marruecos que, aprovechando que le dan, pretendería las Canarias y ya si tal Algeciras y el reino de Granada, queda su lucha por la hegemonía que implica ser el socio de Europa, el cancerbero que puede exigir para que el norte europeo viva de espaldas a la realidad que colapsa el sur. Pero, a la postre, Francia y Alemania serán países desbordados por la emigración. La primera debido a sus antiguas colonias, y ambas a que suenan a posibilidad de trabajo y del paraíso prometido para quienes nada poseen —nadie abandona su hogar y su mundo por gusto—, salvo la vida que no pocos pierden por el camino.


Y sabiendo todo esto, ¿qué hace que se repita una y otra vez, y pueda repetirse en el futuro? Europa, atada de manos en su ombliguismo y su heterogeneidad de siempre —la cual de por sí, es una riqueza—, parece el banco ideal para «tahúres». Basta con que la amenacen con desbaratar su espejismo de bienestar para que suelte dinero para ganar tiempo. Sin embargo, el problema es que este falso ganar tiempo no impedirá que la situación acabe por desbordarse y hacer evidente que esa distancia entre el norte y el sur de Europa es una distancia ficticia —fuera de la realidad geográfica— para la emigración porque, a la larga, cuando no haya paraíso en Italia o en España, o el edén al oeste que Costa Gavras sitúa en Grecia, ¿a dónde piensan los del norte que llegarán las olas migratorias? ¿Al océano?


Aparte de que roza la ilegalidad europea, ¿de qué les vale el cierre de fronteras interiores? Europa nunca ha sido solidaria, o al menos no tanto como presume con sus ayudas que no dejan de ser igual de interesadas que el Plan Marshall, la «ayuda» económica (y condicionada) estadounidense que se puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial. O cuando Francia abrió sus fronteras a la emigración para recibir mano de obra que ayudase a reconstruir el país. Dicho de otro modo, Europa no es la soñada por los europeístas de antaño, sino una organización adaptada a los tiempos que corren y formada por miembros con ánimo de lucro.


Cabe recordar que el nacimiento de la Unión Europea fue la CECA, aquella comunidad «europea» —las comillas son para recordar que solo eran seis países, y la Europa de entonces superaría la treintena— del carbón y del acero, las materias primas de la industria armamentística, nacía con vocación económica. Y su siguiente nombre: Mercado Común Europeo. Y después, Unión Económica Europea. Ni política ni social, ni educativa ni sanitaria, tal como habían soñado los europeístas ilusos y humanistas con los que me identifico. Y quienes estaban ahí: Francia y Alemania, también Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Y es que en esto de las categorías, si olvido la teoría, Europa me recuerda a España, donde el eje Madrid, Cataluña, Euskadi se quiere prioritario sobre el resto de lugares y lo consigue por su músculo financiero. Algo así sucede entre los países europeos, que se dividen en dos de primera y después otras categorías. España e Italia estarían en segundo orden, por debajo del Benelux, por lo que se quedan sin cortar el bacalao. Solo reciben el corte hecho y ya salado que les quieran dar.


En definitiva, todo el rollo anterior para decir lo que todos saben: que la Unión ha entrado en crisis porque siempre lo ha estado. Pero ahora se ve en las noticias o en el fracaso del asimilacionismo al que aspiraba Francia con sus inmigrantes. Está naciendo una nueva cultura que amenaza a las élites francesas y de otros lares, de ahí que proliferen los partidos de extrema derecha, que no son más peligrosos que los de extrema izquierda, en ciertos aspectos solo aparentemente antagónicos —o así parece corroborarlo la historia del siglo XX—. Y como creo en la posibilidad de una Europa mejor, me digo que con ambos habría que andar con ojo...


Imagen de cabecera: Vista satelital del Estrecho de Gibraltar. Imagen de dominio público cortesía de la NASA / Earth Observatory.

Cual Conejo, Ulises corrió a por tabaco



Cual Conejo en los sesenta, Ulises corrió a por tabaco algunos milenios antes


Por Antonio Pardines



A Odiseo/Ulises le gustaba hablar y escucharse. Tenía la idea de que lo suyo era más importante e ingenioso. Cabe pensar que lo era, al menos así lo apunta el poema atribuido a Homero, incluso en la Ilíada asoma en brevedad pero brillando su intelecto y apuntando la astucia que desarrolla en plenitud en varios momentos de la Odisea, su viaje de vuelta al hogar tras veinte años lejos de Ítaca. ¿Por qué ahora y no antes? Si el aqueo hubiera deseado partir, ¿los olímpicos habrían podido impedírselo? No eran tan listos, aunque sí muy caprichosos, eróticos y mundanos. Dudo que Ulises estuviese atrapado casi una década sin que hiciese nada para evitarlo. Si lo estuvo, fue porque quiso y también partió de los brazos de su última amante porque ya le había llegado la hora de retornar. La vejez le amenazaba y la saudade empezaba a ser más fuerte que cualquier promesa de inmortalidad, no la nostalgia de la bella Penélope, la esposa abandonada, la mujer que quiero creer que no pierde el tiempo con sollozos ni costuras, ni la oportunidad de gozar su juventud no con uno sino con cien de los gorrones que le hacen la corte.


¿Y a Telémaco, el hijo ya hombre, que lo busca y no lo encuentra en casa de Menelao de Lacedemonia? En parte, gracias a su visita al mayor cornudo reconocido de la mitología, el joven, a quien Odiseo no ha cambiado los pañales ni escuchado sus berrinches infantiles, va descubriendo aspectos de su progenitor, de quien no guarda más imagen que la deseada. Y es que Ulises era un pretendiente y un vividor, un engañabobos, el rey de la mentira, como demostró con su idea del caballo o en su encuentro con el cíclope Polifemo. «Nadie» fue uno de sus nombres. ¿A quién se le habría ocurrido? ¿Y la idea de atarse a un mástil para escuchar el atractivo canto de las míticas sirenas? Conociendo al rico en ardides, parece lícito imaginar que si le llegan a gustar, y tuviese fuerza para satisfacerlas, como sucedió en su año con Circe y los siete en el lecho de Calipso, hubiera retrasado su retorno al hogar otros diez años. De haber sido así, la inocente Nausícaa, no la de Miyazaki, sino la homérica quizás habría abandonado su tierra o ya sería una mujer con sus canas y su recua de pequeños y futuros saqueadores o saqueados. Así de duros eran aquellos tiempos mitológicos, de dureza distinta pero no mayor ni menor que la de la actualidad que se nos vela y que ni siquiera Ulises habría sabido manejar a su antojo. ¿O sí?


Imagen de cabecera: Ulises y las sirenas. Detalle de un estamno griego de figuras rojas atribuido al Pintor de las Sirenas (c. 480-470 a.C.), conservado en el Museo Británico. El héroe, atado al mástil para disfrutar del concierto sin dejarse llevar por su legendaria libido, mientras sus hombres reman sordos, aunque ojipláticos. Uso libre/Dominio público.

jueves, 30 de julio de 2026

Kes (1969)



Curso libre de cetrería. Supervivencia en el lodazal


Por Antonio Pardines



La generación anterior desplegó un cine crítico de corte realista que sorprendió por su postura y su fuerza narrativa, pero el Free Cinema fue un movimiento que, como tantos otros, resultó efímero y sus componentes se adaptaron dentro de la industria cinematográfica, la inglesa y la hollywoodiense. Esto no sucede con Ken Loach, quien tomó el testigo del cine independiente británico. Como habían hecho los Tony Richardson, Lindsay Anderson o Karel Reisz, el director de Kes (1969) (1) mira la sociedad e indica aquellos aspectos que menos suelen gustar y que no suelen aparecer en la pantalla. Ken Loach los expone sin florituras, sin héroes, sin pretender contentar. Después de más de medio siglo haciendo cine, si se miran los inicios de Loach se comprende que nunca ha renunciado a su idea inicial de hacer películas sin héroes, con personajes en los márgenes, periféricos y obreros dentro de sistemas que se desentienden de los miembros más débiles económica y socialmente de la clase obrera.


A Loach no le interesaría rodar una bio de Lady Di, de Churchill o de Isabel I o II. ¿Para qué, si estos no han vivido en la carestía económica y social de alguien como el protagonista de Kes? Los problemas de la aristocracia son otros y al cineasta no le interesan, pues se decanta por denunciar en la pantalla situaciones de pobreza, de desamparo, de desatención y exclusión del edén del capital y del consumo — también están excluidos en el paraíso obrero—. Incluso cuando decide abordar la historia con mayúsculas, y muestra conflictos como la Guerra Civil Española o Irlandesa, sitúa en el centro al individuo anónimo, a quien se le niega la posibilidad del bienestar que los diferentes sistemas presumen defender. Pero ¿qué bienestar le aguarda a Billy? ¿Uno similar a su oscuro presente? ¿Convertirse en alguien similar a su hermano mayor o a cualquier otro consumidor de cerveza el sábado noche y esclavo semanal por unas pocas libras que no le librarán de una vida en el barro? Empleando un tono tragicómico, Loach se vale del transitar de Billy para mostrar su entorno familiar, social (los suburbios en una localidad minera de Yorkshire) y escolar, la precariedad y el autoritarismo, así como la rebeldía del muchacho, que tiene de pícaro y de víctima, de condenado en busca ya no de su liberación, sino supervivencia en el lodazal en el que tan pocos nos fijamos, salvo si caemos en él…




Notas


(1) Kes (1969). Dirección: Ken Loach. Guion: Barry Hines, Ken Loach, Tony Garnett (Basado en la novela A Kestrel for a Knave de Barry Hines). Producción: Woodfall Film Productions.



Imágenes



Cabecera: Fotograma de Kes (1969), dirigida por Ken Loach. Imagen utilizada con fines de crítica cinematográfica y análisis cultural.


Cierre: El cineasta británico Ken Loach en una imagen de archivo. Uso libre bajo condiciones de divulgación biográfica y cultural.