Representando espejismos
Por Antonio Pardines
Fotografía de cabecera: Daniel Brühl en una escena de 'Goodbye, Lenin!' (2003) con el fondo de Coca-Cola. Imagen de archivo bajo licencia de uso compartido para difusión cultural.
Existe la falsa creencia de que en los países comunistas la gente no cobraba en dinero, sino en especies, ropa o una cama en una habitación de un piso estatal donde la cocina y el baño eran compartidos con otros iguales. Pero esa ausencia de papel moneda se aleja de la realidad que se vivía, puesto que los trabajadores cobraban un salario que luego deberían gastar en la compra de los productos estatales, que eran todos los que se encontraban en el mercado oficial. Aquellos salarios eran una miseria que les permitía mal vivir, y obligaba a no pocos a ganarse la vida con trabajos clandestinos que el control prohibía y perseguía (1), ya que esa clandestinidad laboral ponía en riesgo el monopolio estatal y sus precios establecidos (que solían ser cinco veces más). Esto me lleva a otra falsa creencia, la de que no existía un mundo empresarial rapaz. Claro que lo había, solo que estaba en manos del Estado. Ya Lenin y, en mayor medida, Stalin lograron crear una ficción que cuadraban los números, aunque distasen de los reales. En todo caso, la cosa les funcionó porque controlaban todos los medios que les sirvieron para convertir su revolución en la realidad milagrosa de todo su imperio, el cual, en su máximo esplendor —segunda mitad del siglo XX—, llegó a ocupar más allá de las fronteras de los zares. Alcanzó hasta el corazón mismo de Alemania, dividiendo al país en dos partes antagónicas.
Tras salir derrotada de la Segunda Guerra Mundial, Alemania se repartió en cuatro sectores —soviético, estadounidense, británico y francés—, de los que tres fueron devueltos a los alemanes que acabarían formando la República Federal; mientras que el otro, en manos soviéticas, se cedió a los que fundarían la República Democrática. Pero de «demo» solo tenían el lexema y la presunción que ocultaba el hecho de que allí ni siquiera permitían más partido político que el impuesto por los soviéticos. Así nació la frontera más occidental del reino de Stalin, el terrible Koba, el heredero de Lenin, el hombre que llevó a cabo el sueño de poder que hizo temblar al mundo más allá de los diez días descritos y publicitados por John Reed (2). Y esa frontera en pleno Berlín —el muro llegaría más adelante, en 1961, ya fallecido Stalin—, y a las puertas de Occidente, generaba la inestabilidad que afectaba a todos los habitantes de uno y otro lado de la demarcación que dividía la ciudad, Europa y de algún modo el mundo en dos claras tendencias ideológicas y económicas. El capitalismo y el comunismo, dos sistemas que perseguían un mismo fin, vivían su guerra fría, cuya finalidad era imponerse; aunque en ningún caso para beneficio del pueblo (en el oeste) ni del proletario (en el este). Y así la historia de la Guerra Fría fue apurando y quemando sus etapas, desde el retorno de la estadounidense Coca~Cola al Berlín occidental hasta la caída del Muro. Claro que no fue tan rápido como aquí se expone, ni tan ligero. Fue duro, fue incluso mortal. Pero en 1989 ya se intuía que algo no tardaría en cambiar; y la mayoría deseaba ese cambio que se había iniciado con la llegada de Gorbachov y su Glásnost al poder soviético. No fue por generosidad, no fue por bondad, fue por algo tan material como el ahogamiento económico al que le habían empujado sus rivales capitalistas (Estados Unidos y Reino Unido; o Ronald Reagan y Margaret Thatcher).
¿Y después qué? La reunificación y la posibilidad de que un hijo, que siente culpabilidad y temor, intente emular en teatralidad a los viejos dictadores en su alteración de la realidad. Así, Alex (Daniel Brühl) decide ocultar a su madre (Katrin Sass) que el viejo imperio ha caído y que ahora el nuevo mundo es el de las multinacionales de los refrescos de Cola —entre tantas marcas que le oculta para intentar evitarle el impacto que la devuelva al estado comatoso—. No se trata de que Alex lleve dentro un pequeño dictador, que seguro lo lleva, aunque no hablo de uno al estilo Lenin o Stalin, sino del «a todos nos gusta ver el mundo con nuestros ojos y que los demás lo vean así». Pero ya sea por amor filial, culpabilidad o temor, Alex dicta la realidad que su madre debe ver, sin embargo, de ese modo, le elimina la posibilidad de elegir, la cual, utopías aparte, parece ser la única libertad real a la que cualquier persona podría acceder de cuando en cuando. Y en ese generoso engaño, el del es por su bien —tal como lo presumían los autócratas respecto a sus súbditos—, se encuentra la gracia pretendida por Wolfgang Becker al escenificar el engaño, similar en ciertos aspectos al expuesto ya en 36 horas (36 Hours, George Seaton, 1965), una película en la que también se pretendía hacer pasar una puesta en escena por real. Pero donde en aquella era intriga, en Goodbye, Lenin! (2003) está al servicio de la sátira, que si bien obtuvo un éxito rotundo dista de la acidez con la que Billy Wilder retrató los dos sistemas antagónicos en Uno, dos, tres (One, Two, Three, 1961), un cineasta que comprendió como pocos que el engaño —la farsa como medio de supervivencia frente a un entorno político, mediático y social hostil— y el «nadie es perfecto» son inherentes a nuestra condición. Introducir a Wilder no es un ataque nostálgico, ni promocional (3), sino de distinguir entre dos miradas a sus mundos contemporáneos. Lo que podría pasar por ternura (el amor filial) en Goodbye, Lenin! no deja de ser el manejo del cineasta para conquistar al público. Quiere y (supongo) logra condicionar su reacción, sus simpatías. Wilder no precisaba eso, sus personajes son medianías dispuestas a cualquier cosa con tal de sobrevivir a cotidianidades de las que desean escapar, porque se ahogan en realidades grises que nunca logran dejar atrás, ni aún cuando acarician el éxito. De ahí que no se trata de nostalgia, sino de tomar un modelo que refleje, en contraposición, la mirada de Becker, para nada afilada. La suya idealiza, cae en zonas comunes y no logra esa crítica a la que aspira: darle a los dos sistemas, al que cae y al nuevo que se impone a toda velocidad. No vaya a ser que se pierda tiempo, pues ya se sabe que «el tiempo es oro».
Notas
(1) Vasili Grossman lo describe sin tapujos en su particular yo acuso Todo fluye (traducción de Marta Rebón). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2008.
(2) John Reed: Diez días que estremecieron al mundo (la edición manejada no acredita el nombre del traductor). Diario Público, Barcelona, 2009.
(3) Para quien esté interesado ahondar en este tema, aprovecho para publicitar mi libro Sueños de engaño. 26 farsas (e) ilusiones de Billy Wilder (2026).

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