Diecisiete años antes de que Jean Cocteau escribiese las notas que dieron pie a Opio. Diario de una desintoxicación en la clínica de Saint-Cloud (entre diciembre de 1928 y abril de 1929), donde estaba ingresado para su desintoxicación, se celebró la Convención Internacional del Opio (1912). Dicho así, suena a que todos los presentes en aquella reunión consumían y es probable que algunos lo hubieran hecho, puede que todavía lo hiciesen. Pero no se trataba de reunirse para consumir, sino para advertir de los efectos secundarios de una sustancia que llevaba circulando de forma masiva desde el siglo XVIII, aunque ya se conocía desde la Antigüedad, y en Europa empezó a tener su público, su nicho de mercado, en el XVI. Esa Convención ponía las primeras trabas al negocio del opio (consumo y venta), la misma sustancia que los británicos habían introducido clandestinamente en China en el XIX, cuando allí estaba prohibida, para hacer negocio, pues el gobierno chino, a pesar de que los ingleses les compraba té y más té, no estaba por la labor de comprar productos británicos. Y ya se sabe, si no te gusta el caldo, pues siete tazas. Queda claro que, si nos dejamos de hacer los tontos, comprendemos que no existe ética mercantil ante la posibilidad de obtener unos buenos números. Y eso asumieron los ingleses, que sabían que su beneficio estaba en el libre comercio (el suyo), legalizar el opio, para asegurarse y proteger su fuente de ingresos, y en una expansión territorial por Asía —Aparte de las cantidades a pagar, por el opio destruido y por los gastos de guerra, China cedió Hong Kong a la corona británica—. Para lograr el objetivo, los isleños creyeron oportuno ganarse unos millones drogando a sus rivales asiáticos. Pero ironía aparte, el opio, que se había usado como medicina, recomendado por médicos como el gales John Jones o Paracelso, que lo usó para dar forma al láudano, nada curaba, aunque sí calmaba el dolor, o al menos reducía su sensación, e introducía en su lugar una placentera. ¿Y quien no corre el riesgo de hacerse adicto al placer?
Cocteau anotó durante aquellos días de desintoxicación que <<no esperéis de mí que traicione. El opio sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la salud. Le debo mis horas perfectas. Es una lástima que en vez de perfeccionar la desintoxicación, la medicina no intente hacer inofensivo el opio.>> El poeta deja claro al inicio de su libro que no piensa defender, ni atacar, solo aportar <<pliegos de cargo y descargo al sumario del pleito del opio.>> Pero lo que llamó mi atención no fue la historia del opio, que ya me había sorprendido años antes, ni que el autor de Orfeo consumiese de esta sustancia, ni que escribiese sobre ella, ni que durante el siglo anterior lo hubiese hecho Thomas de Quincey en Confesiones de un inglés comedor de opio. No, no fue nada de eso. Lo que despertó mi interés y me invitó a la reflexión-divagación fue la idea de que <<El drama del opio no es otro, para mí, que el drama de la comodidad y de la incomodidad. La comodidad mata. La incomodidad crea. Hablo de la incomodidad material y espiritual.>> Totalmente cierto, me dije, respecto al impulso y obligación creativa a la que empuja la incomodidad, pues esta lleva a la persona que la siente, material o espiritual, a buscar posibilidades y a intentar llevarlas a cabo, para abandonar ese estado molesto en el que se descubre. Lo curioso de asunto, es que si se alcanzara la comodidad, se correría el riesgo del letargo. La comodidad, por lógica, acomoda. Y es en la sensación de bienestar, de placer, cuando uno se duerme y ahí corre el peligro de ya no despertar. El estado ideal, que sería un estado imposible de llevar a la práctica, puesto que solo puede adquirir imagen teórica y mental, podría ser algo así como un discontinuo-continuo estado de incomodidad en el que el sueño de comodidad fuese un impulso motor para vivir en la búsqueda, sin caer en el vicio de la comodidad que supone el dormir hasta morir; que sería algo así como la eterna alienación. La única comodidad válida real es la intermitente, la que debe alcanzar la propia persona sin sustancias adictivas, no ideologías que duerman las conciencias, ni como regalo externo, pues este necesariamente conlleva un precio desconocido, un precio a pagar que nadie te dice, sino que directamente te cobran. Ese estado de falsa comodidad regalada genera la ilusión, mas carece de sustancia verdadera, al carecer de un equilibrio real entre la comodidad material (cuerpo) y espiritual (mente). Por cierto, Marx, ahora que hablamos del opio y nadie nos lee ¿cuál decías tú qué era el del pueblo? ¿Las religiones? ¿Las ideologías, la tuya incluida? ¿Sus malas prácticas, aunque cuando las hubo buenas? ¿La propaganda? ¿La seducción de la imagen? ¿La sensación de placer que se encuentra en el consumo? ¿Las cookies y lo cuqui?…
Entrecomillado: Jean Cocteau, Opio. Diario de una desintoxicación. Letras Vivas, México D. F., 1999.












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