A veces me pregunto por qué nos comunicamos, cómo y cuándo llegamos a la conclusión de que debíamos hacerlo para sobrevivir y perpetuarnos a lo largo del tiempo. ¿Dónde se encuentran nuestros orígenes? Tampoco importa determinarlo, y dudo que podamos hacerlo. Lo importante es que la hemos heredado; me refiero a esa capacidad de resistir, insistir, desistir y volver a tropezar e iniciar un nuevo ciclo, que no deja de ser similar al anterior, aunque cada época, cada generación, cada persona, se sienta única y diferente. Y sin embargo, cuanto nos parecemos. Tal vez por ello digamos cualquiera, pues en cualquiera nos miramos, nos reflejamos, nos conocemos, nos desconocemos. Nos olvidamos de quienes somos y de quienes fueron. Pero en “Sueños de engaño” me interesa hablar de lo que apunta el título: que nos engañamos y soñamos. En definitiva, me engaño como el que más y me gustan las malas costumbres de escribir como quiero y de dialogar con el pasado, con el presente y con posibles futuros....
Donde cielo e infierno se citan en ti Por Antonio Pardines «—¿Te acuerdas de Raskólnikov? Ivanof le sonrió irónicamente. —Era de esperar que fueras a parar a eso más pronto o más tarde. Crimen y castigo ... En verdad, te vuelves senil o infantil. —Un momento, un momento —dijo Rubachof yendo y viniendo con aire agitado—. Hasta ahora no ha habido más que palabras, pero ahora nos acercamos al meollo de la cuestión. Si recuerdo bien, el problema es saber si el estudiante Raskólnikov tiene el derecho de matar a la vieja usurera. Él es joven y bien dotado; ella, vieja y absolutamente inútil en el mundo. Pero la ecuación se desquicia. Primero las circunstancias le obligan a asesinar a otra persona; tal vez es la consecuencia imprevisible e ilógica de un acto tan simple y lógico en apariencia. En segundo lugar, la ecuación no funciona, porque Raskólnikov se da cuenta de que dos y dos no son cuatro cuando las unidades matemáticas son seres humanos...» Arthur Koestler: El cero y...