En ¡Qué asco de vida!, el millonario interpretado por Brooks se arroja al arroyo tras aceptar una apuesta con Vance Crasswell (Jeffrey Tambor), otro hombre de negocios que desea para sí el mismo barrio donde el primer magnate proyecta construir un moderno complejo urbano para su mayor gloria. En su inmersión voluntaria en un espacio vital donde se convierte en un desheredado más entre Molly (Lesley Ann Warren), personaje al que Brooks ofrece mayor peso emocional y del que explica a grosso modo el cómo llegó a la situación actual, Sailor (Howard Morris) y tantos más, Goddard Bolt se hermana con Sullivan, el cineasta de éxito que en Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, Preston Sturges, 1941) decide conocer de primera mano los males que aquejan a los desfavorecidos de los que habla en sus películas. Sullivan desea conocer los sinsabores de los marginados y los mendigos para poder hablar en la pantalla con honestidad y desde el realismo que no se encuentra en films como Juan Nadie (Meet Joe Doe, Frank Capra, 1941), cuyo protagonista va de la nada al todo; es decir, su viaje se produce a la inversa del de Bolt. La intención de Goddard Bolt no es tan noble como la del cineasta ni fruto de la crisis económica que hace estragos a su alrededor, sino que surge a consecuencia de su ego y de su ambición empresarial, que son los dos motores de su vida hasta que se produce su contacto con otra realidad, que existe al lado de la suya, en las aceras y en los callejones, en los comedores benéficos, bajo los cartones y los puentes, llueva, haga frío o calor, en la indiferencia e insolidaridad de la sociedad (y también entre los desheredados) de la que han sido expulsados, por los diferentes motivos que fuesen, al lado de cada contenedor del barrio que los dos millonarios han apostado y que quieren para sí, se supone que por distintos motivos, aunque, tal vez, sean el mismo… La excusa de la apuesta le permite a Brooks desvelar la miseria, hacer hincapié en ella, en que está ahí, a la vuelta de cualquier esquina, esperando a cualquiera a quien le abandone la fortuna y se descubra sin dinero; la recrea para mostrarla en la pantalla, sin abandonar ni renegar de la comedia ni de la victoria del amor, de la ilusión, de los “buenos y justos”, en cierto modo similar a la que se descubre en la comedia de Capra anterior a la Segunda Guerra Mundial.
viernes, 25 de octubre de 2024
¡Qué asco de vida! (1991)
miércoles, 4 de septiembre de 2024
La carta final (1986)
lunes, 15 de abril de 2024
La loca historia del mundo. Parte I (1981)
<<Siempre había querido hacer una gran película, un espectáculo. Pensé que la historia del mundo sería el vehículo perfecto y el telón de fondo más colorido para esta empresa en particular. D. W. Griffith y Cecil B. DeMille siempre han sido gigantes del cine para mí. Los logros de Griffith se remontan a 1908. Fue un pionero del cine que hizo grandes películas como Las dos huerfanas (1921), Las dos tormentas (1920) y, por supuesto, el clásico El nacimiento de una nación (1915). DeMille hizo grandes epopeyas históricas como Cleopatra (1934), Las cruzadas (1935, Buffalo Bill (1936), Unión Pacifico (1939) y Los diez mandamientos (1956). Creo que aprendí más sobre los acontecimientos que dieron forma al mundo viendo esas películas que en las clases de historia del colegio. En algún lugar de mi mente iba fermentando la idea de trabajar en un proyecto como La loca historia del mundo, Parte I, a modo de homenaje a aquellos grandes maestros del séptimo arte.>>
Mel Brooks (1)
Tal como apunta en sus memorias, y en las imágenes de la película, en su parodia histórica, Mel Brooks rinde homenaje al Griffith de Intolerancia (Intolerance, 1916), que ya había sido parodiado por Buster Keaton en Las tres edades (Three Ages, 1923), al cine épico-religioso de Cecil B. DeMille y al musical de Broadway. Brooks inicia su transitar por el tiempo tomando de referencia a Stanley Kubrick y su 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odyssey, 1968). Así se sitúa en el albor de la humanidad y de ahí pasa a la Edad de Piedra, donde se detiene en la importancia de los descubrimientos de los matrimonios mixtos y homosexuales, de la música, de las armas, de los primeros artistas y los temidos y pedantes críticos de arte. La muerte todavía es inexplicable para aquellos humanos, pero, siglos después, Moisés, que inicialmente recibe tres tablas con un total de quince mandamientos, entrega, tras un accidental desliz, diez al pueblo elegido. Y así, tras detenerse en el protagonista de DeMille y Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, 1956), Brooks llega a la Roma imperial, cuna de tantas cosas ya apuntadas por Monty Python en la Judea de La vida de Brian (Life of Brian, 1979) y hogar de los Césares, para acabar el recorrido por la Antigüedad en la Última Cena inmortalizada por un Leonardo que pasaba por allí, pues el cine es cine y la realidad se le escapa para crear otra. Por la pantalla pasa quien guste a sus responsables, aunque sean, más que personajes, estereotipos o caricaturas, más si cabe tratándose de alguien como Brooks, cuyas ganas de hacer reír asoman y se esfuerzan en su vida a temprana edad, durante su infancia neoyorquina. La loca historia del mundo. Parte I (History of the World, Part I, 1981) hace un breve alto musical en la Inquisición Española que Brooks aprovecha para introducir el número con el que homenajea a los musicales de Broadway que tanto le habían gustado de niño. Concluido el espectáculo del Torquemada interpretado por el propio Brooks, la historia continua y avanza hasta la Revolución Francesa, detallada desde las dos perspectivas enfrentadas, la monárquica y la revolucionaria, y la del “garçon del pis”...
(1) Mel Brooks: ¡Todo sobre mí! Mis memorables gestas en el universo mundo del espectáculo (tradición de Ana Julia Sarmiento). Libros del Kultrum, Barcelona, 2023.
viernes, 22 de marzo de 2024
La última locura (1976)
Una máxima no escrita de Hollywood vendría a decir que vales tanto como la recaudación de tu última película. Siguiendo tal valoración, afirmo que, tras los éxitos de Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974) y El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), Mel Brooks era de sumo valor, por lo que apostar por él, de cara la taquilla, parecía una apuesta segura. Sus dos películas anteriores se situaron entre las favoritas del público estadounidense y recaudaron entre ambas casi doscientos millones de dólares. Y a quien logra grandes recaudaciones, Hollywood le abre las puertas, igual que se las cierra a quien produce pérdidas. A Brooks se le abrieron de par en par. Estaba en posición de exigir y de elegir llevar a cabo cualquier película que tuviese en mente, incluso una comedia muda que homenajease al slapstick. Ya había homenajeado y parodiado el western y el terror; ahora le tocaba el turno al “golpe y porrazo” silente, pero el resultado de La última locura (Silent Movie, 1976) no habla a favor de Brooks, y sí de lo genuino de aquella comedia de la que Max Linder, Mack Sennett, Mabel Normand, Charles Chaplin, Roscoe “Fatty” Arbuckle, Buster Keaton, Harold Lloyd, Oliver & Hardy, Larry Seamon, Ben Turpin, Harry Langdon y tantos más fueron irrepetibles e inimitables. Sin pretenderlo, la película de Brooks resalta lo complicado que era hacer una comedia muda, cuyo ritmo y gags funcionaban como un todo; algo así como el gag era el ritmo y el ritmo el gag. Brooks no logra semejante unidad ni fluidez, ni se acerca en su propuesta, la cual tampoco desmerece si se tiene en cuenta el riesgo asumido: salir de lo corriente y rodar una película muda en una época en la que la comedia solía abusar del diálogo y el cine vivía más del ruido que de la imagen.
domingo, 3 de marzo de 2024
El misterio de las doce sillas (1970)
El mayor fracaso de público de Mel Brooks director, también es la única película suya que adapta a la pantalla una obra literaria: Las doce sillas (1929). El cómico descubrió la historia para su segunda película en las páginas de la novela de los rusos Ilya Ilf y Yevgeni Petrov, cuya obra ya había sido adaptada con anterioridad en doce ocasiones, siendo la primera la checoslovaca Dvanáct kresel (Martin Fric y Michal Waszynski, 1933). Entre las siguientes se encuentra una versión realizada en la Alemania nazi, 13 sillas (13 Stühle, E. W. Emo, 1938), en la que no se acreditó a los autores de la novela debido a su origen judío, y la cubana que Tomás Gutiérrez Alea rodó en 1962. Posteriormente, la obra ha continuado adaptándose al cine y a la televisión, pero, en la actualidad, quizá la más popular sea esta versión de Brooks, debido sobre todo a la popularidad alcanzada por su director y guionista, que también se reservó un pequeño papel en la historia de amistad entre un antiguo aristócrata, tras la revolución burócrata venido a menos, y un joven que vive de su ingenio y del engaño. <<La producción de Las doce sillas costó novecientos mil dólares y no estoy seguro, pero con el paso de los años creo que casi cubrimos gastos. La película funcionó bastante bien en Nueva York, donde la gente iba a los cines de arte y ensayo a ver extraños experimentos como Las doce sillas, pero nunca llegó a cruzar el puente a George Washington.>> (1) Los personajes principales de El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970) asumen la condición de pícaros a la carrera y se lanzan en pos de un fin que, en el caso de Vorobyaninov (Ron Moody) y Ostap (Frank Langella), son cincuenta mil rublos en joyas escondidas en una silla de un juego de doce. El primer problema a salvar sería encontrarlas, ya que están diseminadas por todo el territorio soviético; pero el obstáculo más grande quizá sean ellos mismos y su entorno. De ese modo, Brooks aprovecha para recorrer con humor una Unión Soviética donde sus antihéroes se enfrentan a trabas de burocracia, costumbres y novedades, así como al pope Fiodor (Dom DeLuise), el confesor de la suegra de Vorobyaninov y el mayor bribón de todos los bribones que asoman en la pantalla de esta comedia rodada en la antigua Yugoslavia…
(1) Mel Brooks: ¡Todo sobre mí! Mis memorables gestas en el universo mundo del espectáculo (traducción de Ana Julia Sarmiento). Libros del Kultrum, Barcelona, 2023.
jueves, 29 de febrero de 2024
El jovencito Frankenstein (1974)
(1) Mel Brooks: ¡Todo sobre mí! Mis memorables gestas en el universo mundo del espectáculo (traducción de Ana Julia Sarmiento). Libros del Kultrum, Barcelona, 2023.
miércoles, 28 de febrero de 2024
Sillas de montar calientes (1974)
El spaguetti western se inició como homenaje y parodia del western estadounidense, pero sus primeros pasos resultaron tan atractivos para el público, que acabó creando sus propias señas de identidad; algunas de sus propuestas incluso fueron cómicas, como Mi nombre es ninguno (Il mio nome è Nessuno, Tonino Valerii, 1973) y Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità..., Enzo Barboni, 1970). El caso es que la comedia y el western habían coqueteado antes de que Mel Brooks las uniera en Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974). Ya lo habían hecho Buster Keaton, los hermanos Marx, Laurel y Hardy, que son algunas influencias directas y reconocibles en el cine del cómico neoyorquino. Hubo otros westerns estadounidenses más cercanos en el tiempo a Sillas de montar calientes que incluían en su metraje la parodia. La batalla de las colinas de Whisky (The Hallelujah Trail, John Sturges, 1965) y Pequeño gran hombre (Little Big Man, Arthur Penn, 1970) son dos ejemplos, aunque la segunda no es una comedia propiamente dicha, pero cuyo tono satírico agudiza su contundente crítica hacia el maltrato recibido por los nativos estadounidenses a manos del colonizador blanco. Pero Brooks no es Arthur Penn, su intención es otra bien distinta. Si el realizador de Pequeño gran hombre introduce comedia en la película es para resaltar el hecho que persigue describir: el abuso sufrido por las tribus norteamericanas. Por su parte, aunque introduce el tema del racismo en su film, Brooks tiene clara su prioridad: tomar del género del Oeste, exagerar sus tópicos, construyendo su historia a partir de títulos como Río Bravo (Howard Hawks, 1958), caricaturizar sus personajes al máximo, tal como el pistolero borracho a quien da vida Gene Wilder o la cantante alemana interpretada por Madeline Kahn, cuyo modelo es Marlene Dietrich, crear caos y hacer reír. La historia de Brooks, que coescribió junto con Andrew Bergman y Richard Pryor, es la típica que permite el lucimiento del héroe, solo que en esta ocasión se trata de uno atípico, pues su piel es negra, lo que depara el rechazo inicial del pueblo donde todos son blancos y se apellidan Johnson. Esto indica su anonimato, su pertenencia a la masa, pues apenas se distinguen al no ser ni héroes ni villanos, aunque vivan en una villa. Solo son tipos corrientes que ven amenazado su hogar por la llegada de una banda de forajidos enviada por el fiscal general, tan corrupto él, como inepto y mujeriego el gobernador. Evidentemente, a lo largo del metraje, Brooks introduce chistes, algunos con calzador, hasta que finalmente rompe el espacio narrativo y desvela lo sabido: que el cine es ilusión o, dicho de otro modo, que lo se ve en la pantalla es una farsa, una representación. Otro cantar es el tema sobre el que giran las películas, lo que quieren expresar y lo que logran decir; en el caso de Brooks, su tema es el racismo que arrastra la sociedad estadounidense desde el mismo momento de su origen, sin embargo, al cineasta no le interesa ir más allá de la diversión. Esa es la misión que asume detrás de las cámaras, la de divertir y hacer reír sin intención de enseñar nada; que logre su intención ya depende del tipo de público. Y quizá para muchos la cumpla o la cumplió en su momento, como confirma que fuese uno de los grandes éxitos de público (y de taquilla) de 1974.
miércoles, 21 de febrero de 2024
Elogio del fracaso
Los productores (1967)
A los nueve años, Melvyn Kaminsky acudió a ver Anything Goes. Era la primera vez que presenciaba un espectáculo de Broadway y le apasionó tanto lo que vio que, desde entonces, sintió fascinación por los musicales y por la música de Cole Porter. Otra de sus pasiones es el cine: de pequeño acudía siempre que la economía familiar se lo permitía. Le gustaba todo tipo de películas, pero sentía predilección por las comedias de los hermanos Marx, Charles Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy,… y por los musicales cinematográficos protagonizados por Fred Astaire y Ginger Rogers, entre otras estrellas del género. Su admiración queda patente en sus películas. En la práctica totalidad de su filmografía como director, incluye algún número musical para homenajear aquellos clásicos. A este respecto, su primer largometraje como director y guionista no fue una excepción. Con él, entraba en el cine por la puerta grande, pero ya había obtenido popularidad como guionista de televisión y cómico antes del éxito de Los productores (The Producers, 1967), que también le valió el premio Oscar al mejor guion original. Aquel niño de Brooklyn había crecido y el adulto se cambió el Kaminsky paterno por el materno Brookman, que se quedó en Brooks por falta de espacio en su tambor. De modo que, cuando se lanzó al mundo del espectáculo, lo hizo como Mel Brooks.
Conocía el negocio del espectáculo; comprendía que lo importante del asunto era el dinero. Sin él, se acabó la función y, en una sociedad tan conservadora como la estadounidense, le iba a ser imposible encontrar distribuidor que estrenase su primer largometraje si insistía en titularlo “Primavera con Hitler”, que era el título de la obra a representar por la pareja de productores del guion; así que no le pareció mal cambiar el título por el de Los productores. Pero esa fue la única concesión que hizo, lo cual no está nada mal para un primerizo en el mundo del cine que supo incluir en su contrato el derecho al montaje final. El resultado de aquella aventura es una osada y desternillante sátira cómico-musical con un plantel en estado de gracia encabezado por Zero Mostel, Gene Wilder y Kenneth Mars, que heredaba un papel que inicialmente iba a ser para un (por entonces) desconocido Dustin Hoffman, en la que Brooks mezcla su sabiduría humorística, acumulada durante años de escribir chistes y sketches, y sus gustos para aunar en la pantalla negocio y espectáculo, pues ambienta la trama en el ámbito teatral y lo pone en manos de un productor capaz de cualquier cosa con tal de salir de la situación en la que se encuentra.
Mel Brooks inicia su comedia con el productor interpretado por Zero Mostel teniendo que complacer los juegos de la anciana inversora que pone el cheque para su próxima obra, el mismo talón del que se apodera el casero. Esos primeros minutos explican la situación de Max Bialystock, a quien vemos cual desheredado de Broadway en un presente sin futuro, engañando a ancianas y confensando al contable Leo Bloom (Gene Wilder) su situación de extrema necesidad. <<Me hunde una sociedad que exige el éxito cuando yo solo puedo ofrecer el fracaso>>, dice, pues sus últimas obras han sido fracasos que lo han dejado fuera de juego, a las puertas de la miseria y en brazos de sus inversoras, a las que hace feliz. Ese contable, nervioso e infantil, es quien descubre que circunstancialmente un productor podría ganar más dinero si fracasa en la producción de una obra. Podría ganar una fortuna y ese será el objetivo de Max, confiado en que sus conocimientos del medio, su energía y condición de pícaro y de fracasado le harán rico. ¿Cómo? <<Creando una contabilidad ficticia>>. La picaresca de Max es opuesta a la ingenuidad del contable, que lo comenta como una posibilidad teórica, al observar los libros del productor. Pero este insiste a Bloom, para que abandone su vida gris, y lo camela con dosis de globos, carrusel y heraldos, y pone en marcha su nueva producción. Lo primero que ha de hacer es convencer a Leo para que trabaje con él, después encontrar la peor obra que se haya escrito. Una vez lograda, toca encontrar inversores entre <<las amables y ricas viejecitas>>, contratar al director más incompetente, elegir el reparto, a ser posible el peor y sin experiencia, poner en su contra al crítico del Times y, ya por último, estrenar y fracasar en Broadway. Pero a veces los planes no salen como le encantaban a George Peppard en la serie El equipo A y solo queda reflexionar sobre el fracaso: <<Elegí la peor obra, el peor director, el peor reparto, ¿¡qué es lo que hice bien!?
martes, 20 de febrero de 2024
Mel Brooks, ganas de (hacer) reír
Filmografía como director
1. Los productores (The Producers, 1967)
3. Sillas de montar calientes (Blazing Saddles, 1974)
4. El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974)
5. La última locura (Silent Movie, 1976)
6. Máxima ansiedad (High Anxiety, 1977)
7. La loca historia del mundo (History of the World: Part I, 1981)
8. La loca historia de las galaxias (Spaceballs, 1987)
9. ¡Qué asco de vida! (Life Stinks, 1991)
10. Las locas, locas aventuras de Robin Hood (Robin Hood: Men in Tighs, 1993)
11. Drácula, un muerto muy contento y feliz (Dracula: Dead and Loving It, 1995)
(1) Mel Brooks: ¡Todo sobre mí! Mis memoriales gestas en el universo mundo del espectáculo (traducción de Ana Julia Sarmiento). Libros del Kultrum, Barcelona, 2023.





































