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Mostrando entradas de octubre, 2024

El clan de los irlandeses (1990)

A principios de los años 90, se estrenaron un par de películas sobre mafias y chicos de barrio, ambientadas en suelo neoyorquino, que llamaron mi atención por diferentes motivos; también lo hizo El padrino parte III (The Godfather Part III, Francis Ford Coppola , 1990), que cierra la popular saga con mayor brillantez de lo que se dijo entonces. No desmerece respecto a sus precedentes, aunque le falta un personaje con el empaque de Vito maduro o joven, y las respectivas presencias de Brando y De Niro, que uno como el interpretado por Andy García no logra que se olvide. En todo caso, creo que su valoración se vio lastrada por la leyenda de la primera y segunda parte. Otra película de aquella época que transita los entresijos del hampa es El rey de Nueva York (King of New York, Abel Ferrara, 1990), que trata una cuestión diferente a la familiar y resulta el particular descenso cinematográfico de Ferrara a los bajos fondos; algo parecido podría decirse de la magnífica Muerte entre las f...

La última bandera (2017)

Durante 2016 y 2017, Amazon Studios produjo o coprodujo una serie de films que, en apariencia, se alejaban del producto de consumo estándar de Hollywood. ¿Fue intención o una coincidencia? Aparte de La última bandera (Last Flag Flying, 2017), de Richard Linklater, entre otros se contaban Cafe Society (Woody Allen, 2016), Paterson (Jim Jarmusch, 2016), Manchester frente al mar (Manchester By the Sea, Kenneth Lonergan, 2016), La suerte de los Logan (Logan Lucky, Steven Sodenbergh, 2017), The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016), En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, Lynne Ramsay, 2017) y Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, James Gray, 2016)… Los resultados fueron dispares, y de elegir, me quedo con la de Jarmusch, pero la intención de ir por otros derroteros se encuentra ahí. Por ejemplo, Linklater sigue su propia senda, en la que recorre el paso del tiempo, tomando como referencia la novela de Darryl Ponicsan, también coguionista del film, y la...

José Rodríguez, matemático en su medida

Nadie se adelanta a su tiempo, decir lo contrario solo es una frase hecha que apenas expresa más que quien la escribe la emplea para ensalzar a ese alguien y sentir de sí mismo que ha dicho algo. En ambos casos, funciona en su propaganda y en la ausencia de contenido, tal como lo hacen los apodos comparativos “el Maradona de los Cárpatos”, “el nuevo Robert Redford” o “el DaVinci gallego”. Pero si bien todos podemos entender la frase, personalmente me resulta hueca e infecunda, como si al pronunciarla se estuviese abarcando y definiendo al individuo en cuestión, pero sin explicar un mínimo que aclare algo sobre él —en relación a su trabajo y a ese tiempo al que se adelanta y al otro al que va a parar, pues digo yo que en algún lugar ha de detenerse—, debido a la pereza mental tanto del emisor como del hipotético destinatario del mensaje. Pues no, ese “adelanta” es un vacío y un cliché más en un mundo lleno de ellos, que además olvida los antecedentes y así todo semeja fruto de una “gene...

Movida del 76 (1993)

En su tercer largometraje, Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993), Richard Linklater contó con jovenes actores y actrices que tendrían su momento de popularidad que, en mayor o menor media, todavía conservan. Los que más: Ben Affleck, Milla Jovovich, Matthew McConaughay, Parker Posey y Renée Zellweger, aunque esta última apenas se deja ver más que en un breve instante de la película. Todos eran casi adolescentes, semidesconocidos (o desconocidos), que era lo pretendido por Linklater, pues sus protagonistas son chicos y chicas corrientes de instituto ante su último día de curso, el 28 de mayo de 1976, año en el que el cineasta contaba con dieciséis velas, como Molly Ringwald en el film de John Hughes. Como comedia generacional es una mirada a su pasado, pero, más que eso, Movida del 76 resulta dentro de su filmografía un paso que evoluciona lo ya expuesto con anterioridad: su idea del tiempo. Siempre presente en sus películas, la ubicación temporal no es una mera situación para esta...

¡Qué asco de vida! (1991)

El humor de Mel Brooks no destaca por sutil, sino por grueso y paródico, por buscar el chiste fácil para hacer reír a toda costa, pero en ¡Qué asco de vida! (Life Stinks, 1991) aspira a superar el estilo que le dio fama y buenos resultados en películas como Los productores (The Producers, 1967). Más que emulando a Frank Capra , que también, y sin dejar de ser él mismo, a priori difícil para cualquiera dejar de ser uno, aunque se hayan dado miles de millones de casos de los que la historia no tiene constancia documentada, Brooks toma del genial Preston Sturges y combinan la ilusión humanista y social de Capra , la idea de Sturges y el tono más paródico, el suyo, de cosecha propia para crear una comedia que despierta a una realidad que, hasta la fecha, había pasado desaparecida en su cine, salvo, que recuerde, dos instantes: al final de El misterio de las doce sillas (The Twelve Chairs, 1970), cuando los dos personajes principales se ven en la situación de mendigar, y en el episodi...

Mallrats (1995)

La primera mitad de los 90 fue la del debut en la dirección de una serie de cineastas estadounidenses que, nacidos entre 1960 y 1970, fueron disparados a la popularidad que les abrió de par en par las puertas de Hollywood, gracias a los éxitos de su primer o de su segundo largometraje. En los primeros casos, los más representativos (o los que me vienen ahora a la memoria), los de Quentin Tarantino (1963), Robert Rodriguez (1968) y Kevin Smith (1970), sorprendieron con su primer film de larga duración y esto animó a más de uno a encumbrarlos a lo más alto del panorama cinematográfico, como si fueran nuevos niños prodigios; tal como, cinco décadas atrás, otros habían dicho de Orson Welles, antes y después del estreno de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). Más desapercibidos se estrenaban Paul Thomas Anderson (1970) con Sidney (Hard Eight Sidney, 1995), Alexander Payne (1961) en The Passion of Martin (1991) o Richard Linklater (1960) en It’s Impossible to Learn Plow by Reading Books ...

Casi famosos (2000)

El crítico musical a quien da vida Philip Seymour Hoffman en Casi famosos (Almost Famous, 2000) le dice al protagonista adolescente algo así como que llega en los estertores del Rock; es probable que se refiera a que el sonido está cambiando, perdiendo libertad y originalidad. El estilo de vida Rock, el de vivir en la carretera y en hoteles de los que muchos acabarán contratando un servicio extra de limpieza, el de poses chulescos y comportamientos, más que rebeldes, hedonistas y desfasados, de tendencias nihilistas suavizadas por el deseo de dinero, éxito, sexo y drogas, quizá condicionados por <<el vive deprisa, muere joven y deja un cadáver bonito>> expresado por el rebelde adolescente interpretado por John Derek en Llamad a cualquier puerta (Knock on any Door, Nicholas Ray, 1949) —frase hecha que algunos rockeros asumieron para sí, sin plantearse que no había libertad ni rebeldía en ello, tal vez sí algo de estupidez y un intento de huida hacia ninguna parte—, dará pa...

Arizona Baby (1987)

Si su primer largometraje, Sangre fácil (Blood Simple, 1984), llamó la atención del público y de la crítica, más lo haría el segundo, al desarrollar una comedia alegre y festiva con delincuentes de medio pelo que, desde que Woody Allen hizo de las suyas en Toma el dinero y corre (Take the Money and Run, 1969), no asomaban tan paródicos y desastrosos en la pantalla; al menos, en mí memoria. Arizona Baby (Rising Arizona, 1987) sigue esa línea de humor absurdo practicado por Allen en su primera película; pero los Coen tienen otro ritmo e intereses más gamberros que también desvelan en su cine una sociedad que asoma desquiciada en el infantilismo y la violencia que le sirve de fuga y al tiempo de condena. Allen también muestra una similar, pero en lugar de dejarlos sueltos, suele situar a sus personajes en Manhattan y los manda al psicólogo o al psiquiatra, consciente de que a lo largo de sus sesiones nada sacarán en claro. En ambos casos, se concluye que todo orden es su idea y que, en...

Volver a empezar (1982)

Definir la vida resultaría un ejercicio bastante más complejo que compararla con una caja de bombones, que limita los sabores y expone en su exterior los tipos que contiene, aunque dicha comparación quede bonita cara la galería y el público la retenga en su memoria colectiva. Lo sepamos o lo ignoremos, la existencia está marcada por factores externos e internos, por el tiempo que avanza sin opción a regresar a un punto anterior, por su final, del que vamos cobrando conciencia a medida que pasan los años y somos testigos de la muerte de otros. <<Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir>>, escribió Manrique. Pero tampoco podría definirse en unos versos inolvidables y geniales; o como una canción que, una vez escuchada, puede ponerse de nuevo y volver a sonar desde el principio; ni como un folio escrito a lápiz en el que borrar los errores y las faltas (que nunca sabemos que lo son en su presente) y escribir nuevas líneas, corregidas, como si lo “bo...

El estrangulador de Rillington Place (1970)

Los motivos que empujan al joven consentido interpretado por Farley Granger en La muchacha del trapecio rojo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955), a los estudiantes de Impulso criminal (Compulsion, 1959) y a Albert DeSalvo en El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, 1968) a asesinar es su psicología, diferente en cada uno de los casos, pero con la coincidencia de que no encuentran una explicación lógica (un móvil) para sus actos; lo mismo podría decirse del señor Christie (Richard Attenborough) en El estrangulador de Rillington Place (10 Rillington Place, 1970), cuya apariencia retraída, como insegura y sospechosa, le hace parecer como si temiese que descubriesen algo que desea mantener oculto; y así es. La introducción del personaje en 1944, en plena II Guerra Mundial, mostrándose amable con una inquilina a la que no tarda en asesinar, valiéndose de monóxido de carbono, y enterrar en su jardín, marca la siguiente parte del relato, que se desarrolla en 1949. Entonces, ...

Matinee (1993)

Si alguien consulta la RAE buscando la definición de “matiné”, voz femenina que procede del francés “matinée”, encontrará dos entradas. La primera expone que se trata de una <<Fiesta, reunión o espectáculo que tiene lugar por la mañana o en las primeras horas de la tarde>> y la segunda, dice que una <<Función de cine por la mañana>>. Ambas valen para aproximarse a la propuesta de Joe Dante en Matinée (1993), aunque la película sea mucho más que eso, pues si bien resulta una fiesta cinéfila, por sus referencias al fantaterror que tanto parece gustarle —el cartel de la película protagonizada por Vincent Price, el trailer de Mant! , que bien podía estar inspirado en el de ¡Tarántula! (Jack Arnold, 1955) o en el más evidente de La mosca (The Fly, Kurt Neumann, 1958), o una alusión a tal o cual film, son algunas pruebas de ello—, también es una comedia y un homenaje al género, incluso una burla cariñosa y desenfadada a ese tipo de cine que él asume para sí desde ...

Recuerdos del carcelario

Películas como El presidio (1930),  Soy un fugitivo  (1932), Veinte mil años en Sing Sing (1932),  Solo se vive una vez  (1937),  Fuerza Bruta  (1947)... son clásicos indiscutibles del subgénero carcelario, que a estas alturas ya reúne un buen puñado de buenas, regulares y malas películas. De las “actuales” (o de los últimos cuarenta años), Encerrado  (1989) e Invicto  (2002) me entretuvieron sin más, la primera en la adolescencia, cuando también vi El beso de la mujer araña  (1985), película que me desubicó, y la segunda hacia finales de la veintena. Huracán Carter  (1999) me pareció un film digno (el tema de Bob Dylan era de mis preferidos a los 15 o 16 años); La milla verde  (1999) no me interesó y Cadena perpetua   (1994) me gustó mucho en su día; en visionados posteriores, ya en pantalla pequeña y en la era streaming, mi entusiasmo disminuyó hasta verla como una película bien hecha pero nada más. La misma opinión me mere...

Fernán Gómez y Cela

A pesar de que no lo conocí más que por sus apariciones televisivas, por lo leído acerca de él o por la lectura de algunas obras suyas, siendo La familia de Pascual Duarte de la que guardo mejor recuerdo, aunque de La Colmena conservo la sensación de que me gustó, nunca sentí simpatía por Camilo José Cela, el personaje público, al que juzgaba pedante, carente de naturalidad y de elegancia, por mucho Nobel que le hubiesen entregado y por mucho que le llevasen en Rolls a comer más gachas; no la persona, a quien nunca conocí, ni el autor, del cual solo valora su obra. En esto, en la imagen pública, y de algún modo preparada para provocar una reacción, lo situó a la par de Umbral, cuya facha de aspirante a dandi intelectual me provocó las ganas de no leer nada suyo y, hasta ahora, así ha sido. Quizá me haya perdido algo interesante, incluso bueno, pero la subjetividad de uno, a veces cae en lo irracional. Y en esa estamos. De modo que mi ignorancia del Umbral autor es completa y fruto d...