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jueves, 3 de junio de 2021
Lejano (2002)
sábado, 4 de julio de 2020
Kasaba (1997)
Cercanas o lejanas, hay miradas cinematográficas que contemplan, que no son intrusivas aunque observen con detenimiento. Una a una, amplían universos personales y los hace reconocibles. Película a película, se suceden imágenes y momentos que, en suma, remiten a la sensibilidad de quien mira. La mirada de Nuri Bilge Ceylan observa pausada, sin prisa, mientras su cámara viaja por entornos naturales o urbanos, siempre humanos, contempla momentos y los desnuda de artificios. Ya en su primer largometraje, Kasaba (1997), no siente prisas por verlo todo, sencillamente se detiene, contempla y escucha. Su mirada no impone, propone. Te dice que puedes acompañarla, que no habrá condiciones, ni falseará las distintas emociones que pueda atrapar o las que generen sus producciones, modestas en su presupuesto, pero ambiciosas en la humanidad y sinceridad de sus personajes.
jueves, 25 de junio de 2020
Los climas (2006)
Suma y resta de relaciones con el medio y con uno mismo, con los demás y con nadie, la vida quizá sea ese tiempo en fuga que se dice irrecuperable o sencillamente sea el tiempo de la inconstancia de instantes que pasan por dichosos, apáticos, amargos, vacíos o por cambios que se suceden en solitario o en compañía. La vida también es aquello que nadie te explica cuando te la explican, cuando te dicen que es así o de aquella manera, que su fin es vivirla, que hay que vivirla hasta el fin o que se vive perdiendo, ganando, con ganas o desganado. No tengo ni idea si se vive por caminos que llevan a nuevos lugares o a los ya
conocidos, si viajamos a puntos de partida que, obviando sus mínimas variantes, se descubren iguales,
aunque distintos. Lo cierto es que nada vuelve a ser igual que antes, ni nada es igual para todos, aunque todo lo sea, puesto que
la vida cambia sin cambiar, salvo en sus cuatro o cinco variantes, que algunos multiplican para obtener infinitas. Se suceden sin que apenas notemos que se producen, aunque, a veces, estallan en forma de tormenta y corremos en busca de resguardo y calma. En definitiva, vivimos climas existenciales
fríos, cálidos, templados y desérticos, cambios u oscilaciones en las relaciones y en las
distancias que nos unen y separan. Esta variación climático-humana es uno de los ejes del cine de Nuri Bilge Ceylan, y se descubre en
los momentos y en los instantes de vida que su cámara atrapa en soledad o en compañía, puede que en compañía de la soledad de personajes que respiran en interiores o en paisajes nevados o soleados donde las relaciones, que son y no son, forman sus películas. Los cambios apenas trastocan,
quizá no prestemos atención a las variantes, que se nos escapan en el tiempo que no cambia, pero que nos cambia y nos acerca al final
del nuestro. En las películas de Bilge Ceylan la vida se
compone de fragmentos de existencia. Son partes de un todo que
contemplamos a través de imágenes que se congelan o que apenas se
mueven, ni necesitan insistir que ahí, en cada plano y encuadre, hay
vida y personas, hombres y mujeres como la pareja que se distancia en
la soledad de unas ruinas griegas o en la playa solitaria, salvo por
el velero que navega al fondo. Ya no hay deseo o quizá ya no haya el
deseo del deseo, de recorrer los cuerpos sin la distancia del camino
por donde Bahar (Ebru Ceylan) se aleja de Isa (Nuri Bilge Ceylan) en un plano que se repite con sus variantes en la filmografía del cineasta turco. Ellos son los personajes que
contemplamos al inicio de Los climas (2006) en la
antigua ruina que pone de manifiesto la ruinosa relación que ya no
les une más que en la distancia. El plano que se fija en Bahar antes
del título del film habla, aunque la mujer nada diga ni se mueva. Su
inmovilidad y su silencio son elocuentes y anuncian la tormenta que,
a modo de ruptura, se confirma en la playa donde Isa propone tomarse
un tiempo, como si fuese una idea de ambos o que les beneficiase a
los dos, cuando en realidad es suya y responde a sus necesidades, las de ese momento en el que cree que es la hora de un cambio. ¿Qué espera de la vida? ¿Y de sus relaciones? ¿Vive insatisfecho y espera encontrar satisfacción? ¿O son él y ella quienes
generan la oscilación climática? Isa rompe con Bahar e inicia su
deambular solitario, pero nada de lo que hace le aporta mayor
satisfacción que unos momentos de sexo robados o la insatisfacción de la soledad que le lleva
a verse vacío o a sospechar que quizá se ha equivocado y que aún está a tiempo de volver al punto de partida, donde ya nada será igual que al principio.
miércoles, 30 de octubre de 2019
El peral salvaje (2018)
Quizá se trate de un joven enfadado, como aquellos Angry Men del free cinema, perdido por un paraje donde, más que solitario, se convierte en un inadaptado, en un peral salvaje como él mismo asume, al compararse con los árboles y compartir con su padre que ambos son <<solitarios, deformes, no encajamos>>. Entre lo que se espera de él, conseguir un trabajo tras concluir sus estudios universitarios, y lo que él espera: publicar su novela sobre las gentes y el entorno donde interpreta la vida, su experiencia vital lo lleva de la ilusión a la derrota, a una realidad que se presenta ante él sin aparente salida, sin posibilidad de ubicarse y que le obliga a perder su juventud y sus ilusiones; quizás en este aspecto sea más parecido a su padre de lo que él pueda pensar. A su regreso de la universidad, se reencuentra con su familia, uno de los ejes principales del film, con viejos conocidos y con nuevos personajes como Suleyman (Derkan Keskin), el escritor local de mayor éxito. Con todos mantiene conversaciones, casi disputas dialécticas; hablan de literatura, de la religión, de moral o de dinero desde las distintas perspectivas que cada quien asume, aunque Sinan solo concede validez a la propia. Mirada social y aprendizaje de su protagonista, El peral salvaje continúa el tránsito de Nuri Bilge Ceylan por Anatolia, por espacios deprimidos, anclados en costumbres y en el tiempo, donde la capacidad de observación y de reflexión del cineasta turco van de la mano para mostrar a ese personaje que, a pesar o precisamente debido a su juventud, a su vocación literaria y crítica y a su formación universitaria, asume que su pensamiento, su manera de rebelarse contra la monotonía intemporal, lo distancia de la muchedumbre y lo posiciona en un lugar solitario, donde se siente minoría, un lugar que acabará por enfrentarlo a la disyuntiva de rendirse, y poner fin a su existencia, o continuar su lucha existencial, la cual, al final de su deambular, sabe que no puede ganar, aunque también comprende que esa misma lucha forma parte de sus razones especiales y, por tanto, de su identidad individual.
(1) José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. Diario El País, S. L., Madrid, 2002
miércoles, 9 de octubre de 2019
Érase una vez en Anatolia (2011)
Imagino a alguien dentro de una sala de edición, intentando suprimir del montaje de dos horas y media de Érase una vez en Anatolia (Bir zamanlar Anadolu'da, 2011) los minutos de pirotecnia, de artificios, de ruidos y diálogos insustanciales. El resultado de los cortes daría pie a un metraje de ciento cincuenta minutos de búsqueda, de existencias, de comportamientos y de labores humanas en la desolación, de conversaciones y silencios, alterados estos por sonidos de truenos, viento, grillos o de fluidos corporales que precipitan en la sala donde se practica la autopsia del cuerpo que ha servido de excusa para el viaje. El cine, lo que busco en él, no se compone de sorpresas ni espectacularidad a toda costa, ni de aparentes innovaciones que, además de resultar vacías en muchos de los casos, no son novedosas. Es cuestión de que me cuente y transmita algo, quizá una historia, tal vez un sueño o una fantasía, una idea, un cuento o una realidad cualquiera, como la expuesta por Nuri Bilge Ceylan en su recorrido anatómico, nocturno y diurno, por espacios rurales olvidados, abiertos y cerrados, donde la resignación ya forma parte de la naturaleza de los habitantes, que permanecen anclados a una tierra que empuja al éxodo. No hay exhibicionismo ni pretensión transcendental en el enfoque de Ceylan, hay realidad humana, y esto, para quien escribe, resulta un respiro entre tanto (anti)héroe y (anti)heroína y entre tantos fuegos artificiales que iluminan un instante que no tarda en apagarse. Hay la concisa exposición de varias horas de trabajo, de labores que finalizan y dan paso a las siguientes -la búsqueda del cadáver, a cargo del comisario Naci (Yilmaz Erdogan), precede al acta de levantamiento, responsabilidad del fiscal (Taner Birsel), y esta a la autopsia, efectuada por el doctor (Muhammet Uzuner)-, de personas que cargan con su carencias, con sus demonios y con sus responsabilidades, con su existencia. Érase una vez en Anatolia capta mi atención de principio a fin, lo agradezco, y me doy por satisfecho cuando reflexiono sobre lo visto. Y lo que he visto a través de los ojos de Ceylan es un lugar que desconozco, pero del que me hago una idea, aunque soy consciente de que nace de aquella que el realizador transmite en su detallado seguimiento de un grupo que decrece, a medida que se cumplen las tres etapas que componen el film: búsqueda, desentierro y autopsia del cuerpo del hombre asesinado. El cadáver funciona como la excusa que pone en marcha otra búsqueda: la del espacio físico y humano por donde transitan los personajes, una que llega a través de ellos mientras recorren carreteras sinuosas y estrechas que se pierden en el paraje desolado, prácticamente vacío y marginal, donde hacen un alto en una casa donde calman ánimos y llenan estómagos. En el hogar del alcalde (Ercan Kesal) charlan, comen y beben té, mientras escuchan a su anfitrión hablar de sus hijos y de las carencias de la aldea y, sin embargo, para sorpresa del grupo, allí donde ni la electricidad funciona regular, brilla la generosidad y la belleza. Esta parada marca un punto de inflexión en el viaje. De la noche se pasa al día, y los buscadores continúan su camino, pero ahora con rumbo fijo, pues todo empieza a estar más claro. Ya en el último tramo, la acción se traslada al pequeño núcleo urbano cuyo hospital carece de los medios adecuados para practicar el examen forense. Allí, comprendo que, como espectador, he vivido un proceso similar al del doctor, hombre de ciudad y quizá nuevo en el lugar. Así, paso a paso, la desorientación inicial se sustituye por el descubriendo y, finalmente, se llega al dictamen en el que asumo que Érase una vez en Anatolia es, en su conjunto, la autopsia del entorno que Ceylan desentierra y desvela, la anatomía moribunda de un espacio en descomposición donde quizá quede una ventana a la esperanza, a que reviva en esos niños que, ajenos a la resignación y al pesimismo adulto, juegan en el patio de la escuela.
sábado, 18 de agosto de 2018
Winter Sleep (Sueño de invierno) (2014)
Hay realizadores que encuentran en los certámenes internacionales un aliado para darse a conocer y promocionar sus películas, y que estas llamen la atención de distribuidores que las estrenen lejos de las fronteras de los respectivos países de producción. Este es el caso del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan cuyo idilio con el festival de Cannes le ha proporcionado diversas nominaciones y distintos premios, entre los cuales destaca la Palma de Oro recibida por Sueño de invierno (Kis uykusu, 2014). Sus más de tres horas de duración la convierten en la película de mayor metraje que, hasta la fecha, se ha alzado con el máximo galardón del mediático festival francés. Son ciento noventa y cinco minutos de silencios, de aparente inmovilidad, de reflexiones y conversaciones, complejas, sencillas y todas ellas esclarecedoras, que permiten a quien las contempla y escucha acercarse a la interioridad de personajes como Aydin (Haluk Bilginer), el protagonista masculino, cuya altivez menosprecia la valía de Nihal (Melisa Sözen), su joven mujer, y el pensamiento crítico de su hermana Necla (Demet Akbag) o a cualquiera que no considere a su altura moral. Y por supuesto, nadie está a la altura de su pensamiento, de su manera de interpretar el entorno, el cual considera suyo, un espacio donde el virtuosismo por él asumido lo distancia del exterior que contempla desde el plano teórico e idealizado que le permite reflexionar sobre aspectos de la vida que mantiene fuera de su despacho-refugio, donde da la espalda a las palabras de Necla y desde donde rehuye el contacto con el paisaje desolado que delega en su escudero Hidayet (Ayberg Pekcan). <<Un necio es para mí este sabio, con sus cuarenta pensamientos. Creo, sin embargo, que entiende bien de dormir. [...] Un dormir como el suyo es contagioso, incluso a través de un espeso muro>>. Zaratustra habló para sí mismo, para unos pocos y para multitudes que no escuchaban sus palabras, aunque las aquí entrecomilladas son las que Nietzsche atribuyó al personaje homónimo de su obra más popular, palabras que me sirven para definir, mejor o peor, a Aydin y al sueño invernal que contagia a Nihal y a Necla. Su voz interior nos descubre la soledad y el aislamiento que cobran cuerpo en su hotel, espacio físico cerrado, donde el vacío y la distancia entre los distintos personajes, y entre estos y el paisaje humano que se contempla fuera del recinto, nublan la realidad circundante que, rodeado de libros y de escritos, el protagonista ignora, quizá rechace, convencido de la superioridad moral e intelectual que se atribuye. Su alejamiento de las dos mujeres, que se marchitan en su prisión de insatisfacción, y del mundo exterior se evidencian a lo largo de más de tres horas de un metraje que fluye sin prisa, pero armonioso y elegante, frío y estático como frío y estático es el reino de Aydin, un reino donde lo tangible y lo intangible se equilibran con gran acierto en las palabras y en las emociones que, sin necesidad de ser expresadas de viva voz, desvelan las interioridades de espectros humanos frente a la inmensidad del paisaje existencial que los amenaza y los separa.
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