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Sueño de abril, pesadilla en septiembre



Sueño de abril, pesadilla en septiembre


Por Antonio Pardines



Las crisis se le antojaban más fuertes que las sufridas cuando los movimientos anarquistas del 32, lo de Sanjurjo, Casas Viejas, Asturias, el estraperlo que supuso el principio del fin de Lerroux (1935). La de ahora la sentía en su propia piel, se veía en el centro de la tormenta que amenazaba partir la República en mil pedazos. Aquella sensación le había impedido dormir a pierna suelta desde que, en otoño de 1935, don Niceto le había encargado formar gobierno. A la mañana siguiente de su primer día en el cargo, cansado, sin apenas fuerzas para lidiar con los extremos, el astuto político se levantó para encarar la labor que le había confiado el Presidente de la República, tal vez la más difícil y compleja de su carrera. Pues, sin pretenderlo, Manuel Portela Valladares había sido elegido por Niceto Alcalá-Zamora para presidir el ejecutivo, en un claro intento de que templase los ánimos. Su misión, una que ni Urraca, ni Xelmírez, ni Alfonso VII, ni Montero Ríos habrían sabido llevar a cabo, consistía en apaciguar la tormenta que se avecinaba. Los truenos llegaban de babor y estribor, cada vez sonaban más cercanos y el amenazador sonido le superó. ¿Qué podía hacer? Poco, para alguien moderado y quizás sin la influencia y consistencia política de un Indalecio Prieto o un Manuel Azaña. Lo que Portela hizo quizás fuese un error fatal, pues dejó el gobierno el 19 de febrero de 1936 (1), sin que se hubiese cumplido todo el proceso electoral, dando pie a las críticas y amenazas de unos y a la exaltación y exigencias victoriosas de otros.


Fueron cuarenta y ocho horas de verse superado por la presión del momento, de intentar ceder el moribundo a alguien que supiese resucitarlo o, al menos, a alguien que le permitiese quitarse el peso de encima que le había cargado Alcalá-Zamora. Esos dos días, que a la postre serían sus últimos en la política de primer nivel, Portela los detalla en sus memorias. También Azaña habla de ellos en las suyas (2). Fueron dos jornadas que marcaron la deriva y el devenir de España, que iba directa a la rebelión y la revolución, las cuales, sumadas, depararían la enésima guerra civil de los últimos cien años, puesto que cabe recordar que el siglo XIX fue un continuo toma y daca que continuaría durante el XX.


Volvía a suceder: un gobernante salía por piernas para salvarse, aunque no de forma tan descarada y ominosa como la fuga nocturna de Alfonso XIII, que dejaba a su familia a la buena de Dios y él salía para Cartagena donde tomó el barco que le llevó a Marsella (y de ahí se instalaría en Roma). Tras sentirse traicionado por los suyos, salvo por Juan de la Cierva y Peñafiel, que quería imponer la mano dura —la que probablemente adelantase la guerra civil a 1931—, el Borbón había escapado en la oscuridad nocturna, cuando todos los gatos son pardos y los reyes temen más al hombre del saco que al peso de la historia. El nieto de la Segunda Isabel, el primer productor regio confirmado de cine porno, hizo lo que hizo no por amor a España, sino por salvar la vida, pues temía correr la misma suerte que el ruso Nicolás II o, mismamente, que su familiar francés Luis XVI, el cual también intentó huir, aunque sin llevar su intento a buen puerto. Ese era el temor de aquella noche de abril de 1931. Más adelante, no mucho más tarde, el exiliado se arrepentiría de su decisión, se tragaría su orgullo mal herido, negociaría con sus enemigos los carlistas y se gastaría una fortuna en apoyar el golpe que se estaba gestando y del que Emilio Mola, su último Director General de Seguridad, tomó su dirección militar.


Pero tanto Portela, quien para Miguel Maura protagonizó la capitulación más vergonzosa de la República, (3) como el monarca solo fueron dos personajes de una tragedia coral. El último acto podría titularse «despropósitos», pues una serie de decisiones y situaciones desbrozó el camino hacia la violencia y la guerra. Los más evidentes serían colocar a Manuel Azaña en la presidencia de la República y que este escogiese a su amigo Santiago Casares Quiroga —que presumió de irse a dormir y así lo pillaron en pijama— para la presidencia del gobierno, ante la imposibilidad de que la asumiese Prieto, quien junto a Azaña serían los dos políticos con la capacidad suficiente para lidiar con la que se avecinaba. Pero la jaula de oro donde habían metido a Azaña y la torpeza de Largo Caballero, cegado por su afán de poder, por la Asturias del 34 y por las juventudes socialistas lideradas por un imberbe Santiago Carrillo —más adelante ya comunistas— que le decían «olé mi niño, olé mi Lenin español», lo cegaron de tal forma que hizo cuanto estaba en su mano para dejar fuera de juego a Prieto, su rival dentro del partido —pues, por entonces, el bueno de Julián Besteiro ya apenas contaba—. Prieto, cuyo carácter era más práctico y moderado que el del líder de UGT, recordaba en el exilio que, «cuando me ofrecieron el Poder, encontré cerrado el paso, me lo cerraba mi propio Partido, opuesto a figurar en todo Gobierno de coalición, como acababa de declarar con sus votos el Grupo Parlamentario Socialista, dentro del cual quedamos en minoría los defensores de un Gobierno de Frente Popular.» (4) Hoy ya no cabe duda de que esta decisión fue una torpeza, incluso Carrillo llegó a reconocer que «Largo Caballero y la izquierda cometimos un error oponiéndonos», (5) aunque no sería la última. Tiempo después, en septiembre de 1936, ya al frente del gobierno de una República prácticamente inexistente, Largo Caballero comprendería su error, al menos, aunque nunca se mostró autocrítico, (6) sería consciente de que vivía una pesadilla de la que le iba a resultar difícil despertar airoso...



Notas



(1) «Veo a Portela abrumado y múltiples circunstancias pueden explicarlo», apunta don Niceto en su diario. Poco después, en la entrada del 19 de febrero, escribe que lo ve algo más animado, tras comprender que no se produciría un levantamiento militar que temía. «Pero volvía a perder Portela la moral, y ya de modo insuperable e incurable, al ver resurgir el peligro de izquierdas en la calle y conocer el incendio de la cárcel de Bilbao […] Vino a dimitir, mejor dicho, a dejar el poder, en mi despacho o en la calle, o donde fuese, sin preocuparse de nada más que de escapar de la responsabilidad del mundo…»


Niceto Alcalá-Zamora: Asalto a la República. Enero-Abril de 1936. La esfera de Libros, Madrid, 2011.


(2) «Portela, según me dice Martínez Barrio, tal vez abandone el poder hoy mismo, sin aguardar siquiera a que se haga el escrutinio de la elección del domingo, y que se habrá de realizar mañana. El susto de anoche ha concluido por derrumbar el ánimo de Portela. Huye. Teme a lo que puedan hacer las masas victoriosas […]


»Me llegan noticias de lo ocurrido en el Consejo de Ministros. Han acordado dimitir. Ya tenemos ahí el poder, para esta misma tarde. Siempre he temido que volviésemos al Gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores.»


Esta anotación de Manuel Azaña, que habla de un momento anterior al estallido del conflicto, puede leerse en el volumen Memorias de guerra 1936-1939. Crítica (Grijalbo Mondadori), Barcelona, 1978.


(3) Miguel Maura: Así cayó Alfonso XIII. Imprenta Mañez, México, 1962/Ediciones Ariel, Barcelona, 1966.


(4) Indalecio Prieto: Convulsiones de España. Cartas a un escultor. Fundación Indalecio Prieto/Editorial Planeta, Barcelona, 1989.


(5) Santiago Carrillo: Memorias. Editorial Planeta, Barcelona, 2008.


(6) Francisco Largo Caballero: Mis recuerdos. Ediciones Unidas, México D. F., 1976.

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